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viernes, 12 de febrero de 2016

Lujuria primer capítulo



Lujuria
El Pacto Infernal.
Son las cinco de la tarde, los números del reloj colgado a la blanca pared del laboratorio parecían ir a una velocidad diferente a mi ansiedad, como sufro en este asqueroso lugar, era un sitio incomodo, con jaulas de animales de una esquina a otra, para caminar debía calcular bien para no tropezarme con la punta aguda de cualquiera de las mesas,    el olor a zoológico unido a los químicos me revuelven el estómago, entre mis quejas mentales y los lamentos de un empleado mediocre vi con alegría que el reloj indicaba que  ya es la hora de salida, la mejor noticia en este fatídico día, mi día laboral era el más fastidioso del mundo, me daba vueltas la cabeza de tanto repetir y repetir movimientos bajo la estúpida mirada de este simio, había utilizado casi la totalidad del tiempo en el adiestramiento de Laura. Ella era la chimpancé grande y vieja a la que tengo que enseñar el lenguaje de señas y así probar que el intelecto es proporcional al hábito. Es la parte del experimento que me ha tocado a mí, lo más básico en la línea experimental, lo atrayente y donde las miradas se dirigían,   la lectura de las líneas de pensamiento y valores cerebrales cayeron en manos de Arthur, en la vida a algunos les vienen las cosas fáciles, sé que yo no soy uno de esos. Mira como está, disfrutando de la compañía de Alondra, tan hermosa, sus ojos verdes como esmeraldas se funden en su piel blanca como la nieve bordeada por el rojo de su ondulado y muy largo cabello, yo mientras con una mona con un hedor del infierno, ¿Por qué no me toca estar con las hermosas prin-cesas?, siempre quedo a un lado de la ecuación. Es cierto que Arthur es alto y rubio, mientras yo soy pequeño y de aspecto promedio, más promedio no puedo ser, soy el típico ser que pasa desapercibido en cualquier lugar, (Suspiro).
 Cerré la puerta de vidrio que dividía el laboratorio de la jaula de Laura, caminé bordeando el lugar solo para encontrarme en el camino  con Alondra, sé que es estúpido, caminaba el doble de lo que debería para salir, ¿Tenía escusa?, no, pero no me importaba, igual hombres como yo no pueden tener mayor contacto con mujeres como Alondra que tro-pezarnos en el pasillo y por lo menos dejarme ver aunque sea como un obstáculo. Se están riendo, es tan hermosa, que suerte la de Arthur, haber nacido con todo y yo sin nada, es acaso la ley de causa y efecto, si un hombre trae todo para ser superior otro debe venir sin nada para ser lo opuesto. Se están levantando, él toma de su mano, fue un segundo, pero vi que la tomó, fue un roce, pero a ella le gustó, ahí vienen saliendo, tengo que caminar más rápido para encontrarlos de frente. Pero como todo lo que me ha pasado en mi vida ha sido malo, esto no podía ser la excepción, ¿por qué no pude ver el cable de fibra óptica que estaba suelto?, ¿Era necesario que el destino me recordara que soy un perdedor?, Y así fue como caí estrepitosamente a los pies de Alondra bajo la risa burlona que retumbó en todo el laboratorio, las miradas sarcásticas de todos a mi alrededor, pero la que destrozó mi corazón y mi ser fue como me miró Alondra, me hizo sentir como una minúscula partícula asquerosa, que le causaba repudio y estupor.


Una hora después me encontraba deambulando por la ciudad, caminaba recibiendo golpes por los costados y tropezones de la gente al caminar por las pobladas calles, no advertían mi presencia solo al momento de toparse con mi cuerpo y como consecuencia el insulto y no la disculpa, me ven tan inferior, que lo que emano es las ganas de insultar.


Caminé más de dos horas, atravesé la ciudad por completo. Estaba en el lado Norte, la parte más peligrosa de la metrópolis, un lugar lleno de bares y prostíbulos, sitios donde personas como yo buscaban la aceptación, aunque esta venga del pago de algunos dólares a una prostituta barata. Ya la noche había arropado todo  alrededor, las luces de los bares dominaban el camino, ya las mujeres de la mala vida comenzaban a transitar por las inmediaciones, morenas, blancas, gordas, flacas, todo tipo de formas y géneros estaban reunidos en esa esquina. Vi un local que se levantaba al final de la calle, luces moradas y blancas se cruzaban en un zigzag de obscenidad, me llamaba como la miel a las moscas, entré a través de las puertas batientes protegidas por cortinas perladas que sonaban como maracas al caminar entre todas ellas. Una nube espesa de nicotina me dio la bienvenida, unido a la música country rompecorazones que sonaba a todo volumen, caminé a través de un campo minado de pecado, como si estuviera de turismo en la mismísima  Sodoma y Gomorra, la luz era escasa, los bombillos rojos estaban a lo largo y alto de las paredes, las mesas llenas de botellas de licor y alcohólicos respirando sus mucosidades mientras sus cabezas caen en ángulos imposibles para sus cuellos. Mujeres con maquillajes que estaban en los límites de  las cari-caturas, olores que confundían bebidas alcohólicas baratas con  perfumes de mala calidad. Caminé hasta la barra donde estaba el cantinero.
