Lujuria
El Pacto Infernal.
Son
las cinco de la tarde, los números del reloj colgado a la blanca pared del
laboratorio parecían ir a una velocidad diferente a mi ansiedad, como sufro en
este asqueroso lugar, era un sitio incomodo, con jaulas de animales de una
esquina a otra, para caminar debía calcular bien para no tropezarme con la
punta aguda de cualquiera de las mesas, el olor a zoológico unido a los químicos me
revuelven el estómago, entre mis quejas mentales y los lamentos de un empleado
mediocre vi con alegría que el reloj indicaba que ya es la hora de salida, la mejor noticia en
este fatídico día, mi día laboral era el más fastidioso del mundo, me daba
vueltas la cabeza de tanto repetir y repetir movimientos bajo la estúpida
mirada de este simio, había utilizado casi la totalidad del tiempo en el
adiestramiento de Laura. Ella era la chimpancé grande y vieja a la que tengo
que enseñar el lenguaje de señas y así probar que el intelecto es proporcional
al hábito. Es la parte del experimento que me ha tocado a mí, lo más básico en
la línea experimental, lo atrayente y donde las miradas se dirigían, la
lectura de las líneas de pensamiento y valores cerebrales cayeron en manos de
Arthur, en la vida a algunos les vienen las cosas fáciles, sé que yo no soy uno
de esos. Mira como está, disfrutando de la compañía de Alondra, tan hermosa,
sus ojos verdes como esmeraldas se funden en su piel blanca como la nieve
bordeada por el rojo de su ondulado y muy largo cabello, yo mientras con una
mona con un hedor del infierno, ¿Por qué no me toca estar con las hermosas prin-cesas?,
siempre quedo a un lado de la ecuación. Es cierto que Arthur es alto y rubio,
mientras yo soy pequeño y de aspecto promedio, más promedio no puedo ser, soy
el típico ser que pasa desapercibido en cualquier lugar, (Suspiro).
Cerré la puerta de vidrio que dividía el
laboratorio de la jaula de Laura, caminé bordeando el lugar solo para
encontrarme en el camino con Alondra, sé
que es estúpido, caminaba el doble de lo que debería para salir, ¿Tenía
escusa?, no, pero no me importaba, igual hombres como yo no pueden tener mayor
contacto con mujeres como Alondra que tro-pezarnos en el pasillo y por lo menos
dejarme ver aunque sea como un obstáculo. Se están riendo, es tan hermosa, que
suerte la de Arthur, haber nacido con todo y yo sin nada, es acaso la ley de
causa y efecto, si un hombre trae todo para ser superior otro debe venir sin
nada para ser lo opuesto. Se están levantando, él toma de su mano, fue un
segundo, pero vi que la tomó, fue un roce, pero a ella le gustó, ahí vienen
saliendo, tengo que caminar más rápido para encontrarlos de frente. Pero como
todo lo que me ha pasado en mi vida ha sido malo, esto no podía ser la
excepción, ¿por qué no pude ver el cable de fibra óptica que estaba suelto?,
¿Era necesario que el destino me recordara que soy un perdedor?, Y así fue como
caí estrepitosamente a los pies de Alondra bajo la risa burlona que retumbó en
todo el laboratorio, las miradas sarcásticas de todos a mi alrededor, pero la
que destrozó mi corazón y mi ser fue como me miró Alondra, me hizo sentir como
una minúscula partícula asquerosa, que le causaba repudio y estupor.
Una
hora después me encontraba deambulando por la ciudad, caminaba recibiendo
golpes por los costados y tropezones de la gente al caminar por las pobladas
calles, no advertían mi presencia solo al momento de toparse con mi cuerpo y
como consecuencia el insulto y no la disculpa, me ven tan inferior, que lo que
emano es las ganas de insultar.
Caminé
más de dos horas, atravesé la ciudad por completo. Estaba en el lado Norte, la
parte más peligrosa de la metrópolis, un lugar lleno de bares y prostíbulos,
sitios donde personas como yo buscaban la aceptación, aunque esta venga del
pago de algunos dólares a una prostituta barata. Ya la noche había arropado
todo alrededor, las luces de los bares
dominaban el camino, ya las mujeres de la mala vida comenzaban a transitar por
las inmediaciones, morenas, blancas, gordas, flacas, todo tipo de formas y géneros
estaban reunidos en esa esquina. Vi un local que se levantaba al final de la
calle, luces moradas y blancas se cruzaban en un zigzag de obscenidad, me
llamaba como la miel a las moscas, entré a través de las puertas batientes
protegidas por cortinas perladas que sonaban como maracas al caminar entre
todas ellas. Una nube espesa de nicotina me dio la bienvenida, unido a la
música country rompecorazones que sonaba a todo volumen, caminé a través de un
campo minado de pecado, como si estuviera de turismo en la mismísima Sodoma y Gomorra, la luz era escasa, los
bombillos rojos estaban a lo largo y alto de las paredes, las mesas llenas de
botellas de licor y alcohólicos respirando sus mucosidades mientras sus cabezas
caen en ángulos imposibles para sus cuellos. Mujeres con maquillajes que estaban
en los límites de las cari-caturas,
olores que confundían bebidas alcohólicas baratas con perfumes de mala calidad. Caminé hasta la
barra donde estaba el cantinero.
—Un
whisky doble por favor. Le pedí sin pensarlo dos veces.
—Tome.
