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viernes, 12 de febrero de 2016

En la Psiquis del Asesino / parte 1



En la Psiquis del
Asesino
Las crónicas de John Smith


Parte Uno
Los Homicidios


Los Homicidios
El Cuarto Homicidio
Ella pensaba que esa noche iba a ser maravillosa, él la llevó a lo más alto del placer... hasta que la sangre, corrió por su garganta.
 En Ciudad Central la noche estaba enmarcada en un oscuro y lúgubre cielo. Sus calles permanecían  prácticamente desiertas desde muy tempranas horas de la noche. Donde solo algunas almas se atrevían a deambular por ellas, como coyotes en busca de migajas nocturnas se podían encontrar uno que otro vagabundo, buscando el lugar donde cerrar los ojos y así poder pasar la noche, sin tener idea si existiría un mañana. O las trabajadoras sexuales, en busca de satisfacer las necesidades más bajas de los contados clientes, que se atrevían a salir poniendo en riesgo su anonimato.  Pocos vehículos transitaban por las calles algo descuidadas, con focos faltantes y algunos baches que parecían madrigueras de roedores,  que hacían que los conductores demostraran su pericia al volante, intentando esquivarlos para no caer en ellos. El alcalde del lugar no gozaba del cariño de los habitantes de la ciudad, a pesar de haber ganado las elecciones de forma arrolladora. Hay que dejar claro que estaba apoyado por el partido de gobierno, un portaaviones difícil de ganar. Es normal escuchar a los transeúntes diciendo que tienen al  gobernante que se merecen, acompañado de un buen número de improperios.
Ya entrada la medianoche el silencio es roto, como cuando un trueno alerta el principio de una tormenta, las sirenas de los vehículos policiales dejaban claro que un suceso había ocurrido. A alta velocidad recorren aquellas calles, dando la apariencia de una carrera de fórmula uno. Donde todos los vehículos iban con gran rapidez pero ninguno parecía tener intensiones de sobrepasar al otro. Como una jauría de lobos que intenta rodear a su presa,  las patrullas se estacionaron frente al Hotel Frankal. Un lugar de encuentro de parejas donde la privacidad era el requisito buscado. No era un sitio muy elegante pero tampoco un antro. Contaba con puertas de vidrio batientes que tenían el nombre del hotel en hermosas letras doradas. Una alfombra roja que realzaba el sentido de lujuria abría el paso hasta la recepción. Donde los únicos requisitos eran el costo de la habitación y la identidad a registrar para facilitar la entrada al mundo del deseo y el placer, que normalmente era un invento de la imaginación  para solo cubrir el requerimiento solicitado por el empleado de turno. Se daban casos donde los alias reflejaban el sentido del humor y lo caradura de los participantes de aquella ocasión, los apodos  más utilizados eran de estrellas de cine o deportistas famosos y le adicionaban a su acompañante el glamoroso  título de esposa. Todo un espectáculo  de teatro solo para disfrutar del momento y tener un punto picante en la historia de cada uno en la oportunidad de contarla, si eso era posible, sino, un recuerdo que  arrojaría alguna sonrisa picaresca en un   instante de misterio y silencio.
Los agentes de azul entraron, acordonaron el lugar, los reporteros llegaron al instante como si tuvieran un cordón umbilical que los uniera a los patrulleros. Era increíble como en cuestión de minutos llegaban más vehículos de prensa que patrullas al lugar del suceso.
Algunos minutos pasaron para que la situación fuera controlada, ya los detectives se habían presentado en escena, eran los agentes John Smith y Marcus Hill. Ambos pertenecían a la agencia federal.  Expertos en cacería de individuos de actividad criminal con características especiales, aquellos homicidas que salían de las manos de la policía común, individuos con necesidades delictivas psicópatas. Eran los cazadores de asesinos seriales. 
John, el modus operandi concuerda con la carta, es  seguro, tenemos a la cuarta víctima.
Le argumentó Hill, mientras observaban el hermoso rostro unido al mar de sangre que se abría paso entre el cadáver y aquella lúgubre habitación.
 Encárgate con el forense, necesito  toda la información de la víctima, mañana a primera hora nos reunimos.
Le solicitó a Hill con la imagen de preocupación reflejada en su rostro.
John Smith era un hombre de facciones recias, con las arrugas de la experiencia enmarcando su rostro. En su currículo estaban escritas  las capturas de asesinos seriales que por un tiempo mantuvieron al colectivo en vilo. Junto a Hill, se habían enfrentado a lo más bajo de la sociedad. Pero este caso tenía  algo diferente, solo una vez se había topado con un suceso en el cual su experiencia solo le servía para mantener la calma y usar su poder de deducción, pero no para apoyarse en similitudes. Recordó por un momento a Robert Thor, todo lo que significó para él como detective y como persona aquel acontecimiento. Pero eso ya es pasado y su intención era enterrar todo aquel recuerdo.
John recibió el caso del llamado asesino  de las cartas, con el objetivo primordial de detener al criminal antes de que se convierta en un circo mediático por parte de la prensa. La policía central lo manejó, hasta que se determinó como homicida serial. La política de este tipo de casos es dar la prioridad a la policía regional, hasta que por intermedio de la investigación, se determine que se relacionan más de tres casos con el mismo modus operandi. A regañadientes los detectives originales le entregaron toda la información a la agencia federal. A ningún detective le hacía gracia entregar un caso, era como dar la razón sobre la creencia  de que los federales eran súper policías y ellos unos neófitos que servían solo para capturar asesinos estúpidos.  Los cuatro  homicidios fueron anunciados, el psicópata usó a un reportero único de nombre Brian Curtis. Este recibió las cuatro cartas, John de inmediato trabajó en un plan para cercar al criminal en su intento por llevar la información al periodista. Las cartas tenían una particularidad, eran escritas presumiblemente por un tercero cercano al asesino. Explicaba en cada una cómo iba a morir la víctima, pero lo más  peculiar,  es  la culpa que manifestaba en la redacción  de  los crímenes  que iban a suceder,  a pesar que dejaba claro que no eran de su autoría. John  emprendió, junto con los expertos en mentes asesinas de Quántico a determinar  qué tipo de conexión podría existir entre ambos, o  si era un individuo muy astuto  utilizando  aquella forma de redactar las cartas como un artilugio, solo para despistar y hacerse famoso. ¿Por qué más iba a enviar la información a un periódico?, la respuesta era clara, quería audiencia.  Imaginó  que ese debe ser el comienzo de la investigación, debía especular, ampliar  el caso. No solo buscar al posible asesino según sus movimientos, sino a un testigo o a un cómplice sumiso al asesino principal. Quizás una víctima perdonada por el psicópata, pero agobiada por el terror de caer nuevamente en las manos del asesino. Sirviendo a este como promotor de sus atrocidades. No había lapsos continuos entre los  tres homicidios, tampoco el estilo.  Lo único que los une es la descripción con anterioridad a los asesinatos en cada carta. El escribiente de las cartas, redactaba con detalle cómo iba a ser el homicidio. Con datos que solo el asesino podría saber y además como punto común en los casos, existía un detalle físico. Quizás el elemento más importante donde el perfil del homicida debía basarse. Cada homicidio perpetrado llevó un sello, una marca. El dedo índice faltante en cada cuerpo abandonado.