—Un whisky doble por favor. Le pedí sin pensarlo dos veces.
—Tome. —me sirvió como si sus manos fueran extensiones de vasos y botellas, fue automático, sin mirarme, como si en esos sitios los rostros no importaban, solo las pocas monedas que salían de los bolsillos. No duré más de un minuto sentado con el trago en la mano cuando sentí un brazo posado en mi hombro y unos dedos con unas uñas largas y pintadas de un rojo incandescente acariciando mi cuello.


—Hola guapo, ¿quieres compañía? —fueron sus palabras susurradas a mi oído, con una voz ronca y sensual, se notaba ensayada para despertar bajas pasiones solo al escucharla.
—Porque no, —le contesté, no sé de donde saqué el aplomo, las mujeres no eran lo mío, aun sabiendo que ella era solo un servicio que si podía pagarlo, lo tendría.
—Gracias mi rey, —me dijo mientras daba un giro y se sentaba frente a mí, colocando su mano en mi pierna y luego girando levemente la mirada al cantinero.
—Bruno, un trago para una dama, lo anotas en la cuenta del lindo caballero.


¿Lindo?, lo que hace el pago de unos pocos dólares, miré al frente y encontré muchas botellas colocadas en bases de vidrio que les servían de soporte, detrás había un espejo, fije la vista y me vi reflejado en él, la rabia se apoderó de mí en ese momento, ¿Por qué el destino me trató así?, ¿existía en verdad un Dios? Miré mi rostro y era la antítesis de la belleza, gran nariz, ojos muy pequeños, cara larga y delgada, poco cabello, me veía enano delante de la prostituta que me ofrece sus servicios, flaco y desgarbado. ¿No había una manera de hacerme sentir peor? ¿Por qué existen los Arthur?, es que algo que hice en alguna vida anterior y mi castigo es no acordarme y vivir esta represalia  sin saber que lo originó. ¿Acaso ese es el Dios piadoso que tanto pregonan?, ¿Lindo?, lo que hacen unos dólares.
—¿Qué le sucede a mi caballero de galante armadura? —Me dijo la prostituta sacándome de mi amargo letargo.
—Nada, disculpa, ¿está bueno tu trago?    —le respondí para salir del paso, la amargura me estaba consu-miendo.
—Mira, mi galán, no sé qué me pasa contigo, pero me encantaría seguir en otro lugar, la noche es larga. —Me hablaba con su voz ronca y sensual, como una pantera sigilosa en busca de atrapar a su presa.
—¿Qué propones?. —le dije por seguir las reglas del cortejo, que no era más que el cierre de una negociación monetaria para conseguir copular por unos minutos.
—Ve a la caja de atrás y cancela una habitación, te daré la mayor de las satisfacciones, solo por algo a cambio, ya sabes la vida es dura.
Acepté sin pensarlo mucho, ya estaba claro que era la única forma que una mujer estuviera conmigo, debía ser así, pagando, no había otra manera para personas como yo, una pregunta que siempre estará en mi buscar la respuesta, ¿Por qué?, No era posible que existiera un Dios justo, él no permitiría tal sufrimiento. Rebajar a un ser humano a negociar lo que por ley es un sentimiento al cual debería tener acceso.
Subí las escaleras tomado de la mano de aquella prostituta, era alta, me llevaba unos diez centímetros sin los tacones seguro, con ellos la veo altísima, inalcanzable para un pequeño ser como yo, las piernas parecían las de un flamenco, largas y elegantes, que se fundían en la unión de aquel mínimo vestido corto que dejaban ver su ropa íntima roja, si le quitabas todo aquel maquillaje circense y la vestías de forma elegante y recatada seguro sería una hermosa mujer, ella también tendría sus demonios para haber acabado en un lugar como este.
—Ven, acércate a la cama. —me decía mientras dejaba sus senos al descubierto, era grandes, se notaba que habían pasado por muchas manos, la gravedad había ganado la batalla, atrapados en el soporte del sensual vestido eran como frutas apetecibles para tomarlos y comerlos de un solo bocado, sin él, no eran más que dos bolsas colgantes de carnes flácidas.
—Tómalos en tus manos, están esperando por ti. —me repetía, fui a buscarlos, igual, quien era yo pera exigir las hermosas colinas de Alondra, debía pagar para atrapar los globos espichados de la acompañante prepago del momento.
Ella tomó mis manos y las colocó sobre sus senos, tuve una erección al instante, ella posó sus labios sobre mi pantalón y apretó con ellos mi miembro y me hizo delirar, por minutos olvidé que era una transacción económica  y me dejé llevar, luego me quitó la camisa y por último me desabrochó el cinturón, cayendo mis pantalones al piso, no pensé que tenía los calzones blancos de algodón, nada sexis, pero que importa si estaba pagando,  luego los bajó, yo continuaba con los ojos cerrados, sentí que hubo una falta de continuidad y abrí los ojos, en ese momento vi una sonrisa burlona en la cara de la prostituta, me estaba viendo el pene, y su cara reflejaba que aguantaba la carcajada, de inmediato me subí el calzón y los pantalones, la prostituta intentó detenerme.


—Mi rey, no te vayas.  —me dijo con toda la hipocresía del momento.
