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jueves, 18 de febrero de 2016

En la Psiquis del Asesino / Parte Dos



Maggie Nell
En la afueras de la ciudad a unos cien kilómetros de los ruidos de los motores, de las luces incandescentes de los locales nocturnos y el ritmo vertiginoso del empresario de la gran Ciudad Central.  Se levantaban pequeños caseríos con no más de un centenar de habitantes, con un ritmo de vida más pausado, con gente muy humilde. Personas que han vivido de lo que la tierra produzca. Generación tras generación han mantenido esa premisa. Se conformaban con los estudios recibidos de las pequeñas escuelas básicas que estaban instaladas para su educación, solo algunos casos muy aislados lograban hacer estudios un poco más avanzados, como lograr culminar la preparatoria. Ese fue el caso muy especial de Maggie Nell, una joven dotada de una belleza solo comparable con las ganas de vivir; alta, de impactante ojos azules, su cabello con abundantes rizos que caían sobre sus hombros como el rocío en las flores en una mañana de primavera y una sonrisa capaz de tumbar cualquier muro de indiferencia. Ella no estaba dispuesta a  seguir los estándares familiares, impuestos por su cultura social. Su padre tenía desde prácticamente que nació, su vida planificada. Un buen hombre que la mantuviera y la ayudara a formar un hogar, donde sirviera a su esposo y cumpliera con el deber de ser madre. Ese era el ideal que el padre profesaba para ella. Desde muy niña Maggie dio a entender otra cosa, que no era un trofeo ni una mercancía, ella soñaba con estar en la gran ciudad, tener una profesión, un empleo que la hicieran sentirse orgullosa y además  realizada.
El padre de Maggie, Conrad Nell, era un hombre recio, alto, muy blanco, con la piel escamada por el sol, producto de todas las horas diarias acumuladas trabajando la tierra, bajo el ardiente astro. Con una fortaleza física muy por encima de su edad. Contaba con muy poca cultura, su sapiencia estaba en la tierra, en como producir lo que su familia debía consumir, además de obtener  de ella  lo necesario para utilizarlo como trueque, para los otros insumos necesarios en el hogar. Así era el  movimiento económico de esos pequeños caseríos.
Las batallas entre Maggie y su padre eran épicas a medida que esta iba creciendo.    De pequeña Maggie era muy dinámica, extrovertida, siempre estaba por delante de los varones en clases, a pesar de que el padre intentaba inculcarle que estudiar en  la escuela para una niña, era una pérdida de tiempo. Cocinar, hacer los oficios de la casa, aprender a servir al hombre, tal cual como era su madre, era la verdadera educación que debía tener. Así lo gritaba a cada momento  que veía a la niña con sus libros escolares. —Prepararse para servir a su marido —le repetía—. Cuando ya estuviera preparada para ser la mujer de un buen hombre trabajador sería una mujer en toda la extensión de la palabra, la verdadera educación comenzaba por dar resultado en la casa desde pequeña, atendiendo las necesidades de sus dos hermanos varones, mientras ellos aprendían el valor del trabajo de la tierra —le decía una y otra vez día a día. En una oportunidad Maggie debía realizar un trabajo sobre el sistema digestivo y presentarlo ante el salón exponiendo sus conclusiones. Estaba muy entusiasmada, la pasión que le puso a ese ensayo era impresionante, era el último trabajo para aprobar la escuela, estaba en su último año, su maestra era Ane Chandler. Hecho que el padre de Maggie veía como una aberración, —Una mujer con el cargo que solo debía ejecutar  un hombre, no era de Dios.          —repetía sin cesar. La maestra tenía mucha fe en ella, había hablado con el director de la preparatoria del municipio, emitiendo una recomendación para su continuidad educativa en ese instituto. Maggie se encerró en su cuarto, justo luego de llegar de la escuela a trabajar en su proyecto, quería demostrar que era la mejor. La casa estaba sola. Era un lugar de mediano tamaño como todas las de la comunidad. No había una familia predominante, con un nivel de enriquecimiento mayor que otro en aquel lugar. La casa disponía de una planta principal y un segundo piso, era en su totalidad de madera. Sus propios ruidos venían por el paso de los años, fue la casa del padre de Conrad y a la vez del padre de este. Tres generaciones pasaron sus años en el hogar de añeja madera, al entrar en ella lo primero que se encontraba era un muy corto corredor que abría el paso a la derecha de una menuda sala de estar con un sillón de dos puestos, muy limpio a pesar del tiempo que este tenía en aquel lugar. La casa  muy humilde, siempre estaba impecable. Jessica la madre de Maggie, vivía para eso, además de estar pendiente de todos los quehaceres  del hogar, era el alma de aquella casa, mientras su esposo y sus dos hijos varones se ocupaban del trabajo duro de cosechar para la alimentación de la familia.  Jessica siempre apoyó a su hija en sus sueños de ser diferente, sin decir nada a Conrad para evitar que su mal carácter saliera a flote. Lo hizo a través del trabajo de la casa , que nunca faltara nada, que él no se diera cuenta que Maggie entre semana tuviera un tiempo adicional para prepararse, para estudiar. Como aquel día en que trabajó en ese modelo de anime y cartón que sería el éxito de su presentación final. Que  iba a imaginar Maggie que ese día en particular Conrad entraría a casa a buscar agua para refrescarse y no vería a Jessica en las labores del hogar. Conrad siempre quería que la casa nunca quedara sola abajo, siempre debía estar alguna de las dos limpiando u ordenando, pero nunca debía quedar solo. Fue uno de esos momentos en que la vida hace una mala jugada y no había un explicación del  porqué Jessica no pensó que era pecado ir al baño por cinco minutos, eran solo cinco minutos. Conrad sin hablar, sin gritar subió directo al cuarto de Maggie, él sabía que ella era la responsable, si estaba solo era porque  no fue a suplir a su madre. Maggie inocente no tenía el cerrojo pasado en la puerta de su cuarto. Cuando siente el calor de una mirada que fulminaba su espalda, giró su rostro y ahí estaba Conrad, observándola, viendo como la niña culminaba su proyecto, la perfección de un modelo orgánico, los detalles tan bien realizados. Pero en aquel individuo solo se  reflejaba el fuego de sus ojos. El rostro de Maggie emblanqueció, el temblor de su mejilla denotó el terror que estaba viviendo en aquel momento, —Así es que este es tu juguete, mientras tu madre trabaja  tu juegas, eso no lo hace una mujer, una mujer hace oficio —gritó con rabia. Maggie corrió a tomar su proyecto, a protegerlo como una gacela a su cría de una fiera leona en acecho, pero antes de llegar un manotazo la apartó del camino, cayendo a un lado de la cama, con un terror absoluto volteó hacía su creación, solo para ver cómo es demolida por las manos de su padre, quien no escondía el disfrute por hacerlo. Jessica llegó al cuarto de Maggie guiada por los gritos de la niña, solo para ver aquella grotesca escena. Por un brazo tomó a Maggie para sacarla de ahí, pero antes de poder huir, siente como le es arrancada de cuajo, recibiendo un empujón que la envía fuera del cuarto. Jessica intentado levantarse solo consigue la puerta  estrellándose en su rostro. Maggie está  tirada de medio lado en el frio piso de su cuarto, con el rostro dirigiendo la mirada lo más bajo posible, sin levantar, por el terror a ver lo que estaba por pasar, alcanza a oír el deslizar del cuero fuera del pantalón de su padre, —Hoy vas a aprender a respetar esta casa. —se dejó escuchar con voz gruesa y satánica. Jessica llorando desde afuera escucha el zumbar del viento al ser traspasado por el cortante cuero del cinturón. Dejando el sello de aquel triste momento en el cuerpo inocente de Maggie, uno de los momentos tristes en la vida de la joven.



El escape
Con el paso de los años Maggie le ganó la apuesta a su maléfico padre, no porque este entrara en razón, ni por que su madre la impulsara. Fue la vida. Una enfermedad degenerativa muy agresiva había hecho el trabajo. Sus hermanos todavía no estaban formados totalmente como su padre y la exigencia no era tan dura. Ella supo manejar su participación en la casa y unirla a sus estudios de preparatoria. Fue la única chica que continuó luego de finalizar la escuela en ese caserío.
 Los años pasaron. Maggie ya contaba con dieciocho años, se había acabado de graduar. Era una tarde de verano, el calor estaba insoportable, el sol emitía sus rayos que caían en forma perpendicular sofocando a todo al que encontrara a su paso. Maggie como buena mujer de hogar estaba aseando la entrada de la casa, ahora era el soporte de su madre y se había unido a Martha la joven esposa de Claudio, su hermano mayor, que ese año ya había comenzado a tomar las riendas de la casa. Su viejo padre estaba confinado en uno de los cuartos. Desde que Claudio se casó las cosas para Maggie habían cambiado, como si el espíritu de su padre la hubiera asechado por años esperando poder retornar y en un momento de descuido apoderarse del alma de uno de sus hijos. Si no fue así, el resultado era muy parecido. Claudio se había empeñado en casar a Maggie con su amigo Arthur, este le había manifestado las intenciones de hacerla su mujer y a Claudio le pareció una gran idea, sobre todo porque Arthur había quedado al mando de la casa de su difunto padre. Claudio le había pedido a su mujer que colocara un plato adicional esa noche en la cena, sin decir más, Martha sabía que si su esposo no hablaba muy claro tenía que limitarse a hacer las cosas sin preguntar, como una buena esposa. Las tres mujeres se distribuyeron las funciones, normalmente Maggie era la encargada de planificar el trabajo de casa, tanto su madre como su cuñada estaban fascinadas de lo inteligente que era, nunca se cruzaban en hacer los quehaceres y culminaban todo quedando mucho tiempo para ellas, cosa que los hombres de la casa ni siquiera se imaginaban. Todo estaba listo, la casa impecable, la mesa colocada, todo muy humilde ya que eran personas muy pobres pero eso no quitaba lo impecable. Dos golpes secos en la puerta hacen que Maggie se dirija a abrirla , el orden para abrir la puerta dependiendo de quien estuviera abajo, era Maggie, luego Jessica y de último Martha, nunca un hombre, el hombre de la casa estaba para aprobar la entrada, luego de que alguna de las mujeres saludara en voz alta la llegada de la persona, en este caso Maggie le dio la bienvenida a Arthur, no sin primero tener la sorpresa del momento.
Pasa Arthur, ven acá.
 Le dice Claudio  a la vez que lo trae por el brazo.
Gracias Claudio, grata sorpresa  recibí al abrir tu puerta y ver ese rostro angelical.