—me sirvió como si sus manos fueran extensiones de vasos y botellas, fue
automático, sin mirarme, como si en esos sitios los rostros no importaban, solo
las pocas monedas que salían de los bolsillos. No duré más de un minuto sentado
con el trago en la mano cuando sentí un brazo posado en mi hombro y unos dedos
con unas uñas largas y pintadas de un rojo incandescente acariciando mi cuello.
—Hola
guapo, ¿quieres compañía? —fueron sus palabras susurradas a mi oído, con una
voz ronca y sensual, se notaba ensayada para despertar bajas pasiones solo al
escucharla.
—Porque
no, —le contesté, no sé de donde saqué el aplomo, las mujeres no eran lo mío,
aun sabiendo que ella era solo un servicio que si podía pagarlo, lo tendría.
—Gracias
mi rey, —me dijo mientras daba un giro y se sentaba frente a mí, colocando su
mano en mi pierna y luego girando levemente la mirada al cantinero.
—Bruno,
un trago para una dama, lo anotas en la cuenta del lindo caballero.
¿Lindo?,
lo que hace el pago de unos pocos dólares, miré al frente y encontré muchas
botellas colocadas en bases de vidrio que les servían de soporte, detrás había
un espejo, fije la vista y me vi reflejado en él, la rabia se apoderó de mí en
ese momento, ¿Por qué el destino me trató así?, ¿existía en verdad un Dios?
Miré mi rostro y era la antítesis de la belleza, gran nariz, ojos muy pequeños,
cara larga y delgada, poco cabello, me veía enano delante de la prostituta que
me ofrece sus servicios, flaco y desgarbado. ¿No había una manera de hacerme
sentir peor? ¿Por qué existen los Arthur?, es que algo que hice en alguna vida
anterior y mi castigo es no acordarme y vivir esta represalia sin saber que lo originó. ¿Acaso ese es el
Dios piadoso que tanto pregonan?, ¿Lindo?, lo que hacen unos dólares.
—¿Qué
le sucede a mi caballero de galante armadura? —Me dijo la prostituta sacándome
de mi amargo letargo.
—Nada,
disculpa, ¿está bueno tu trago? —le
respondí para salir del paso, la amargura me estaba consu-miendo.
—Mira,
mi galán, no sé qué me pasa contigo, pero me encantaría seguir en otro lugar,
la noche es larga. —Me hablaba con su voz ronca y sensual, como una pantera
sigilosa en busca de atrapar a su presa.
—¿Qué
propones?. —le dije por seguir las reglas del cortejo, que no era más que el
cierre de una negociación monetaria para conseguir copular por unos minutos.
—Ve a
la caja de atrás y cancela una habitación, te daré la mayor de las
satisfacciones, solo por algo a cambio, ya sabes la vida es dura.
Acepté
sin pensarlo mucho, ya estaba claro que era la única forma que una mujer
estuviera conmigo, debía ser así, pagando, no había otra manera para personas
como yo, una pregunta que siempre estará en mi buscar la respuesta, ¿Por qué?,
No era posible que existiera un Dios justo, él no permitiría tal sufrimiento.
Rebajar a un ser humano a negociar lo que por ley es un sentimiento al cual
debería tener acceso.
Subí
las escaleras tomado de la mano de aquella prostituta, era alta, me llevaba
unos diez centímetros sin los tacones seguro, con ellos la veo altísima,
inalcanzable para un pequeño ser como yo, las piernas parecían las de un
flamenco, largas y elegantes, que se fundían en la unión de aquel mínimo
vestido corto que dejaban ver su ropa íntima roja, si le quitabas todo aquel
maquillaje circense y la vestías de forma elegante y recatada seguro sería una
hermosa mujer, ella también tendría sus demonios para haber acabado en un lugar
como este.
—Ven,
acércate a la cama. —me decía mientras dejaba sus senos al descubierto, era
grandes, se notaba que habían pasado por muchas manos, la gravedad había ganado
la batalla, atrapados en el soporte del sensual vestido eran como frutas
apetecibles para tomarlos y comerlos de un solo bocado, sin él, no eran más que
dos bolsas colgantes de carnes flácidas.
—Tómalos
en tus manos, están esperando por ti. —me repetía, fui a buscarlos, igual,
quien era yo pera exigir las hermosas colinas de Alondra, debía pagar para
atrapar los globos espichados de la acompañante prepago del momento.
Ella
tomó mis manos y las colocó sobre sus senos, tuve una erección al instante,
ella posó sus labios sobre mi pantalón y apretó con ellos mi miembro y me hizo
delirar, por minutos olvidé que era una transacción económica y me dejé llevar, luego me quitó la camisa y por
último me desabrochó el cinturón, cayendo mis pantalones al piso, no pensé que
tenía los calzones blancos de algodón, nada sexis, pero que importa si estaba
pagando, luego los bajó, yo continuaba
con los ojos cerrados, sentí que hubo una falta de continuidad y abrí los ojos,
en ese momento vi una sonrisa burlona en la cara de la prostituta, me estaba
viendo el pene, y su cara reflejaba que aguantaba la carcajada, de inmediato me
subí el calzón y los pantalones, la prostituta intentó detenerme.
—Mi
rey, no te vayas. —me dijo con toda la
hipocresía del momento.
—No
importa ya te cancelé el servicio, no daré ninguna queja abajo. —le dije con la
calma de la indignación.