—No importa ya te cancelé el servicio, no daré ninguna queja abajo. —le dije con la calma de la indignación.
Esa noche salí del burdel físicamente, pero dejé en él lo último que me quedaba de dignidad, las ganas de vivir se habían esfumado, no estaba interesado en pagar un karma de la cual no fui testigo, nada en mi funcionaba para vivir en una sociedad materialista, donde el físico era lo único que importaba, no era lo que más, era realmente lo único, y no recibí de la naturaleza nada con lo cual pudiera por lo menos vivir dig-namente, si así será, entonces no quiero vivir.
Caminé a mi casa con la idea de quitarme la vida, estaba lejos, la noche estaba muy espesa, muy densa, esa parte de la ciudad parecía iluminarse solo con la luz de los bares, ya las prostitutas se habían adueñado de todas las calles, y el transitar de los vehículos habían crecido, todos buscando la mercancía que no podían encontrar gratis, o por lo menos encontraban la suciedad que no le daban sus esposas, traté de salir de ese infierno que solamente me recordaba lo minúsculo de mi existencia. Así fue por una hora, ya no estaba en la lúgubre zona norte de la ciudad, pero la soledad era mi única acompañante, la cara de la prostituta y su burla rondaban mi mente y se inmiscuían en cada pensamiento que venía a ella, recordaba a Alondra y de inmediato sentía que aun rompiendo la barrera de mi fealdad, al llegar a la intimidad esa risa burlona de la prostituta vendría de ella, seguro Arthur tenía todo el paquete, yo solo vine a servir de burla para las Alondras y los Arthurs.


Diez minutos después me percaté que estaba en la entrada del parque central, sabía que a esa hora era lo más peligroso de la ciudad, la zona norte era el paraíso celestial en comparación al parque nocturno, en él se ocultaban toda clase de maleantes y psicóticos en busca de la presa de turno. Yo no quería vivir, que mejor lugar que este para que me quiten la vida, me interné en lo más profundo de aquella área.


Sentí cuando estaba justo frente al lago que dicta el lugar más apartado del parque, sentí unos pasos detrás de mí, el crujir de las hojas secas bajo sus pies, delante, a un metro estaba una banca, escuché la risa sádica de por lo menos dos jóvenes, caminé hasta la banca y me senté, alcancé a oír  cuando uno dijo, —yo le corto el cuello y luego lo robamos, este vino acá buscando la muerte, y sentí cuando corrió hacía mí, cerré los ojos y solo esperé. Pensé en lo que cuentan sobre  cuándo vas a morir y entonces pasan por tus ojos todos los recuerdos de la vida, pero se equivocaron conmigo, no tengo nada que recordar, todo solo fue sufrimiento, sentí el frio de la brisa levantada por el cuchillo que seguro vendría a mi garganta, junto a  un grito que de repente se cortó, quedé quieto, en silencio, esperando el frío metal en mi cuello que nunca llegó, solo un silencio opaco fue lo que continuó a mi espera.
—¿Se siente bien? —fueron las palabras que mis oídos percibieron, era una voz muy gruesa y profunda, más bien espectral. Abrí los ojos y giré el rostro


Sentí un frio muy intenso, la brisa paró de golpe, los faros de pronto dejaron de alumbrar, la niebla se hizo presente y luego lo vi en las penumbras, observándome fríamente


—¿Quién eres? —le pregunté, aunque sabía que no era un ser de este mundo, y que seguro algo le había hecho a los maleantes que segundos antes iban a acabar con mi vida.
—Solo un amigo de la noche, igual que tú apreciando su belleza, ¿me equivoco? —me respondió y él al igual que yo sabía que esa no era la verdadera respuesta, ni la pregunta que me quería hacer.
—En realidad no soy admirador de la noche, y le soy honesto, ni de la vida, ni nada que haya sido creado por el que se dice Dios, yo vine aquí buscando la muerte, porque hasta cobarde soy que no puedo brindármela yo mismo, y si tú eres quien me hará el favor, no tardes, que quiero morir lo más pronto posible. —le dije sin pensar en ninguna de las palabras, fue todo lo que tenía adentro, y después quedó solo el vacío.
—Sé que percibiste  que no soy un hombre normal, se nota en tu mirada, decidida a morir. Pero ¿estás seguro que es lo que realmente quieres? o ¿Es la salida por no conseguir lo que deseas? —fue una pregunta que me dejó perplejo, no lo había pensado así, es verdad yo quiero morir porque me convencí que no puedo tener lo que quiero.
—Mire, tiene razón pero igual el caso sigue siendo el mismo, lo que quiero es un imposible, entonces la solución a mi sufrimiento sigue siendo la misma, la muerte, así que dígame si lo va a hacer o no. —le respondí desde el fondo de mi más enorme rencor.
—Dame veinticuatro horas, mañana al despertar tendrás otro destino, si te gusta la nueva vida que te ofrezco, regresas acá, igual a la media noche, y si todavía insiste en morir, yo lo haré sin preguntar, pero si aceptas la nueva vida hablamos de como continuar en ella, no pierdes nada. —fueron sus palabras con un tono de seguridad y una voz tan profunda que no me dio momento a dudas.
—Ok, lo haré, por hoy vuelvo a mi casa, lo haré porque me has complicado mi simplicidad, pero tienes razón nada pierdo.