Sin quitar la vista de Maggie.
Espero que sea así por el resto de la vida.
Dijo esbozando una enorme sonrisa en su rostro.
La cena pasó entre los chistes y comentarios de los hombres, el escuchar de las mujeres y el servir de Maggie en la mesa. Luego de comer, las mujeres comenzaron a recoger la mesa. Jessica y Maggie iban a comenzar a fregar la loza, mientras Martha estaba junto a su marido.
—Martha, haz algo, ve, trae a Maggie y continúa ayudando tú a mamá, por favor.  Recibe la orden mientras va a paso rápido atravesando la casa hasta la cocina.
Maggie, dice Claudio que te llegues a la sala, yo continúo acá.
Espera, que tu vengas y yo vaya allá, aquí hay algo raro.
Dice Maggie contrariada.
No sé, yo solo cumplo.
Responde Martha sin querer dar ninguna opinión.
Un momento, pero ese señor viene a cenar, nunca nadie viene, me dice esas cosas y ahora me quieren allá, no crea Claudio que yo soy una vaca o un objeto que se negocia.
Con gran enojo, tomando su cara un color rojo profundo.
Hija, no pienses por favor, ve, escucha, quizás no es tan malo.
Le aconseja su madre.
¿No es malo mamá?, no puede ser otra cosa, me parece ver a mi padre, vendiendo a una sirvienta, a una esclava.
Hija, por favor, ve, no hagas que Claudio se vea en ridículo.
A regañadientes llega a la sala, no podía ser más evidente lo que estaba sucediendo en esa habitación, los ojos de Arthur eran como los de  una bestia depredadora cuando está a punto de atrapar entre sus garras al indefenso animal que le calmará el hambre del momento, y su hermano, un título que le quedaba grande, solo pensaba en él y quitarse una boca más que alimentar. Caminó a través de aquella habitación sintiendo que iba entre un campo minado, como si estuviera en la tabla de un enfermizo pirata que le contaba los pasos antes de caer ensartada en los dientes de un hambriento tiburón.
Maggie ¿Te recuerdas de Arthur verdad?, él es uno de mis viejos compañeros de escuela.
Si lo recuerdo.
Responde de forma muy seca.
Tan malos recuerdos tienes que respondes con tan poca emoción.
Le indica Arthur ante su respuesta.
Maggie, tu sabes que ya tienes dieciocho años,  eres una mujer, y muy afortunada, ya que estudiaste, tienes tu título de preparatoria. Hiciste más que yo, pero ya eres adulta. Escúchame, es algo que mi padre debió hablar contigo, pero ya sabemos lo enfermo que está, por eso lo hago yo, ya que sabes que quiero lo mejor para ti.
¿De qué hablas?
Interrumpe Maggie.
Escúchame por favor. Arthur es un hombre de trabajo, como yo, solitario. Su padre tiene poco tiempo de fallecido, él está a cargo de su casa y de su madre, que es un poco mayor que la nuestra. Está en el momento que le hace falta la mano de una mujer joven a su hogar, y él es mi mejor amigo. Que más felicidad puedo tener de haberle otorgado tu mano para que te conviertas en su esposa.
¿Cómo?, solo yo decidiré con quien me caso, cuando y donde, y si quiero o no.
Responde alterada.
¿Maggie, que respuesta es esa?, que ofensa con tu futuro esposo.
Grita Claudio enardecido.
Maggie corrió a su cuarto, Jessica salió al oír los gritos y tomó la mano de Claudio —Deja que hable con ella, por favor —dijo la madre rogando por su hija. El colérico hombre  se calmó y fue a hablar con Arthur.
Maggie estaba en su cuarto, acostada con la almohada en su cara, sofocando los gritos que querían adueñarse de todo el lugar, con odio, desesperación, ella no quería ser una más, una esclava oculta. Se negaba a que todo acabara ahí. Oye la puerta y se levanta de la cama dispuesta a defender con su vida su convicción. De pronto la mirada de odio desaparece, se relaja, era Jessica, una luz entró en su alma. Su madre la vio, recordó a su bebé, la vida de su pequeña niña paso por su mente, como una galería de recuerdos de vida,  las lágrimas caían desde sus ojos recorriendo sus mejillas, no emitía sonido, ninguna lo hizo, hablaban con la mirada, el amor que ambas se sentían era muy fuerte. Jessica tomó las manos de su hija, le pidió que las abriera, le dio una pequeña bolsa, y la miró fijamente a los ojos.
Mi niña, esto que te doy no es nada y es mucho, con las uñas desde hace dieciocho años recogí cada centavo que nadie en esta casa extrañó, los fui cambiando a medida que crecían escondidos bajo el piso de un rincón de esta casa que tanto limpié y que también odié. Desde que viniste al mundo supe que tú no pertenecías a este lugar, no es mucho pero te servirá para un boleto de autobús y el pago de cobijo de algunas noches en la ciudad mientras te abres paso por ti misma. Hija, por favor, baja y haz tu mejor actuación, y después vete, huye, el último autobús sale del pueblo a las diez, y tú debes irte en él, voy a dejar la puerta trasera sin llave. Te amo.
Posando sus labios en la mejilla de su hija.
Madre te amo, regresaré por ti, daré mi vida por ello.
Maggie aparece nuevamente frente a sus hermanos y Arthur, el silencio se adueña del lugar, más atrás llega Jessica, con la cabeza reclinada hacia delante y las manos unidas frente a sí. Maggie se aproxima a Arthur, Claudio intenta avanzar pero Jessica lo toma por un brazo. Maggie se coloca frente a Arthur.
Disculpa  mis pataletas de niña.
Con la ternura de su rostro angelical.
Ya no me quedan bien, en realidad es para mí un honor que me quieras como la madre de tus hijos.
Esto dejó a Arthur embobado.
Fue cosa de momento, me agarraron por sorpresa, no pude asimilar bien la noticia. Pero en realidad es lo mejor que me puede pasar, ya soy una mujer de dieciocho años de edad, es el momento de llevar un hogar.
No se diga más.
Dijo Claudio entre sonrisas y júbilo.
Tengo una botella que me sobró del matrimonio, brindemos.
Así celebraron el compromiso, a las nueve Arthur se despidió, Maggie lo acompañó a la puerta,        —Me has hecho muy feliz hoy —le dijo Arthur. Al mismo tiempo que se aproximaba a dar un beso en los carnosos labios de la joven,  girando esta, el rostro al segundo final y cambiando el fervor de sus labios por un beso tierno en la mejilla. Arthur la ve y se sonríe —Ya habrá tiempo para más. —Retirándose de la casa de los Nell.
Mientras aquel sujeto caminaba y se alejaba, Maggie sola, en la puerta de aquella casa a la que nunca sintió suya, observaba. Veía las calles de tierra de un color marrón claro, dura y polvorienta, notaba como el polvo se levantaba con el paso de la brisa nocturna. El silencio interrumpido en intervalos por los sonidos típicos de un lugar donde fungía la simbiosis de la naturaleza y el hombre. Chirridos de insectos se unían con el cantar de las hojas en el viento. Sin haber una casa cercana, aquel lugar era más naturaleza que humanidad, el cielo albergaba a las estrellas que resplandecían orgullosas y  mandaban  mensajes intermitentes de luz, muchas en agonía, otras sin existencia. Todo aquello lo miraba por última vez viviendo en esa horrible casa. De quien solo a una persona extrañaría. Su madre era una luz en las tinieblas de aquel infierno.
A las nueve y media  ya todos dormían en casa de los Nell, Maggie abrió la puerta de su cuarto, llevaba un pequeño bolso de tela entre sus manos, bajó las escaleras, rezando porque su rechinar no la fuera a descubrir. El corazón se le salía del  pecho. Llegó al final del descenso, todo estaba muy oscuro, no podía correr el riesgo de encender la luz. Caminó entre los muebles usando sus recuerdos como guía, tenía que llegar a la parte de atrás de la casa, pequeña y humilde pero en este momento le parecía la más grande de las mansiones. Le faltaba poco para escapar de aquella pesadilla.  En eso lo impensable, una lata  vacía al lado de la despensa, justo a un metro de la puerta, estaba en el piso. Que iba a pensar Jessica que la lata que contuvo por tantos años el dinero que  iba acumulando y que hoy era el pasaporte para la nueva vida de su hija, quisiera atentar contra su felicidad. Un fuerte sonido se dejó escuchar en la cocina, Claudio se despierta, se levanta de la cama, Martha grita —¿Qué pasó?, ¿Que fue eso?  Claudio toma la escopeta y sale de su habitación, Fred el hermano menor también lo hace del suyo con arma en mano. Bajan a grandes pasos uno detrás del otro listos a disparar, Claudio enciende la luz y gira presto a usar su arma. Escucha y sus ojos buscar observar en la dirección de dónde provino el sonido,  en la esquina de la cocina algo se movió, con la tensión del momento observa listo para  disparar al intruso y de la nada aparece Zeus, el  gato de la casa,  pasa corriendo a través de sus pies y casi le descarga un tiro de  escopeta. Se asoma a la cocina y ve la lata en el piso, luego las carcajadas rompen el silencio de la casa, Jessica temblaba en su cuarto y al oír las risas se asoma y baja junto a Martha. —Recuerden dejar afuera a ese bendito gato, vamos a dormir, mañana hay mucho trabajo por hacer —dijo Claudio. El corazón de Jessica bajó en ritmo sus latidos que minutos antes imitaban  el redoblar de los tambores de una banda universitaria, en plena competencia nacional. Ahora su hija era libre y su vida se abría a la aventura de la gran ciudad.



Nueva vida
Era media noche, el  Bus  estaba entrando en el terminal de Ciudad Central, lentamente los pasajeros comenzaban a bajar, el ayudante del transporte colectivo entregaba a los pasajeros sus maletas. Eso  no era problema para Maggie, solo un pequeño bolso adherido a la espalda era todo su equipaje. La noche era muy fría, una pequeña lluvia la acompañó desde el autobús hasta la entrada en el terminal, poca gente había deambulando a esas horas por las instalaciones. Caminó un poco a la deriva, era la primera vez que estaba en la gran ciudad. Le resultaba intimidante el desconocimiento, el caminar por primera vez por un lugar donde cada paso era un descubrimiento. De momento un olor exquisito la sacó  de su trance, un pequeño local abierto a esa hora, era como un mínimo cafetín donde la persona que ofrecía el servicio hacía las veces de una pequeña marioneta, en un ventanal de un teatro ambulante. Sonrió para si  por la similitud, y se acercó a averiguar a que pertenecía ese olor tan atrayente.—¿Qué le puedo ofrecer a tan linda jovencita?—le pregunta el amable vendedor. Maggie quedó sorprendida de tal amabilidad, no era común de donde venía, donde las mujeres eran consideradas más un objeto, que un ser con vida propia.
