Maggie Nell
En la
afueras de la ciudad a unos cien kilómetros de los ruidos de los motores, de
las luces incandescentes de los locales nocturnos y el ritmo vertiginoso del
empresario de la gran Ciudad Central. Se
levantaban pequeños caseríos con no más de un centenar de habitantes, con un
ritmo de vida más pausado, con gente muy humilde. Personas que han vivido de lo
que la tierra produzca. Generación tras generación han mantenido esa premisa.
Se conformaban con los estudios recibidos de las pequeñas escuelas básicas que
estaban instaladas para su educación, solo algunos casos muy aislados lograban
hacer estudios un poco más avanzados, como lograr culminar la preparatoria. Ese
fue el caso muy especial de Maggie Nell, una joven dotada de una belleza solo
comparable con las ganas de vivir; alta, de impactante ojos azules, su cabello
con abundantes rizos que caían sobre sus hombros como el rocío en las flores en
una mañana de primavera y una sonrisa capaz de tumbar cualquier muro de
indiferencia. Ella no estaba dispuesta a
seguir los estándares familiares, impuestos por su cultura social. Su
padre tenía desde prácticamente que nació, su vida planificada. Un buen hombre
que la mantuviera y la ayudara a formar un hogar, donde sirviera a su esposo y
cumpliera con el deber de ser madre. Ese era el ideal que el padre profesaba
para ella. Desde muy niña Maggie dio a entender otra cosa, que no era un trofeo
ni una mercancía, ella soñaba con estar en la gran ciudad, tener una profesión,
un empleo que la hicieran sentirse orgullosa y además realizada.
El
padre de Maggie, Conrad Nell, era un hombre recio, alto, muy blanco, con la
piel escamada por el sol, producto de todas las horas diarias acumuladas
trabajando la tierra, bajo el ardiente astro. Con una fortaleza física muy por
encima de su edad. Contaba con muy poca cultura, su sapiencia estaba en la
tierra, en como producir lo que su familia debía consumir, además de
obtener de ella lo necesario para utilizarlo como trueque,
para los otros insumos necesarios en el hogar. Así era el movimiento económico de esos pequeños
caseríos.
Las
batallas entre Maggie y su padre eran épicas a medida que esta iba
creciendo. De pequeña Maggie era muy
dinámica, extrovertida, siempre estaba por delante de los varones en clases, a
pesar de que el padre intentaba inculcarle que estudiar en la escuela para una niña, era una pérdida de
tiempo. Cocinar, hacer los oficios de la casa, aprender a servir al hombre, tal
cual como era su madre, era la verdadera educación que debía tener. Así lo
gritaba a cada momento que veía a la
niña con sus libros escolares. —Prepararse para servir a su marido —le
repetía—. Cuando ya estuviera preparada para ser la mujer de un buen hombre
trabajador sería una mujer en toda la extensión de la palabra, la verdadera
educación comenzaba por dar resultado en la casa desde pequeña, atendiendo las
necesidades de sus dos hermanos varones, mientras ellos aprendían el valor del
trabajo de la tierra —le decía una y otra vez día a día. En una oportunidad
Maggie debía realizar un trabajo sobre el sistema digestivo y presentarlo ante
el salón exponiendo sus conclusiones. Estaba muy entusiasmada, la pasión que le
puso a ese ensayo era impresionante, era el último trabajo para aprobar la
escuela, estaba en su último año, su maestra era Ane Chandler. Hecho que el
padre de Maggie veía como una aberración, —Una mujer con el cargo que solo
debía ejecutar un hombre, no era de
Dios. —repetía sin cesar. La
maestra tenía mucha fe en ella, había hablado con el director de la
preparatoria del municipio, emitiendo una recomendación para su continuidad
educativa en ese instituto. Maggie se encerró en su cuarto, justo luego de
llegar de la escuela a trabajar en su proyecto, quería demostrar que era la
mejor. La casa estaba sola. Era un lugar de mediano tamaño como todas las de la
comunidad. No había una familia predominante, con un nivel de enriquecimiento
mayor que otro en aquel lugar. La casa disponía de una planta principal y un
segundo piso, era en su totalidad de madera. Sus propios ruidos venían por el
paso de los años, fue la casa del padre de Conrad y a la vez del padre de este.
Tres generaciones pasaron sus años en el hogar de añeja madera, al entrar en
ella lo primero que se encontraba era un muy corto corredor que abría el paso a
la derecha de una menuda sala de estar con un sillón de dos puestos, muy limpio
a pesar del tiempo que este tenía en aquel lugar. La casa muy humilde, siempre estaba impecable.
Jessica la madre de Maggie, vivía para eso, además de estar pendiente de todos
los quehaceres del hogar, era el alma de
aquella casa, mientras su esposo y sus dos hijos varones se ocupaban del
trabajo duro de cosechar para la alimentación de la familia. Jessica siempre apoyó a su hija en sus sueños
de ser diferente, sin decir nada a Conrad para evitar que su mal carácter
saliera a flote. Lo hizo a través del trabajo de la casa , que nunca faltara
nada, que él no se diera cuenta que Maggie entre semana tuviera un tiempo adicional
para prepararse, para estudiar. Como aquel día en que trabajó en ese modelo de
anime y cartón que sería el éxito de su presentación final. Que iba a imaginar Maggie que ese día en
particular Conrad entraría a casa a buscar agua para refrescarse y no vería a
Jessica en las labores del hogar. Conrad siempre quería que la casa nunca
quedara sola abajo, siempre debía estar alguna de las dos limpiando u
ordenando, pero nunca debía quedar solo. Fue uno de esos momentos en que la
vida hace una mala jugada y no había un explicación del porqué Jessica no pensó que era pecado ir al
baño por cinco minutos, eran solo cinco minutos. Conrad sin hablar, sin gritar
subió directo al cuarto de Maggie, él sabía que ella era la responsable, si
estaba solo era porque no fue a suplir a
su madre. Maggie inocente no tenía el cerrojo pasado en la puerta de su cuarto.
Cuando siente el calor de una mirada que fulminaba su espalda, giró su rostro y
ahí estaba Conrad, observándola, viendo como la niña culminaba su proyecto, la perfección
de un modelo orgánico, los detalles tan bien realizados. Pero en aquel
individuo solo se reflejaba el fuego de
sus ojos. El rostro de Maggie emblanqueció, el temblor de su mejilla denotó el
terror que estaba viviendo en aquel momento, —Así es que este es tu juguete,
mientras tu madre trabaja tu juegas, eso
no lo hace una mujer, una mujer hace oficio —gritó con rabia. Maggie corrió a
tomar su proyecto, a protegerlo como una gacela a su cría de una fiera leona en
acecho, pero antes de llegar un manotazo la apartó del camino, cayendo a un
lado de la cama, con un terror absoluto volteó hacía su creación, solo para ver
cómo es demolida por las manos de su padre, quien no escondía el disfrute por
hacerlo. Jessica llegó al cuarto de Maggie guiada por los gritos de la niña,
solo para ver aquella grotesca escena. Por un brazo tomó a Maggie para sacarla
de ahí, pero antes de poder huir, siente como le es arrancada de cuajo,
recibiendo un empujón que la envía fuera del cuarto. Jessica intentado
levantarse solo consigue la puerta
estrellándose en su rostro. Maggie está
tirada de medio lado en el frio piso de su cuarto, con el rostro
dirigiendo la mirada lo más bajo posible, sin levantar, por el terror a ver lo
que estaba por pasar, alcanza a oír el deslizar del cuero fuera del pantalón de
su padre, —Hoy vas a aprender a respetar esta casa. —se dejó escuchar con voz
gruesa y satánica. Jessica llorando desde afuera escucha el zumbar del viento
al ser traspasado por el cortante cuero del cinturón. Dejando el sello de aquel
triste momento en el cuerpo inocente de Maggie, uno de los momentos tristes en
la vida de la joven.
El escape
Con el
paso de los años Maggie le ganó la apuesta a su maléfico padre, no porque este
entrara en razón, ni por que su madre la impulsara. Fue la vida. Una enfermedad
degenerativa muy agresiva había hecho el trabajo. Sus hermanos todavía no
estaban formados totalmente como su padre y la exigencia no era tan dura. Ella
supo manejar su participación en la casa y unirla a sus estudios de
preparatoria. Fue la única chica que continuó luego de finalizar la escuela en
ese caserío.
Los años pasaron. Maggie ya contaba con
dieciocho años, se había acabado de graduar. Era una tarde de verano, el calor
estaba insoportable, el sol emitía sus rayos que caían en forma perpendicular
sofocando a todo al que encontrara a su paso. Maggie como buena mujer de hogar
estaba aseando la entrada de la casa, ahora era el soporte de su madre y se
había unido a Martha la joven esposa de Claudio, su hermano mayor, que ese año
ya había comenzado a tomar las riendas de la casa. Su viejo padre estaba
confinado en uno de los cuartos. Desde que Claudio se casó las cosas para
Maggie habían cambiado, como si el espíritu de su padre la hubiera asechado por
años esperando poder retornar y en un momento de descuido apoderarse del alma
de uno de sus hijos. Si no fue así, el resultado era muy parecido. Claudio se
había empeñado en casar a Maggie con su amigo Arthur, este le había manifestado
las intenciones de hacerla su mujer y a Claudio le pareció una gran idea, sobre
todo porque Arthur había quedado al mando de la casa de su difunto padre.
Claudio le había pedido a su mujer que colocara un plato adicional esa noche en
la cena, sin decir más, Martha sabía que si su esposo no hablaba muy claro
tenía que limitarse a hacer las cosas sin preguntar, como una buena esposa. Las
tres mujeres se distribuyeron las funciones, normalmente Maggie era la
encargada de planificar el trabajo de casa, tanto su madre como su cuñada
estaban fascinadas de lo inteligente que era, nunca se cruzaban en hacer los
quehaceres y culminaban todo quedando mucho tiempo para ellas, cosa que los
hombres de la casa ni siquiera se imaginaban. Todo estaba listo, la casa
impecable, la mesa colocada, todo muy humilde ya que eran personas muy pobres
pero eso no quitaba lo impecable. Dos golpes secos en la puerta hacen que
Maggie se dirija a abrirla , el orden para abrir la puerta dependiendo de quien
estuviera abajo, era Maggie, luego Jessica y de último Martha, nunca un hombre,
el hombre de la casa estaba para aprobar la entrada, luego de que alguna de las
mujeres saludara en voz alta la llegada de la persona, en este caso Maggie le
dio la bienvenida a Arthur, no sin primero tener la sorpresa del momento.
—Pasa Arthur, ven
acá.
Le dice Claudio a la vez que lo trae por el brazo.
—Gracias Claudio,
grata sorpresa recibí al abrir tu puerta
y ver ese rostro angelical.
Sin
quitar la vista de Maggie.
—Espero que sea así
por el resto de la vida.