Esa
noche salí del burdel físicamente, pero dejé en él lo último que me quedaba de
dignidad, las ganas de vivir se habían esfumado, no estaba interesado en pagar
un karma de la cual no fui testigo, nada en mi funcionaba para vivir en una
sociedad materialista, donde el físico era lo único que importaba, no era lo
que más, era realmente lo único, y no recibí de la naturaleza nada con lo cual
pudiera por lo menos vivir dig-namente, si así será, entonces no quiero vivir.
Caminé
a mi casa con la idea de quitarme la vida, estaba lejos, la noche estaba muy
espesa, muy densa, esa parte de la ciudad parecía iluminarse solo con la luz de
los bares, ya las prostitutas se habían adueñado de todas las calles, y el
transitar de los vehículos habían crecido, todos buscando la mercancía que no
podían encontrar gratis, o por lo menos encontraban la suciedad que no le daban
sus esposas, traté de salir de ese infierno que solamente me recordaba lo
minúsculo de mi existencia. Así fue por una hora, ya no estaba en la lúgubre
zona norte de la ciudad, pero la soledad era mi única acompañante, la cara de
la prostituta y su burla rondaban mi mente y se inmiscuían en cada pensamiento
que venía a ella, recordaba a Alondra y de inmediato sentía que aun rompiendo
la barrera de mi fealdad, al llegar a la intimidad esa risa burlona de la
prostituta vendría de ella, seguro Arthur tenía todo el paquete, yo solo vine a
servir de burla para las Alondras y los Arthurs.
Diez
minutos después me percaté que estaba en la entrada del parque central, sabía
que a esa hora era lo más peligroso de la ciudad, la zona norte era el paraíso
celestial en comparación al parque nocturno, en él se ocultaban toda clase de
maleantes y psicóticos en busca de la presa de turno. Yo no quería vivir, que
mejor lugar que este para que me quiten la vida, me interné en lo más profundo
de aquella área.
Sentí
cuando estaba justo frente al lago que dicta el lugar más apartado del parque, sentí
unos pasos detrás de mí, el crujir de las hojas secas bajo sus pies, delante, a
un metro estaba una banca, escuché la risa sádica de por lo menos dos jóvenes,
caminé hasta la banca y me senté, alcancé a oír cuando uno dijo, —yo le corto el cuello y
luego lo robamos, este vino acá buscando la muerte, y sentí cuando corrió hacía
mí, cerré los ojos y solo esperé. Pensé en lo que cuentan sobre cuándo vas a morir y entonces pasan por tus
ojos todos los recuerdos de la vida, pero se equivocaron conmigo, no tengo nada
que recordar, todo solo fue sufrimiento, sentí el frio de la brisa levantada
por el cuchillo que seguro vendría a mi garganta, junto a un grito que de repente se cortó, quedé
quieto, en silencio, esperando el frío metal en mi cuello que nunca llegó, solo
un silencio opaco fue lo que continuó a mi espera.
—¿Se
siente bien? —fueron las palabras que mis oídos percibieron, era una voz muy
gruesa y profunda, más bien espectral. Abrí los ojos y giré el rostro
Sentí
un frio muy intenso, la brisa paró de golpe, los faros de pronto dejaron de alumbrar,
la niebla se hizo presente y luego lo vi en las penumbras, observándome
fríamente
—¿Quién
eres? —le pregunté, aunque sabía que no era un ser de este mundo, y que seguro
algo le había hecho a los maleantes que segundos antes iban a acabar con mi
vida.
—Solo
un amigo de la noche, igual que tú apreciando su belleza, ¿me equivoco? —me
respondió y él al igual que yo sabía que esa no era la verdadera respuesta, ni
la pregunta que me quería hacer.
—En
realidad no soy admirador de la noche, y le soy honesto, ni de la vida, ni nada
que haya sido creado por el que se dice Dios, yo vine aquí buscando la muerte,
porque hasta cobarde soy que no puedo brindármela yo mismo, y si tú eres quien
me hará el favor, no tardes, que quiero morir lo más pronto posible. —le dije
sin pensar en ninguna de las palabras, fue todo lo que tenía adentro, y después
quedó solo el vacío.
—Sé
que percibiste que no soy un hombre
normal, se nota en tu mirada, decidida a morir. Pero ¿estás seguro que es lo
que realmente quieres? o ¿Es la salida por no conseguir lo que deseas? —fue una
pregunta que me dejó perplejo, no lo había pensado así, es verdad yo quiero
morir porque me convencí que no puedo tener lo que quiero.
—Mire,
tiene razón pero igual el caso sigue siendo el mismo, lo que quiero es un
imposible, entonces la solución a mi sufrimiento sigue siendo la misma, la
muerte, así que dígame si lo va a hacer o no. —le respondí desde el fondo de mi
más enorme rencor.
—Dame
veinticuatro horas, mañana al despertar tendrás otro destino, si te gusta la
nueva vida que te ofrezco, regresas acá, igual a la media noche, y si todavía
insiste en morir, yo lo haré sin preguntar, pero si aceptas la nueva vida
hablamos de como continuar en ella, no pierdes nada. —fueron sus palabras con un
tono de seguridad y una voz tan profunda que no me dio momento a dudas.
—Ok,
lo haré, por hoy vuelvo a mi casa, lo haré porque me has complicado mi
simplicidad, pero tienes razón nada pierdo.