Ay señor no tengo dinero, pero si la curiosidad de saber qué es lo que emite ese olor tan agradable.
¿Le gusta el aroma?, venga mi niña tome, este va por la casa, es un café achocolatado.
¿En serio?, gracias.
Los grandes y hermosos ojos de Maggie expresaron lo que su paladar percibió, una emoción nunca vivida.
Uhmmm que divino, gracias, señor seguro que cuando consiga mi primer trabajo vendré y le pagaré este y todos los demás que le compraré por siempre.
Mi niña la expresión de tu lindo rostro ya es un pago más que suficiente, pero sí te espero, regresa para felicitarte por tu nuevo trabajo.
Maggie siguió su recorrido por el terminal, resguardándose del frio, acobijándose con sus brazos. Estaba muy feliz. El señor que le regaló el café le demostró de primer intento la diferencia de la gente de la ciudad y en donde ella se crio. Eso le daba esperanzas. Pasó al lado de dos policías que hacían la guardia en el lugar, ambos la vieron y le dieron las buenas  noches, —Que educados  —pensó. Luego divisó donde terminaría de pasar la noche, encontró los asientos de espera del terminal. Estaban frente a un enorme televisor y habían sentadas personas que esperaban las salidas y llegadas de los buses. El terminal trabajaba las veinticuatro horas, era la gran ciudad. Se sentó y por una hora vio las noticias en aquel enorme aparato, hasta que el sueño la venció.
Los primeros rayos del sol y el bullicio de la totalidad de los negocios abiertos en el terminal despertaron a Maggie. Era el momento de enfrentar el reto, el viaje fue agotador pero valió la pena. Está en la gran ciudad, principio de los ochenta, una década sin  identidad, no como sus antecesoras los sesenta y los setenta, estos eran años tranquilos, la sociedad buscaba conocerse a sí misma. Al salir del terminal quedó en estado de shock, estaba viendo por primera vez a la gran Ciudad Central, quedó extasiada con el tamaño de los edificios. Era como si pudiera llegar hasta la mismísima puerta de los cielos y saludar a San Pedro y ver el desfile de almas que llegaban a su hermosa y última morada. Entró en el caudal humano de personas que iban a sus trabajos, se sentía como un pez arrastrado por la corriente del más fuerte de los ríos. Observaba a su paso como las personas de ese lugar vivían a un ritmo acelerado. Maggie recordó como en su habitad normal desayunaban por una hora, café, huevos, queso, pan, todo con calma para prepararse después a la agitada jornada de trabajar la tierra. En la ciudad era diferente, veía como ejecutivos vestidos con trajes elegantes ,  llevaban en una mano el café en un vaso hermético, en la otra el maletín que debía contener su material de trabajo y en esa misma mano el sándwich que iban comiendo a la par que caminaban entre ese rio de personas, y así como ellos era la gran mayoría de los que iban transitando junto a ella. Despertó en ese instante de su momento de observación y detectó a unos metros más adelante un pequeño kiosco de venta de periódicos. Decidió abandonar el caudal humano que la trasladaba, para comprar el  diario. Sabía  que debía  activarse,  no tenía mucho dinero, así  que debía buscar trabajo y un techo. El dueño del kiosco era un hombre muy simpático, provisto de un gorro o más que un gorro, era un pequeño turbante. Era menudo de estatura, con la piel de un color diferente,  era canela con un pequeño toque de verde aceituna. Ella nunca había visto a alguien así, también era poseedor de una amplia nariz y cuando le habló tenía un acento pintoresco, era muy amable. Le regaló a la bella joven una galleta y le deseó mucha suerte en el día. Maggie transpiraba por los poros que era nueva en la gran ciudad,  y  no era un secreto que el  periódico recién adquirido era para buscar cómo establecerse. Caminó un poco más adelante por una calle alterna, con poca gente, estaba un poco agobiada del tumulto de la ciudad. Encontró un pequeño local y se sentó en una mesita, la atendió  una señora de unos cincuenta años, blanca muy atractiva y conservada para la edad.
Que desea mi niña.
Le pregunto a Maggie con cariño.
Ay señora que pena, no tengo dinero, solo quería un lugar por unos pocos minutos.
Mirando a la señora con aquellos ojos que transmitían la mayor de las inocencias.
Por favor unos minuticos.
Tranquila mi niña, en algún momento, todos pasamos por eso. Mira aquí el café es gratis, yo te voy a traer una tacita, eso te da tiempo suficiente para buscar tus cosas.
Le respondió con mucho cariño la señora.
Ay gracias, de verdad que no me olvidaré de este favor, de verdad que se lo agradezco.
Por nada mi niña, y suerte en conseguir lo que estás buscando.
Tomó un sorbo de aquel café, sacó de su bolso un bolígrafo y comenzó a indagar entre los anuncios de viviendas compartidas.  Al pasar de unos minutos,  encontró varias  opciones.  Pero una fue la que le llamó la atención.
 “Se alquila habitación para joven señorita no mayor de veinte años,  apartamento compartido, presentarse con documentos”.
Eso era lo que Maggie necesitaba   para  comenzar  e   iba dispuesto a conseguirlo.
Eran las  tres  de la tarde, la temperatura templada del campo no estaba presente ahí. La ciudad con su gran ritmo tenía sus consecuencias y el calor era uno de ellos. Maggie caminaba por la ciudad ubicando la dirección donde debía presentarse y encontrar  lo que ella aseguraba sería su nuevo hogar. Preguntó cerca de una docena de veces, era tan difícil llegar a un lugar cuando ni siquiera un centímetro de la calle por donde transitaba era conocida para ella. Al fin luego de tanto deambular encontró el edificio, era de unos cinco pisos, en una calle alterna a unas cinco o seis calles de la avenida principal. No se veía muy transitada, pero tampoco daba la impresión de ser un lugar peligroso. Llena  de emoción cruza la calle, rumbo a la dirección escrita en el diario. Llega y ve una pequeña escalera de apenas cinco peldaños, el pasamanos era de metal y estaba algo oxidado. Sube y la recibe una gran reja de hierro que protegía a una siguiente puerta de vidrio. Arriba de ambas el nombre escrito del edificio en letras de metal con algunos rayones en su pintura. Ve el intercomunicador y presiona el número del apartamento que aparecía en el anuncio. Una voz femenina un poco chillona le responde y de inmediato escucha el seguro de la puerta, un rinrineo junto al clic de la abertura de la reja. La abre y después acciona la perilla de la puerta de vidrio. Era un edificio que se veía entrado en años pero muy aseado, le recordó por un momento  la casa donde pasó su infancia, era de la misma forma, muy vieja pero ordenada, gracias al sudor y los callos en las manos de su madre. Caminó unos tres metros y encontró un viejo ascensor de rejas, de lo más antiguo. Abrió la reja y la cerró detrás de sí, presionó el botón del último piso. Luego más de mil sonidos a la vez comenzaron junto al ascenso al nivel donde estaba el lugar que ella juraba sería el inicio de una nueva vida. Pasó un rato de nervio en el viejo aparato, este llegó a su destino. Con algo de nerviosismo abrió la reja,  usando  un salto felino salió de ahí y cerró rápidamente la puerta tras de sí, todavía no conocía si era muy confiable el fulano ascensor. Escuchó detrás de ella una leve risa, volteó para ubicar el sonido agudo y encontró como resultado a una joven algo rellenita que estaba un poco delante de ella.
¿Asusta verdad?
Le dijo con amabilidad aquella joven.
Ay sí.
Con el rostro de ingenuidad que la caracterizaba.
De verdad que estaba aterrada.
¿Vienes por el apartamento 51B?
Le pregunta con curiosidad la muchacha rellenita.
Sí, ¿Usted vive ahí?
Nooo, conozco a una de las chicas, son mis vecinas. Que tengas suerte, me caíste muy bien, pareces una buena chica.
Ay gracias, voy a cruzar los dedos.
Camina mientras la simpática muchacha que la trató muy bien entra en su apartamento y sonríe con ella, y con mímica le dice con los labios:    –Suerte. Cerrando la puerta tras de sí. Maggie se coloca frente a la entrada del apartamento, con el corazón tratando de tumbar lo que lo aprisiona y salir corriendo de ahí. Toca el timbre. Una muchacha muy alta abre, dejando e paso libre.
Hola, vengo por el anuncio del  apartamento.
Saliendo su voz con mucha timidez.
Hola, yo también estoy esperando, ya una chica salió de reunirse con las propietarias, vengo yo y luego pasas tú.
¿Habrán venido muchas por el anuncio?
Pregunta con nervio.
Mira, creo que sí, un lugar en la ciudad para quienes comenzamos es muy costoso, lo atractivo de este es que es compartido el costo y es un apartamento de valor regulado.
Una joven abre la puerta, era bajita, con el cabello rojizo, parecía una muñequita, delgada con cuerpo de modelo en miniatura. —Por favor pase la siguiente —dijo con una voz muy grave—. Para los hombres debía ser una mujer muy seductora        —pensó—. Esa soy yo —dijo la competencia de Maggie. Levantando su gran humanidad, que para resaltar aún más esa estatura estaba sobre unos tacones inmensos que la hacían estar a la altura de un rascacielos. Maggie la veía como una joven impresionante, muy decidida, sintió muy lejos la posibilidad de ganarle al momento de que tengan que elegir entre las dos, se quería ir, pero pensó que ya era tarde para eso, no podía abandonar,    —¿A dónde iba a ir? —se dijo. Desde el momento que decidió escapar de aquella horrible casa supo que nada sería fácil, que nadie le iba a regalar nada, y ahí quedó en espera. Debía intentarlo, era lo menos que podía hacer luego de que su madre sacrificó todo por ella.
Media hora después sale la espigada joven, sonriendo y despidiéndose con mucha seguridad en sus ojos. Ve a Maggie, se sonríe con picardía y sale del apartamento. Maggie la observó fijamente deseando que fuera la última vez que cerrara esa puerta.
Niña, pasa por favor.
Sintió que las piernas le pesaban cada una mil kilos, aun así se levantó con mucha seguridad y entró a la habitación.
Hola pequeña mucho gusto,  yo soy Sandra, ella es Laura y aquí a mi izquierda Betty.