Dijo
esbozando una enorme sonrisa en su rostro.
La
cena pasó entre los chistes y comentarios de los hombres, el escuchar de las
mujeres y el servir de Maggie en la mesa. Luego de comer, las mujeres
comenzaron a recoger la mesa. Jessica y Maggie iban a comenzar a fregar la loza,
mientras Martha estaba junto a su marido.
—Martha,
haz algo, ve, trae a Maggie y continúa ayudando tú a mamá, por favor. Recibe la orden mientras va a paso rápido
atravesando la casa hasta la cocina.
—Maggie, dice
Claudio que te llegues a la sala, yo continúo acá.
—Espera, que tu
vengas y yo vaya allá, aquí hay algo raro.
Dice
Maggie contrariada.
—No sé, yo solo
cumplo.
Responde
Martha sin querer dar ninguna opinión.
—Un momento, pero
ese señor viene a cenar, nunca nadie viene, me dice esas cosas y ahora me
quieren allá, no crea Claudio que yo soy una vaca o un objeto que se negocia.
Con
gran enojo, tomando su cara un color rojo profundo.
—Hija, no pienses
por favor, ve, escucha, quizás no es tan malo.
Le
aconseja su madre.
—¿No es malo mamá?,
no puede ser otra cosa, me parece ver a mi padre, vendiendo a una sirvienta, a
una esclava.
—Hija, por favor,
ve, no hagas que Claudio se vea en ridículo.
A
regañadientes llega a la sala, no podía ser más evidente lo que estaba
sucediendo en esa habitación, los ojos de Arthur eran como los de una bestia depredadora cuando está a punto de
atrapar entre sus garras al indefenso animal que le calmará el hambre del
momento, y su hermano, un título que le quedaba grande, solo pensaba en él y
quitarse una boca más que alimentar. Caminó a través de aquella habitación
sintiendo que iba entre un campo minado, como si estuviera en la tabla de un
enfermizo pirata que le contaba los pasos antes de caer ensartada en los
dientes de un hambriento tiburón.
—Maggie ¿Te
recuerdas de Arthur verdad?, él es uno de mis viejos compañeros de escuela.
—Si lo recuerdo.
Responde
de forma muy seca.
—Tan malos recuerdos
tienes que respondes con tan poca emoción.
Le
indica Arthur ante su respuesta.
—Maggie, tu sabes
que ya tienes dieciocho años, eres una
mujer, y muy afortunada, ya que estudiaste, tienes tu título de preparatoria.
Hiciste más que yo, pero ya eres adulta. Escúchame, es algo que mi padre debió
hablar contigo, pero ya sabemos lo enfermo que está, por eso lo hago yo, ya que
sabes que quiero lo mejor para ti.
—¿De qué hablas?
Interrumpe
Maggie.
—Escúchame por
favor. Arthur es un hombre de trabajo, como yo, solitario. Su padre tiene poco
tiempo de fallecido, él está a cargo de su casa y de su madre, que es un poco
mayor que la nuestra. Está en el momento que le hace falta la mano de una mujer
joven a su hogar, y él es mi mejor amigo. Que más felicidad puedo tener de
haberle otorgado tu mano para que te conviertas en su esposa.
—¿Cómo?, solo yo
decidiré con quien me caso, cuando y donde, y si quiero o no.
Responde
alterada.
—¿Maggie, que
respuesta es esa?, que ofensa con tu futuro esposo.
Grita
Claudio enardecido.
Maggie
corrió a su cuarto, Jessica salió al oír los gritos y tomó la mano de Claudio
—Deja que hable con ella, por favor —dijo la madre rogando por su hija. El
colérico hombre se calmó y fue a hablar
con Arthur.
Maggie
estaba en su cuarto, acostada con la almohada en su cara, sofocando los gritos
que querían adueñarse de todo el lugar, con odio, desesperación, ella no quería
ser una más, una esclava oculta. Se negaba a que todo acabara ahí. Oye la
puerta y se levanta de la cama dispuesta a defender con su vida su convicción.
De pronto la mirada de odio desaparece, se relaja, era Jessica, una luz entró
en su alma. Su madre la vio, recordó a su bebé, la vida de su pequeña niña paso
por su mente, como una galería de recuerdos de vida, las lágrimas caían desde sus ojos recorriendo
sus mejillas, no emitía sonido, ninguna lo hizo, hablaban con la mirada, el
amor que ambas se sentían era muy fuerte. Jessica tomó las manos de su hija, le
pidió que las abriera, le dio una pequeña bolsa, y la miró fijamente a los
ojos.
—Mi niña, esto que
te doy no es nada y es mucho, con las uñas desde hace dieciocho años recogí
cada centavo que nadie en esta casa extrañó, los fui cambiando a medida que
crecían escondidos bajo el piso de un rincón de esta casa que tanto limpié y
que también odié. Desde que viniste al mundo supe que tú no pertenecías a este
lugar, no es mucho pero te servirá para un boleto de autobús y el pago de
cobijo de algunas noches en la ciudad mientras te abres paso por ti misma.
Hija, por favor, baja y haz tu mejor actuación, y después vete, huye, el último
autobús sale del pueblo a las diez, y tú debes irte en él, voy a dejar la puerta
trasera sin llave. Te amo.
Posando
sus labios en la mejilla de su hija.
—Madre te amo,
regresaré por ti, daré mi vida por ello.
Maggie
aparece nuevamente frente a sus hermanos y Arthur, el silencio se adueña del
lugar, más atrás llega Jessica, con la cabeza reclinada hacia delante y las
manos unidas frente a sí. Maggie se aproxima a Arthur, Claudio intenta avanzar
pero Jessica lo toma por un brazo. Maggie se coloca frente a Arthur.
—Disculpa mis pataletas de niña.
Con la
ternura de su rostro angelical.
—Ya no me quedan
bien, en realidad es para mí un honor que me quieras como la madre de tus
hijos.
Esto
dejó a Arthur embobado.
—Fue cosa de
momento, me agarraron por sorpresa, no pude asimilar bien la noticia. Pero en
realidad es lo mejor que me puede pasar, ya soy una mujer de dieciocho años de
edad, es el momento de llevar un hogar.
—No se diga más.
Dijo
Claudio entre sonrisas y júbilo.
—Tengo una botella
que me sobró del matrimonio, brindemos.
Así
celebraron el compromiso, a las nueve Arthur se despidió, Maggie lo acompañó a
la puerta, —Me has hecho muy feliz
hoy —le dijo Arthur. Al mismo tiempo que se aproximaba a dar un beso en los
carnosos labios de la joven, girando esta,
el rostro al segundo final y cambiando el fervor de sus labios por un beso
tierno en la mejilla. Arthur la ve y se sonríe —Ya habrá tiempo para más.
—Retirándose de la casa de los Nell.
Mientras
aquel sujeto caminaba y se alejaba, Maggie sola, en la puerta de aquella casa a
la que nunca sintió suya, observaba. Veía las calles de tierra de un color
marrón claro, dura y polvorienta, notaba como el polvo se levantaba con el paso
de la brisa nocturna. El silencio interrumpido en intervalos por los sonidos
típicos de un lugar donde fungía la simbiosis de la naturaleza y el hombre. Chirridos
de insectos se unían con el cantar de las hojas en el viento. Sin haber una
casa cercana, aquel lugar era más naturaleza que humanidad, el cielo albergaba
a las estrellas que resplandecían orgullosas y
mandaban mensajes intermitentes
de luz, muchas en agonía, otras sin existencia. Todo aquello lo miraba por
última vez viviendo en esa horrible casa. De quien solo a una persona
extrañaría. Su madre era una luz en las tinieblas de aquel infierno.
A las
nueve y media ya todos dormían en casa
de los Nell, Maggie abrió la puerta de su cuarto, llevaba un pequeño bolso de
tela entre sus manos, bajó las escaleras, rezando porque su rechinar no la
fuera a descubrir. El corazón se le salía del
pecho. Llegó al final del descenso, todo estaba muy oscuro, no podía
correr el riesgo de encender la luz. Caminó entre los muebles usando sus
recuerdos como guía, tenía que llegar a la parte de atrás de la casa, pequeña y
humilde pero en este momento le parecía la más grande de las mansiones. Le
faltaba poco para escapar de aquella pesadilla.
En eso lo impensable, una lata
vacía al lado de la despensa, justo a un metro de la puerta, estaba en
el piso. Que iba a pensar Jessica que la lata que contuvo por tantos años el
dinero que iba acumulando y que hoy era
el pasaporte para la nueva vida de su hija, quisiera atentar contra su
felicidad. Un fuerte sonido se dejó escuchar en la cocina, Claudio se
despierta, se levanta de la cama, Martha grita —¿Qué pasó?, ¿Que fue eso? Claudio toma la escopeta y sale de su
habitación, Fred el hermano menor también lo hace del suyo con arma en mano.
Bajan a grandes pasos uno detrás del otro listos a disparar, Claudio enciende
la luz y gira presto a usar su arma. Escucha y sus ojos buscar observar en la
dirección de dónde provino el sonido, en
la esquina de la cocina algo se movió, con la tensión del momento observa listo
para disparar al intruso y de la nada
aparece Zeus, el gato de la casa, pasa corriendo a través de sus pies y casi le
descarga un tiro de escopeta. Se asoma a
la cocina y ve la lata en el piso, luego las carcajadas rompen el silencio de
la casa, Jessica temblaba en su cuarto y al oír las risas se asoma y baja junto
a Martha. —Recuerden dejar afuera a ese bendito gato, vamos a dormir, mañana
hay mucho trabajo por hacer —dijo Claudio. El corazón de Jessica bajó en ritmo
sus latidos que minutos antes imitaban
el redoblar de los tambores de una banda universitaria, en plena
competencia nacional. Ahora su hija era libre y su vida se abría a la aventura
de la gran ciudad.
Nueva vida
Era
media noche, el Bus estaba entrando en el terminal de Ciudad
Central, lentamente los pasajeros comenzaban a bajar, el ayudante del
transporte colectivo entregaba a los pasajeros sus maletas. Eso no era problema para Maggie, solo un pequeño
bolso adherido a la espalda era todo su equipaje. La noche era muy fría, una
pequeña lluvia la acompañó desde el autobús hasta la entrada en el terminal,
poca gente había deambulando a esas horas por las instalaciones. Caminó un poco
a la deriva, era la primera vez que estaba en la gran ciudad. Le resultaba
intimidante el desconocimiento, el caminar por primera vez por un lugar donde
cada paso era un descubrimiento. De momento un olor exquisito la sacó de su trance, un pequeño local abierto a esa
hora, era como un mínimo cafetín donde la persona que ofrecía el servicio hacía
las veces de una pequeña marioneta, en un ventanal de un teatro ambulante.