Así
salí de aquel lugar, era como si un camino se hubiera abierto y nadie tenía
conocimiento de él, no recordaba haber pasado por allí, se extendía como por un
kilómetro de largo, a cada lado un faro de luz antiguo seguido de otros a unos
diez metros de distancia entre cada uno de ellos, el recorrido contaba con una
luz muy tenue que me hacía vagar entre sombras, el camino era de piedras y las
bancas estaban colocadas a lo largo de él, caminé por largo tiempo entre
silencio y sombras.
La luz
pegó en mis parpados, los abrí con incomodidad, giré en la cama buscando
escapar de ellos, el sueño no me dejaba huir de él, tomé la sábana y me arropé
hasta la cabeza, mis pies quedaron al aire y la brisa que entró por la ventana
me hizo intentar ocultarlos bajo la sábana, pero no entraban en ella, ¿se habrá
encogido?, seguro, con mi suerte ¿Por qué le habré parado a aquel extraño
sujeto?, hoy bajo la luz del día y sin los efectos del alcohol me da risa lo
que pensé, creí que era el mismo demonio, cosas de borracho, de verdad que ayer
no quería vivir.
Me
levanté de la cama y me dirigí al baño, iba con los ojos entre cerrados, la luz
del día me estaba pegando más de lo normal, busqué la manija del baño y no la
encontraba, abrí los ojos y estaba muy abajo, la resaca me debe haber afectado
los sentidos, entré en el baño y tomé el jabón con el sueño todavía dominándome,
estaba cobijado con la sábana, me la quité para bañarme y de pronto.
—¿Qué
es esto Dios?, esto no es mío, me llega
casi a la rodilla, ¿mis piernas?, ¿Por qué tan blancas?.
Vi mis
manos y eran enormes, tenía un pito de un caballo, ¿qué pasaba?, ¿estaba drogado?,
respiré hondo y busqué detrás de mí.
—El
espejo, debo ver qué carajo pasó aquí.
Caminé
hasta él con todo el temor del momento, tenía los ojos cerrados, con un enorme
temor de abrirlos, paré frente al lavabo, estaba como todo en aquel lugar más abajo
de lo normal, respiré hondo, y los abrí. Caí de culo en el piso, me levanté
nuevamente, resbalé de los nervios, vi mis pies y eran enormes, me tomé del
lavabo y volví otra vez a estar frente al espejo, no era yo, ni remotamente,
tenía un perfecto cabello rubio, mis ojos eran un color extraño, no eran
azules, agudicé la vista y noté el tono, eran violetas, mi cutis era perfecto,
abrí la boca como Laura la simia, y vi todos mis dientes, estaban colocados
como si hubieran calculado a precisión el ángulo de inserción de cada uno de
ellos, tan blancos como la nieve, bajé la mirada y vi mi estómago, parecía
deforme de tantos cuadritos en ellos, y otra vez vi el enorme pito con que me
dotaron, seguro por encima de los veinte centímetros y dormido, Dios ese ser,
si sabía lo que decía.
Ya
aceptando mi nuevo y lujoso yo, tomé un baño, dejé que el agua cayera sobre mi
cabeza, era fabuloso sentir cabello nuevamente mojado, ya se me había olvidado
como era, y cada vea que me movía sentía como me azotaba la serpiente con que
me dotaron. Mientras me secaba pensé en detalles que debía pulir, tenía el
cuerpo de un adonis pero el empleo de un perdedor, eso debía remediarlo, quizás
se le pasó al extraño en su promesa, al salir del baño, noté que guindado en la
puerta del closet, estaba un traje impecable, era algo que se me había pasado,
mi ropa antigua no tenía cabida en este cuerpo. Me vestí y me quedaba como un guante,
luego sobre la mesa de noche estaba una cartera que evidentemente no era mía,
de piel, la textura y el olor que tenía el accesorio era solo para uso de
ganadores. La abrí y noté mis documentos, era mi nueva cara, pero no era mi
nombre. Robert Conrad, era obvio que el nombre iba con mi nueva presencia, en
eso suena un timbre, pero yo no tenía celular, no podía darme ese lujo, seguí
el sonido y en la mesa estaba un Iphone, el de última generación, lo tomé y
contesté.
—¿Señor
Conrad?, —Era una voz femenina al fondo.
—Si
soy yo. —respondí dudoso, aunque era el nombre que estaba en mi documento.
—Sr.
Conrad, ya Sebastián está por llegar a la dirección que dejó, acá ya está todo
listo para presentarlo en la nueva empresa que adquirió en las últimas horas.
—Ok. ¿Sebastián
me va a avisar? —le pregunté tanteando la situación tratando de no parecer
dudoso.
—Si no
se preocupe, lo espero Sr. Conrad.
—Ok.
Ahí estaré. —colgué e inme-diatamente me senté a respirar hondo sobre la cama.
Esto
es una locura, parece un sueño, del cual no quiero despertar, pero no puede ser
real, solo recuerdo que al final, cuando terminé de hablar con ese extraño,
caminé por un sendero del parque desconocido y no recuerdo más, solo despertar
en la cama de mi antiguo yo. En eso el celular vuelve a sonar y me saca de mis
pensamientos, leí el nombre en la pantalla y era Sebastián, El chofer.
—¿Si?
—respondí al tomar la llamada.
—Sr.
Conrad estoy abajo esperando. —me dijo con mucho respeto en su tono de voz.
—Ok, Sebastián,
voy bajando. —le dije, mientras pensé, ¿Y cómo sabré quién es?