Era temprano en la torre central del FBI. Aquel edificio para cualquier primerizo generaba un ambiente intimidante. Sólo al entrar comenzaba a percibirse algo intangible, que impregnaba la paranoia de ser vigilado. Pisos relucientes, que eran como espejos. Donde un vigilante entrenado podía ver el reflejo de una arma bien guardada. Decenas de cámaras visibles, que daban la impresión de ser un pequeño porcentaje en comparación con las ocultas.  El sistema colocado después de la recepción, que era una especie de dique impasable, un símil de una represa que con la magnitud de su gallarda infraestructura vence a las fuerzas de la naturaleza en su intento por sobrepasarla. Pocos con intenciones de engaño  lograban esquivar a los recepcionistas. Que con el sistema de interrogatorio que  atormentan hasta al más preparado al llegar, más el uso de todos los implementos informáticos y de control de tecnología de punta con que cuentan, no  le hacían nada fácil el ingreso a cualquier aventurado que quisiera entrar sin un motivo razonable al edificio del FBI.
El supervisor  agente John  Smith, esperaba en su oficina los resultados del forense y el informe de Hill. Su lugar de trabajo era el reflejo de su personalidad, al entrar en ella se notaba lo ordenado y  minucioso de John. En las paredes, colgaban los diplomas de reconocimiento por parte de los alcaldes de turno.  Firmados por las más altas personalidades de la justicia. Recibidos por los logros alcanzados en su carrera por hacer cumplir la ley. En el centro, estaba colocado de manera estratégica su diploma de abogado. Así reflejaba que no era solo un perro de casa, sino que contaba con todas las herramientas para ejecutar a perfección la ley. Aunque a veces, como en aquel caso con Robert Thor, no fue  el mejor de los argumentos. Más adelante, estaba ubicado en el centro de la oficina su escritorio con fotos de sus hijos, una en cada lado.   Más centrada, a unos centímetros del borde del escritorio, se posicionada una imagen donde reflejaba el amor por su mujer. Una foto algo antigua, de quizás unos quince años atrás. Dejaba ver la magnitud de la belleza de su  esposa en su mejor momento. Aunque para John su belleza era eterna. Más al centro reposaba una agenda, junto a dos lápices y un bolígrafo colocados en perfecto orden, donde el tamaño era la clave. Detrás, las típicas persianas de oficina de detectives, que reposaban al igual delante de él, en las paredes de vidrio que separaban a su oficina del resto.
Este era el primer homicidio ocurrido teniéndolo como responsable de la investigación. Estuvo desde muy temprano analizando  el  archivo del caso,  los informes de los detectives de la policía central, el perfil que realizó la división de Quántico y sobre todo las cartas. Hechas con letras de múltiples revistas  y periódicos. El primer caso siempre   daba  con  la  esencia   del asesino, era el que se hacía con más sinceridad, no había experiencia previa. Por él se podría percibir sutiles características de un homicida. Leyó con detenimiento cada frase escrita por los detectives. A pesar de la imagen que tenían de él la policía regional. John siempre respetó la investigación previa realizada por ellos. En su caso más influyente y el menos conocido, fue fundamental la ayuda de los detectives iniciales. Aun así el más determinante, fue el de un detective que siempre viene a su mente cuando lucha por detener a un asesino serial. Peter White dejó en él una huella profunda, sin la información que aquel heroico detective recabó a costa de su vida, y que logró pasar la prueba de los años en espera. No hubiera podido detener a Robert Thor. Aunque la verdad repose en un archivo clasificado oculto en la oscuridad de los secretos del FBI.
Leyó cada detalle recabado, todas las notas adheridas al informe, vio minuciosamente una a una las fotos de los tres homicidios perpetrados. Dejando a su mente volar entre los hechos escritos.


Jennifer Clinton
Unos meses atrás….
El Diario Intriga, es un periódico que está dentro de los más sensacionalistas del estado,  se especializa en llevar las informaciones más escandalosas, desde chismes de farándulas hasta los encuentros románticos de los políticos. Todo lo que asegurara ventas, su credibilidad no era de las mejores pero sus ventas eran considerables.  El reportero Brian Curtis es conocido como el hacedor de historias, a él llegaban innumerables personas que servían de fuentes para sus escandalosos reportajes. Había creado muchos enemigos, pero a la prensa nunca se le trataba con rencor, a pesar de las acciones siempre era mejor tenerla a su lado. Por ello caminaba entre la sociedad sin complejos, a pesar de saber que si alguno de muchos enemigos tenía la oportunidad de mandarlo a pasar a otro mundo sin dejar rastros, con mucho gusto lo harían. Curtis no sabía que ese día recibiría una información de la fuente  más impactante de su vida. Entre la locura de su pequeño escritorio donde no había cabida para más papeles. Curtis intentaba ubicar unas notas que había levantado sobre la relación homosexual del galán de cine del momento, un bombazo, la información venía de una fuente no muy creíble, pero fuente al fin, lo que en su medio dirían un amigo del amigo de su mejor amigo.  Escarbó entre los papeles, un pedazo de pizza rancia hacía aparición junto al chupetín de hace no menos  una semana. Giró su rostro y encontró la bandeja de mensajería, la tomó, pensando que entre tanto desorden seguro estaba ahí la fulana nota, agarró un sobre sellado que estaba de primero en la torre de papeles de la bandeja. Le llamó la atención como estaba escrito, se leía su nombre en letras recortadas de revistas. Paró de buscar la nota y tomó aquel sobre entre sus manos. Lo observó detalladamente antes de abrirlo, de repente, un salto de velocidad lo dominó y así dejó atrás el letargo en el que estaba estancado, y con premura abre el sobre y saca de su interior una carta. Con asombro la observa, la lee detenidamente. Sus ojos salen de sus orbitas, un pequeño tics se refleja en su ojo izquierdo, una gota de sudor emerge de la nada de su frente.  Detalla la carta, queda en un limbo de tiempo y espacio, como si su mente procesara los datos a la vez de ordenar que hacer físicamente a su cuerpo entrando en un corto circuito. Un instante después, en medio de una naciente euforia, emite un grito que en un idioma indescifrable intento decir eureka. En su pensar encontró el eslabón perdido de los reportajes sensacionalistas, el que está entre la verdad y la mentira de la vida. Todo eso reflejó el aaaaahhhhh que salió de su boca con tanta pasión.  Reacciona y sale atropellando al que encontrara a su paso rumbo a la oficina del editor. Al llegar, abre la puerta provocando un susto bárbaro al quien es su jefe.