Sonrió para si por la similitud, y se
acercó a averiguar a que pertenecía ese olor tan atrayente.—¿Qué le puedo
ofrecer a tan linda jovencita?—le pregunta el amable vendedor. Maggie quedó
sorprendida de tal amabilidad, no era común de donde venía, donde las mujeres
eran consideradas más un objeto, que un ser con vida propia.
—Ay señor no tengo
dinero, pero si la curiosidad de saber qué es lo que emite ese olor tan
agradable.
—¿Le gusta el
aroma?, venga mi niña tome, este va por la casa, es un café achocolatado.
—¿En serio?,
gracias.
Los
grandes y hermosos ojos de Maggie expresaron lo que su paladar percibió, una
emoción nunca vivida.
—Uhmmm que divino,
gracias, señor seguro que cuando consiga mi primer trabajo vendré y le pagaré
este y todos los demás que le compraré por siempre.
—Mi niña la
expresión de tu lindo rostro ya es un pago más que suficiente, pero sí te
espero, regresa para felicitarte por tu nuevo trabajo.
Maggie
siguió su recorrido por el terminal, resguardándose del frio, acobijándose con
sus brazos. Estaba muy feliz. El señor que le regaló el café le demostró de
primer intento la diferencia de la gente de la ciudad y en donde ella se crio.
Eso le daba esperanzas. Pasó al lado de dos policías que hacían la guardia en
el lugar, ambos la vieron y le dieron las buenas noches, —Que educados —pensó. Luego divisó donde terminaría de
pasar la noche, encontró los asientos de espera del terminal. Estaban frente a
un enorme televisor y habían sentadas personas que esperaban las salidas y
llegadas de los buses. El terminal trabajaba las veinticuatro horas, era la
gran ciudad. Se sentó y por una hora vio las noticias en aquel enorme aparato,
hasta que el sueño la venció.
Los
primeros rayos del sol y el bullicio de la totalidad de los negocios abiertos
en el terminal despertaron a Maggie. Era el momento de enfrentar el reto, el
viaje fue agotador pero valió la pena. Está en la gran ciudad, principio de los
ochenta, una década sin identidad, no
como sus antecesoras los sesenta y los setenta, estos eran años tranquilos, la
sociedad buscaba conocerse a sí misma. Al salir del terminal quedó en estado de
shock, estaba viendo por primera vez a la gran Ciudad Central, quedó extasiada
con el tamaño de los edificios. Era como si pudiera llegar hasta la mismísima
puerta de los cielos y saludar a San Pedro y ver el desfile de almas que
llegaban a su hermosa y última morada. Entró en el caudal humano de personas
que iban a sus trabajos, se sentía como un pez arrastrado por la corriente del
más fuerte de los ríos. Observaba a su paso como las personas de ese lugar
vivían a un ritmo acelerado. Maggie recordó como en su habitad normal
desayunaban por una hora, café, huevos, queso, pan, todo con calma para
prepararse después a la agitada jornada de trabajar la tierra. En la ciudad era
diferente, veía como ejecutivos vestidos con trajes elegantes , llevaban en una mano el café en un vaso
hermético, en la otra el maletín que debía contener su material de trabajo y en
esa misma mano el sándwich que iban comiendo a la par que caminaban entre ese
rio de personas, y así como ellos era la gran mayoría de los que iban transitando
junto a ella. Despertó en ese instante de su momento de observación y detectó a
unos metros más adelante un pequeño kiosco de venta de periódicos. Decidió
abandonar el caudal humano que la trasladaba, para comprar el diario. Sabía
que debía activarse, no tenía mucho dinero, así que debía buscar trabajo y un techo. El dueño
del kiosco era un hombre muy simpático, provisto de un gorro o más que un
gorro, era un pequeño turbante. Era menudo de estatura, con la piel de un color
diferente, era canela con un pequeño
toque de verde aceituna. Ella nunca había visto a alguien así, también era
poseedor de una amplia nariz y cuando le habló tenía un acento pintoresco, era
muy amable. Le regaló a la bella joven una galleta y le deseó mucha suerte en
el día. Maggie transpiraba por los poros que era nueva en la gran ciudad, y no
era un secreto que el periódico recién
adquirido era para buscar cómo establecerse. Caminó un poco más adelante por
una calle alterna, con poca gente, estaba un poco agobiada del tumulto de la
ciudad. Encontró un pequeño local y se sentó en una mesita, la atendió una señora de unos cincuenta años, blanca muy
atractiva y conservada para la edad.
—Que desea mi niña.
Le
pregunto a Maggie con cariño.
—Ay señora que pena,
no tengo dinero, solo quería un lugar por unos pocos minutos.
Mirando
a la señora con aquellos ojos que transmitían la mayor de las inocencias.
—Por favor unos
minuticos.
—Tranquila mi niña,
en algún momento, todos pasamos por eso. Mira aquí el café es gratis, yo te voy
a traer una tacita, eso te da tiempo suficiente para buscar tus cosas.
Le
respondió con mucho cariño la señora.
—Ay gracias, de
verdad que no me olvidaré de este favor, de verdad que se lo agradezco.
—Por nada mi niña, y
suerte en conseguir lo que estás buscando.
Tomó
un sorbo de aquel café, sacó de su bolso un bolígrafo y comenzó a indagar entre
los anuncios de viviendas compartidas.
Al pasar de unos minutos,
encontró varias opciones. Pero una fue la que le llamó la atención.
“Se alquila habitación para joven señorita no
mayor de veinte años, apartamento
compartido, presentarse con documentos”.
Eso
era lo que Maggie necesitaba para comenzar
e iba dispuesto a conseguirlo.
Eran
las tres
de la tarde, la temperatura templada del campo no estaba presente ahí.
La ciudad con su gran ritmo tenía sus consecuencias y el calor era uno de
ellos. Maggie caminaba por la ciudad ubicando la dirección donde debía
presentarse y encontrar lo que ella
aseguraba sería su nuevo hogar. Preguntó cerca de una docena de veces, era tan
difícil llegar a un lugar cuando ni siquiera un centímetro de la calle por
donde transitaba era conocida para ella. Al fin luego de tanto deambular
encontró el edificio, era de unos cinco pisos, en una calle alterna a unas
cinco o seis calles de la avenida principal. No se veía muy transitada, pero
tampoco daba la impresión de ser un lugar peligroso. Llena de emoción cruza la calle, rumbo a la
dirección escrita en el diario. Llega y ve una pequeña escalera de apenas cinco
peldaños, el pasamanos era de metal y estaba algo oxidado. Sube y la recibe una
gran reja de hierro que protegía a una siguiente puerta de vidrio. Arriba de
ambas el nombre escrito del edificio en letras de metal con algunos rayones en
su pintura. Ve el intercomunicador y presiona el número del apartamento que
aparecía en el anuncio. Una voz femenina un poco chillona le responde y de
inmediato escucha el seguro de la puerta, un rinrineo junto al clic de la
abertura de la reja. La abre y después acciona la perilla de la puerta de
vidrio. Era un edificio que se veía entrado en años pero muy aseado, le recordó
por un momento la casa donde pasó su
infancia, era de la misma forma, muy vieja pero ordenada, gracias al sudor y
los callos en las manos de su madre. Caminó unos tres metros y encontró un
viejo ascensor de rejas, de lo más antiguo. Abrió la reja y la cerró detrás de
sí, presionó el botón del último piso. Luego más de mil sonidos a la vez
comenzaron junto al ascenso al nivel donde estaba el lugar que ella juraba
sería el inicio de una nueva vida. Pasó un rato de nervio en el viejo aparato,
este llegó a su destino. Con algo de nerviosismo abrió la reja, usando
un salto felino salió de ahí y cerró rápidamente la puerta tras de sí,
todavía no conocía si era muy confiable el fulano ascensor. Escuchó detrás de
ella una leve risa, volteó para ubicar el sonido agudo y encontró como
resultado a una joven algo rellenita que estaba un poco delante de ella.
—¿Asusta verdad?
Le
dijo con amabilidad aquella joven.
—Ay sí.
Con el
rostro de ingenuidad que la caracterizaba.
—De verdad que
estaba aterrada.
—¿Vienes por el
apartamento 51B?
Le
pregunta con curiosidad la muchacha rellenita.
—Sí, ¿Usted vive
ahí?
—Nooo, conozco a una
de las chicas, son mis vecinas. Que tengas suerte, me caíste muy bien, pareces
una buena chica.
—Ay gracias, voy a
cruzar los dedos.
Camina
mientras la simpática muchacha que la trató muy bien entra en su apartamento y
sonríe con ella, y con mímica le dice con los labios: –Suerte. Cerrando la puerta tras de sí. Maggie
se coloca frente a la entrada del apartamento, con el corazón tratando de
tumbar lo que lo aprisiona y salir corriendo de ahí. Toca el timbre. Una
muchacha muy alta abre, dejando e paso libre.
—Hola, vengo por el
anuncio del apartamento.
Saliendo
su voz con mucha timidez.
—Hola, yo también
estoy esperando, ya una chica salió de reunirse con las propietarias, vengo yo
y luego pasas tú.
—¿Habrán venido
muchas por el anuncio?
Pregunta
con nervio.
—Mira, creo que sí,
un lugar en la ciudad para quienes comenzamos es muy costoso, lo atractivo de
este es que es compartido el costo y es un apartamento de valor regulado.
Una
joven abre la puerta, era bajita, con el cabello rojizo, parecía una muñequita,
delgada con cuerpo de modelo en miniatura. —Por favor pase la siguiente —dijo
con una voz muy grave—. Para los hombres debía ser una mujer muy seductora —pensó—. Esa soy yo —dijo la
competencia de Maggie. Levantando su gran humanidad, que para resaltar aún más
esa estatura estaba sobre unos tacones inmensos que la hacían estar a la altura
de un rascacielos. Maggie la veía como una joven impresionante, muy decidida,
sintió muy lejos la posibilidad de ganarle al momento de que tengan que elegir
entre las dos, se quería ir, pero pensó que ya era tarde para eso, no podía
abandonar, —¿A dónde iba a ir? —se
dijo. Desde el momento que decidió escapar de aquella horrible casa supo que
nada sería fácil, que nadie le iba a regalar nada, y ahí quedó en espera. Debía
intentarlo, era lo menos que podía hacer luego de que su madre sacrificó todo
por ella.
Media
hora después sale la espigada joven, sonriendo y despidiéndose con mucha
seguridad en sus ojos. Ve a Maggie, se sonríe con picardía y sale del
apartamento. Maggie la observó fijamente deseando que fuera la última vez que
cerrara esa puerta.
—Niña, pasa por
favor.
Sintió
que las piernas le pesaban cada una mil kilos, aun así se levantó con mucha
seguridad y entró a la habitación.
—Hola pequeña mucho
gusto, yo soy Sandra, ella es Laura y
aquí a mi izquierda Betty.
Eran
tres jóvenes distintas entre sí pero cada una hermosa a su estilo y manera.