Caminé
a la puerta, no sin antes mirar atrás, era una vida, mala en su totalidad la
que estaba dejando atrás, bajé la cara, parpadee unas dos veces, aspiré y
continúe mi camino, abrí la puerta y cerré, dejando un peso atrás y cerrando
una historia de dolor que casi me llevó a la muerte. Llegué al ascensor, los
nervios me estaban dominando, estaba en los pies de otra persona, de la cual no
tenía ni la más remota idea, el sonido del ascensor me trajo de vuelta al
lugar, las puertas abrieron, adentro estaban dos señoras de lo más simpáticas,
las recuerdo de todas las mañanas, nunca me veían, pero hoy son todo sonrisas
conmigo, entré y devolví las miradas con una enorme sonrisa, vi cómo se
derritieron ante mi presencia. El ascensor llegó a su destino y las señoras
bajaron entre risas y miradas coquetas. Salí y miré alrededor, quizás por
última vez, caminé a la puerta de salida del edificio, la abrí y salí a la
calle. Miré a todos lados y detecté a un hombre bien vestido, totalmente de
negro, me vio e inmediatamente me hizo señas, seguro es Sebastián, me dirigí a
él.
—Buenos
días señor Conrad. Entre por favor. —Me dijo mientras abría la puerta del
vehículo.
—Gracias
Sebastián, ¿cuál es el recorrido de hoy? —lo dije con toda la seriedad posible,
sin saber si lo que hablaba tendría algún sentido.
—Vamos
primero a la torre de ahí retiramos a la Dra. Ingrid y nos dirigimos al
laboratorio nuevo.
—Ok,
sigue en lo tuyo. —no entendí nada, sin embargo saqué el nombre del siguiente
pasajero, Ingrid ¿Cómo será?
Mientras
Sebastián manejaba me deleité del lujo de aquella limosina, enfrente una
botella de un whisky de dieciocho años de añejo, con el hielo suficiente y
botellas de agua y soda alrededor, música envolvente que me hace sentir un rey,
una pequeña pantalla de televisión de cristal líquido al frente, y un ambiente
interno que hace olvidar el calor o el frío del mundo exterior, todo lo que
creí nunca tendría en esta vida.
El
vehículo da un giro y estaciona junto a una impresionante torre de negocios, y
quedé perplejo cuando leí el nombre de la inmensa estructura, Conrad en letras
plateadas en toda la entrada, esto va más allá de todo lo soñado. Los seguros
de la puerta se abren y una hermosa mujer vestida impecablemente como ejecutiva
entra y se sienta a mi lado.
—Conrad,
¿cómo estás? —me preguntó con una voz
imponente y una seriedad impresionante.
—Bien
¿y tú? —respondí plano sin muchas palabras esperando respues-tas.
—Bien,
vamos directo a reunirnos con la junta directiva de Laboratorios Internacional,
para finiquitar las presentaciones y
toda la burocracia y protocolo de entrega.
¿Laboratorios
Internacional?, es el lugar donde yo trabajo, o bueno trabajé en mi antigua
vida, ¿Por qué?
—¿Y al
terminar? —pregunté dudoso y a la vez con la curiosidad de no saber nada en
absoluto de mi nueva vida.
—Nos
presentan en el auditorio como la nueva cabeza de la empresa, y luego un
brindis con los gerentes y jefes de departamento, ya sabes cosas de los
psicólogos laborales para ganarse la buena fe de los empleados.
La
ansiedad me produjo el efecto de detención del tiempo, fue un recorrido
increíblemente largo en mi percepción, una gota de sudor corrió por mi frente.
—¿Estás
nervioso Conrad?, tienes una gota de sudor deslizándose por tu frente y el aire
acondicionado está casi congelándonos, ¿tú, el hombre de hielo?
—No
para nada, es que no me siento muy bien, no pasé una buena noche. —le dije
mientras bajaba la mirada.
El
momento llegó, habíamos arribado, bajamos de la limosina y afuera estaba el
gerente general, el Sr. Reymon Culler, nunca había cruzado miradas con él
cuando formé parte de la empresa, a su
lado estaba el Gerente de Finanzas, ambos nos llevaron hasta el salón de
reuniones de la junta directiva, en el tiempo que estuve ahí nunca llegué a
pasar ni cerca de aquel lugar. Entramos y estaban reunidas una cantidad de
personas que nunca había visto, pero que eran los verdaderos dueños de la
empresa, donde las máximas figuras de poder conocidas por mí eran solo
empleados de aquellos magnates. Pasamos y nos colocaron a la derecha del hombre
que presidía la junta, el lugar era de lo más lujoso, todo alfombrado, con una
pantalla de cristal líquido que seguro estaba sobre las ochenta pulgadas,
asientos de cuero, y una vista espec-tacular de la planta industrial.
Después
de todas las presentaciones de rigor, me fue entregado el puesto central como
nuevo presidente de la junta directiva, entre abrazos los cuales imagino que
ninguno es sentido junto a bienvenidas forzadas. Nos guiaron al gran salón
donde nos esperaban los empleados de confianza, gerentes y jefes de
departamentos, al entrar mi mirada quedó clavada en Alondra. Estaba ahí, ella
era la Jefe de investigaciones, me tenté a ir a buscarla, pero no era lo
debido, en ese momento yo era el importante y debía manejar mi nueva vida.