Norman, detén la corrida, tengo la noticia del año.
Dice Curtis de manera atolondrada.
¿Qué pasa  Curtis?,  ¿Ahora qué?, ¿Marcianos  otra  vez  entre nosotros?, ¿Qué te inventas ahora?
Le responde el editor, con la tranquilidad que le da conocer a Curtis y sus andanzas.
Déjame cerrar la  puerta, esto es una bomba, lee esto,  seguro me darás la razón.
Le indica Curtis con una mirada de locura, que preocupó al editor.
Bueno, deja ver que tienes ahí.
Intentando no ser grosero con Curtis, se sabía muy ocupado, pensó en lo que el tipo producía con sus locas noticias y le prestó atención.
¿Qué te parece?, ¿La ponemos hoy en  circulación? y  si   llega  a  pasar, tenemos  la primicia y una primera página que tumbará las ventas
Le preguntaba Curtis con una absoluta locura de alegría embriagadora.
¿Hablaste ya de esto?
Pregunta el editor con un rostro muy serio.
No, tú eres el primero.
¿Tienes idea de cómo llegó?, ¿De quién la trajo?
Dejando el editor, el reflejo de tener un acontecimiento único en sus manos.
Lo habrá traído el chico de mensajería y lo colocó en el cesto cuando la recorrida. Qué se yo.
Ok, vamos a  incluirla, media hora después de salir a la calle llama a la central de la policía y avisa de la carta, no podemos retener la información, pero podemos colocar la primicia.
Al final de la mañana la noticia estremeció al  público. Lo que Curtis recibió y dejó en él la impresión de tener el mayor tesoro del  pirata Barba Negra en sus manos,  fue  una carta que  narraba como iba a ocurrir un homicidio. Hecha con letras diferentes, recortadas de revistas y periódicos. Con un detalle único de un suceso que no había sido realizado, pero que el redactor manifestaba que era un hecho  que iba a ocurrir. Nada mejor para un periodista sensacionalista. Un asesino que retaba a la justicia a detenerlo. Un hombre que informaba lo que iba a pasar para que lo detuvieran, dejando entre el público  y la justicia a Curtis. Como el puente para apresar al malo de la historia, ese fue el nacimiento del asesino de las cartas.
“No puedo detenerlo, ya salió la verdad publicada, el mundo sabe su historia y es hora de pagar, está decidido, hoy tiene una cita con ella, la primera, la imagen de la falsa amistad, la va a matar, va a atarla a la cama, la violará, le cortará los pezones, los dejará sobre su abdomen  y luego la degollará, deténgalo, yo no puedo hacerlo.”    
El detective O’hara se presentó en el periódico luego de la llamada del reportero. O´hara era un detective que estaba en sus últimos años en la división de homicidios. En la estación el capitán le dio instrucciones de hacer lo rutinario. Pensó en él para el caso ya que era evidente que fue un invento, donde Curtis encontraría algún vago mal oliente, al que le pagó para que le enviara la carta. Hacía lo de siempre, un escándalo y luego al no pasar nada no importaba, pasaba a la siguiente historia inventada. No era la primera vez que hacía algo así, no con asesinos ni delitos, ahí había cambiado de rubro, pero si lo había hecho en cuestiones de  amoríos, amantes y alguno que otro caso de corrupción improbable. No ha habido delito y el capitán decía: ¡Ni lo habrá!, pero debía atenderlo, esa era la ley.  Así que como  O´hara estaba en su último año, era el ideal para esos casos que eran inexistentes, mucho papeleo y nada de acción.
O´hara recibió el caso de manos del capitán, entre risas le agradeció meterlo en la oficina a hacer un papeleo brutal, el solo pensar que un caso salía de las manos de Brian Curtis, era en si un gran chiste.
En el diario...
Curtis, que me tienes hoy, ¿un loquito nuevo?
Le dijo O´hara con  un tono sarcástico al periodista.
Aquí tienes, este me dejó buena publicidad.
Respondiendo al sarcasmo de O´hara le entrega la carta.
Por un mes, seguro los medios se cansaran  de esperar los inventos de un loco desesperado por atención.
Lo  mismo  de siempre  detective  O’hara, serás el primero en saber si hay una segunda carta.
Bueno Curtis,  hablamos después, por ahora no hay ni siquiera un  cuerpo, y  ¿sabes  algo?, ¡No  lo habrá!
Que tan  equivocado estuvo  el detective O’hara, y estaba por descubrir su error.
En algún lugar de esa noche...
Un encuentro sexual  estaba por realizarse. Un hombre y una mujer, ambos sedientos de calmar la pasión que pedían a gritos sus cuerpos. Una habitación que inducía a los pedidos más bajos de la mente, paredes cubiertas de espejos mostraban las imágenes de los que iban a ser protagonistas de la noche, repetidas hasta el infinito. Siendo el preámbulo perfecto, para dos seres que se excitaban al disfrutar de sus cuerpos desnudos. Como si una película se estuviera filmando, a la par  que sus pasiones se iban desenfrenando.
¿Quieres otra copa de vino?
Dijo aquel hombre de entonación seductora.
Voy a creer que te quieres aprovechar de mí.