—Mucho gusto, me
llamo Maggie Nell, bueno aquí estoy, deseosa
de empezar una vida en la ciudad.
Tomó
un segundo aire mostrándose tal y como era, su inocencia sin límites resaltó de
inmediato.
—Sí, aquí leo que
tienes dieciocho años, que estas recién graduada de la preparatoria, y estas
sola en la ciudad.
Dice
Sandra, la más pequeña, con voz ronquita, levantando una ceja.
—Sí, exacto, quiero cambiar de vida, trabajar,
tener mi casa, todo el paquete.
Hablando
con una alegría contagiosa y una picardía muy cándida.
—Eres jovencita, la
más joven de las entrevistadas, la última dice tener veinte, pero tenía una
cara de veinticinco.
Dejando escapar algunas Risas.
—Pero no vemos un
teléfono para localizarte si decidimos
que seas tú, ¿No tienes uno para
llamarte?
Pregunta
Laura, la que se veía más sociable de las tres.
—Es que yo quería
saberlo ya, llegué hoy
y no tengo
donde quedarme.
Abriendo aquellos hermosos y grandes ojos con una ternura sin igual.
—Vi su anuncio y
recé tanto porque me aceptaran, es mi riesgo lo sé, pero me vine directo acá.
Con la
sinceridad que solo un inocente podría tener.
—Eso es un
problema.
Dice
Betty, la que no había hablado ni un momento,
solo la observó durante toda la entrevista.
—Tuvimos muchas chicas hoy, con trabajo, estudiantes
becadas, mucho de donde escoger, danos
un momento, es muy difícil, espera afuera un instante ¿sí?. Es justo que sepas
si te vas a quedar o no, son las cuatro de la tarde.
Resaltando
en ese momento una expresión de terror en el rostro de Maggie.
—Si es negativa la
decisión tienes que resolver donde pasar la
noche.
Maggie
sale de
la habitación con un susto enorme en su corazón.
Adentro
las chicas discuten…
—Betty lo
dije solo por formalidad, no
tiene trabajo, ni experiencia, es solo una chiquilla
necesitada de ayuda.
Dice
Laura apenas al cerrar la puerta.
—Se acuerdan
cuando nos conocimos, ¿Qué tan
diferentes éramos a ella? ¡Nada!, ¿No es
lo que buscamos? Alguien igual a nosotras.
Opinó
inmediatamente Sandra como si estaba esperando una palabra para decir lo que
tenía atragantado en su garganta.
—Es verdad Sandra, pienso lo mismo.
Dijo
Laura.
—Con el apoyo de
nosotras la vamos a orientar a no pasar por nuestros errores.
—Recuerdas el
entusiasmo que teníamos hace dos años, ella lo tiene, yo opino que hay que
ayudarla.
Resaltó
Sandra.
—Claro yo quedo como
la mala.
Dijo Betty enojada.
—Pero no han pensado
que la búsqueda de otra chica es para
cubrir el gasto del apartamento.
—Claro lo sé, pero
donde trabajo están buscando a una auxiliar, si la recomiendo seguro la
contratan y gana lo suficiente
para su parte de la renta.
Replica
Sandra.
—Bueno, ya le
hicieron la vida, son dos contra uno, aquí hay democracia. Vamos a darle la
noticia.
Dice
Betty ya convencida por la avalancha de soluciones.
La
puerta se abre y Maggie sintió que era el principio o el fin del mundo, todo en
el mismo momento. Nunca había sufrido tantas sensaciones juntas, en un segundo
sabría si su vida comenzaba o solo se postergaba, si acaso era postergar estar
una noche en una jungla de cemento sin tener a donde ir. Miró a las chicas con
esos ojos que le delataban todos sus secretos, eran una ventana a su alma. El
trío de chicas aprovechando el momento dejaron unos segundos de un silencio
desesperante.
—Chicas me van a
matar de la angustia.
Dijo
con su voz tierna y coqueta Maggie.
Las
muchachas rieron al unísono y la abrazaron.
—Te mudas con
nosotros mi niña y no solo eso, también te conseguimos trabajo.
Abrazadas
saltaban de alegría, el trío de chicas la adoptaron desde ese momento como la
pequeña consentida del grupo. Maggie lloró de felicidad, no solo había conseguido
hogar y trabajo, sino a tres amigas,
no podía empezar mejor su aventura en la gran ciudad.
Esa
noche durmió como nunca en su vida, primera vez que sentía paz. De no ser por
su madre podría decir que también era la primera vez que se sentía apreciada.
Un sueño profundo como nunca lo había conocido.
Eran
las seis de la mañana, ya estaba levantada con el desayuno listo para sus
nuevas amigas.
—Mi niña que divino
se ve todo esto.
Dijo
Laura al ver la mesa puesta de forma
impecable.
—Eres una caja de
sorpresas pequeña.
Replicó
Betty.
—Ven acá, Sandra,
mira esto.
—Hay que divino,
esto es obra de la niña, ninguna de nosotras tiene la capacidad de esto.
Agregó
Sandra.
—Me van a sonrojar,
malas, espero que les guste, hoy es un día muy importante para mí.
Dijo
Maggie.
Sandra
había ayudado a maquillar a Maggie, la belleza de la jovencita era impactante,
su delicado rostro unido a la candidez que reflejaba su ser, era capaz de
detener y dejar a sus pies al hombre más indiferente del planeta. Juntas
salieron a la oficina donde laboraba Sandra, como un pajarito en la grama de un
enorme y desconocido parque caminaba Maggie a través de las instalaciones del
tren subterráneo, para ella era algo maravilloso, inimaginable, sabía de él, no
era una neófita, pero de la teoría a la practica el camino es muy amplio. Ella
disfrutó de su ida a la oficina como si estuviera en un plan vacacional en los
Alpes Suizos. Sandra la toma por el brazo, era el momento de bajar del tren
subterráneo, estaba en medio de las avenidas séptima y octava, ahí se levantaba
entre los edificios de oficina el más impactante de todos, era la Torre
Financiera del Este, el edificio de negocios más importante de la ciudad. En él
estaban las oficinas de Branco y Freeman agentes financieros. La empresa donde
laboraba Sandra y seguramente comenzará Maggie con su primera experiencia
laboral. Sandra la dejó en la sala de espera.
—Maggie permanece
acá, te voy a anunciar con mi jefe, y tranquila que yo conozco sus gustos es un
hombre exigente, pero tu estas súper hecha para ese cargo.
—Gracias Sandra,
pero no te niego que estoy muy nerviosa.
Con
las manos tiritando de los nervios.
La
angustia por la entrevista la acompañó durante
casi la hora que esperó a ser llamada. Mientras lo minutos pasaban
Maggie no dejaba de observar a la recepcionista, cada vez que atendía una
llamada a ella se le paralizaba el corazón, tuvo al menos más de cien micro
infartos mientras esperaba alterada su
llamada, ya Sandra le había advertido que normalmente usaban esa táctica para ponerla nerviosa. Era una forma de medir como manejaba la presión, Maggie ya lo
sabía, pero los nervios igual están ahí, acompañándola. Así al fin el momento
llegó, la recepcionista atendió por milésima vez un tono de llamada, pero esta
vez sí era su momento.
—Maggie Nell, por
favor pase.
—Al fin. —pensó.
Maggie
se levantó del mueble donde estuvo por casi una hora esperando, no sin antes
llamar la atención de todo el que pasó
por ese momento por aquel lugar. Era una belleza muy real, no prefabricada,
Maggie reflejaba la naturalidad, el verdadero ser, sin el vicio de la sociedad
de consumo que plastificó la belleza. Una joven con un vestido ceñido al
cuerpo, muy delgada, tenía la apariencia de una modelo de pasarela, se acercó a
ella y la guio a través de las oficinas. A medida que avanza detalla la belleza
de aquel lugar, el piso era de mármol, tan brillante como un espejo, las
divisiones de las grandes oficinas eran de vidrio, se podía observar a todos.
Era como si las separaciones existían por el mero hecho de que físicamente
debían independizar el oxígeno que
respiraba el uno del otro, pero sin que se notara una segmentación física entre
altos ejecutivos y la plebe trabajadora. Eso le gustó, sobre todo por cómo fue
criada, con las fragmentaciones de importancia entre hombre y mujer, donde ella
debía ser una esclava y sumisa encargada de hogar. Dejando atrás esos terribles
recuerdos, continuó tras la esbelta guía. El recorrido llegó a su fin, estaba
justo frente a la oficina de su entrevistador y al que ella quería como su
nuevo jefe. La joven guía le pidió que se sentara en una pequeña silla junto a
la entrada de la oficina que en ese momento se divisaba vacía. Observaba desde
las afueras maravillada de la belleza de todo aquel lugar y sobre todo de la
oficina de su futuro jefe. De repente una voz gruesa y varonil la saca de su
letargo mental —Señorita Maggie, veo
en su síntesis que es su primer trabajo y se acaba de graduar de
preparatoria. Con mucha pena gira su rostro.
Y era él su nuevo jefe o mejor dicho el que ella quería que fuera su primer
jefe. Se llevó una grata impresión, era un hombre alto, delgado, con la tez muy
blanca, el cabello negro azabache unido a unos ojos azules que otorgaban su
brillantez al lugar.
—Si exacto, así es,
esta es mi primera experiencia, pero soy una persona que aprende muy rápido y
tengo el deseo de hacer el mejor trabajo.
Respondió,
saliendo rápidamente de la abstracción del momento.
—Pase conmigo por
favor, tome asiento, veo, que está
recomendada por la Srta. Sandra Fray, excelente empleada, eso la ayuda mucho.
—Sí, yo quiero
demostrar que la recomendación de Sandra es correcta, quiero dar todo de mí.
Le
habla con la naturalidad que la caracteriza.
—Bueno, bueno, está
bien, no te preocupes, habrá tiempo para eso, por ahora ve con la Sra.
Payne, ella te ayudara a instalarte,
bienvenida.
—Sí, ¿Me acepta?,
¡Gracias!, de verdad que le daré lo mejor de mí.
La
alegría se desbordó por su rostro.
Esa
tarde todo fue celebración, las chicas tenían
una nueva compañera, para ellas una nueva mascota. Maggie no podía creer como en tan poco tiempo la existencia le
había cambiado, tenía amigas,
casa y trabajo. No podía pedir más a la vida. Ya lo demás tenía que venir bajo
el mismo esquema, por su propio esfuerzo.