Eran tres jóvenes distintas entre sí pero cada una hermosa a su estilo y manera.
Mucho gusto, me llamo Maggie Nell, bueno aquí estoy, deseosa  de empezar una vida en la ciudad.
Tomó un segundo aire mostrándose tal y como era, su inocencia sin límites resaltó de inmediato.
Sí, aquí leo que tienes dieciocho años, que estas recién graduada de la preparatoria, y estas sola  en la ciudad.
Dice Sandra, la más pequeña, con voz ronquita, levantando una ceja.
Sí,  exacto, quiero cambiar de vida, trabajar, tener mi casa, todo el paquete.
Hablando con una alegría contagiosa y una picardía muy cándida.
Eres jovencita, la más joven de las entrevistadas, la última dice tener veinte, pero tenía una cara de veinticinco.
 Dejando escapar algunas Risas.
Pero no vemos un teléfono para localizarte si decidimos  que seas  tú, ¿No tienes uno para llamarte?
Pregunta Laura, la que se veía más sociable de las tres.
Es  que yo quería  saberlo  ya, llegué   hoy   y   no   tengo   donde quedarme.
Abriendo  aquellos hermosos y grandes  ojos con una ternura sin igual.
Vi su anuncio y recé tanto porque me aceptaran, es mi riesgo lo sé, pero me vine directo acá.
Con la sinceridad que solo un inocente podría tener.
Eso  es  un problema.
Dice Betty, la que no había hablado ni un momento,  solo la observó durante toda la entrevista.
Tuvimos muchas  chicas hoy, con trabajo, estudiantes becadas,  mucho de donde escoger, danos un momento, es muy difícil, espera afuera un instante ¿sí?. Es justo que sepas si te vas a quedar o no, son las cuatro de la tarde. 
Resaltando en ese momento una expresión de terror en el rostro de Maggie.
Si es negativa la decisión tienes que resolver donde pasar la  noche.
Maggie sale   de  la habitación con un susto enorme en su corazón.
Adentro las chicas discuten…
Betty     lo     dije    solo     por formalidad,  no   tiene   trabajo,   ni experiencia, es solo una chiquilla necesitada de ayuda.
Dice Laura apenas al cerrar la puerta.
Se   acuerdan   cuando   nos conocimos, ¿Qué tan diferentes éramos a ella? ¡Nada!, ¿No  es lo que buscamos? Alguien igual a nosotras.
Opinó inmediatamente Sandra como si estaba esperando una palabra para decir lo que tenía atragantado en su garganta.
Es verdad  Sandra, pienso lo mismo.
Dijo Laura.
Con el apoyo de nosotras la vamos a orientar a no pasar por nuestros errores.
Recuerdas el entusiasmo que teníamos hace dos años, ella lo tiene, yo opino que hay que ayudarla.
Resaltó Sandra.
Claro yo quedo como la mala.
 Dijo Betty enojada.
Pero no han pensado que la búsqueda de otra chica  es para cubrir el gasto del apartamento.
Claro lo sé, pero donde trabajo están  buscando  a una auxiliar, si  la recomiendo seguro  la  contratan  y gana lo suficiente para su parte de la renta.
Replica Sandra.
Bueno, ya le hicieron la vida, son dos contra uno, aquí hay democracia. Vamos a darle la noticia.
Dice Betty ya convencida por la avalancha de soluciones.
La puerta se abre y Maggie sintió que era el principio o el fin del mundo, todo en el mismo momento. Nunca había sufrido tantas sensaciones juntas, en un segundo sabría si su vida comenzaba o solo se postergaba, si acaso era postergar estar una noche en una jungla de cemento sin tener a donde ir. Miró a las chicas con esos ojos que le delataban todos sus secretos, eran una ventana a su alma. El trío de chicas aprovechando el momento dejaron unos segundos de un silencio desesperante.
Chicas me van a matar de la angustia.
Dijo con su voz tierna y coqueta Maggie.
Las muchachas rieron al unísono y la abrazaron.
Te mudas con nosotros mi niña y no solo eso, también te conseguimos trabajo.
Abrazadas saltaban de alegría, el trío de chicas la adoptaron desde ese momento como la pequeña consentida del grupo. Maggie lloró de felicidad, no solo había  conseguido   hogar y  trabajo, sino a tres amigas, no podía empezar mejor su aventura en la gran ciudad.
Esa noche durmió como nunca en su vida, primera vez que sentía paz. De no ser por su madre podría decir que también era la primera vez que se sentía apreciada. Un sueño profundo como nunca lo había conocido.
Eran las seis de la mañana, ya estaba levantada con el desayuno listo para sus nuevas amigas.
Mi niña que divino se ve todo esto.
Dijo Laura al ver la mesa  puesta de forma impecable.
Eres una caja de sorpresas pequeña.
Replicó Betty.
Ven acá, Sandra, mira esto.
Hay que divino, esto es obra de la niña, ninguna de nosotras tiene la capacidad de esto.
Agregó Sandra.
Me van a sonrojar, malas, espero que les guste, hoy es un día muy importante para mí.
Dijo Maggie.
Sandra había ayudado a maquillar a Maggie, la belleza de la jovencita era impactante, su delicado rostro unido a la candidez que reflejaba su ser, era capaz de detener y dejar a sus pies al hombre más indiferente del planeta. Juntas salieron a la oficina donde laboraba Sandra, como un pajarito en la grama de un enorme y desconocido parque caminaba Maggie a través de las instalaciones del tren subterráneo, para ella era algo maravilloso, inimaginable, sabía de él, no era una neófita, pero de la teoría a la practica el camino es muy amplio. Ella disfrutó de su ida a la oficina como si estuviera en un plan vacacional en los Alpes Suizos. Sandra la toma por el brazo, era el momento de bajar del tren subterráneo, estaba en medio de las avenidas séptima y octava, ahí se levantaba entre los edificios de oficina el más impactante de todos, era la Torre Financiera del Este, el edificio de negocios más importante de la ciudad. En él estaban las oficinas de Branco y Freeman agentes financieros. La empresa donde laboraba Sandra y seguramente comenzará Maggie con su primera experiencia laboral. Sandra la dejó en la sala de espera.
Maggie permanece acá, te voy a anunciar con mi jefe, y tranquila que yo conozco sus gustos es un hombre exigente, pero tu estas súper hecha para ese cargo.
Gracias Sandra, pero no te niego que estoy muy nerviosa.
Con las manos tiritando de los nervios.
La angustia por la entrevista la acompañó durante  casi la hora que esperó a ser llamada. Mientras lo minutos pasaban Maggie no dejaba de observar a la recepcionista, cada vez que atendía una llamada a ella se le paralizaba el corazón, tuvo al menos más de cien micro infartos mientras esperaba alterada su  llamada, ya Sandra le había advertido que normalmente usaban  esa táctica para ponerla nerviosa.  Era una forma de   medir como manejaba la presión, Maggie ya lo sabía, pero los nervios igual están ahí, acompañándola. Así al fin el momento llegó, la recepcionista atendió por milésima vez un tono de llamada, pero esta vez sí era su momento.
Maggie Nell, por favor pase.
Al fin. —pensó.
Maggie se levantó del mueble donde estuvo por casi una hora esperando, no sin antes llamar  la atención de todo el que pasó por ese momento por aquel lugar. Era una belleza muy real, no prefabricada, Maggie reflejaba la naturalidad, el verdadero ser, sin el vicio de la sociedad de consumo que plastificó la belleza. Una joven con un vestido ceñido al cuerpo, muy delgada, tenía la apariencia de una modelo de pasarela, se acercó a ella y la guio a través de las oficinas. A medida que avanza detalla la belleza de aquel lugar, el piso era de mármol, tan brillante como un espejo, las divisiones de las grandes oficinas eran de vidrio, se podía observar a todos. Era como si las separaciones existían por el mero hecho de que físicamente debían independizar el  oxígeno que respiraba el uno del otro, pero sin que se notara una segmentación física entre altos ejecutivos y la plebe trabajadora. Eso le gustó, sobre todo por cómo fue criada, con las fragmentaciones de importancia entre hombre y mujer, donde ella debía ser una esclava y sumisa encargada de hogar. Dejando atrás esos terribles recuerdos, continuó tras la esbelta guía. El recorrido llegó a su fin, estaba justo frente a la oficina de su entrevistador y al que ella quería como su nuevo jefe. La joven guía le pidió que se sentara en una pequeña silla junto a la entrada de la oficina que en ese momento se divisaba vacía. Observaba desde las afueras maravillada de la belleza de todo aquel lugar y sobre todo de la oficina de su futuro jefe. De repente una voz gruesa y varonil la saca de su letargo mental    —Señorita Maggie, veo en su síntesis que es su primer trabajo y se acaba de graduar de preparatoria.  Con mucha pena gira su rostro. Y era él su nuevo jefe o mejor dicho el que ella quería que fuera su primer jefe. Se llevó una grata impresión, era un hombre alto, delgado, con la tez muy blanca, el cabello negro azabache unido a unos ojos azules que otorgaban su brillantez al lugar.
Si exacto, así es, esta es mi primera experiencia, pero soy una persona que aprende muy rápido y tengo el deseo de hacer el mejor trabajo.
Respondió, saliendo rápidamente de la abstracción del momento.
Pase conmigo por favor, tome asiento, veo, que está  recomendada por la Srta. Sandra Fray, excelente  empleada, eso la ayuda mucho.
Sí, yo quiero demostrar que la recomendación de Sandra es correcta, quiero dar todo de mí.
Le habla con la naturalidad que la caracteriza.
Bueno, bueno, está bien, no te preocupes, habrá tiempo para eso, por ahora ve con la Sra. Payne,  ella te ayudara a instalarte, bienvenida.
Sí, ¿Me acepta?, ¡Gracias!, de verdad que le daré lo mejor de mí.
La alegría se desbordó por su rostro.
Esa tarde todo fue celebración, las chicas tenían  una nueva compañera, para ellas una nueva mascota. Maggie no podía  creer como en tan  poco tiempo la  existencia le  había  cambiado, tenía amigas, casa y trabajo. No podía pedir más a la vida. Ya lo demás tenía que venir bajo el mismo esquema, por su propio esfuerzo.