Lo pensé, después que entraste en la cama con esa pequeña y sensual prenda roja, que alteran mis sentidos.
¿Estoy siendo muy evidente?
Estas siendo mi tentación.
Un beso  apasionado  desborda   el deseo,  sus manos  tocan aquel hermoso rostro. Labios jugosos traspasan el néctar de su ser. Un fuego interno  crece, su  lengua es adsorbida con gran pasión. Besos bajan desde el cuello a los pechos. Sus pezones  son presas de su boca, que los succionan con gran delicadeza. Gemidos sensuales  aparecen. Las entrepiernas se  encienden en fuego ardiente, pidiendo ser extinguidos. Las manos  pasean sobre su  cuerpo, como las  de un escultor sobre su obra maestra. Ella, en éxtasis total, relajada, recibiendo placer. Boca con sexo se  unen  y realizan  un  concierto de intimidad, notas de pasión se dejan escuchar. Los cuerpos se  estremecen.  Las  manos toman posesión, pidiendo más y más.  Los labios  hacen su  trabajo, nadar dentro del otro ser, en la humedad del deseo, delirante es la pasión. Cuando volteados en contracara, ejecutan penetrar en la intimidad del sexo, nadando y adsorbiendo en unísono hacen de la lujuria un arte. Crece la excitación,  hay necesidades que van surgiendo, el fetichismo, la fantasía se apodera del lugar. Él toma sus manos,  la ata, ella se deja atar mientras sus senos son participantes de caricias apasionadas. Luego los labios se pasean por todo su cuerpo y sus pies son   atados, él aprovecha el otorgamiento generoso de la naturaleza y contorsionando su cuerpo mantiene aquella fantasía que la hacía delirar,  tanta pasión rasante en  el borde de la realidad, todas esas  sensaciones juntas. —Es la hora de la ilusión —dijo el hombre. Aquel que la volvía loca solo con el toque de sus manos. Tomando su miembro lo pasea por el rostro de la hermosa joven. Ella se estremece, él recorre su ser lentamente, viaja por los parajes de su cuerpo. Cuello y senos son los primeros  paradisiacos lugares visitados. Un  baile  de  sensualidad entre ellos da el toque virtuoso a la noche. Llega a su sexo caliente, como el más ardiente de los infiernos. La atrae con sus manos;  la penetra de forma  salvaje,  la  hace gritar,  cada penetración produce un estallido  de erotismo  en la mujer, cada vez  más rápido y fuerte. Es el momento más alto, el éxtasis está en su mayor nivel. El baja y le besa los senos, su lengua se pasea por sus pezones.  Sus manos le acarician los glúteos, ella delira. Su cuerpo prepara el estallido de gloria perfecta. Una de las manos de él baja al borde de la cama y toma un cuchillo pegado con adhesivo. Aumenta la fuerza e intensidad de las penetraciones. Transmitiendo la sensación a través  de su boca, a los duros y hermosos senos de la mujer, logrando que ella nade en excitación. El orgasmo se hace presente y en ese momento de más exaltación  con  el  cuchillo corta el pezón derecho. La mujer en plenitud de orgasmo no maneja las percepciones de su cuerpo, en ese  instante  el otro pezón le es cortado. Un grito ahogado de dolor la devuelve a la realidad y un corte de lado a lado de la garganta la envía a la muerte.
En su casa O´hara duerme plácidamente, el día estuvo para él normal,  sin mucho trajín, solo la visita a Curtis y el papeleo de inicio del caso.  Estaba tranquilo, sabía que en un mes cerraba la investigación pero le daba el tiempo suficiente para descansar entre papeles en su escritorio esperando su jubilación. El teléfono de su alcoba suena, su mujer le da palmazos de sonámbulo en la espalda para que se despierte y elimine el irritante rinrineo del teléfono, O´hara entre maldiciones y somnolencia levanta el auricular y escucha.
O’hara,  hay un  asesinato,  el equipo se  encuentra levantando las pistas, es necesario  que te presentes, corresponde a las características de la carta.
De un golpe como si lo hubieran pinchado con una aguja, se levanta de la cama, la mujer que antes aleteaba con manotazos de sonámbulo, casi cae al piso dejando salir un improperio con toda la fuerza de su alma.
Amor, perdóname, debo irme, luego te explico.
Pero, Robert, ¿A dónde vas?
Pregunta que quedó sin respuesta.
El detective veía incrédulo el cuadro pintado en  aquel cuarto, todo estaba en perfecto orden; la botella de vino, dos copas  servidas, los muebles intactos, el baño impecable, las sábanas estaban perfectamente colocadas. Dejando como protagonista a una hermosa  mujer acostada con la cara dirigida al techo. En una posición como si estuviera modelando para un artista del pincel, Su cabello ondulado estaba desplegado como una corona alrededor de la almohada. Su cuerpo, permanecía atado a la cama. Sus ojos abiertos y su cara, enmarcaban una expresión de terror. Al bajar la mirada se podía ver el rojo de la sangre recorrer su cuello, como lo haría un pequeño riachuelo en la montaña más profunda. Había sido degollada, pero colocada de una forma casi perfecta. La sangre daba la sensación de ser un accesorio indispensable para aquel cuadro que tenía un tono de seducción enfermizo. Era imposible no seguir recorriendo con la mirada aquella escena de galería  de un artista del mal. Al final lo que para el asesino debió ser el colofón perfecto, ambos  pezones colocados en el abdomen, como el punto de éxtasis de tan macabro y enfermizo   asesinato. Sólo algo estuvo fuera de lo descrito en aquella carta, una cosa adicional no presente, el dedo índice no estaba con el cuerpo, había sido cercenado.
Curtis estaba en la escena del crimen, esperando información  junto a sus colegas  de los medios, O’hara lo ve y le indica al guardia que lo deje pasar.
Tu primer loco que cumple su palabra ¿no?
Todo según  la carta, con solo ver el cuerpo se nota.
Dice Curtis casi de forma sádica.
Ya  todo cambia, tenemos que hablar sobre  cómo trabajar si  hay otras cartas.
¿Qué quieres hacer?
Yo evalúo si se publica o no.
No estoy de acuerdo.
Tornando muy serio su rostro.
Seré yo u otro, a él le interesa salir en noticia, según la carta quiere detener al asesino, si ve que no la publico, irá a otro que seguro si lo hará.