El único amor
Maggie
se había acoplado maravillosamente a la empresa, ya había pasado
tres meses en el empleo, era una gran trabajadora,
proactiva, habilidosa. Tenía una voraz
ganas de aprender. El atractivo le había crecido exponencialmente,
aquella niña tímida y cándida había añadido lo interesante y misterioso a su
personalidad. Los hombres no dejaban de
decirles cumplidos y de infructuosamente invitarla a una cita. Ella no tenía
ojos para otro hombre que no fuera Robert
Wadlow, su jefe. Desde
la entrevista de empleo no ha soñado otra cosa que una cita con él,
nadie lo sabía, ni sus nuevas amigas. Era un sentimiento oculto, no quería
ser presa de los nervios si alguien siquiera sospechara, se moriría de
la pena. Su vida corría entre el trabajo y soñar con Robert. Salía
frecuentemente con sus amigas, iban a restaurantes y discotecas, a veces a
algún bar tranquilo a conversar del
día. Las chicas tenían sus relaciones,
pero siempre encontraban tiempo para Maggie. Así fue como
una noche salieron, iban a un lugar tranquilo, la idea era conversar, no
querían nada de gritos ni bailes. El
local era uno de los más
concurridos por ejecutivos de nivel
medio y abogados, música tenue y suave, excelente para conversar. Las chicas
disfrutaban de un trago dulce y de
recordar las vivencias del
día. Maggie reía, disfrutaba el momento con sus amigas. Se disculpó, iba
al tocador a darse un pequeño retoque, luego de reír tanto con las cosas de
Betty, se levanta no sin antes atraer
las miradas de los hombres que estaban en el lugar. Se sentía un poco mareada
por el efecto de los tragos de la noche, en el camino un joven que se
desplazaba rápido y distraído, tropieza con ella y el trago que él llevaba en la mano va directo
al suelo, al disculparse apenada sus ojos buscan el rostro del joven, tuvo la
sorpresa como consecuencia a lo que encontró. Era Robert Wadlow su jefe,. Como
nunca lo había visto, relajado, libre de corbatas y chaquetas señoriales, era
un joven más y sumamente atractivo. Ella sonrojada y tímida, él solo reía con
ella.
—Maggie, no sabía
que gustabas de frecuentar sitios nocturnos.
Dice
con una voz pausada y muy grave.
Maggie
no sabía cómo hacer para no demostrar que moría por él, quería besarle sin
importar que sucediera después. Lo amaba, pero no podía dárselo a entender, era
su jefe.
—Señor Robert, qué
pena.
Le
dice una Maggie muy sonrojada.
—Primero, hoy no soy
el señor Robert, solo Robert, este
no es el trabajo. Déjame decirte
que te ves muy linda. Noto que estas con
Sandra.
Saludando
a la mesa de las jóvenes que miran con curiosidad.
—Sí.
Tomando
un respiro.
—Vine junto a mis
compañeras de casa un rato a
compartir, a contarnos las cosas de la semana.
Todavía
con la reserva de verlo ahí, sorprendida por el momento inesperado.
—Veo que están
solas, chicas tan bellas, ¿No tienen novio?
Sin
quitar la vista de su rostro.
—Bueno, ellas tratan de apartar un poco sus
vidas para compartir conmigo.
—Es decir la más bella no tiene novio.
Dejando
un mensaje claro.
Ella
sonrojándose y él marcando el destino de la conversación. No hubo mejor momento
que ese, mejor que cualquiera de sus
sueños. Luego de ese día vinieron
muchas citas, el amor creció en su corazón. Maggie se sentía realizada, su
sueño en la ciudad estaba casi completo; amistades reales, casa, trabajo y un
hombre maravilloso. Nunca imaginó que en tan poco tiempo no se iba a arrepentir de huir de su casa en busca
de un destino.
El día
de trabajo fue intenso, el movimiento financiero fue feroz. Ya había terminado
y Maggie se disponía a ir a descansar. Estaba ya en la parte baja del edificio,
en la entrada de la torre financiera. Su rostro se iluminó al escuchar un
susurro en el oído, alertando su presencia. Era él, su gran amor, caminan
juntos con las ganas de abrazarse y tomarse de las manos. Pero debían aguantar,
esperar estar alejados de la torre. Eran jefe y empleada, no era bien visto en la oficina ese tipo de
relaciones, incluso era motivo de retiro del empleo. Ya alejados del lugar, se
encaminaron a cenar a un restaurante de corte romántico donde pasaron una
hermosa velada, luego siguieron el paso de la noche tomando unos tragos en el
bar donde nació su amor por primera vez.
Él la
tomó y la llevó al centro de la pista de baile, la atrajo a su cuerpo
rodeándola con sus grandes brazos. Ella sintió la presión de aquel abrazo y
reaccionó dejándose llevar. La música comenzó a ser el puente de unión entre el
amor y la pasión, ella sintió como él la deseaba, su cuerpo le habló en el
lenguaje de la seducción, ella sonrojada aceptó la cercanía. Con movimientos
sensuales se acopló a un juego lleno de erotismo. Sus cuerpos juntos se unieron
como vagones de trenes lo hacían a través de un duro y fuerte eslabón. Así
estuvieron, dejándose llevar por la pasión al ritmo de la tenue y romántica
música. La tensión era muy alta, y él no pudo contener la necesidad de
compartir sus pensamientos con su amada.
—Te deseo Maggie, quiero que hoy seas mía.
Con la
pasión como dueña de sus pensamientos.
—Robert estoy loca por ti, yo lo deseo más que nadie.
Como
si hubieran estado esperando que alguno tomara la decisión salieron del lugar
con la similitud al de un inocente
apresado en una cárcel por error, encontrando la oportunidad de escapar y vivir
nuevamente la libertad.
Ya
estaban entrando en el taxi a las instalaciones del Motel Century. Quedaba a
las afueras de la ciudad, en medio de una vía solitaria. Se amaban mucho y no
podían correr el riesgo de que los vieran juntos en un lugar así, no por ahora.
Entraron a la pequeña recepción del motel, un hombre con aspecto muy extraño
los recibió, era alto y sumamente delgado con ojos saltones como el de un viejo
sapo de laguna, se unían a unas enormes manos que asustaron a Maggie cuando las
sacó debajo del mostrador para entregarles
el libro de registro. Dieron un nombre falso, ella estaba tan aterrada como
deseosa del momento, nunca había pertenecido a un hombre, pero lo deseaba como
a nada en el mundo. Caminaron desde la oficina del extraño sujeto por aquel
largo pasillo que dividía el espacio entre las puertas de las habitaciones y
los autos estacionados. El corazón casi se le paralizó al llegar a la puerta de
la habitación, sintió deseos de salir corriendo y no parar, pero al ver los
ojos de amor con los que Robert la miraba la hizo de inmediato dejar que la
pasión dominara el momento. La llave hizo su trabajo y la puerta se abre ante
ellos. Era un cuarto pequeño, con una cama bien tendida, toda vestida de
blanco, dos mesitas de noche a su lado, la puerta del baño se situaba al final
de la habitación. Maggie estaba parada petrificada observando aquel lugar, se
relajó al sentir como los labios de Robert se posaron en su cuello, el éxtasis
suplantó a cualquier sentimiento que estuvo presente, la pasión
tomó aquel cuarto. Los besos
acapararon la posesión del momento, las
caricias iban en coordinación con el pensamiento, el deseo
estaba presente. Con delicadeza la vestimenta de Maggie fue abandonando
su cuerpo, sus senos fueron los primeros en salir a la luz,
perfectos, nunca tocados, desafiantes de la gravedad, su boca tuvo el placer de
ser el primero, como el conquistador arribando a una tierra desconocida. Maggie sintió sensaciones que no comprendía,
sus ojos perdieron el horizonte, como hipnotizada se
dejaba conducir, las manos de
Robert eran parecidas a la de un virtuoso músico del
violín sacando hermosas notas de su ser,
ella reflejaba cada nota en su
cuerpo. Su sexo deliraba de
placer mientras eran bebidos sus fluidos. Él dejó su ropa a
un lado, su anatomía tocó la de ella.
Maggie se sonrojó mientras sentía la dureza de él en su piel. No sabía qué hacer, solo recibía
el mejor de los tratos, su boca por primera vez tuvo el alma sensual en
sus adentros, estaba extasiada, su esencia pedía más, sin ella saber porque, era
puro sentidos, sin experiencia, todo era legítimo, llegó el momento, con mucho
cuidado, se acostó arriba de ella, abrió sus piernas y entró en
su ser, delicadamente, como un profesor enseña las primeras
letras, un pequeño dolor, no
privó del placer que estuvo viviendo, luego con ternura, de a poco fue
perteneciendo a ella, se fusionaron en la pasión, el ritmo
cambio, la fuerza también, los
cuerpos pidieron que fuera al máximo, el clímax
llegó, y Maggie, conoció las intimidades del amor.
El fin de un sueño
Desde ese
día muchas fueron las noches de pasión,
Maggie vivía su sueño dorado, amaba con locura a Robert, hasta que un día, lo que no debió
pasar paso.
Maggie
tenía días sintiendo su cuerpo extraño, olores y sabores le causaban nauseas,
incomodidad, ganas compulsivas de orinar. No sabía si estaba enferma. Era tan
evidente su malestar que Sandra se dio cuenta y la increpó.
—Maggie, te ves mal,
¿Qué tienes?
Con
una curiosidad algo maliciosa.
—Ay Sandra, no sé
qué comí, algo me cayó mal, tengo unas náuseas y no he parado de vomitar toda
la noche.
—Maggie una pregunta
personal pero importante, ¿Has tenido relaciones sexuales?
—Sandra por Dios
eso es algo personal.
Le
responde sonrojada.
—Creo que deberías
usar esta prueba, desde que salgo con Adams siempre la tengo a mano, a pesar de
que me cuido, nunca está de más.
—Pero aquí dice prueba de embarazo, yo no puedo estar
embarazada.
Responde
horrorizada.
—¿Te has cuidado?
Le
suelta la pregunta sin más.
—No, pero no puedo
estar, nunca hablamos eso,
simplemente lo hacíamos.
Responde
con mucho nervio.
—Lee las
instrucciones es fácil, ves, solo dejas un poco de pis y
listo, anda es mejor estar segura de estas cosas.
Con
mucho nervio Maggie entró en el baño, pasaron unos minutos sin dar razón de lo
que pudo pasar. Sandra no aguanto y tocó la puerta.
—Maggie ¿Qué paso?,
¿Estas bien?
La
puerta abre de golpe y Maggie la abraza envuelta en un mar de lágrimas y
desespero, tomando de sorpresa a Sandra que no sabe cómo reaccionar.
—¿Qué pasó Maggie?,
¿Porque lloras así?
—Se me va la vida,
amiga, se me va la vida.
—Pero, dime ¿Fue
positivo?
Pregunta
todavía avasallada por el histerismo de Maggie.
—Sí, Sandra, estoy
embarazada, ¿Y ahora?, Robert me dijo que en la empresa no se podían enterar,
se va a enojar conmigo.
—Habla con él, tiene
que saber.