El único amor
Maggie se había acoplado maravillosamente a la empresa, ya  había pasado  tres  meses  en el empleo, era una gran trabajadora, proactiva, habilidosa. Tenía una voraz  ganas de aprender. El atractivo le había crecido exponencialmente, aquella niña tímida y cándida había añadido lo interesante y misterioso a su personalidad. Los hombres  no dejaban de decirles cumplidos y de infructuosamente invitarla a una cita. Ella no tenía ojos para otro hombre que no fuera Robert  Wadlow, su  jefe.  Desde  la entrevista de empleo no ha soñado otra cosa que una cita con él, nadie lo sabía,  ni sus nuevas  amigas. Era un sentimiento oculto, no  quería  ser presa de los nervios si alguien siquiera sospechara, se moriría de la pena. Su  vida corría  entre el trabajo y soñar con Robert. Salía frecuentemente con sus amigas, iban a restaurantes y discotecas, a veces a algún bar tranquilo a conversar  del día.  Las chicas tenían sus relaciones, pero  siempre   encontraban tiempo para Maggie. Así fue como una noche salieron, iban a un lugar tranquilo, la idea era conversar, no querían nada de gritos ni bailes.  El local era uno  de los más concurridos   por ejecutivos de nivel medio y abogados,  música  tenue y suave,  excelente para conversar. Las chicas disfrutaban de un trago dulce y de  recordar las   vivencias   del  día. Maggie reía,  disfrutaba  el momento con sus amigas. Se disculpó, iba al tocador a darse un pequeño retoque, luego de reír tanto con las cosas de Betty, se  levanta no sin antes atraer las miradas de los hombres que estaban en el lugar. Se sentía un poco mareada por el efecto de los tragos de la noche, en el camino un joven que se desplazaba rápido y distraído, tropieza con ella  y el trago que él llevaba en la mano va directo al suelo, al disculparse apenada sus ojos buscan el rostro del joven, tuvo la sorpresa como consecuencia a lo que encontró. Era Robert Wadlow su jefe,. Como nunca lo había visto, relajado, libre de corbatas y chaquetas señoriales, era un joven más y sumamente atractivo. Ella sonrojada y tímida, él solo reía con ella.
Maggie, no sabía que gustabas de frecuentar sitios nocturnos.
Dice con una voz pausada y muy grave.
Maggie no sabía cómo hacer para no demostrar que moría por él, quería besarle sin importar que sucediera después. Lo amaba, pero no podía dárselo a entender, era su jefe.
Señor Robert, qué pena.
Le dice una Maggie muy sonrojada.
Primero, hoy no soy el señor Robert, solo  Robert,  este  no es  el trabajo. Déjame decirte que te ves muy linda. Noto que estas  con Sandra.
Saludando a la mesa de las jóvenes que miran con curiosidad.
Sí.
Tomando un respiro.
Vine junto a  mis  compañeras  de casa un rato a compartir, a contarnos las cosas de la semana.
Todavía con la reserva de verlo ahí, sorprendida por el momento inesperado.
Veo  que están  solas,   chicas    tan bellas, ¿No tienen novio?
Sin quitar la vista de su rostro.
Bueno,  ellas tratan de apartar un  poco sus  vidas  para compartir conmigo.
Es  decir la más bella no tiene novio.
Dejando un mensaje claro.
Ella sonrojándose y él marcando el destino de la conversación. No hubo mejor momento que ese, mejor que cualquiera de sus  sueños.  Luego de ese día vinieron muchas citas, el amor creció en su corazón. Maggie se sentía realizada, su sueño en la ciudad estaba casi completo; amistades reales, casa, trabajo y un hombre maravilloso. Nunca imaginó que en tan poco tiempo no se  iba a arrepentir de huir de su casa en busca de un destino.
El día de trabajo fue intenso, el movimiento financiero fue feroz. Ya había terminado y Maggie se disponía a ir a descansar. Estaba ya en la parte baja del edificio, en la entrada de la torre financiera. Su rostro se iluminó al escuchar un susurro en el oído, alertando su presencia. Era él, su gran amor, caminan juntos con las ganas de abrazarse y tomarse de las manos. Pero debían aguantar, esperar estar alejados de la torre. Eran jefe y empleada,  no era bien visto en la oficina ese tipo de relaciones, incluso era motivo de retiro del empleo. Ya alejados del lugar, se encaminaron a cenar a un restaurante de corte romántico donde pasaron una hermosa velada, luego siguieron el paso de la noche tomando unos tragos en el bar donde nació su amor por primera vez.
Él la tomó y la llevó al centro de la pista de baile, la atrajo a su cuerpo rodeándola con sus grandes brazos. Ella sintió la presión de aquel abrazo y reaccionó dejándose llevar. La música comenzó a ser el puente de unión entre el amor y la pasión, ella sintió como él la deseaba, su cuerpo le habló en el lenguaje de la seducción, ella sonrojada aceptó la cercanía. Con movimientos sensuales se acopló a un juego lleno de erotismo. Sus cuerpos juntos se unieron como vagones de trenes lo hacían a través de un duro y fuerte eslabón. Así estuvieron, dejándose llevar por la pasión al ritmo de la tenue y romántica música. La tensión era muy alta, y él no pudo contener la necesidad de compartir sus pensamientos con su amada.
Te deseo  Maggie, quiero que hoy seas mía.
Con la pasión como dueña de sus pensamientos.
Robert  estoy loca por ti, yo lo deseo más que nadie.
Como si hubieran estado esperando que alguno tomara la decisión salieron del lugar con la similitud  al de un inocente apresado en una cárcel por error, encontrando la oportunidad de escapar y vivir nuevamente la libertad.
Ya estaban entrando en el taxi a las instalaciones del Motel Century. Quedaba a las afueras de la ciudad, en medio de una vía solitaria. Se amaban mucho y no podían correr el riesgo de que los vieran juntos en un lugar así, no por ahora. Entraron a la pequeña recepción del motel, un hombre con aspecto muy extraño los recibió, era alto y sumamente delgado con ojos saltones como el de un viejo sapo de laguna, se unían a unas enormes manos que asustaron a Maggie cuando las sacó  debajo del mostrador para entregarles el libro de registro. Dieron un nombre falso, ella estaba tan aterrada como deseosa del momento, nunca había pertenecido a un hombre, pero lo deseaba como a nada en el mundo. Caminaron desde la oficina del extraño sujeto por aquel largo pasillo que dividía el espacio entre las puertas de las habitaciones y los autos estacionados. El corazón casi se le paralizó al llegar a la puerta de la habitación, sintió deseos de salir corriendo y no parar, pero al ver los ojos de amor con los que Robert la miraba la hizo de inmediato dejar que la pasión dominara el momento. La llave hizo su trabajo y la puerta se abre ante ellos. Era un cuarto pequeño, con una cama bien tendida, toda vestida de blanco, dos mesitas de noche a su lado, la puerta del baño se situaba al final de la habitación. Maggie estaba parada petrificada observando aquel lugar, se relajó al sentir como los labios de Robert se posaron en su cuello, el éxtasis suplantó a cualquier sentimiento que estuvo presente, la  pasión  tomó  aquel cuarto. Los besos acapararon la posesión del momento, las    caricias    iban   en coordinación con el pensamiento, el  deseo  estaba presente. Con delicadeza la vestimenta de Maggie fue abandonando su  cuerpo, sus  senos fueron los primeros en salir a la luz, perfectos, nunca tocados, desafiantes de la gravedad, su boca tuvo el placer de ser el primero, como el conquistador arribando a una tierra desconocida.  Maggie sintió sensaciones que no comprendía, sus ojos perdieron el horizonte, como hipnotizada   se  dejaba conducir, las manos de  Robert  eran  parecidas a la de  un virtuoso músico  del  violín sacando hermosas notas de su ser,  ella reflejaba cada nota  en  su  cuerpo. Su  sexo deliraba  de  placer  mientras   eran bebidos sus fluidos. Él dejó su ropa a un lado, su  anatomía tocó la de ella. Maggie  se sonrojó  mientras sentía la dureza de él en su  piel. No sabía  qué hacer, solo  recibía  el mejor de los tratos, su boca por primera vez tuvo el alma sensual en sus adentros, estaba  extasiada, su  esencia pedía más, sin ella saber porque, era puro sentidos,  sin  experiencia, todo  era legítimo, llegó el momento, con mucho cuidado, se  acostó  arriba de ella, abrió sus piernas y entró en su ser, delicadamente, como  un  profesor enseña  las primeras  letras, un pequeño dolor, no  privó del placer que estuvo viviendo, luego con ternura, de a poco fue perteneciendo a ella, se fusionaron en la pasión, el  ritmo  cambio, la  fuerza también, los cuerpos pidieron que fuera al máximo, el clímax  llegó, y Maggie, conoció las intimidades del amor.

El fin de un sueño
Desde  ese  día  muchas  fueron las noches  de pasión,  Maggie vivía  su sueño  dorado, amaba con locura  a Robert, hasta que un día, lo que no debió pasar paso.
Maggie tenía días sintiendo su cuerpo extraño, olores y sabores le causaban nauseas, incomodidad, ganas compulsivas de orinar. No sabía si estaba enferma. Era tan evidente su malestar que Sandra se dio cuenta y la increpó.
Maggie, te ves mal, ¿Qué tienes?
Con una curiosidad algo maliciosa.
Ay Sandra, no sé qué comí, algo me cayó mal, tengo unas náuseas y no he parado de vomitar toda la noche.
Maggie una pregunta personal pero importante, ¿Has tenido relaciones sexuales?
Sandra por Dios eso  es algo personal.
Le responde sonrojada.
Creo que deberías usar esta prueba, desde que salgo con Adams siempre la tengo a mano, a pesar de que me cuido, nunca está de más.
Pero aquí  dice prueba de embarazo, yo no puedo estar embarazada.
Responde horrorizada.
¿Te has cuidado?
Le suelta la pregunta sin más.
No, pero no puedo estar, nunca hablamos   eso, simplemente     lo hacíamos.
Responde con mucho nervio.
Lee  las  instrucciones  es  fácil, ves, solo dejas un poco de pis y listo, anda es mejor estar segura de estas cosas.
Con mucho nervio Maggie entró en el baño, pasaron unos minutos sin dar razón de lo que pudo pasar. Sandra no aguanto y tocó la puerta.
Maggie ¿Qué paso?, ¿Estas bien?
La puerta abre de golpe y Maggie la abraza envuelta en un mar de lágrimas y desespero, tomando de sorpresa a Sandra que no sabe cómo reaccionar.
¿Qué pasó Maggie?, ¿Porque lloras así?
Se me va la vida, amiga, se me va la vida.
Pero, dime ¿Fue positivo?
Pregunta todavía avasallada por el histerismo de Maggie.
Sí, Sandra, estoy embarazada, ¿Y ahora?, Robert me dijo que en la empresa no se podían enterar, se va a enojar conmigo.