No discutamos, hagamos  así, si recibes una carta me avisas antes de publicarla, es lo que pido.
O´hara se quedó para sí con la información del dedo cortado, era un dato del que Curtis no debía enterarse.
Correcto, esperemos a ver si se comunica.
El informe del forense estaba listo. O’hara esperó entre café y café, era el momento de saber si había alguna pista.  Recibió la llamada, pasó a la oficina del forense, este lo acogió con la frase que no le gusta escuchar al iniciar un caso a ningún detective.
Dime que tenemos algo para encontrar a un culpable.
Preguntó O´hara.
Nada, O´hara, todo limpio, al extremo diría yo.
¿Por qué lo dices?
Le increpa.
Léelo con calma, el informe se da a entender por sí solo.
 O´hara tomó el informe y se dirigió a su oficina, pasó a través de la comisaría, sin ver a los lados. A pesar de que era muy difícil no ver a la escoria de la sociedad mientras se transita por aquel lugar. Desde vagos hasta mujeres de la mala vida. Sin embargo para un hombre que había pasado la mitad de su existencia en ese sitio lo mejor era dejar de percibir aquello, ya demasiada mala vibra recibía en el día a día pescando  asesinos de toda índole. Llegó a la oficina. Se sentó y comenzó a leer.  El informe reflejaba que hubo sexo más todo rastro fue eliminado, no había sangre ni semen, todo limpio. Se preguntó cómo era posible si  seguro había manipulado media habitación para dejar todo en perfecto estado tal cual él quería que quedara, ahí O´hara comprendió que no era cualquier tipo, era un sujeto preparado y con experiencia,  posiblemente este no sea ni el primero ni el último de sus asesinatos.
Jennifer Clinton era el nombre de la joven. Recién graduada de abogado.  Trabajaba en un bufete de gran categoría. Era una mujer muy bella, su círculo era en su mayoría  de abogados; sin antecedentes, una víctima, no más que eso.
O´hara   comenzó   la investigación tomando en cuenta su profesión. Se presentó en el bufete Gordon and Ford. Las oficinas estaban en uno de los edificios más imponentes de Ciudad Central. Al entrar lo exquisito de su decoración contractaba con los avances tecnológicos que poseía. O´hara  se sintió en un set de una película futurista, entró en el ascensor y una voz con tono electrónico preguntó hacia que piso se dirigía. Su corazón no estalló debido a que no estaba solo, un hombre impecablemente vestido, con un traje de no menos de quince mil dólares respondía a la pregunta con un tono bajo y tranquilo. —Piso veinte por favor.        O´hara rápidamente reaccionó. —Piso treinta y uno. Soltando una risa nerviosa y corta al hombre a su lado. El sujeto evidentemente al darse cuenta del nerviosismo de O´hara le comenta:
Lo que es el avance de la ciencia, ¿Es su primera vez acá?
Se nota ¿Cierto?, donde yo laboro lo más avanzado es el pasamanos de la escalera para no caerse mientras subo al departamento de archivos.
Responde algo sonrojado.
La puerta del ascensor abre dejando ver un portal de vidrio con el nombre del bufete inscrito en él.  Detrás, una hermosa pared cubierta de madera y las iniciales del bufete en relieve. Al entrar, a la izquierda divisó a una hermosa joven, tan alta como un rascacielos. Retando a su metro noventa centímetros de altura, él era un hombre imponente, pero aquella joven en tacones rozaba el aire que él respiraba.
Buenos días, en que puedo ayudarle señor.
Le indica la joven con una voz tan hermosa, como su presencia misma.
Buen día, soy el detective O´hara.
Enseñando su credencial
Me gustaría conversar con el abogado que trabaja con Jennifer Clinton, por favor.
Claro, ella no ha llegado, pero está en un caso con Edmon Freud, por favor espere un momento, póngase cómodo, ¿Quiere un café?
Si, por favor, uno negro, sin azúcar.
Se sentó a esperar como la bella joven le había indicado, no quiso causar algarabía informando de la muerte de la abogada, era muy prematuro, ya se enterarían luego de hablar con el abogado.
Saboreó el café, para su paladar era un néctar digno de los dioses. Nada que ver con el agua de cloaca de la comisaría. Se paseó a través de las papilas gustativas para luego bajar por la garganta, dejando una sensación de dulce y amargo impactante. Una voz rompe su romance con la bebida caliente que tanto lo hizo delirar.
Detective, soy Edmon Freud, me indican que quiere hablar sobre Jennifer.
Sí, mi nombre es Robert O´hara, detective de la comisaría del cuarto cuadrante. Me interesa conversar con usted.
Claro, podemos pasar a la sala de reuniones está libre por una hora. Mientras conversamos podemos esperar a Jennifer. Es extraño que no haya llegado  todavía. Debe estar por entrar al edificio en cualquier momento.
No, no va a venir.  Fue asesinada ayer en la noche. De eso quería hablarle.
Edmon se estremeció por las palabras recién pronunciadas por el detective. Su reacción fue real. Algo que quería notar O´hara, por eso le soltó la noticia sin  preámbulo. Esa reacción en el momento justo, valía más que varios días de interrogatorio.
Pero; ¿Cómo?, ¿Cuando?, ¿Está seguro?  Si ella salió ayer muy contenta, habíamos logrado un avance inmenso en el caso que estábamos trabajando. Que locura.
Sí, ¿podemos ir al sitio de reunión por favor?
Le indicó O´hara, para evitar que otros escucharan la conversación. Dialogaron por una hora. Edmon le indicó que ella pasaba desde la mañana hasta altas horas de la noche en el bufete. No tenía vida personal, su vida era su profesión.  Tenía poco tiempo de graduada.
Luego de hablar con el abogado, se entrevistó con otros colegas de Jennifer.  A través  de estos  pudo llegar a amistades post universitarias. Todo reflejó que su enfoque era el trabajo. Se estaba iniciando en la profesión y estaba en ese proceso.  Más de doce horas de trabajo diario en el bufete, no tenía novio conocido; nada que orientara la investigación, ni en su entorno familiar, ni en sus pocas amistades, nada que indicara una relación. Era una persona que no tenía vida social. El nombre que reposaba en el registro del hotel era  una broma pesada del asesino, Señor Richard Burton y señora, un toque de humor negro como punto final a una noche sangrienta.