—¿Qué
te pareció la presentación de la directiva? —me preguntó Ingrid, la vi e
intenté responder algo concreto y que no creara sospechas.
—Parece
un buen negocio, estoy seguro que no nos equivocamos cuando decidimos tomarlo.
—Es
justo lo que pensé, ven vamos a relacionarnos como nos lo indicó el psicólogo
industrial, es nuestro trabajo, hasta los poderosos tienen uno ¿No Conrad?
—Si
nadie se escapa. —sonreí mientras nos encaminamos por el salón.
Estreché
muchas manos y conversé con mucha gente, a pesar de haber trabajado ahí no creo
conocer a más del cinco por ciento de las personas reunidas aquí en este
momento. Miré alrededor y vi caminando hacia el balcón a Alondra.
—Con permiso, voy a tomar un poco de aire, los dejo
en la grata compañía de la Doctora Ingrid. —le guiño el ojo y salí directo tras
Alondra. Camino unos pasos en el inmenso balcón del salón de reuniones y al
fondo parada a la luz de la luna está la mujer que me mueve el piso y me hace
vibrar el corazón, entonces me dirijo a ella.
—La luna está en su
mejor esplendor. —le digo con un tono bajo de voz, cerca al oído pero sin estar demasiado para
no parecer grosero. Sentí como dio un pequeño salto, casi imper-ceptible, que
dio muestra de que la tomé por sorpresa.
Gira
su rostro y su impresionante belleza
opacó a la hermosa noche.
—Usted
es Robert Conrad, el nuevo dueño. ¿Qué hace un hombre tan importante en su gran
noche acá en un lugar tan solitario? —me dice con la sensualidad de su voz.
—Le
diría que no hay nada allá dentro que se compare con lo que acabo de descubrir
acá afuera.
—Me ha
ruborizado Sr, Conrad.
—Llámeme
Robert, por favor. Y vol-viendo al principio, es una hermosa luna, aunque su
belleza logra opacarla.
—Sr.
Conrad. —responde apenada.
—Robert
recuerda.
—Si
perdón Robert, usted sabe cómo hacer sentir bien a una mujer.
—Me
conformaría solo con hacerla sentir bien a usted ¿Señorita?
—Perdón
que tonta, me llamo Alondra Curtis —me dice mientras me regala lo penetrante de
su mirada.
—¿Y qué
haces acá Alondra? —le pregunté, aunque ya sabía la res-puesta.
—Soy
la Jefe de Investigaciones de su laboratorio.
—El
conocerte pago cada dólar de esta inversión, ya si la empresa no da dividendos
no importa, en este momento tengo todo el dividendo que pediría a la vida.
En eso
el sonido de unos tacones andando a toda velocidad estremeció el silencio del
romántico lugar.
—Conrad
es hora de irnos, debemos atender la videoconferencia con la empresa en
Australia. Aquí es de noche pero allá están en pleno proceso productivo. —me
imagino que Ingrid debe ser mi reloj y debo acostum-brarme a eso.
—Alondra, ¿puedo
comunicarme contigo en la semana? —Le pregunté sin pensarlo.
—Seguro, claro
(Risas) —La puse nerviosa, nunca me imaginé verla nerviosa ante mí, que
felicidad. —Ok, es un hecho debo irme, no porque quiera, pero —me despedí con
un beso en la mejilla cosa que casi hizo que me temblaran las piernas, pero me
aguante, era otro, ahora era Robert Conrad.
La reunión con
Australia fue un éxito, la memoria interna ya me dejaba datos de mi profesión,
poco a poco me convertía en un versado de los negocios, vi el reloj y eran las
once y media de la noche, el tiempo había pasado volando, no me había olvidado
de la reunión más importante del día, era en el parque junto al señor extraño.
—Ingrid debo irme,
tengo algo que hacer todavía antes de terminar el día.
—¿Placer?
—No, negocios, debo
culminar uno muy importante, pero este es per-sonal.
—Ok, nos vemos
mañana.
—Estoy seguro que
sí, es una decisión ya tomada.
Sebastián me llevó
hasta la entrada del Parque Central, ahí me quedé a pesar de la preocupación de
mi empleado. Le expliqué que no había problema y que diera una vuelta y pasara
por mí en una hora por este mismo lugar. Entré por el mismo camino que recorrí
el día anterior, se mantenía completamente solo, estaba seguro que el extraño
ser lo había preparado para mi llegada, el frío se hacía más fuerte a medida
que avanzaba en mi camino, era algo misterioso, el hecho de que no había nada
de brisa, las hojas de los árboles no tenían ningún movimiento, el silencio era
total, los sonidos habi-tuales de los insectos nocturnos no estaban presentes,
aun así seguí mi camino, llegué a la banca y esta vez no estaba sola, estaba
esperando sentado el extraño sujeto, sin voltear me hace una seña con la mano.
—Me gusta la
responsabilidad, eres un tipo confiable, te dije una hora y un lugar y aquí
estás, muchos no lo hubieran hecho. —me dijo con voz de satisfacción.
—Ok, aquí estoy, te
escucho. —le dije casi simultáneamente a sus comentarios.
—No hay apuro, ven
siéntate a mi lado, cuéntame, que te pareció la vida que te propuse, todavía
quieres morir bajo mis manos.
—No quiero morir en
tus manos, quiero vivir como Robert Conrad, y quiero saber que tengo que hacer
para eso.