Habla con él, tiene que saber.
Maggie desesperada buscó a Robert, al escucharla de inmediato su rostro cambió, su sonrisa pasó a una seriedad lejana. Se apartó de ella, la soltó. Maggie sintió el desplante, le lloró, lo quiso abrazar. Él se distanció, dejándola caer a sus pies.
No puede ser mi hijo.
Dijo Robert de forma tajante.
Cómo puedes decir eso, yo solo he sido tuya.
No, no es mío.
Respondió dando media vuelta.
Robert se fue, Maggie quedó sola, con la única compañía de la fría noche de Ciudad Central, llorando como nunca lo había hecho. Todo lo que le prometió a su madre se había caído de un solo golpe, la vida le había colocado una trampa. Maggie estaba parada frente al cafetín donde Robert la abandonó envuelta en un mar de lágrimas. Sintiendo lastima de ella misma, intentando comprender como Robert pudo desconfiar de ella.  Pasó de estar en el cielo a las puertas del infierno. Comenzó a escuchar cada vez más fuerte la risa burlona de su padre.  Caminó  a paso ligero por las calles, intentando escapar de aquello, se comenzó a sentir ahogada ante el  mar de personas que la rodeaban. Buscó  un escape, el parque se convirtió en eso, corrió hasta donde las fuerzas la acompañaron, llegó sin aliento a una vieja banca y se sentó en ella, ya sin  fuerzas de continuar. Llevó las manos a su  vientre, cercándolo entre sus manos, maldijo a la criatura que se estaba formando en su ser, que quería venir al mundo. Para ella estaba muerto antes de nacer.
Estuvo deambulando por la ciudad, ya sin  poder conjugar las lágrimas. Caminó sin rumbo, ese día no probó bocado alguno, no quería alimentar a el engendro que se estaba formando, el culpable de destruir la felicidad que tanto anhelaba. Sin saber si fue por una coincidencia o por un acto de sonambulismo llegó a las puertas de su edificio, se paró frente a él, las personas al pasar no podían dejar de observar a esa joven, de aspecto demacrado, con las ojeras producidas por todas las lágrimas derramadas. Era el efecto del llanto incontrolable,  como una aparición fantasmal en el preámbulo de la noche. Caminando lentamente, tomando su vientre con las dos manos como si llevara una pesada carga en su cuerpo. Subió las pocas escaleras que la llevaba a la puerta del edificio, ahí quedó inmóvil, por minutos no hizo nada, no hubo movimiento alguno. De pronto la puerta abre, era la rellenita y amistosa  vecina, la primera alma que encontró el día que buscó ser inquilina de aquel lugar. La joven la saluda pero no recibe respuesta alguna, intentó preguntar pero solo pudo observar como Maggie ingresaba al edificio por inercia, ascendió al apartamento por primera vez usando las escaleras, era la supervivencia la que dominaba su andar, no su rutina. Llegó a la puerta y como si esta fuera un detonante comenzó a llorar, sin control, gritó y gritó, la golpeó hasta que sus manos enrojecieron y un líquido escarlata comenzó a aparecer por entre sus nudillos. Cayó frente de la entrada del apartamento, entre sollozos. Ya había pasado la tormenta, la calma se apoderó del momento. Del bolsillo de su pantalón sacó las llaves y abrió la puerta entrando al apartamento con la intención de acabar esa pesadilla de una vez.
Media hora después Betty entró al apartamento, llegaba de un día de trabajo arduo. La cartera de imitación francesa aterrizó en el sofá como un aeroplano en una pista desalojada de un  aeropuerto de provincia, los zapatos de tacones de quince  centímetros  fueron a parar en direcciones impares obligándola a respirar el aire más cercano al suelo que pisaba. Era la libertad esperada desde que intentaba salir del bullicio de las calles de la ciudad, ese día el tren subterráneo fue un imposible de civilidad, entre empujones y malos olores fue su travesía, solo quería una bebida fría y una siesta de treinta minutos, con eso hubiera sido feliz. No se imaginó que esa búsqueda quedaría infructuosa al entrar a lavarse la cara para quitarse el maquillaje en el baño. La escena encontrada no dejó tiempo sino para dar un grito a todo pulmón, en el piso estaba el cuerpo ensangrentado de Maggie, sus muñecas dejaban escapar el líquido rojo de la vida así como sus ojos unas horas atrás eran la fuente de las lágrimas que salieron de su cuerpo.
Las horas transcurrían en el Hospital General de Ciudad Central. El doctor O’Neal daba las indicaciones escritas al turno de enfermería de los cuidados de la paciente Maggie Nell.  Había llegado a tiempo al hospital, el desangramiento no fue mortal gracias a la oportuna llegada de Betty. Las chicas se turnaron para esperar el momento en que volviera en sí, suceso que debió pasar hace algunas horas atrás, pero lo lógico no siempre es lo que sucede, por lo menos no fue lo primero que pasó. Maggie se tomó un tiempo, algunas horas que fueron una vida en su mente, un sueño, la ilusión, vivió la felicidad de tener una existencia maravillosa, armó una historia ficticia en los rincones más profundos de su pensamiento. Se vio llegando en su camioneta luego de comprar los víveres, al arribar a su casa observó que el chico de los Henderson cortó el césped, se veía espectacular. Estacionó en el porche de la casa y bajó del auto para ser recibida por Berbeder, su  hijo canino, la mascota que le daba vida a su hogar. Entró y comenzó a preparar la cena, puso a enfriar la botella de vino tinto especial que había comprado para celebrar el aniversario  con su adorado Robert. Hoy cumplían tres años de matrimonio. Las chicas les habían mandado en la mañana cada una un presente, ellas fueron testigos del amor tan grande que la pareja se profesaba. Feliz sale un momento de la cocina y pasa por el ventanal de la sala, que da con una vista espectacular al jardín frontal de su casa y lo ve, es Robert. Quien baja de su vehículo con una sonrisa que opacaba al sol más radiante, los ojos de Maggie se llenaban de lágrimas de alegría. En ese momento ve como un joven alto de un oscuro cabello negro sale detrás de un árbol y toma por la espalda a Robert, degollándolo y dejando caer el cuerpo al suelo, entre la grama recién cortada. Cae dejando una huella de sangre.  Maggie desesperada corre y sale de la casa entre gritos de dolor, toma al cuerpo del piso e intenta levantarlo, sus manos enrojecidas por el fluido escarlata, intentan cerrar el paso de la sangre. Siente como la toman por el hombro    — Madre ya es tarde, lo  perdiste  —dice el joven asesino. Mientras ella gira su rostro y lo ve directamente a los ojos.
Un grito hace que por poco Laura se caiga de la silla de espera, se levanta e intenta sostener con sus manos el cuerpo de Maggie que grita desesperada y se bate con fuerza en la cama del hospital, al momento irrumpen en la habitación dos enfermeros y logran estabilizarla, el doctor ingresa y le suministra un calmante, mientras Maggie de a poco vuelve a caer en un sueño esta vez provocado.
Doctor ¿Por qué se ha levantado así?
Pregunto Laura alarmada.
Pueden ser varias causas, una pesadilla o revivir el momento del suicidio, cualquier cosa pudo ser el detonante. Lo cierto es que ya volvió en sí, en unas dos horas el calmante dejará de surtir su efecto, debe estar para ese momento en total normalidad.
Eran alrededor de las tres de la tarde, Maggie comenzó a percibir como la luz penetraba de a poco entre sus pupilas. Sus oídos captaron el sonido eléctrico de los aparatos de medición, sus dedos comenzaron a sentirse. Laura ve el movimiento dispar de los dedos y se levanta de golpe y la mira a los ojos  —Amiga estas aquí, como me asustaste. —Palabras que llegaron acompañadas con un tono de felicidad. Afuera de la habitación estaban Sandra, Betty y las parejas de ambas junto al novio de Laura que acababa de llegar cargado de cafés para contener la ansiedad. Laura abre la puerta de la habitación y llama a la enfermera —Señorita ya volvió en sí, venga por favor —grita para atraer la atención de la trabajadora de la medicina. Las chicas y sus acompañantes oyen y se acercan rápidamente a la puerta de la habitación, a su vez son apartadas por la enfermera que les pide esperar afuera.
¿Qué pasó?, ¿Como esta?, preguntan Betty y Sandra casi a la par.
Bien, pero lo primero que me preguntó fue por Robert.
Que malo, pero hay que decirle la verdad, él no va a venir.
Si pero es muy cruel decirle.
Cruel es la vida, sin hombre y sin trabajo, el muy maldito la hizo botar.
Esperemos un poco si, luego vemos como le decimos.
El doctor pasó como una tromba a su lado, entró a la habitación; a los pocos minutos sale.
Doctor ¿Cómo está?
Bien, ya está fuera de peligro, ¿Alguno de ustedes es su familiar directo?, tengo algo importante que decirle.
No doctor, pero nosotras somos lo más cercano a una familia, ella está sola en la ciudad.
Ok, una de ustedes acompáñeme por favor.
Laura tomó la iniciativa y junto al doctor caminó sin cruzar palabras a través del pasillo que tenía un fuerte olor impregnado, profundo,  producto de la conjunción de medicamentos y líquidos de limpieza, olores que permanecían en el olfato por días pero que se mantenían por toda la vida  en el recuerdo, eran sensaciones evocadoras que se activaban al estar en un lugar donde se ejercía la medicina y provocaba sentir el verdadero efecto de un deja vu. Subieron por las escaleras que estaban al final del trayecto para llegar a la primera oficina a la izquierda de la cúspide del ascenso, entraron y el doctor le pidió que tomara asiento.
Joven, me preocupa el caso de Maggie, no solo por el intento de suicidio, sino por su estado.
Sí, me enteré que estaba esperando un hijo doctor.
Mire, le voy a dar la tarjeta de un psicólogo especialista en estos casos, sin embargo no quiere decir que la deje ir sin antes ser evaluada por nuestro experto, pero quiero quedar con la conciencia tranquila, no la descuiden, este tipo de casos suele dejar secuelas muy profundas.
Mientras Maggie recibe el permiso de recibir visitas, todavía estaba muy tranquila por los efectos del calmante. Las chicas intentaban mantener un ambiente de alegría para tratar de que no cayera en depresión, sin embargo dejaban preguntas sin respuestas, tales como la más repetida ¿Dónde está Robert? Ellas no sabían cómo decirle que aquel hombre no quería saber nada de ella. Mientras Maggie coqueteó con la muerte y luchaba con la depresión de un hijo no deseado, Robert había logrado que la desincorporaran del trabajo, su intención era borrarla de su vida. Las chicas buscaban la manera de cómo darle esa noticia a aquella pobre joven que se recuperaba de un intento de suicidio.