Laura Shepard
 Pasaron dos meses, el boom noticioso  comenzó a mermar. Curtis vivió la popularidad. Entrevistas  en los programas más vistos en la nación, el periódico tuvo ventas abismales. El nombrado asesino  de las  cartas  fue muy mediático. Curtis se preguntaba si  había   terminado, pensó   que  el asesino había descubierto al que envió la carta y lo había desaparecido. Todo era puras conjeturas, el tiempo era el único que podría tener respuesta.
Esa tarde, Curtis estaba reunido con el editor hablando sobre la nueva noticia impactante que debían meter en circulación. Tenía que ser algo muy bueno, para estar al nivel de las ventas del asesino de las cartas. Curtis había creado una columna donde día a día hacia análisis sobre el porqué y el posible perfil de asesino. Pero ya se estaba quedando sin gas, la materia prima se había acabado. Cabizbajo sale de la oficina del editor, llega a su escritorio que estaba como siempre, según su tradición, un desastre de papeles. Mueve la silla para sentarse y algo cae de ella. Un sobre  con un  mensaje  con letras recortadas de revistas.  Observo con atención, “solo  en  sus manos”, era la información colocada. Al mirarlo, Curtis   lo  supo. Su instinto de reportero lo alertó. Era él, su  confidente. Rápidamente abre el sobre.   Lee  la  carta nuevamente realizada con letras recortadas de revistas. Leyó atentamente:
“No me hicieron caso, les dije que iba a asesinar. Hoy lo oí, otra vez lo va a hacer.  La segunda en la lista de las tres amigas. La historia está publicada. Esta vez, las vísceras verán el aire, después de un momento de placer. Deténganlo.”
—Regresaste maldito loco, te amoooo. De un salto comienza una carrera de obstáculos entre los reporteros, uno cae al piso y le grita un improperio, otros se quitan de su camino y lo insultan. Luego de traspasar el lugar como soldado entre las líneas enemigas. Llega a su objetivo, la oficina del editor. Entra atropelladamente. En el lugar estaban reunidos el editor y la duquesa. Ella era como su apodo, puro glamour. Estaba encargada de los chismes de la moda, las alfombras rojas de los eventos y premiaciones. Discutía sobre la columna y como dejar en ridículo a una de las famosas estrellas que tuvo un lapsus mental, se vistió como Cleopatra y fue el hazme reír en la alfombra roja.
Norman, tengo la primera plana acá.
Destruyendo la reunión sin ningún tipo de pudor.
¡Curtis! no ves que estoy reunido.
Le responde Norman entre molesto y sorprendido.
Sí, si ya vi. Duquesa ya sabemos que la loca de Cleopatra es de dónde vas a  sacar punta para tu columna, dale ya puedes irte.
Tomándola de la mano la lleva a la salida,  la deja con un portazo en la cara y el improperio en la punta de la lengua.
¡Curtis!
Le grita el editor.
Sí, lo sé, fui un grosero, ya se le pasará, por algo tiene sangre azul, ¿no?, se recuperan más rápido. Mira, no hubiera entrado así a tu oficina si no tuviera esto.
Dejando caer la carta en el escritorio del editor.
¿Es la carta?, ¿Como sabemos que no es un fraude?
Norman olvidó por completo lo sucedido segundos atrás con la duquesa. 
No lo sabemos. Pero no crees que la noticia se ganó el derecho de salir por sí sola.
¿Y O’hara? Hay que llamarlo.
Si   estoy   de   acuerdo,  pero vamos a meterlo en el tiraje, yo me encargo del detective.
La noticia entró en proceso para su circulación. Curtis en minutos redactó el reportaje. No hacía falta mucho de su parte como periodista,  el suceso estaba inspirado por sí misma en la carta del asesino o ayudante. Algo que hay que averiguar a su tiempo. A pesar de que se exculpa, igual que en la primera carta, todavía no hay nada claro. El mensaje tenía visos de una solicitud de ayuda, de un alma atrapada en las circunstancias. Era la paradoja de un cuento, que por ahora no tiene ni principio ni fin, solo una protagonista que yace degollada y una segunda, que está a punto de formar parte del reparto de cadáveres de la historia.  Ya el relato estaba incluido en el diario. Su cara principal tenía la carta del asesino como presentación. Comenzaba el juego, ya la justicia estaba avisada. El público  estaba formado por toda Ciudad Central y con la posibilidad enorme de crecer exponencialmente a medida que el asesino no sea atrapado. Era el momento de llamar a O´hara. Ya la pelota caía en el lado del parque donde él era quien dirigía las acciones, Curtis cumplió con su parte. Sin juzgar a quien beneficiaba, si al ego del asesino o a todas las mujeres  que eran víctimas potenciales de un maniático.
O´hara continuaba atrapado en el círculo vicioso del caso, no encontraba por donde proseguir. Ya se habían acabado las personas a quien entrevistar. La vida de Jennifer contrastaba con esa noche de pasión. No había forma de que hubiera conocido a una persona más allá del círculo de abogados y clientes. Todos los potenciales sospechosos tenían coartadas que los sacaban del sitio del homicidio. El recepcionista del hotel ni siquiera tenía idea de la cara del asesino. Estaba ya tan acostumbrado al ir y venir de los amantes que sus caras no formaban parte de sus recuerdos. Solo el cobrar y entregar la llave de la puerta de salón de los bajos deseos formaba parte de su rutina. Como un autómata encargado de ser el portero de la lujuria y la pasión.
El sonido del teléfono lo saca de su controversia mental.
Aló, ¿Quién es?
Responde O´hara con cierto tono de fastidio en su voz.
¿O´hara?
Respondiendo con una pregunta, cosa que pone furioso al detective.
Sí, el detective O´hara, ¿Quién es?
Soy yo Curtis, llegó la hora, aquí tengo la carta. Te espero en el diario.
O´hara espabiló de su gélido aturdimiento.
¿Cómo  llegó?
Igual que la  otra,  estaba  en mensajería. Deben haberla dejado en el buzón nocturno.
¿Tienen cámaras ahí?
Lo pensé, pero no, no hay.
¿La vas a publicar?
Ya lo hice, o soy  yo o es otro, estos  locos quieren aparecer y siempre consiguen como.
No puedo impedírtelo.  Tienes algo de razón. Por lo menos es una ventaja saber quién es su contacto. Voy para allá. Necesito ver si se encuentra una huella, o algún despiste del asesino  que me ayude a ubicarlo.