Así salí de aquel lugar, era como si un camino se hubiera abierto y nadie tenía conocimiento de él, no recordaba haber pasado por allí, se extendía como por un kilómetro de largo, a cada lado un faro de luz antiguo seguido de otros a unos diez metros de distancia entre cada uno de ellos, el recorrido contaba con una luz muy tenue que me hacía vagar entre sombras, el camino era de piedras y las bancas estaban colocadas a lo largo de él, caminé por largo tiempo entre silencio y sombras.
La luz pegó en mis parpados, los abrí con incomodidad, giré en la cama buscando escapar de ellos, el sueño no me dejaba huir de él, tomé la sábana y me arropé hasta la cabeza, mis pies quedaron al aire y la brisa que entró por la ventana me hizo intentar ocultarlos bajo la sábana, pero no entraban en ella, ¿se habrá encogido?, seguro, con mi suerte ¿Por qué le habré parado a aquel extraño sujeto?, hoy bajo la luz del día y sin los efectos del alcohol me da risa lo que pensé, creí que era el mismo demonio, cosas de borracho, de verdad que ayer no quería vivir.
Me levanté de la cama y me dirigí al baño, iba con los ojos entre cerrados, la luz del día me estaba pegando más de lo normal, busqué la manija del baño y no la encontraba, abrí los ojos y estaba muy abajo, la resaca me debe haber afectado los sentidos, entré en el baño y tomé el jabón con el sueño todavía dominándome, estaba cobijado con la sábana, me la quité para bañarme y de pronto.
—¿Qué es esto Dios?,  esto no es mío, me llega casi a la rodilla, ¿mis piernas?, ¿Por qué tan blancas?.
Vi mis manos y eran enormes, tenía un pito de un caballo, ¿qué pasaba?, ¿estaba drogado?, respiré hondo y busqué detrás de mí.
—El espejo, debo ver qué carajo pasó aquí.


Caminé hasta él con todo el temor del momento, tenía los ojos cerrados, con un enorme temor de abrirlos, paré frente al lavabo, estaba como todo en aquel lugar más abajo de lo normal, respiré hondo, y los abrí. Caí de culo en el piso, me levanté nuevamente, resbalé de los nervios, vi mis pies y eran enormes, me tomé del lavabo y volví otra vez a estar frente al espejo, no era yo, ni remotamente, tenía un perfecto cabello rubio, mis ojos eran un color extraño, no eran azules, agudicé la vista y noté el tono, eran violetas, mi cutis era perfecto, abrí la boca como Laura la simia, y vi todos mis dientes, estaban colocados como si hubieran calculado a precisión el ángulo de inserción de cada uno de ellos, tan blancos como la nieve, bajé la mirada y vi mi estómago, parecía deforme de tantos cuadritos en ellos, y otra vez vi el enorme pito con que me dotaron, seguro por encima de los veinte centímetros y dormido, Dios ese ser, si sabía lo que decía.
Ya aceptando mi nuevo y lujoso yo, tomé un baño, dejé que el agua cayera sobre mi cabeza, era fabuloso sentir cabello nuevamente mojado, ya se me había olvidado como era, y cada vea que me movía sentía como me azotaba la serpiente con que me dotaron. Mientras me secaba pensé en detalles que debía pulir, tenía el cuerpo de un adonis pero el empleo de un perdedor, eso debía remediarlo, quizás se le pasó al extraño en su promesa, al salir del baño, noté que guindado en la puerta del closet, estaba un traje impecable, era algo que se me había pasado, mi ropa antigua no tenía cabida en este cuerpo. Me vestí y me quedaba como un guante, luego sobre la mesa de noche estaba una cartera que evidentemente no era mía, de piel, la textura y el olor que tenía el accesorio era solo para uso de ganadores. La abrí y noté mis documentos, era mi nueva cara, pero no era mi nombre. Robert Conrad, era obvio que el nombre iba con mi nueva presencia, en eso suena un timbre, pero yo no tenía celular, no podía darme ese lujo, seguí el sonido y en la mesa estaba un Iphone, el de última generación, lo tomé y contesté.
—¿Señor Conrad?, —Era una voz femenina al fondo.
—Si soy yo. —respondí dudoso, aunque era el nombre que estaba en mi documento.
—Sr. Conrad, ya Sebastián está por llegar a la dirección que dejó, acá ya está todo listo para presentarlo en la nueva empresa que adquirió en las últimas horas.
—Ok. ¿Sebastián me va a avisar? —le pregunté tanteando la situación tratando de no parecer dudoso.
—Si no se preocupe, lo espero Sr. Conrad.
—Ok. Ahí estaré. —colgué e inme-diatamente me senté a respirar hondo sobre la cama.
Esto es una locura, parece un sueño, del cual no quiero despertar, pero no puede ser real, solo recuerdo que al final, cuando terminé de hablar con ese extraño, caminé por un sendero del parque desconocido y no recuerdo más, solo despertar en la cama de mi antiguo yo. En eso el celular vuelve a sonar y me saca de mis pensamientos, leí el nombre en la pantalla y era Sebastián,  El chofer.
—¿Si? —respondí al tomar  la llamada.
—Sr. Conrad estoy abajo esperando. —me dijo con mucho respeto en su tono de voz.