Dos días habían pasado desde que las muñecas de Maggie fueron abiertas para drenar el líquido de la vida a través de ellas. Estaba llegando al apartamento acompañada por las chicas, las muñecas vendadas y las ojeras asentadas en su rostro la delataban ante sus curiosos vecinos. Maggie todavía tenía esperanzas de encontrar a Robert esperando en la sala y al verla él la recibiría con un abrazo. Cosa que no ocurrió, sino que más bien le dio paso a un momento amargo.
Maggie, siéntate acá por favor.
Le indica Sara llevándola al sillón ubicado en el centro de la sala.
Sí, claro amiga, ¿Por qué el tono de misterio?
Ay amiga, no es nada fácil para mí decirte esto.
Dice Sandra con los ojos enrojecidos de momento.
Dime ¿Algo le pasó a Robert?, tiene que ser, por eso no ha venido, ¿Dime, Sandra, dime?,
Ya bajo el completo descontrol.
No, Maggie, no es eso.
Bajando de golpe la ansiedad.
Pero entonces ¿Qué es?
Amiga.
Quedando por un momento sin palabras.
Dime de una vez.
Grita Maggie ya con mucha ansiedad.
Bueno, Robert no quiere saber de ti, incluso te mandó tu cheque de despido. No quiere   que  te molestes en  ir, te prohibió el acceso a la torre.
Maggie se quedó sin habla, su mirada fija en el cheque que le había entregado Sandra, no sabía que decir, en realidad no tenía de que hablar. Pidió que la dejaran sola, Laura se negó, la acompañó a su cuarto y le pidió a las chicas que esperaran afuera, Laura sin decir palabra alguna tomó una silla y se sentó al lado de la cama donde se acostó Maggie a llorar, eso es lo único que le quedó hacer, expulsar las últimas lagrimas por un hombre.
Tres meses habían pasado, el vientre de Maggie ya tenía los efectos del crecimiento del ser a quien ella odiaba; solo vivía para aborrecerlo, para ella era el culpable de matar el amor de su alma,  convertirla en un muerto viviente. En ese tiempo, el trío de chicas discutió mucho sobre el futuro y en ninguno de los escenarios estaba un bebe viviendo con ellas. Habían hecho lo posible por intentar mantener los costos de la casa y entender la inamovilidad de Maggie, pero ya era imposible de sostener, aun para Sandra que sentía un peso de culpa en lo vivido por aquella pobre niña. Pero la razón y la cordura mandó y la decisión fue tomada. Esa noche fue el momento para reunirse con Maggie.
En la sala estaban sentadas con caras largas Betty, Sandra y Laura, habían llegado de encontrarse en la tienda de la esquina hace más de treinta minutos. Estuvieron viéndose las caras, tratando de que mágicamente la energía fluyera de sus cuerpos dando el empujón necesario para entrar en el cuarto de Maggie, donde ella estaba durante casi todo el día, rompiendo la continuidad solo para el aseo personal y cuando el cuerpo luego de mucho aguantar pedía alimento. Laura se levantó y al instante Betty y Sandra la siguieron, abrieron la puerta del cuarto sin tocar, no hacía falta, Maggie estaba acostada, con los ojos abiertos, secos, ya sin líquido suficiente para producir lágrimas, pero con el deseo latente de que siguieran emergiendo de sus ojos.
Maggie, necesitamos hablar contigo.
¿Qué quieren?
Responde manteniendo su vista clavada al techo.
No queríamos decirte esto, para nosotros es muy difícil. Pero no puedes seguir acá, los gastos nos están devorando, tú en tu estado te has convertido en una carga y además, ninguna de nosotras está preparada para lo que te va a suceder.
¿Dicen que no están preparadas para tener a este maldito bastardo en esta casa?, pues comparto lo mismo con ustedes, yo lo odio.
Dejando escapar una voz que emulaba al mismísimo demonio.
Maggie por favor no digas eso, si pudiéramos te ayudaríamos sin pensarlo, pero en este momento...
Quedando la frase inconclusa, las lágrimas se apoderaron de Betty.
No se preocupen, hoy me voy.
Cerrando los ojos y girando su cuerpo en la cama.
El trío de jóvenes respetó el momento de la pobre chica, fueron a sus camas temprano, no tenían la fuerza para una despedida tan cruel, se sentían lo más bajo de la sociedad, pero no podían tomar el problema de Maggie para ellas. Cada quien debía ser responsable de su vida, a pesar del dolor que producía la deslealtad.
Una carta encontrarían las tres ex amigas de Maggie en la mesa del comedor en la mañana antes de consumir el desayuno , sin un gracias, ni un adiós, solo un mensaje “Pueden quedarse tranquilas, ya no me verán más”.
Maggie había salido a media noche, caminó por las oscuras calles de Ciudad Central. Era una nueva experiencia para ella, no podía comprender como alguien podía cambiar tan drásticamente, como las ganas de vivir se transformaron en el odio por la llegada de una nueva vida. Porqué odiar a los que otros aman. En el camino oscuro, producto de un foco roto en el alumbrado de la calle, pisa a un indigente que dormía acostado en una esquina de la calle, este sin inmutarse continúa en el mundo de los sueños donde un vago podía ser rey. Con cierto miedo se aleja, sin darse cuenta  estaba frente a las instalaciones del terminal de autobuses. Seis meses atrás le hubiera parecido inconcebible salir de ahí a medianoche, hoy era otra,  hubiera deseado que un delincuente le disparara en el vientre y acabara con lo que ella por miedo a Dios no podía hacer. Entró en las instalaciones, encontró que ahí el día y la noche no tenían el mismo efecto que en las calles de la ciudad, el número de personas deambulando por el recinto asemeja al de una media mañana de la metrópolis, ya cuando la calma del alud de trabajadores dirigiéndose a sus sitios de labores había pasado. Caminó unos metros hasta que un aroma delicioso le trajo recuerdos, se dejó llevar por el instinto y ahí estaba, el primer hombre que le dio la bienvenida a la ciudad. Se acercó y sacó unas monedas y pidió un café achocolatado, el hombre con mucha educación se lo entregó y cobró el valor de la bebida, ella lo tomó y siguió su camino, aquel buen hombre no la había reconocido. —Así era la verdad de la vida, nos convertimos en recuerdo pasajero. —pensó. Tomó su café achocolatado y se dirigió a la taquilla a comprar el boleto de autobús para salir en el primer viaje, el mismo ya tenía hora, siete de la mañana, todavía quedaban cuatro horas antes de la salida. Decidió descansar en el mismo sitio que lo hizo cuando llegó a la gran ciudad, hoy marcando el bochornoso y doloroso retorno, pero esta vez no va sola, ira acompañada de un hijo no querido.
La tenue luz de la mañana despierta a Maggie, miró entre dormida el reloj del terminal, ya eran las seis de la mañana, se levantó, tomó su mochila, al observar el pequeño bolso dejó escapar una sonrisa, pero no de alegría sino de amargura, era la misma mochila con la que llegó a la ciudad, no necesitaba más, los vestidos y zapatos de tacón alto no tenían espacio en un lugar como su antiguo hogar, ya con lo que llevaba en el vientre estaba fuera de todo espacio social. Solo quería retornar para cerrar el ciclo vivido en la ciudad, era su castigo. Se acercó a un pequeño local ambulante y compró una pequeña torta y un café negro para dar al cuerpo algo de alimento, ya en poco tiempo debía abordar el autobús.
Las horas pasaron, ya había llegado el momento de la partida, el autobús rumbo al antiguo hogar de Maggie comenzó su viaje. Para algunos era solo un día normal, para Maggie era el funeral de la esperanza. Estaba sentada con la mirada perdida por la ventanilla del vehículo colectivo, los sentimientos de la partida enjugaron sus ojos, sentía como se creaba un vacío en su pecho. Era muy doloroso, quería morir en ese momento, la mano izquierda reposaba en su vientre y solo un pensamiento recorría su mente. —Por tu culpa maldito engendro.  —repitió por mucho tiempo. Mientras las ruedas del vehículo  giraban comenzando el retorno al infierno.



El Alumbramiento
El sol calentaba levemente los brazos de Maggie, un giro inesperado del autobús  la saca de su sueño, estaban entrando en el pequeño terminal del caserío, el chofer abrió de forma mecánica el portón del vehículo y diez personas bajaron, ella fue la última en hacerlo. Como si los zapatos estuvieran hechos de plomo, caminó rumbo a la casa de la cual había huido medio año atrás, entre la mirada curiosa de la señora Cannon, que la había reconocido, la indiscreta dama  dirigió la mirada al pequeño abultamiento que reflejaba un inquilino en su vientre. El comentario fue más rápido que  su andar a donde estaba por reencontrar al jefe del hogar que abandonó: Su hermano Claudio.
 En la cocina de la familia Nell el teléfono suena, Martha que en ese momento estaba distraída observando a Jessica restregar el piso, lo atiende, pregunta quién es, luego cae en un silencio profundo y escucha atentamente, no emitió ningún sonido, solo estaba inerte como si se hubiera unido en cuerpo y alma al auricular. Sus ojos no podían ocultar la sorpresa de lo que estaba oyendo, Jessica se da cuenta y se levanta, deja el trapeador con el que estaba quitando una mancha renuente de salir del piso.
¿Qué ocurrió Martha? ¿Por qué esa cara?
Le pregunta la anciana preocupada.
Vieja, vieron a Maggie en el terminal.
Y es interrumpida antes de continuar.
¿Mi hija?, ¿cómo?, ¿con quién?
Preguntó con ansiedad Jessica.
No es eso, vieja, es que la vieron con una barriga, está embarazada.
No, Claudio la va a matar.
Gritó mientras se quitaba el delantal para salir a impedir que Maggie llegara en ese estado a aquella casa.
Un golpe en la puerta no la dejó culminar lo que intentó hacer, el sonido de la voz de Claudio gritando enojado a todo pulmón la hizo salir a la pequeña sala, ahí vio a Maggie, con la cara sin expresión, seca, recibiendo los insultos de su hermano mayor. Él se impacientó al no ver reacción alguna por parte de la joven embarazada, se sentía ridiculizado. Regresó el recuerdo del momento que tuvo que sacrificar su orgullo y excusarse con su amigo Arthur, por la burla producida por su hermana, abandonando su hogar y dejando su palabra invalida en el compromiso de casamiento. Para luego regresar preñada. Todo aquel desparpajo lo llevó a cruzarle el rostro dándole una bofetada. La anciana madre  se interpuso.