O´hara estuvo atento, esperando el trabajo de los expertos, pero nada. Todo limpio. Ese sujeto era un tipo especial. Consciente se impedía admirarlo. No era cualquier psicótico. Era un fulano metódico, no quedaba más que vigilar los hoteles. Sin embargo era algo en extremo difícil, No podías evitar que la pasión fuera la reina de las noches. La noticia estaba ahí, retando a las mujeres. Si ellas tuvieran miedo de un asesino, no saldrían a buscar la muerte. Si algo sucede es porque el tipo las trabajó desde la intimidad de una relación, si algo pasa es porque las conoce. Ya estaba  puesta  la  advertencia. No había  mucho que hacer. El  primer caso  todavía estaba en pañales,  no había nada claro. Nadie cercano, ninguna pista. Todo era un gran vacío. O’hara  lo sabía,  era algo sádico  y morboso pensarlo, pero la única forma de que el caso arrancara  era esperar  otro homicidio y buscar  las similitudes  que lo lleven a encontrar un  error  del asesino.
En algún lugar en la noche.........
El miraba su rostro, era perfecto, una piel muy suave, semejante al más hermoso terciopelo. Blanca como la nieve en el más frio de los inviernos. Aquel bellísimo marco daba paso a unos ojos tan azules como el océano en su majestuosidad más profunda. Se ofrecían para nadar en su interior y llevarlo a navegar a través de unos carnosos y provocativos labios. Ella disfrutaba, con la mirada perdida en la pasión que aquel hombre le provocaba.
¿Quieres otra copa de vino?
Le susurro él, con  sus cálidos  labios en las fronteras de su tembloroso ovulo auditivo.
¿Intentas embriagarme?
Desplegando una candidez que incrementaba su sensualidad.
En realidad intento otra cosa.
Deja de intentar y hazlo.
Respondió aquella hermosa mujer, con un tono de decisión en su voz.
El  deseo   envolvió el momento. Con delicadeza,  la llevó junto  a  la  ventana. Ambos en ese preciso momento, disfrutaron de la imagen de una hermosa noche.  Con un cielo atiborrado  de estrellas y la luna en todo su esplendor. Aquella percepción no hizo más que calentar el momento. Él con sus manos desató el broche que sostenía aquel vestido negro, con una tela que se fundía  con el hermoso cuerpo del cual ella era dueña. Sus   senos,   resistentes  a  la gravedad, flotaban y dejaban ver su forma a través  de la tela  transparente de su atavío. Todo un suceso de mujer, no cabía mayor perfección. La vestimenta caía como agua en manantial, gota a gota, muy lentamente. Descubriendo  la belleza  de aquel busto, que antes se dejaba  ver entre sombras.  Las areolas de sus mamas  eran una invitación al placer. Los labios no opusieron resistencia a la tentación. Ambos se posaron sobre ellas. Sus  manos  ayudaron. La seducción  de los cuerpos  estaba en su inicio.  La oscura y traslúcida prenda seguía cayendo. Con una sensualidad que acaloró el momento.  El cuerpo que parecía esculpido por los dioses, se estaba revelando.  Las manos seguían la caída del atuendo. Los glúteos fueron su   destino,   hermosos,   duros,   un placer para las manos y sus sentidos. Ella deliraba. Fue  palpada. Como un piano por un concertista. Delicadeza y firmeza dejaban su melodía. Un giro, y la cama fue su destino. La almohada acariciaba  su  rostro.  Dejó que su  boca explorara los lugares más recónditos de la figura de la mujer a la cual estaba haciendo suya. Llevando a sus labios  en la travesía del encuentro del más atrevido de los  besos oscuros. Donde la luz era sólo una leyenda. La fémina deliraba de pasión. Aquel hombre estaba inmerso en un paseo en el interior de su alma. Ella lo experimentaba con el mayor de los placeres. Él dejó la representación de su hombría al descubierto. La excitada mujer lo  sintió  en  sus manos,   como un  hacha esperando cortar un árbol. Duro, fuerte y arrogante esperando  ser usado. Con ansias lo pidió. La atrajo y se lo obsequió. Gritos de placer llegaron. Movimientos llenos de sensualidad estaban presentes.  La condujo,  como un vaquero al domar a su corcel. El ágil ajetreo felino de la joven dama se hacía sentir.   Estremecía  con cada entrada en su  ser. La hacía delirar,  más  fuerte, más  intenso.  El clímax estaba por llegar. Los cuerpos sudorosos hablaban el lenguaje del deseo. Buscaban una mayor magnitud de emociones.  Ella ya lo pedía, quería seguir ascendiendo en la escala del placer. Con sus fuertes brazos toma por la pequeña cintura a la ya muy excitada   mujer y con la resistencia de sus piernas la voltea como molino en el aire y frente a frente las caras coinciden. Erguidos. Ella enloquece. El movimiento que sintió dentro de su ser fue delirante, ya la cúspide  del sentir estaba presente.  La cama los recibió. Él la posee con toda su alma. Una  mano  fue  a  sus glúteos, agarrándolos con firmeza,  y otra al borde del aposento. Un cuchillo estaba ahí, en espera. El hizo movimientos que terminaban de saciar a la mujer, de mantenerla en lo más alto junto a las estrellas. Su mano bajó y tomó el cuchillo, y con gran rapidez de un lado a otro atravesó aquel tembloroso y sudoroso cuerpo. Dejando las vísceras al descubierto. La almohada ahogó los desesperados gritos de la joven víctima. Un instante después  solo  un  cuadro tétrico estaba en escena. El que la carta recibida por Curtis horas antes había revelado.
O´hara estaba en la comisaría, verificando la ronda de las patrullas cerca de los hoteles y sobre todo, en donde ocurrió el primer homicidio. No sabía si el psicópata era de aquellos arrogantes que eran capaces de retar, retornando al sitio  más obvio de los lugares para cometer el asesinato. O si por el contrario, buscaba burlarse de todos escogiendo un lugar inimaginable para ellos. Nada pasó, eran las seis de la mañana, no hubo ninguna llamada, nada fuera de lo normal. —El tipo se arrepintió, seguro quiso volver y encontró el cerco policial, aunque vuelva a asesinar ha perdido. No pudo demostrar que era mejor que nosotros —pensó al momento de levantarse para ir a su casa a darse un baño y retornar a media mañana a la comisaría. Pero no estaban dadas las condiciones como supuso O´hara. Justo cuando iba saliendo de la comisaría, fue interceptado por un hombre de azul.