—Ok, Sebastián, voy bajando. —le dije, mientras pensé, ¿Y cómo sabré quién es?
Caminé a la puerta, no sin antes mirar atrás, era una vida, mala en su totalidad la que estaba dejando atrás, bajé la cara, parpadee unas dos veces, aspiré y continúe mi camino, abrí la puerta y cerré, dejando un peso atrás y cerrando una historia de dolor que casi me llevó a la muerte. Llegué al ascensor, los nervios me estaban dominando, estaba en los pies de otra persona, de la cual no tenía ni la más remota idea, el sonido del ascensor me trajo de vuelta al lugar, las puertas abrieron, adentro estaban dos señoras de lo más simpáticas, las recuerdo de todas las mañanas, nunca me veían, pero hoy son todo sonrisas conmigo, entré y devolví las miradas con una enorme sonrisa, vi cómo se derritieron ante mi presencia. El ascensor llegó a su destino y las señoras bajaron entre risas y miradas coquetas. Salí y miré alrededor, quizás por última vez, caminé a la puerta de salida del edificio, la abrí y salí a la calle. Miré a todos lados y detecté a un hombre bien vestido, totalmente de negro, me vio e inmediatamente me hizo señas, seguro es Sebastián, me dirigí a él.
—Buenos días señor Conrad. Entre por favor. —Me dijo mientras abría la puerta del vehículo.
—Gracias Sebastián, ¿cuál es el recorrido de hoy? —lo dije con toda la seriedad posible, sin saber si lo que hablaba tendría algún sentido.
—Vamos primero a la torre de ahí retiramos a la Dra. Ingrid y nos dirigimos al laboratorio nuevo.
—Ok, sigue en lo tuyo. —no entendí nada, sin embargo saqué el nombre del siguiente pasajero, Ingrid ¿Cómo será?
Mientras Sebastián manejaba me deleité del lujo de aquella limosina, enfrente una botella de un whisky de dieciocho años de añejo, con el hielo suficiente y botellas de agua y soda alrededor, música envolvente que me hace sentir un rey, una pequeña pantalla de televisión de cristal líquido al frente, y un ambiente interno que hace olvidar el calor o el frío del mundo exterior, todo lo que creí nunca tendría en esta vida.
El vehículo da un giro y estaciona junto a una impresionante torre de negocios, y quedé perplejo cuando leí el nombre de la inmensa estructura, Conrad en letras plateadas en toda la entrada, esto va más allá de todo lo soñado. Los seguros de la puerta se abren y una hermosa mujer vestida impecablemente como ejecutiva entra y se sienta a mi lado.
—Conrad, ¿cómo estás?  —me preguntó con una voz imponente y una seriedad impresionante.
—Bien ¿y tú? —respondí plano sin muchas palabras esperando respues-tas.
—Bien, vamos directo a reunirnos con la junta directiva de Laboratorios Internacional, para  finiquitar las presentaciones y toda la burocracia y protocolo de entrega.
¿Laboratorios Internacional?, es el lugar donde yo trabajo, o bueno trabajé en mi antigua vida, ¿Por qué?
—¿Y al terminar? —pregunté dudoso y a la vez con la curiosidad de no saber nada en absoluto de mi nueva vida.
—Nos presentan en el auditorio como la nueva cabeza de la empresa, y luego un brindis con los gerentes y jefes de departamento, ya sabes cosas de los psicólogos laborales para ganarse la buena fe de los empleados.
La ansiedad me produjo el efecto de detención del tiempo, fue un recorrido increíblemente largo en mi percepción, una gota de sudor corrió por mi frente.
—¿Estás nervioso Conrad?, tienes una gota de sudor deslizándose por tu frente y el aire acondicionado está casi congelándonos, ¿tú, el hombre de hielo?
—No para nada, es que no me siento muy bien, no pasé una buena noche. —le dije mientras bajaba la mirada.
El momento llegó, habíamos arribado, bajamos de la limosina y afuera estaba el gerente general, el Sr. Reymon Culler, nunca había cruzado miradas con él cuando formé parte de la empresa,  a su lado estaba el Gerente de Finanzas, ambos nos llevaron hasta el salón de reuniones de la junta directiva, en el tiempo que estuve ahí nunca llegué a pasar ni cerca de aquel lugar. Entramos y estaban reunidas una cantidad de personas que nunca había visto, pero que eran los verdaderos dueños de la empresa, donde las máximas figuras de poder conocidas por mí eran solo empleados de aquellos magnates. Pasamos y nos colocaron a la derecha del hombre que presidía la junta, el lugar era de lo más lujoso, todo alfombrado, con una pantalla de cristal líquido que seguro estaba sobre las ochenta pulgadas, asientos de cuero, y una vista espec-tacular de la planta industrial.
Después de todas las presentaciones de rigor, me fue entregado el puesto central como nuevo presidente de la junta directiva, entre abrazos los cuales imagino que ninguno es sentido junto a bienvenidas forzadas. Nos guiaron al gran salón donde nos esperaban los empleados de confianza, gerentes y jefes de departamentos, al entrar mi mirada quedó clavada en Alondra. Estaba ahí, ella era la Jefe de investigaciones, me tenté a ir a buscarla, pero no era lo debido, en ese momento yo era el importante y debía manejar mi nueva vida.