Maggie
desesperada buscó a Robert, al escucharla de inmediato su rostro cambió, su
sonrisa pasó a una seriedad lejana. Se apartó de ella, la soltó. Maggie sintió
el desplante, le lloró, lo quiso abrazar. Él se distanció, dejándola caer a sus
pies.
—No puede ser mi
hijo.
Dijo
Robert de forma tajante.
—Cómo puedes decir
eso, yo solo he sido tuya.
—No, no es mío.
Respondió
dando media vuelta.
Robert
se fue, Maggie quedó sola, con la única compañía de la fría noche de Ciudad
Central, llorando como nunca lo había hecho. Todo lo que le prometió a su madre
se había caído de un solo golpe, la vida le había colocado una trampa. Maggie
estaba parada frente al cafetín donde Robert la abandonó envuelta en un mar de
lágrimas. Sintiendo lastima de ella misma, intentando comprender como Robert
pudo desconfiar de ella. Pasó de estar
en el cielo a las puertas del infierno. Comenzó a escuchar cada vez más fuerte
la risa burlona de su padre. Caminó a paso ligero por las calles, intentando
escapar de aquello, se comenzó a sentir ahogada ante el mar de personas que la rodeaban. Buscó un escape, el parque se convirtió en eso,
corrió hasta donde las fuerzas la acompañaron, llegó sin aliento a una vieja
banca y se sentó en ella, ya sin fuerzas
de continuar. Llevó las manos a su
vientre, cercándolo entre sus manos, maldijo a la criatura que se estaba
formando en su ser, que quería venir al mundo. Para ella estaba muerto antes de
nacer.
Estuvo
deambulando por la ciudad, ya sin poder
conjugar las lágrimas. Caminó sin rumbo, ese día no probó bocado alguno, no
quería alimentar a el engendro que se estaba formando, el culpable de destruir
la felicidad que tanto anhelaba. Sin saber si fue por una coincidencia o por un
acto de sonambulismo llegó a las puertas de su edificio, se paró frente a él,
las personas al pasar no podían dejar de observar a esa joven, de aspecto
demacrado, con las ojeras producidas por todas las lágrimas derramadas. Era el
efecto del llanto incontrolable, como
una aparición fantasmal en el preámbulo de la noche. Caminando lentamente,
tomando su vientre con las dos manos como si llevara una pesada carga en su
cuerpo. Subió las pocas escaleras que la llevaba a la puerta del edificio, ahí
quedó inmóvil, por minutos no hizo nada, no hubo movimiento alguno. De pronto
la puerta abre, era la rellenita y amistosa
vecina, la primera alma que encontró el día que buscó ser inquilina de
aquel lugar. La joven la saluda pero no recibe respuesta alguna, intentó
preguntar pero solo pudo observar como Maggie ingresaba al edificio por
inercia, ascendió al apartamento por primera vez usando las escaleras, era la
supervivencia la que dominaba su andar, no su rutina. Llegó a la puerta y como
si esta fuera un detonante comenzó a llorar, sin control, gritó y gritó, la
golpeó hasta que sus manos enrojecieron y un líquido escarlata comenzó a
aparecer por entre sus nudillos. Cayó frente de la entrada del apartamento,
entre sollozos. Ya había pasado la tormenta, la calma se apoderó del momento.
Del bolsillo de su pantalón sacó las llaves y abrió la puerta entrando al
apartamento con la intención de acabar esa pesadilla de una vez.
Media
hora después Betty entró al apartamento, llegaba de un día de trabajo arduo. La
cartera de imitación francesa aterrizó en el sofá como un aeroplano en una
pista desalojada de un aeropuerto de
provincia, los zapatos de tacones de quince
centímetros fueron a parar en
direcciones impares obligándola a respirar el aire más cercano al suelo que
pisaba. Era la libertad esperada desde que intentaba salir del bullicio de las
calles de la ciudad, ese día el tren subterráneo fue un imposible de civilidad,
entre empujones y malos olores fue su travesía, solo quería una bebida fría y
una siesta de treinta minutos, con eso hubiera sido feliz. No se imaginó que
esa búsqueda quedaría infructuosa al entrar a lavarse la cara para quitarse el
maquillaje en el baño. La escena encontrada no dejó tiempo sino para dar un
grito a todo pulmón, en el piso estaba el cuerpo ensangrentado de Maggie, sus
muñecas dejaban escapar el líquido rojo de la vida así como sus ojos unas horas
atrás eran la fuente de las lágrimas que salieron de su cuerpo.
Las
horas transcurrían en el Hospital General de Ciudad Central. El doctor O’Neal
daba las indicaciones escritas al turno de enfermería de los cuidados de la
paciente Maggie Nell. Había llegado a
tiempo al hospital, el desangramiento no fue mortal gracias a la oportuna
llegada de Betty. Las chicas se turnaron para esperar el momento en que
volviera en sí, suceso que debió pasar hace algunas horas atrás, pero lo lógico
no siempre es lo que sucede, por lo menos no fue lo primero que pasó. Maggie se
tomó un tiempo, algunas horas que fueron una vida en su mente, un sueño, la
ilusión, vivió la felicidad de tener una existencia maravillosa, armó una
historia ficticia en los rincones más profundos de su pensamiento. Se vio
llegando en su camioneta luego de comprar los víveres, al arribar a su casa
observó que el chico de los Henderson cortó el césped, se veía espectacular.
Estacionó en el porche de la casa y bajó del auto para ser recibida por
Berbeder, su hijo canino, la mascota que
le daba vida a su hogar. Entró y comenzó a preparar la cena, puso a enfriar la
botella de vino tinto especial que había comprado para celebrar el
aniversario con su adorado Robert. Hoy
cumplían tres años de matrimonio. Las chicas les habían mandado en la mañana
cada una un presente, ellas fueron testigos del amor tan grande que la pareja
se profesaba. Feliz sale un momento de la cocina y pasa por el ventanal de la
sala, que da con una vista espectacular al jardín frontal de su casa y lo ve,
es Robert. Quien baja de su vehículo con una sonrisa que opacaba al sol más
radiante, los ojos de Maggie se llenaban de lágrimas de alegría. En ese momento
ve como un joven alto de un oscuro cabello negro sale detrás de un árbol y toma
por la espalda a Robert, degollándolo y dejando caer el cuerpo al suelo, entre
la grama recién cortada. Cae dejando una huella de sangre. Maggie desesperada corre y sale de la casa
entre gritos de dolor, toma al cuerpo del piso e intenta levantarlo, sus manos
enrojecidas por el fluido escarlata, intentan cerrar el paso de la sangre.
Siente como la toman por el hombro —
Madre ya es tarde, lo perdiste —dice el joven asesino. Mientras ella gira su
rostro y lo ve directamente a los ojos.
Un
grito hace que por poco Laura se caiga de la silla de espera, se levanta e
intenta sostener con sus manos el cuerpo de Maggie que grita desesperada y se
bate con fuerza en la cama del hospital, al momento irrumpen en la habitación
dos enfermeros y logran estabilizarla, el doctor ingresa y le suministra un
calmante, mientras Maggie de a poco vuelve a caer en un sueño esta vez
provocado.
—Doctor ¿Por qué se
ha levantado así?
Pregunto
Laura alarmada.
—Pueden ser varias
causas, una pesadilla o revivir el momento del suicidio, cualquier cosa pudo
ser el detonante. Lo cierto es que ya volvió en sí, en unas dos horas el
calmante dejará de surtir su efecto, debe estar para ese momento en total
normalidad.
Eran
alrededor de las tres de la tarde, Maggie comenzó a percibir como la luz
penetraba de a poco entre sus pupilas. Sus oídos captaron el sonido eléctrico
de los aparatos de medición, sus dedos comenzaron a sentirse. Laura ve el
movimiento dispar de los dedos y se levanta de golpe y la mira a los ojos —Amiga estas aquí, como me asustaste.
—Palabras que llegaron acompañadas con un tono de felicidad. Afuera de la
habitación estaban Sandra, Betty y las parejas de ambas junto al novio de Laura
que acababa de llegar cargado de cafés para contener la ansiedad. Laura abre la
puerta de la habitación y llama a la enfermera —Señorita ya volvió en sí, venga
por favor —grita para atraer la atención de la trabajadora de la medicina. Las
chicas y sus acompañantes oyen y se acercan rápidamente a la puerta de la
habitación, a su vez son apartadas por la enfermera que les pide esperar
afuera.
—¿Qué pasó?, ¿Como
esta?, preguntan Betty y Sandra casi a la par.
—Bien, pero lo
primero que me preguntó fue por Robert.
—Que malo, pero hay
que decirle la verdad, él no va a venir.
—Si pero es muy
cruel decirle.
—Cruel es la vida,
sin hombre y sin trabajo, el muy maldito la hizo botar.
—Esperemos un poco
si, luego vemos como le decimos.
El
doctor pasó como una tromba a su lado, entró a la habitación; a los pocos
minutos sale.
—Doctor ¿Cómo está?
—Bien, ya está fuera
de peligro, ¿Alguno de ustedes es su familiar directo?, tengo algo importante
que decirle.
—No doctor, pero
nosotras somos lo más cercano a una familia, ella está sola en la ciudad.
—Ok, una de ustedes
acompáñeme por favor.
Laura
tomó la iniciativa y junto al doctor caminó sin cruzar palabras a través del
pasillo que tenía un fuerte olor impregnado, profundo, producto de la conjunción de medicamentos y
líquidos de limpieza, olores que permanecían en el olfato por días pero que se
mantenían por toda la vida en el
recuerdo, eran sensaciones evocadoras que se activaban al estar en un lugar donde
se ejercía la medicina y provocaba sentir el verdadero efecto de un deja vu.
Subieron por las escaleras que estaban al final del trayecto para llegar a la
primera oficina a la izquierda de la cúspide del ascenso, entraron y el doctor
le pidió que tomara asiento.
—Joven, me preocupa
el caso de Maggie, no solo por el intento de suicidio, sino por su estado.
—Sí, me enteré que
estaba esperando un hijo doctor.
—Mire, le voy a dar
la tarjeta de un psicólogo especialista en estos casos, sin embargo no quiere
decir que la deje ir sin antes ser evaluada por nuestro experto, pero quiero
quedar con la conciencia tranquila, no la descuiden, este tipo de casos suele
dejar secuelas muy profundas.
Mientras
Maggie recibe el permiso de recibir visitas, todavía estaba muy tranquila por
los efectos del calmante. Las chicas intentaban mantener un ambiente de alegría
para tratar de que no cayera en depresión, sin embargo dejaban preguntas sin
respuestas, tales como la más repetida ¿Dónde está Robert? Ellas no sabían cómo
decirle que aquel hombre no quería saber nada de ella. Mientras Maggie coqueteó
con la muerte y luchaba con la depresión de un hijo no deseado, Robert había
logrado que la desincorporaran del trabajo, su intención era borrarla de su
vida. Las chicas buscaban la manera de cómo darle esa noticia a aquella pobre
joven que se recuperaba de un intento de suicidio.