Claudio Nell yo no le enseñé a mis hijos a pegarle a las mujeres.
Le grita la anciana mientras se agacha al piso donde cayó Maggie.
Pero sí le enseñaste  a tu hija a ser una puta sin palabra.
Vociferó completamente lleno de ira.
Esa mujer no es mi familia, se queda por ti, pero para ser servidumbre igual que el bastardo que trae en su vientre.
Claudio se retiró, la rabia y el enojo lo tenía poseído, llamó a Martha para que lo acompañara afuera. Jessica llevó a Maggie a la cocina, con pañitos de agua fría intentó contener la hinchazón del golpe recibido, ella sin inmutarse, se sentó.
Hija ¿porque regresaste?
Aquí pertenezco.
Con la voz apagada y la mirada perdida.
Pero Claudio no te dará vida, es tan cruel como tu padre, y te odia. No sabes lo que ha sido su vida desde que te fuiste.
Madre.
Apartando el trapo húmedo de su cara.
Es hora de trabajar, déjame terminar con los pisos.
Sin expresión alguna, cosa que  causó terror en su madre.
Martha entra y se junta a las dos mujeres, Claudio le había dado instrucciones precisas, tomó a Maggie por un brazo para levantarla del piso donde estaba limpiando, esta la ve, con la mirada sin vida. – Acompáñame. —le dijo. Caminaron juntas. Martha tomó la mochila de ropa de Maggie y la llevó junto a ella fuera de la casa.  Lentamente caminaron rodeando el lugar y a unos treinta metros detrás de la casa vieron una pequeña barraca. Llegaron a ella. Martha sacó del bolsillo de su bata un manojo de llaves, buscó entre ellas y seleccionó una. La llevó cerca de la puerta y abrió un candado oxidado, con el cual mantenían asegurado el lugar.   En ese pequeño cuarto  Claudio guardaba las cajas con cosas ya inservibles o recuerdos. Estaba muy sucio, el techo irregular dejaba ver agujeros que se debían convertir en chorros de agua los días de lluvia —Aquí dormirás —le indicó Martha—. En una de las cajas de la esquina hay una vieja colchoneta, te servirá para dormir, Claudio me dio las instrucciones de como debes trabajar para ganarte la comida, escucha atenta, él no está muy convencido de esto —le dijo—. A las seis de la mañana que es la hora que Claudio alimenta a los  perros, te traerá tu plato de comida, lo va a colocar afuera de la puerta, te avisará con un toque seco, esperas un instante y luego sales por ella, no puedes abrir al momento, debes esperar un poco para que él se aleje, no quiere cruzar miradas contigo. Luego  trabajarás en casa desde las siete de la mañana corrido hasta las seis, a esa hora vendrás acá ya comida. No trabajaras ni sábados ni domingos y no saldrás de este cuarto. No puedes ir a ningún lado. La amargura todavía lo embarga con Arthur y sus amigos, instálate hoy, comienzas mañana. Maggie escuchó sin decir nada, asentó con el rostro en señal de aceptación.
Los meses pasaron y Maggie vivió amargada, fue la esclava que nunca quiso ser, se tragó el orgullo que poco a poco fue reemplazada por la sumisión, Claudio se encargó de hacerla sentir lo más bajo de la creación, él había heredado la maldad de su padre. Maggie vivía su propio infierno en la tierra. Dios dijo que obtendrás el pan con el sudor de tu frente,  solo que en el caso de Maggie la burla y el cansancio era su pago.
Una mañana de calor estaba azotando la casa de los Nell, el sudor caía copiosamente por la frente de Maggie mientras movía el enorme sillón para pasar el trapeador  debajo de él. Sintió como su entrepiernas se convirtió en un manantial y las aguas rápidamente corrieron por aquel piso recientemente trapeado, era como si el ente líquido reprimido por una vieja represa hubiera empujado tan fuerte que derrumbó los muros de contención,  dejando correr el líquido incoloro en búsqueda de rehacer su camino. Los dolores se adueñaron de su cuerpo, Jessica la ve y corre a ella, sin preguntar a nadie la toma de un brazo y sale como una ráfaga de viento en busca de ayuda. Afuera estaba Fred Nell, el hijo sin decisión, él solo vivía el día a día, no era en nada parecido a Claudio ni su padre, solo Jessica sabía por qué y esa verdad se iría con ella a la tumba. Lo llamó y él rápidamente se aprestó a ayudarlas, sin  llamar a Claudio encendieron la camioneta y llevaron a Maggie al hospital. El momento había llegado, era el nacimiento del hijo no deseado.
Los dolores de parto se adueñaron del día de  Maggie, ese dolor le dio más razones para odiarlo. En el camino gritaba que deseaba que se muriera que no dejaran que naciera, que era el hijo de Satanás. Todo lo que una madre nunca se atrevería a decir.
El doctor luchaba con la indecisión de Maggie, la falta de fuerza para pujar estaba sellando la posibilidad de vida de un ser que quería conocer el mundo. Los gritos del médico inundaban el lugar pidiendo colaboración de una madre que no quería ser, ya la decisión de una cesárea rondaba la mente del practicante de la medicina. Casi al momento de extinguirse las probabilidades de éxito, Maggie reacciona y comienza a pujar con enormes fuerzas. Los gritos eran aterradores, los movimientos de Maggie eran incontrolables, dos enfermeros de gran envergadura entraron a ayudar a la pequeña enfermera reteniéndola por los brazos, en eso un grito semejante al de engendro más diabólico del infierno da fin al proceso de llegada del inocente ser y el sonido de unas fuertes palmadas desencadenan el primer llanto emitido por el hijo de Maggie Nell.
Dos días después  Maggie llegaba a la casa de Claudio con el niño en sus brazos. No entró en la casa principal, fue directo al pequeño cuarto ubicado detrás de la casa. Un pedazo de la sucia colchoneta sirvió de cuna para el pequeño Tony. Ese fue el nombre que quedó escrito en la tarjeta de nacimiento, un  nombre y un apellido, Tony Nell.
La anciana madre le pidió a Claudio que le diera una semana a Maggie antes de  comenzar en la casa sus quehaceres, él aceptó con la condición que la alimentación de ella saliera de la ración de su anciana madre.
Maggie odiaba a aquel bebe con  toda su alma, los llantos de hambre no la inmutaba, nunca lo alimentó. Martha a escondidas de Claudio en las mañanas le enviaba con la anciana Jessica leche, para que esta lo alimentara en el día, sin que su esposo se diera cuenta. Maggie estuvo sin trabajar solo dos días, dijo sentirse bien, fue parto normal, estaba segura que trabajando con cuidado no tendría problemas con los puntos. En realidad prefería arriesgarse a perder unos puntos de sutura que pasar un minuto con aquel bebé al que odiaba, sólo el amor de la anciana abuela pudo ayudar a aquel niño por lo menos en su primer año de vida, fue lo que duró antes de que aquel infarto fulminante culminara con sus días en este mundo.
Dos años habían pasado desde el nacimiento de Tony, Maggie continuaba como el primer día de su llegada, Trabajando como la peor de las esclavas. Pero había cambiado, ella misma se dio cuenta mientras limpiaba la alcoba de Martha y se cruzó frente al espejo quedando paralizada. No era ni por asomo la joven que llegó a la gran ciudad con esperanzas de triunfo, ahora era una mujer acabada, deforme, sus manos estaban marcadas por el trabajo forzado a que estaban expuestas. Su rostro con ojeras que le sumaban años a su apariencia, sus piernas que en un momento fueron hermosas, ahora mostraban los maltratos de un trabajo denigrante.  De pronto recordó a Robert, como la hizo sentir amada, sus caricias, el momento en que la hizo mujer. Sus ojos se llenaron de fuego, la furia vino a ella, giró su rostro, se levantó del piso que minutos antes había limpiado, abrió la puerta del cuarto con rabia incontrolable. Bajó las escaleras como un demonio, abrió la puerta y salió al patio. Sintió como el mundo daba vueltas, burlándose de ella, risas cada vez más fuertes retumbaban en su mente, maldiciones e improperios salieron por su boca, sus ojos destilaban odio; maldad, rencor, quería destruir al mundo, acabar con todo. Bajó la cabeza, cerró los puños tan fuerte que sus cortas pero afiladas uñas sacaron sangre de sus manos. Sus dientes se apretaron con tanta presión que estuvieron a punto de colapsar. Su mirada de pronto cambió, aquel odio de pronto fue dirigido, encontró el objetivo, si alguien tenía culpa de todos sus males, ese alguien era el niño que reposaba solo, en la horrenda choza donde purgaba su pena, donde era una prisionera. Caminó lentamente, cada paso que daba era más odio en su corazón. Llegó a la pequeña puerta, estuvo parada sin moverse por unos minutos, dejando que su cuerpo fuera un contenedor de odio, lo estaba acumulando, como una batería recargable lo hacía unido a un tomacorriente. Volvió en sí, miró la puerta y la abrió. Ahí se encontraba el pequeño niño, sucio, nadando en un mar de excremento. El olor a orina impregnaba el lugar, la menuda pierna izquierda del niño  estaba amarrada a una base que sostenía el techo de aquella barraca. Frente a él un plato con alguna bazofia minada de innumerables moscas,  el  inocente niño  estaba dormido. Maggie tomó un madero grueso de unos cincuenta centímetros de largo, abultado en su final, con algunas astillas que simulaban a un mazo de la época de los caballeros de armadura, estaba detrás de la puerta, como si hubiera reposado ahí por una razón que ese día estaba por descubrirse. Cerró la puerta detrás de ella, miró al pequeño niño con todo el odio emanado por su ser. Tomó la cuerda que lo mantenía maniatado y la haló, despertando al pequeño, este la ve y con su enorme inocencia emite una sola palabra: —Mamá. Y la mira con un sentimiento único que solo un hijo puede transmitir a una madre.  Maggie lo ve, se detiene por un minuto, los grandes ojos azules del pequeño la absorben. Sus manos toman con fuerza el mazo, respira profundo, lo observa, su mirada se va encendiendo, el odio incontrolable surge de ellos, y  un fuerte golpe en las costillas del niño hace que sienta una enorme satisfacción. Surge la necesidad de compensar todo lo malo que aquel niño le trajo a su vida, y los golpes se repitieron, una y otra vez, el sonido seco de la llegada de la fuerte madera a la piel del inocente, solo era acompañado por el llanto ahogado de sufrimiento de Tony Nell.

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