—¿Qué te pareció la presentación de la directiva? —me preguntó Ingrid, la vi e intenté responder algo concreto y que no creara sospechas.
—Parece un buen negocio, estoy seguro que no nos equivocamos cuando decidimos tomarlo.
—Es justo lo que pensé, ven vamos a relacionarnos como nos lo indicó el psicólogo industrial, es nuestro trabajo, hasta los poderosos tienen uno ¿No Conrad?
—Si nadie se escapa. —sonreí mientras nos encaminamos por el salón.
Estreché muchas manos y conversé con mucha gente, a pesar de haber trabajado ahí no creo conocer a más del cinco por ciento de las personas reunidas aquí en este momento. Miré alrededor y vi caminando hacia el balcón a Alondra.
—Con  permiso, voy a tomar un poco de aire, los dejo en la grata compañía de la Doctora Ingrid. —le guiño el ojo y salí directo tras Alondra. Camino unos pasos en el inmenso balcón del salón de reuniones y al fondo parada a la luz de la luna está la mujer que me mueve el piso y me hace vibrar el corazón, entonces me dirijo a ella.
—La luna está en su mejor esplendor. —le digo con un tono bajo de voz,  cerca al oído pero sin estar demasiado para no parecer grosero. Sentí como dio un pequeño salto, casi imper-ceptible, que dio muestra de que la tomé por sorpresa.
Gira su rostro y su impresionante  belleza opacó a la hermosa noche.
—Usted es Robert Conrad, el nuevo dueño. ¿Qué hace un hombre tan importante en su gran noche acá en un lugar tan solitario? —me dice con la sensualidad de su voz.
—Le diría que no hay nada allá dentro que se compare con lo que acabo de descubrir acá afuera.
—Me ha ruborizado Sr, Conrad.
—Llámeme Robert, por favor. Y vol-viendo al principio, es una hermosa luna, aunque su belleza logra opacarla.
—Sr. Conrad. —responde apenada.
—Robert recuerda.
—Si perdón Robert, usted sabe cómo hacer sentir bien a una mujer.
—Me conformaría solo con hacerla sentir bien a usted ¿Señorita?
—Perdón que tonta, me llamo Alondra Curtis —me dice mientras me regala lo penetrante de su mirada.
—¿Y qué haces acá Alondra? —le pregunté, aunque ya sabía la res-puesta.
—Soy la Jefe de Investigaciones de su laboratorio.
—El conocerte pago cada dólar de esta inversión, ya si la empresa no da dividendos no importa, en este momento tengo todo el dividendo que pediría a la vida.
En eso el sonido de unos tacones andando a toda velocidad estremeció el silencio del romántico lugar.
—Conrad es hora de irnos, debemos atender la videoconferencia con la empresa en Australia. Aquí es de noche pero allá están en pleno proceso productivo. —me imagino que Ingrid debe ser mi reloj y debo acostum-brarme a eso.
—Alondra, ¿puedo comunicarme contigo en la semana? —Le pregunté sin pensarlo.
—Seguro, claro (Risas) —La puse nerviosa, nunca me imaginé verla nerviosa ante mí, que felicidad. —Ok, es un hecho debo irme, no porque quiera, pero —me despedí con un beso en la mejilla cosa que casi hizo que me temblaran las piernas, pero me aguante, era otro, ahora era Robert Conrad.
La reunión con Australia fue un éxito, la memoria interna ya me dejaba datos de mi profesión, poco a poco me convertía en un versado de los negocios, vi el reloj y eran las once y media de la noche, el tiempo había pasado volando, no me había olvidado de la reunión más importante del día, era en el parque junto al señor extraño.
—Ingrid debo irme, tengo algo que hacer todavía antes de terminar el día.
—¿Placer?
—No, negocios, debo culminar uno muy importante, pero este es per-sonal.
—Ok, nos vemos mañana.
—Estoy seguro que sí, es una decisión ya tomada.
Sebastián me llevó hasta la entrada del Parque Central, ahí me quedé a pesar de la preocupación de mi empleado. Le expliqué que no había problema y que diera una vuelta y pasara por mí en una hora por este mismo lugar. Entré por el mismo camino que recorrí el día anterior, se mantenía completamente solo, estaba seguro que el extraño ser lo había preparado para mi llegada, el frío se hacía más fuerte a medida que avanzaba en mi camino, era algo misterioso, el hecho de que no había nada de brisa, las hojas de los árboles no tenían ningún movimiento, el silencio era total, los sonidos habi-tuales de los insectos nocturnos no estaban presentes, aun así seguí mi camino, llegué a la banca y esta vez no estaba sola, estaba esperando sentado el extraño sujeto, sin voltear me hace una seña con la mano.
—Me gusta la responsabilidad, eres un tipo confiable, te dije una hora y un lugar y aquí estás, muchos no lo hubieran hecho. —me dijo con voz de satisfacción.
—Ok, aquí estoy, te escucho. —le dije casi simultáneamente a sus comentarios.
—No hay apuro, ven siéntate a mi lado, cuéntame, que te pareció la vida que te propuse, todavía quieres morir bajo mis manos.
—No quiero morir en tus manos, quiero vivir como Robert Conrad, y quiero saber que tengo que hacer para eso.