Dos
días habían pasado desde que las muñecas de Maggie fueron abiertas para drenar
el líquido de la vida a través de ellas. Estaba llegando al apartamento
acompañada por las chicas, las muñecas vendadas y las ojeras asentadas en su
rostro la delataban ante sus curiosos vecinos. Maggie todavía tenía esperanzas
de encontrar a Robert esperando en la sala y al verla él la recibiría con un
abrazo. Cosa que no ocurrió, sino que más bien le dio paso a un momento amargo.
—Maggie, siéntate
acá por favor.
Le
indica Sara llevándola al sillón ubicado en el centro de la sala.
—Sí, claro amiga,
¿Por qué el tono de misterio?
—Ay amiga, no es
nada fácil para mí decirte esto.
Dice
Sandra con los ojos enrojecidos de momento.
—Dime ¿Algo le pasó
a Robert?, tiene que ser, por eso no ha venido, ¿Dime, Sandra, dime?,
Ya
bajo el completo descontrol.
—No, Maggie, no es
eso.
Bajando
de golpe la ansiedad.
—Pero entonces ¿Qué
es?
—Amiga.
Quedando
por un momento sin palabras.
—Dime de una vez.
Grita
Maggie ya con mucha ansiedad.
—Bueno, Robert no
quiere saber de ti, incluso te mandó tu cheque de despido. No quiere que
te molestes en ir, te prohibió el
acceso a la torre.
Maggie
se quedó sin habla, su mirada fija en el cheque que le había entregado Sandra,
no sabía que decir, en realidad no tenía de que hablar. Pidió que la dejaran
sola, Laura se negó, la acompañó a su cuarto y le pidió a las chicas que
esperaran afuera, Laura sin decir palabra alguna tomó una silla y se sentó al
lado de la cama donde se acostó Maggie a llorar, eso es lo único que le quedó
hacer, expulsar las últimas lagrimas por un hombre.
Tres
meses habían pasado, el vientre de Maggie ya tenía los efectos del crecimiento
del ser a quien ella odiaba; solo vivía para aborrecerlo, para ella era el
culpable de matar el amor de su alma,
convertirla en un muerto viviente. En ese tiempo, el trío de chicas
discutió mucho sobre el futuro y en ninguno de los escenarios estaba un bebe
viviendo con ellas. Habían hecho lo posible por intentar mantener los costos de
la casa y entender la inamovilidad de Maggie, pero ya era imposible de
sostener, aun para Sandra que sentía un peso de culpa en lo vivido por aquella
pobre niña. Pero la razón y la cordura mandó y la decisión fue tomada. Esa
noche fue el momento para reunirse con Maggie.
En la
sala estaban sentadas con caras largas Betty, Sandra y Laura, habían llegado de
encontrarse en la tienda de la esquina hace más de treinta minutos. Estuvieron
viéndose las caras, tratando de que mágicamente la energía fluyera de sus
cuerpos dando el empujón necesario para entrar en el cuarto de Maggie, donde
ella estaba durante casi todo el día, rompiendo la continuidad solo para el
aseo personal y cuando el cuerpo luego de mucho aguantar pedía alimento. Laura
se levantó y al instante Betty y Sandra la siguieron, abrieron la puerta del
cuarto sin tocar, no hacía falta, Maggie estaba acostada, con los ojos
abiertos, secos, ya sin líquido suficiente para producir lágrimas, pero con el
deseo latente de que siguieran emergiendo de sus ojos.
—Maggie, necesitamos
hablar contigo.
—¿Qué quieren?
Responde
manteniendo su vista clavada al techo.
—No queríamos
decirte esto, para nosotros es muy difícil. Pero no puedes seguir acá, los
gastos nos están devorando, tú en tu estado te has convertido en una carga y
además, ninguna de nosotras está preparada para lo que te va a suceder.
—¿Dicen que no están
preparadas para tener a este maldito bastardo en esta casa?, pues comparto lo
mismo con ustedes, yo lo odio.
Dejando
escapar una voz que emulaba al mismísimo demonio.
—Maggie por favor no
digas eso, si pudiéramos te ayudaríamos sin pensarlo, pero en este momento...
Quedando
la frase inconclusa, las lágrimas se apoderaron de Betty.
—No se preocupen,
hoy me voy.
Cerrando
los ojos y girando su cuerpo en la cama.
El
trío de jóvenes respetó el momento de la pobre chica, fueron a sus camas
temprano, no tenían la fuerza para una despedida tan cruel, se sentían lo más bajo
de la sociedad, pero no podían tomar el problema de Maggie para ellas. Cada
quien debía ser responsable de su vida, a pesar del dolor que producía la
deslealtad.
Una
carta encontrarían las tres ex amigas de Maggie en la mesa del comedor en la
mañana antes de consumir el desayuno , sin un gracias, ni un adiós, solo un
mensaje “Pueden quedarse tranquilas, ya no me verán más”.
Maggie
había salido a media noche, caminó por las oscuras calles de Ciudad Central.
Era una nueva experiencia para ella, no podía comprender como alguien podía
cambiar tan drásticamente, como las ganas de vivir se transformaron en el odio
por la llegada de una nueva vida. Porqué odiar a los que otros aman. En el
camino oscuro, producto de un foco roto en el alumbrado de la calle, pisa a un
indigente que dormía acostado en una esquina de la calle, este sin inmutarse
continúa en el mundo de los sueños donde un vago podía ser rey. Con cierto
miedo se aleja, sin darse cuenta estaba
frente a las instalaciones del terminal de autobuses. Seis meses atrás le
hubiera parecido inconcebible salir de ahí a medianoche, hoy era otra, hubiera deseado que un delincuente le
disparara en el vientre y acabara con lo que ella por miedo a Dios no podía
hacer. Entró en las instalaciones, encontró que ahí el día y la noche no tenían
el mismo efecto que en las calles de la ciudad, el número de personas
deambulando por el recinto asemeja al de una media mañana de la metrópolis, ya
cuando la calma del alud de trabajadores dirigiéndose a sus sitios de labores había
pasado. Caminó unos metros hasta que un aroma delicioso le trajo recuerdos, se
dejó llevar por el instinto y ahí estaba, el primer hombre que le dio la
bienvenida a la ciudad. Se acercó y sacó unas monedas y pidió un café
achocolatado, el hombre con mucha educación se lo entregó y cobró el valor de
la bebida, ella lo tomó y siguió su camino, aquel buen hombre no la había
reconocido. —Así era la verdad de la vida, nos convertimos en recuerdo
pasajero. —pensó. Tomó su café achocolatado y se dirigió a la taquilla a
comprar el boleto de autobús para salir en el primer viaje, el mismo ya tenía
hora, siete de la mañana, todavía quedaban cuatro horas antes de la salida.
Decidió descansar en el mismo sitio que lo hizo cuando llegó a la gran ciudad,
hoy marcando el bochornoso y doloroso retorno, pero esta vez no va sola, ira
acompañada de un hijo no querido.
La
tenue luz de la mañana despierta a Maggie, miró entre dormida el reloj del
terminal, ya eran las seis de la mañana, se levantó, tomó su mochila, al
observar el pequeño bolso dejó escapar una sonrisa, pero no de alegría sino de
amargura, era la misma mochila con la que llegó a la ciudad, no necesitaba más,
los vestidos y zapatos de tacón alto no tenían espacio en un lugar como su
antiguo hogar, ya con lo que llevaba en el vientre estaba fuera de todo espacio
social. Solo quería retornar para cerrar el ciclo vivido en la ciudad, era su
castigo. Se acercó a un pequeño local ambulante y compró una pequeña torta y un
café negro para dar al cuerpo algo de alimento, ya en poco tiempo debía abordar
el autobús.
Las
horas pasaron, ya había llegado el momento de la partida, el autobús rumbo al
antiguo hogar de Maggie comenzó su viaje. Para algunos era solo un día normal,
para Maggie era el funeral de la esperanza. Estaba sentada con la mirada
perdida por la ventanilla del vehículo colectivo, los sentimientos de la
partida enjugaron sus ojos, sentía como se creaba un vacío en su pecho. Era muy
doloroso, quería morir en ese momento, la mano izquierda reposaba en su vientre
y solo un pensamiento recorría su mente. —Por tu culpa maldito engendro. —repitió por mucho tiempo. Mientras las
ruedas del vehículo giraban comenzando
el retorno al infierno.
El Alumbramiento
El sol
calentaba levemente los brazos de Maggie, un giro inesperado del autobús la saca de su sueño, estaban entrando en el
pequeño terminal del caserío, el chofer abrió de forma mecánica el portón del
vehículo y diez personas bajaron, ella fue la última en hacerlo. Como si los
zapatos estuvieran hechos de plomo, caminó rumbo a la casa de la cual había
huido medio año atrás, entre la mirada curiosa de la señora Cannon, que la
había reconocido, la indiscreta dama
dirigió la mirada al pequeño abultamiento que reflejaba un inquilino en
su vientre. El comentario fue más rápido que
su andar a donde estaba por reencontrar al jefe del hogar que abandonó:
Su hermano Claudio.
En la cocina de la familia Nell el teléfono
suena, Martha que en ese momento estaba distraída observando a Jessica
restregar el piso, lo atiende, pregunta quién es, luego cae en un silencio
profundo y escucha atentamente, no emitió ningún sonido, solo estaba inerte
como si se hubiera unido en cuerpo y alma al auricular. Sus ojos no podían
ocultar la sorpresa de lo que estaba oyendo, Jessica se da cuenta y se levanta,
deja el trapeador con el que estaba quitando una mancha renuente de salir del
piso.
—¿Qué ocurrió
Martha? ¿Por qué esa cara?
Le
pregunta la anciana preocupada.
—Vieja, vieron a
Maggie en el terminal.
Y es
interrumpida antes de continuar.
—¿Mi hija?, ¿cómo?,
¿con quién?
Preguntó
con ansiedad Jessica.
—No es eso, vieja,
es que la vieron con una barriga, está embarazada.
—No, Claudio la va a
matar.
Gritó
mientras se quitaba el delantal para salir a impedir que Maggie llegara en ese
estado a aquella casa.
Un
golpe en la puerta no la dejó culminar lo que intentó hacer, el sonido de la
voz de Claudio gritando enojado a todo pulmón la hizo salir a la pequeña sala,
ahí vio a Maggie, con la cara sin expresión, seca, recibiendo los insultos de
su hermano mayor. Él se impacientó al no ver reacción alguna por parte de la
joven embarazada, se sentía ridiculizado. Regresó el recuerdo del momento que
tuvo que sacrificar su orgullo y excusarse con su amigo Arthur, por la burla
producida por su hermana, abandonando su hogar y dejando su palabra invalida en
el compromiso de casamiento. Para luego regresar preñada. Todo aquel desparpajo
lo llevó a cruzarle el rostro dándole una bofetada. La anciana madre se interpuso.