—¿Te gusto verdad?,
te diste cuenta que no era morir tu deseo, sino una vida con la cual te
sintieras satisfecho. Ok, me agrada eso, lo que pagues no es nada, ya que no
tenías vida, eras un hombre muerto, lo que te pida para ti solo será dar algo
que no tenías y gracias a que encontraste tu razón de vida puedes aprovechar.
—Si lo que digas,
no tengo nada que perder. En eso estoy claro. Pero dime solo una cosa, ¿Cuánto
tiempo tendré?
—El tiempo es
indefinido, una vida original, nada más que eso.
—¿Qué debo dar a
cambio? —pregunté con la certeza que aceptaría lo que pidiera.
—Yo quiero solo
cinco horas de tu vida una vez cada mes, el último día del ciclo mensual
comenzando a la media noche, es todo lo que pido.
—¿Es todo?, un día
me acuesto antes de la media noche y
luego me levanto a desayunar en la mañana.
—Es todo, no pido
más. Si aceptas haremos un pacto de sangre en este momento y nunca podrá
romperse, ni tú ni yo tendremos ese poder.
—OK, que debo
hacer.
—Dame tu mano
derecha y pon la palma hacia el cielo.
El extraño sujeto tomó
mi mano con la izquierda suya y la levantó apuntando al oscuro cielo, luego
alzó su mano derecha, era grande y huesuda con las uñas muy largas, acercó el
dedo índice a mi mano y sentí el ardor cuando rajó por el medio la palma de mi
mano, juro haber visto encandecer la larga uña y quemar mi mano al momento de
marcarla, un grito de dolor ahogado salió de mi garganta.
—Está hecho —lo
escuché decir mientras yo tenía los ojos cerrados por el dolor.
Unos segundos
pasaron, el dolor de mi mano desapareció, una voz me trajo al lugar.
—¿Tarde mucho en
llegar señor Conrad?, espero no haberlo dejado aguardando mucho tiempo. —Era
Sebastián, ya no estaba en el parque, estaba en la entrada, donde el chofer me
había dejado.
—No Sebastián,
acabo de llegar, no pudiste ser más puntual. Llévame a casa por favor.
Esa fue la primera
noche de una nueva vida, mi nombre es ahora Robert Conrad, vi mi mano y no
tenía marca alguna, no perdí tiempo en pensar en eso y continué mi camino a mi
nueva casa.
El mes pasó muy
rápido ya mi mente había adaptado completamente los conocimientos de Robert
Conrad con mi esencia, no éramos dos, por fin era la unidad. En la última
semana mi relación con Alondra había crecido, no quise apabullarla con sobre
aten-ciones, fui de menos a más, hoy le pediré que sea mi novia, espero que el
primer beso llegue y que sea como siempre lo imaginé.
Este cuerpo es fabuloso, cada día me esfuerzo
más, corro más rápido, en el gimnasio de la empresa tengo un plan de trabajo
diario de dos horas de entrenamiento, todavía no me acostumbro a ser el centro
de las miradas femeninas, es algo que poco a poco iré asumiendo, pero solo me
interesa una mujer y esa es Alondra, y es momento de pasar por ella. Mire hacía
el escritorio y con determinación accioné el intercomunicador de la oficina.
—Sunny dile por
favor a Sebastián que me espere en la entrada e infórmale a Ingrid que voy a
salir hoy temprano. —ya me había acostumbrado a que Ingrid era mi otro yo, pero
con lo de Alondra trato de dejar un punto en blanco entre los dos.
Bajé en el ascensor
y me dirigí a la entrada, ya Sebastián estaba en espera.
—Señor, buenas
tardes, pase por favor.
—Gracias Sebastián,
llévame a Laboratorios Internacionales, vamos a pasar buscando a la señorita
Alondra.
—Como no señor, de
inmediato.
En el camino no
dejaba de pensar que hoy tenía solo hasta las once para disfrutar de la
compañía de Alondra. Quería tener un sí, ya que a pesar de que el extraño
sujeto me había explicado lo de nuestro pacto, iba a ser la primera noche donde
le cedía mi ser por cinco horas y no sé si realmente tendría un regreso normal
después de eso.
—Llegamos señor,
veo a la señorita Alondra en la puerta.
—Ok, vamos por
ella.
A medida que el
auto se acercaba cada vez me enamoraba más de esa mujer, por la que seguro
vendí el alma sin saberlo. El auto se detiene y Sebastián sale a abrir la
puerta de mi amada.
—Hola preciosa,
—mirándome con aquellos hermosos ojos.
—Hola, ¿y dime a
donde vamos con tanto misterio? —con una sonrisa pícara acompañando a la
oración.
—Es una sorpresa, y
espero que te guste.
Fuimos al restorán
más selecto de la ciudad, conversamos largo rato, reímos, estábamos en lo más
alto de la noche.
—Ven es hora de ir
a otro lugar.
—¿Más sorpresas?
—Me dijo mientras me regalaba la mejor de las sonrisas.
—Quisiera no tener
límites para sor-prenderte toda la vida.
Abordamos la
limosina y en el camino brindamos por nosotros y la oportunidad de conocernos.
—Mira ya llegamos.
Sebastián detuvo la
limosina frente a un parque de diversiones que estaba cerrado. Nos bajamos del
vehículo tras la sorprendida mirada de Alondra.
—¿Qué hacemos aquí
Robert?
—Ven sígueme. —le
llevé a la entrada donde un anciano nos esperaba.