—¿Te gusto verdad?, te diste cuenta que no era morir tu deseo, sino una vida con la cual te sintieras satisfecho. Ok, me agrada eso, lo que pagues no es nada, ya que no tenías vida, eras un hombre muerto, lo que te pida para ti solo será dar algo que no tenías y gracias a que encontraste tu razón de vida puedes aprovechar.
—Si lo que digas, no tengo nada que perder. En eso estoy claro. Pero dime solo una cosa, ¿Cuánto tiempo tendré?
—El tiempo es indefinido, una vida original, nada más que eso.
—¿Qué debo dar a cambio? —pregunté con la certeza que aceptaría lo que pidiera.
—Yo quiero solo cinco horas de tu vida una vez cada mes, el último día del ciclo mensual comenzando a la media noche, es todo lo que pido.
—¿Es todo?, un día me acuesto antes de la media noche y  luego me levanto a desayunar en la mañana.
—Es todo, no pido más. Si aceptas haremos un pacto de sangre en este momento y nunca podrá romperse, ni tú ni yo tendremos ese poder.
—OK, que debo hacer.
—Dame tu mano derecha y pon la palma hacia el cielo.
El extraño sujeto tomó mi mano con la izquierda suya y la levantó apuntando al oscuro cielo, luego alzó su mano derecha, era grande y huesuda con las uñas muy largas, acercó el dedo índice a mi mano y sentí el ardor cuando rajó por el medio la palma de mi mano, juro haber visto encandecer la larga uña y quemar mi mano al momento de marcarla, un grito de dolor ahogado salió de mi garganta.
—Está hecho —lo escuché decir mientras yo tenía los ojos cerrados por el dolor.
Unos segundos pasaron, el dolor de mi mano desapareció, una voz me trajo al lugar.
—¿Tarde mucho en llegar señor Conrad?, espero no haberlo dejado aguardando mucho tiempo. —Era Sebastián, ya no estaba en el parque, estaba en la entrada, donde el chofer me había dejado.
—No Sebastián, acabo de llegar, no pudiste ser más puntual. Llévame a casa por favor.
Esa fue la primera noche de una nueva vida, mi nombre es ahora Robert Conrad, vi mi mano y no tenía marca alguna, no perdí tiempo en pensar en eso y continué mi camino a mi nueva casa.
El mes pasó muy rápido ya mi mente había adaptado completamente los conocimientos de Robert Conrad con mi esencia, no éramos dos, por fin era la unidad. En la última semana mi relación con Alondra había crecido, no quise apabullarla con sobre aten-ciones, fui de menos a más, hoy le pediré que sea mi novia, espero que el primer beso llegue y que sea como siempre lo imaginé.
 Este cuerpo es fabuloso, cada día me esfuerzo más, corro más rápido, en el gimnasio de la empresa tengo un plan de trabajo diario de dos horas de entrenamiento, todavía no me acostumbro a ser el centro de las miradas femeninas, es algo que poco a poco iré asumiendo, pero solo me interesa una mujer y esa es Alondra, y es momento de pasar por ella. Mire hacía el escritorio y con determinación accioné el intercomunicador de la oficina.
—Sunny dile por favor a Sebastián que me espere en la entrada e infórmale a Ingrid que voy a salir hoy temprano. —ya me había acostumbrado a que Ingrid era mi otro yo, pero con lo de Alondra trato de dejar un punto en blanco entre los dos.
Bajé en el ascensor y me dirigí a la entrada, ya Sebastián estaba en espera.
—Señor, buenas tardes, pase por favor.
—Gracias Sebastián, llévame a Laboratorios Internacionales, vamos a pasar buscando a la señorita Alondra.
—Como no señor, de inmediato.
En el camino no dejaba de pensar que hoy tenía solo hasta las once para disfrutar de la compañía de Alondra. Quería tener un sí, ya que a pesar de que el extraño sujeto me había explicado lo de nuestro pacto, iba a ser la primera noche donde le cedía mi ser por cinco horas y no sé si realmente tendría un regreso normal después de eso.
—Llegamos señor, veo a la señorita Alondra en la puerta.
—Ok, vamos por ella.
A medida que el auto se acercaba cada vez me enamoraba más de esa mujer, por la que seguro vendí el alma sin saberlo. El auto se detiene y Sebastián sale a abrir la puerta de mi amada.
—Hola preciosa, —mirándome con aquellos hermosos ojos.
—Hola, ¿y dime a donde vamos con tanto misterio? —con una sonrisa pícara acompañando a la oración.
—Es una sorpresa, y espero que te guste.
Fuimos al restorán más selecto de la ciudad, conversamos largo rato, reímos, estábamos en lo más alto de la noche.
—Ven es hora de ir a otro lugar.
—¿Más sorpresas? —Me dijo mientras me regalaba la mejor de las sonrisas.
—Quisiera no tener límites para sor-prenderte toda la vida.
Abordamos la limosina y en el camino brindamos por nosotros y la oportunidad de conocernos.
—Mira ya llegamos.
Sebastián detuvo la limosina frente a un parque de diversiones que estaba cerrado. Nos bajamos del vehículo tras la sorprendida mirada de Alondra.
—¿Qué hacemos aquí Robert?