—Claudio Nell yo no
le enseñé a mis hijos a pegarle a las mujeres.
Le
grita la anciana mientras se agacha al piso donde cayó Maggie.
—Pero sí le
enseñaste a tu hija a ser una puta sin
palabra.
Vociferó
completamente lleno de ira.
—Esa mujer no es mi
familia, se queda por ti, pero para ser servidumbre igual que el bastardo que
trae en su vientre.
Claudio
se retiró, la rabia y el enojo lo tenía poseído, llamó a Martha para que lo
acompañara afuera. Jessica llevó a Maggie a la cocina, con pañitos de agua fría
intentó contener la hinchazón del golpe recibido, ella sin inmutarse, se sentó.
—Hija ¿porque
regresaste?
—Aquí pertenezco.
Con la
voz apagada y la mirada perdida.
—Pero Claudio no te
dará vida, es tan cruel como tu padre, y te odia. No sabes lo que ha sido su
vida desde que te fuiste.
—Madre.
Apartando
el trapo húmedo de su cara.
—Es hora de
trabajar, déjame terminar con los pisos.
Sin
expresión alguna, cosa que causó terror
en su madre.
Martha
entra y se junta a las dos mujeres, Claudio le había dado instrucciones
precisas, tomó a Maggie por un brazo para levantarla del piso donde estaba
limpiando, esta la ve, con la mirada sin vida. – Acompáñame. —le dijo.
Caminaron juntas. Martha tomó la mochila de ropa de Maggie y la llevó junto a
ella fuera de la casa. Lentamente
caminaron rodeando el lugar y a unos treinta metros detrás de la casa vieron
una pequeña barraca. Llegaron a ella. Martha sacó del bolsillo de su bata un
manojo de llaves, buscó entre ellas y seleccionó una. La llevó cerca de la
puerta y abrió un candado oxidado, con el cual mantenían asegurado el
lugar. En ese pequeño cuarto Claudio guardaba las cajas con cosas ya
inservibles o recuerdos. Estaba muy sucio, el techo irregular dejaba ver
agujeros que se debían convertir en chorros de agua los días de lluvia —Aquí
dormirás —le indicó Martha—. En una de las cajas de la esquina hay una vieja
colchoneta, te servirá para dormir, Claudio me dio las instrucciones de como
debes trabajar para ganarte la comida, escucha atenta, él no está muy
convencido de esto —le dijo—. A las seis de la mañana que es la hora que
Claudio alimenta a los perros, te traerá
tu plato de comida, lo va a colocar afuera de la puerta, te avisará con un
toque seco, esperas un instante y luego sales por ella, no puedes abrir al
momento, debes esperar un poco para que él se aleje, no quiere cruzar miradas
contigo. Luego trabajarás en casa desde
las siete de la mañana corrido hasta las seis, a esa hora vendrás acá ya
comida. No trabajaras ni sábados ni domingos y no saldrás de este cuarto. No
puedes ir a ningún lado. La amargura todavía lo embarga con Arthur y sus
amigos, instálate hoy, comienzas mañana. Maggie escuchó sin decir nada, asentó
con el rostro en señal de aceptación.
Los
meses pasaron y Maggie vivió amargada, fue la esclava que nunca quiso ser, se
tragó el orgullo que poco a poco fue reemplazada por la sumisión, Claudio se
encargó de hacerla sentir lo más bajo de la creación, él había heredado la
maldad de su padre. Maggie vivía su propio infierno en la tierra. Dios dijo que
obtendrás el pan con el sudor de tu frente,
solo que en el caso de Maggie la burla y el cansancio era su pago.
Una
mañana de calor estaba azotando la casa de los Nell, el sudor caía copiosamente
por la frente de Maggie mientras movía el enorme sillón para pasar el
trapeador debajo de él. Sintió como su
entrepiernas se convirtió en un manantial y las aguas rápidamente corrieron por
aquel piso recientemente trapeado, era como si el ente líquido reprimido por
una vieja represa hubiera empujado tan fuerte que derrumbó los muros de contención, dejando correr el líquido incoloro en
búsqueda de rehacer su camino. Los dolores se adueñaron de su cuerpo, Jessica
la ve y corre a ella, sin preguntar a nadie la toma de un brazo y sale como una
ráfaga de viento en busca de ayuda. Afuera estaba Fred Nell, el hijo sin
decisión, él solo vivía el día a día, no era en nada parecido a Claudio ni su
padre, solo Jessica sabía por qué y esa verdad se iría con ella a la tumba. Lo
llamó y él rápidamente se aprestó a ayudarlas, sin llamar a Claudio encendieron la camioneta y
llevaron a Maggie al hospital. El momento había llegado, era el nacimiento del
hijo no deseado.
Los
dolores de parto se adueñaron del día de
Maggie, ese dolor le dio más razones para odiarlo. En el camino gritaba
que deseaba que se muriera que no dejaran que naciera, que era el hijo de
Satanás. Todo lo que una madre nunca se atrevería a decir.
El
doctor luchaba con la indecisión de Maggie, la falta de fuerza para pujar
estaba sellando la posibilidad de vida de un ser que quería conocer el mundo.
Los gritos del médico inundaban el lugar pidiendo colaboración de una madre que
no quería ser, ya la decisión de una cesárea rondaba la mente del practicante
de la medicina. Casi al momento de extinguirse las probabilidades de éxito,
Maggie reacciona y comienza a pujar con enormes fuerzas. Los gritos eran
aterradores, los movimientos de Maggie eran incontrolables, dos enfermeros de
gran envergadura entraron a ayudar a la pequeña enfermera reteniéndola por los
brazos, en eso un grito semejante al de engendro más diabólico del infierno da
fin al proceso de llegada del inocente ser y el sonido de unas fuertes palmadas
desencadenan el primer llanto emitido por el hijo de Maggie Nell.
Dos
días después Maggie llegaba a la casa de
Claudio con el niño en sus brazos. No entró en la casa principal, fue directo
al pequeño cuarto ubicado detrás de la casa. Un pedazo de la sucia colchoneta
sirvió de cuna para el pequeño Tony. Ese fue el nombre que quedó escrito en la
tarjeta de nacimiento, un nombre y un
apellido, Tony Nell.
La
anciana madre le pidió a Claudio que le diera una semana a Maggie antes de comenzar en la casa sus quehaceres, él aceptó
con la condición que la alimentación de ella saliera de la ración de su anciana
madre.
Maggie
odiaba a aquel bebe con toda su alma,
los llantos de hambre no la inmutaba, nunca lo alimentó. Martha a escondidas de
Claudio en las mañanas le enviaba con la anciana Jessica leche, para que esta
lo alimentara en el día, sin que su esposo se diera cuenta. Maggie estuvo sin
trabajar solo dos días, dijo sentirse bien, fue parto normal, estaba segura que
trabajando con cuidado no tendría problemas con los puntos. En realidad
prefería arriesgarse a perder unos puntos de sutura que pasar un minuto con
aquel bebé al que odiaba, sólo el amor de la anciana abuela pudo ayudar a aquel
niño por lo menos en su primer año de vida, fue lo que duró antes de que aquel
infarto fulminante culminara con sus días en este mundo.
Dos
años habían pasado desde el nacimiento de Tony, Maggie continuaba como el
primer día de su llegada, Trabajando como la peor de las esclavas. Pero había
cambiado, ella misma se dio cuenta mientras limpiaba la alcoba de Martha y se
cruzó frente al espejo quedando paralizada. No era ni por asomo la joven que
llegó a la gran ciudad con esperanzas de triunfo, ahora era una mujer acabada,
deforme, sus manos estaban marcadas por el trabajo forzado a que estaban
expuestas. Su rostro con ojeras que le sumaban años a su apariencia, sus
piernas que en un momento fueron hermosas, ahora mostraban los maltratos de un
trabajo denigrante. De pronto recordó a
Robert, como la hizo sentir amada, sus caricias, el momento en que la hizo
mujer. Sus ojos se llenaron de fuego, la furia vino a ella, giró su rostro, se
levantó del piso que minutos antes había limpiado, abrió la puerta del cuarto
con rabia incontrolable. Bajó las escaleras como un demonio, abrió la puerta y
salió al patio. Sintió como el mundo daba vueltas, burlándose de ella, risas
cada vez más fuertes retumbaban en su mente, maldiciones e improperios salieron
por su boca, sus ojos destilaban odio; maldad, rencor, quería destruir al
mundo, acabar con todo. Bajó la cabeza, cerró los puños tan fuerte que sus
cortas pero afiladas uñas sacaron sangre de sus manos. Sus dientes se apretaron
con tanta presión que estuvieron a punto de colapsar. Su mirada de pronto
cambió, aquel odio de pronto fue dirigido, encontró el objetivo, si alguien
tenía culpa de todos sus males, ese alguien era el niño que reposaba solo, en
la horrenda choza donde purgaba su pena, donde era una prisionera. Caminó
lentamente, cada paso que daba era más odio en su corazón. Llegó a la pequeña
puerta, estuvo parada sin moverse por unos minutos, dejando que su cuerpo fuera
un contenedor de odio, lo estaba acumulando, como una batería recargable lo
hacía unido a un tomacorriente. Volvió en sí, miró la puerta y la abrió. Ahí se
encontraba el pequeño niño, sucio, nadando en un mar de excremento. El olor a
orina impregnaba el lugar, la menuda pierna izquierda del niño estaba amarrada a una base que sostenía el
techo de aquella barraca. Frente a él un plato con alguna bazofia minada de
innumerables moscas, el inocente niño
estaba dormido. Maggie tomó un madero grueso de unos cincuenta
centímetros de largo, abultado en su final, con algunas astillas que simulaban
a un mazo de la época de los caballeros de armadura, estaba detrás de la
puerta, como si hubiera reposado ahí por una razón que ese día estaba por
descubrirse. Cerró la puerta detrás de ella, miró al pequeño niño con todo el
odio emanado por su ser. Tomó la cuerda que lo mantenía maniatado y la haló,
despertando al pequeño, este la ve y con su enorme inocencia emite una sola
palabra: —Mamá. Y la mira con un sentimiento único que solo un hijo puede
transmitir a una madre. Maggie lo ve, se
detiene por un minuto, los grandes ojos azules del pequeño la absorben. Sus
manos toman con fuerza el mazo, respira profundo, lo observa, su mirada se va
encendiendo, el odio incontrolable surge de ellos, y un fuerte golpe en las costillas del niño
hace que sienta una enorme satisfacción. Surge la necesidad de compensar todo
lo malo que aquel niño le trajo a su vida, y los golpes se repitieron, una y
otra vez, el sonido seco de la llegada de la fuerte madera a la piel del
inocente, solo era acompañado por el llanto ahogado de sufrimiento de Tony
Nell.
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