—Buenas noches
señor Conrad, pase por favor. —me dijo al amable anciano apenas llegamos a él
—Gracias Anselmo. —le
respondí con la decencia que correspondía.
—¿No me digas que
esto es tuyo? —me dijo asombrada Alondra.
—Sí, ven quiero
llevarte a un lugar especial.
Le tapé los ojos
con mis manos mientras avanzábamos por el pequeño parque de diversiones.
—Llegamos, abre los
ojos.—le indiqué mientras quitaba las manos dejando sus ojos en libertad.
El rostro de
Alondra manifestó el cúmulo de emociones que pasaron por su mente, estaba frente
a la rueda del amor, completamente
adornada hasta su entrada con un camino de flores y en el primer asiento una
botella de vino con dos copas esperando por nosotros.
—Quiero que me
acompañes en este viaje.
—Claro que sí,
Robert, —y me llevó corriendo hasta la entrada.
Nos sentamos y
Anselmo accionó el arranque y la rueda comenzó su andar lentamente, fuimos
ascendiendo mientras descorchaba la botella, al estallar el corcho las risas
nuestras lo acompañaron, al llegar al punto más alto Anselmo la detuvo y yo con
las copas en nuestras manos le confesé mi amor, le pedí ser mi novia y ella aceptó.
Eran las once y
media de la noche, hace una hora dejé a Alondra en su casa, ya estaba en la
cama, yo me mantenía nervioso, sentía que el sueño no llegaba a mí, los minutos pasaban y sentía que el corazón se
me iba a salir por la boca, de repente una paz llegó a mí y luego el sueño fue
quien tomó el dominio.
Una mujer corriendo
por el parque, de pronto oscuridad, la mujer nue-vamente está llorando,
asustada, la oscuridad regresó, no entiendo. Le rasgo la camisa, siento mucho
deseo, un deseo salvaje, la muerdo en el cuello, fuerte, creo que la corté con
mis dientes, el deseo es enorme, mi pene arde, le tomo los senos, los succiono,
ella grita, grita mucho, yo la golpeo, se desmaya, otra vez le succiono los
senos, se los muerdo, siento la sangre en mi boca, le rompo el pantalón, le
arranco la panti, es roja, pequeña, le abro las piernas y la penetro, siento
como cruje su cuerpo cada vez que la penetro, siento mucho placer, es como una
droga, no puedo controlarme, ahhh acabé, la tomo por el brazo y la lanzo lejos,
suena un disparo, corro, muy rápido, no veo nada, solo oscuridad, mucha oscuridad.
De pronto me
levanto de un golpe de la cama, sudando copiosamente, voy al baño, me reviso
las manos, me veo la cara en el espejo, veo mi ropa, nada, estoy limpio, no
tengo rasguños, ni sangre, estoy con la pijama de ayer. Entro en calma, debió
haber sido un mal sueño, veo alrededor de la habitación y todo se ve normal.
—Debió ser una
pesadilla, mejor me ducho para ir a la empresa. —fue el pensamiento que se
adueñó de mí.
Me duché, luego me
vestí, vi mi celular y tenía un mensaje, era de Alondra, “Te amo” colocó, yo
también y ella no imagina como. Bajé a la entrada de la casa, ya había llegado Sebastián,
entré en la limosina y fui con nor-malidad a la empresa, al llegar me esperaba
Ingrid.
—Robert, ¿cómo
amaneciste?, ayer por primera vez en años te fuiste temprano, ¿Algo que no
sepa?
—Nada fuera de lo
normal, vamos al cafetín a tomarnos un café y desayunar.
—Vamos.
Caminamos juntos
atravesando el edificio, las personas al pasar nos saludaban con algo de
nervio, es impresionante el poder, uno se convierte en casi un Dios, llegamos y
nos sentamos en una pequeña mesa, ya el encargado nos traía lo de siempre, dos
expresos y un empa-redado de jamón. En ese momento algo llama la atención de
Ingrid y de los que estaban en el cafetín.
—¿Robert viste lo
que ocurrió en Parque Central? —me comentó con mirada de asombro.
—No ¿Por qué?
—Mira la televisión
está pasando lo que ocurrió.
Lo que vi me
paralizó, las imágenes estaban pixeladas por lo crudo de las escenas, hubo un
homicidio des-garrador, una mujer fue horriblemente violada, destrozada, con
mordidas en la garganta y los senos, el cuello roto y violentada en sus partes
íntimas, el asesino fue divisado por la policía que hacía el recorrido nocturno
pasada la media noche e intentaron detenerlo pero fue imposible, le dispararon
pero logró escapar.
—Fue lo que soñé,
¿sería posible?, ¿para eso di mi ser? ¿Vale Alondra que me convierta en un
asesino? —el pensamiento daba vueltas por mi mente atormentándome sin piedad.
Salí de ahí, no
podía con esa verdad, me excuse con Ingrid, tuve que ir al lugar, no podía
escapar de la conciencia, tomé un taxi y llegué al parque, caminé hasta
encontrar el sitio del homicidio, ya la policía se había marchado, estaba todo
aislado con cinta policial, sin embargo todo estaba ahí, mis recuerdos, el
sueño no fue tal, fue una realidad, me convertí en un asesino y debía asumir el
valor del Pacto Infernal.
Próxima entrega:
Volumen Dos:
Sexo Voraz
No hay comentarios:
Publicar un comentario