—Ven sígueme. —le llevé a la entrada donde un anciano nos esperaba.
—Buenas noches señor Conrad, pase por favor. —me dijo al amable anciano apenas llegamos a él
—Gracias Anselmo. —le respondí con la decencia que correspondía.
—¿No me digas que esto es tuyo?     —me dijo asombrada Alondra.
—Sí, ven quiero llevarte a un lugar especial.
Le tapé los ojos con mis manos mientras avanzábamos por el pequeño parque de diversiones.
—Llegamos, abre los ojos.—le indiqué mientras quitaba las manos dejando sus ojos en libertad.
El rostro de Alondra manifestó el cúmulo de emociones que pasaron por su mente, estaba frente a la rueda del amor,  completamente adornada hasta su entrada con un camino de flores y en el primer asiento una botella de vino con dos copas esperando por nosotros.
—Quiero que me acompañes en este viaje.
—Claro que sí, Robert, —y me llevó corriendo hasta la entrada.
Nos sentamos y Anselmo accionó el arranque y la rueda comenzó su andar lentamente, fuimos ascendiendo mientras descorchaba la botella, al estallar el corcho las risas nuestras lo acompañaron, al llegar al punto más alto Anselmo la detuvo y yo con las copas en nuestras manos le confesé mi amor,  le pedí ser mi novia y ella aceptó.
Eran las once y media de la noche, hace una hora dejé a Alondra en su casa, ya estaba en la cama, yo me mantenía nervioso, sentía que el sueño no llegaba a mí,  los minutos pasaban y sentía que el corazón se me iba a salir por la boca, de repente una paz llegó a mí y luego el sueño fue quien tomó el dominio.
Una mujer corriendo por el parque, de pronto oscuridad, la mujer nue-vamente está llorando, asustada, la oscuridad regresó, no entiendo. Le rasgo la camisa, siento mucho deseo, un deseo salvaje, la muerdo en el cuello, fuerte, creo que la corté con mis dientes, el deseo es enorme, mi pene arde, le tomo los senos, los succiono, ella grita, grita mucho, yo la golpeo, se desmaya, otra vez le succiono los senos, se los muerdo, siento la sangre en mi boca, le rompo el pantalón, le arranco la panti, es roja, pequeña, le abro las piernas y la penetro, siento como cruje su cuerpo cada vez que la penetro, siento mucho placer, es como una droga, no puedo controlarme, ahhh acabé, la tomo por el brazo y la lanzo lejos, suena un disparo, corro, muy rápido, no veo nada, solo oscuridad, mucha oscuridad.
De pronto me levanto de un golpe de la cama, sudando copiosamente, voy al baño, me reviso las manos, me veo la cara en el espejo, veo mi ropa, nada, estoy limpio, no tengo rasguños, ni sangre, estoy con la pijama de ayer. Entro en calma, debió haber sido un mal sueño, veo alrededor de la habitación y todo se ve normal.
—Debió ser una pesadilla, mejor me ducho para ir a la empresa. —fue el pensamiento que se adueñó de mí.
Me duché, luego me vestí, vi mi celular y tenía un mensaje, era de Alondra, “Te amo” colocó, yo también y ella no imagina como. Bajé a la entrada de la casa, ya había llegado Sebastián, entré en la limosina y fui con nor-malidad a la empresa, al llegar me esperaba Ingrid.
—Robert, ¿cómo amaneciste?, ayer por primera vez en años te fuiste temprano, ¿Algo que no sepa?
—Nada fuera de lo normal, vamos al cafetín a tomarnos un café y desayunar.
—Vamos.
Caminamos juntos atravesando el edificio, las personas al pasar nos saludaban con algo de nervio, es impresionante el poder, uno se convierte en casi un Dios, llegamos y nos sentamos en una pequeña mesa, ya el encargado nos traía lo de siempre, dos expresos y un empa-redado de jamón. En ese momento algo llama la atención de Ingrid y de los que estaban en el cafetín.
—¿Robert viste lo que ocurrió en Parque Central? —me comentó con mirada de asombro.
—No ¿Por qué?
—Mira la televisión está pasando lo que ocurrió.
Lo que vi me paralizó, las imágenes estaban pixeladas por lo crudo de las escenas, hubo un homicidio des-garrador, una mujer fue horriblemente violada, destrozada, con mordidas en la garganta y los senos, el cuello roto y violentada en sus partes íntimas, el asesino fue divisado por la policía que hacía el recorrido nocturno pasada la media noche e intentaron detenerlo pero fue imposible, le dispararon pero logró escapar.
—Fue lo que soñé, ¿sería posible?, ¿para eso di mi ser? ¿Vale Alondra que me convierta en un asesino? —el pensamiento daba vueltas por mi mente atormentándome sin piedad.
Salí de ahí, no podía con esa verdad, me excuse con Ingrid, tuve que ir al lugar, no podía escapar de la conciencia, tomé un taxi y llegué al parque, caminé hasta encontrar el sitio del homicidio, ya la policía se había marchado, estaba todo aislado con cinta policial, sin embargo todo estaba ahí, mis recuerdos, el sueño no fue tal, fue una realidad, me convertí en un asesino y debía asumir el valor del Pacto Infernal.
Próxima entrega:
Volumen Dos:
Sexo Voraz

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