Detective, ocurrió algo, por favor regrese.
No me digas, ya lo sé, ese maldito.
Entre improperios y maldiciones regresó a la comisaría.
Un  revuelo se  desató.  La  noticia corrió como pólvora. Otra vez ocurrió, el asesino de las cartas apareció, tal cual como se describió. Curtis retornó a la popularidad. O’hara tenía lo que necesitaba, una víctima para comparar patrones. Pero debe resolverlo, una siguiente victima significaba federales. Era el patrón del asesino en serie, tres homicidios bajo la misma  patología, las  cartas,   ahí estaba el patrón.
Comenzó  a investigar,  el  informe forense  mostró lo mismo  que  el anterior. Y  lo  revelador existió,  un patrón igual, además  de las  cartas, faltó el dedo índice en la victima.
O’hara  se  dedicó a  investigar  a ambas  víctimas. Nuevamente revisó los movimientos de la primera víctima y comenzó bajo el mismo esquema con la segunda de nombre Laura Shepard.


El portal virtual
Laura Shepard era una joven estudiante del último año de arquitectura, era muy social, hermosa, su círculo era comprendido por jóvenes universitarios. El campus de la universidad principal de Ciudad Central, era un lugar inmenso. Una gran cantidad de metros cuadrados de grama y árboles. Múltiples grupos de jóvenes sentados de diversas maneras en la totalidad de sus áreas, muchos estudiando, otros en actividades varias y algunos en forma romántica. Esa era la libertad del estudiante. Y dentro de esa galaxia de masa gris y hormonas estaba parado el detective O´hara. Buscó el edificio donde compartía su habitación estudiantil la joven Laura. Tuvo que caminar un buen trecho. Los pies le ardían como leños dentro de una enorme chimenea. No estaba acostumbrado a caminar. Siempre en la comodidad de la comisaría y desplazándose en vehículos policiales. Ya los viejos tiempos de pesquisas de delincuentes a puro pulmón quedaron bien en el pasado. Hoy le tocó caminar. Al fin llegó al edificio de la facultad. Un pequeño lugar de apenas tres pisos. Pero que albergaba a una cantidad considerables de estudiantes. Con la poca fuerza que quedaba en sus piernas se dirigió a aquellos cinco expectantes escalones. Los vio, lo pensó dos veces para comenzar a subir. Tomó aire y siguió su camino bajo los ojos curiosos de los jóvenes que estaban apostados en los alrededores del pequeño edificio. O´hara entró, sacó de su chaqueta un pequeño pañuelo azul y procedió a secarse el copioso sudor que caía por su frente, desatando una peligrosa caída de gotas con dirección a su gran nariz. Dirigió su mirada a la escalera que estaba dentro del lugar. Esta vez no de cinco peldaños, pero ya estaba ahí, no había mucho que decidir. Subió al primer piso, la turba y el desorden de los chicos corriendo a su alrededor lo desesperó, pero entendió que el intruso era él, para ellos él era como una tortuga en una jaula de conejos. Llegó al final de las escaleras. Tomó su libreta y buscó el número del cuarto compartido. Era el número catorce. Llegó a la puerta, esta tenía un cartelito de no molestar, lo quitó y la abrió. —Con permiso —fueron las palabras que salieron de su boca. No sin antes ver a un par de jóvenes completamente desnudos follando como locos. El joven saltó de la cama tomando la sábana para taparse, dejando a la joven completamente desnuda.  —Disculpen, voy a salir, les voy a dar unos cinco minutos para que se vistan y volveré a entrar. Ah por cierto soy policía y creo que en estos cuartos no está permitido hacer eso, pero no se preocupen—saliendo del cuarto—. Por eso dicen que la vida universitaria  es el mejor momento  de las personas, como disfrutan follando como locos —se dijo con una sonrisa llena de picardía.
Unos minutos después...
Chicos, voy a entrar.
Ok, pase por favor.
Bueno muchachos quiten esa cara de terror. De una vez les digo que no he visto nada. Para mi memoria, esta es la primera vez que entro en este cuarto.
Con un gran gemido de desahogo, ambos chicos se quitaron un peso de encima.
Tú debes ser Margaret, ¿Verdad?
Dirigiendo su mirada a la chica.
Sí, ¿Cómo lo sabe?
Preguntó la joven, extrañada.
Debido a que es la compañera de cuarto de Laura Shepard, ¿No me equivoco, verdad?
No, pero ella no ha llegado.
¿Y sabes a dónde está?
Preguntó, de manera perspicaz.
Me imagino que con Edward, como siempre.
Y ese Edward ¿Quién es?
Su novio, claro, el futbolista egocéntrico. Pero ¿Por qué pregunta? ¿Le pasó algo a Laura?
Si joven, fue asesinada.
Aquella noticia dejó impactada a la joven. Cayó en brazos del adolecente, que hace poco tiempo atrás, estuvo entre sus piernas. O´hara espero que se repusiera de la noticia. Le dio las gracias a la joven, y le dejó una tarjeta por si recordaba algo adicional que lo ayudara en la investigación. Era momento de entrevistarse con el novio de la occisa.
O´hara estaba en el punto más alto de la amargura, los pies eran unas chimeneas ambulantes, no aguantaba el dolor. Edward Bradley era un deportista destacado de la Universidad y se encontraba en prácticas de Futbol. El estadio estaba al lado contrario de donde se ubicaba el edificio donde entrevistó a la joven. El recorrido le puso el carácter del demonio. Ya había llegado y el entrenador le  indicó donde se encontraba practicando Edward.   O´hara avanzó entre los jóvenes deportistas, de pronto un balón pasó zumbando por sus oídos, y un grupo de corpulentos jóvenes por poco lo dejan acostado en el piso del estadio. Se levantó y observó con cuidado si había otro peligroso avance de jóvenes como estampida de elefantes teniéndolo a él como objetivo. No vio peligro, pero si un grupo de jovencitas que se agitaban como enfermos de epilepsia vociferando letras a la vez que hacían contorciones con el cuerpo, con unas pequeñas faldas que no dejaban nada a la imaginación.           —Luego se preguntan por qué hay tanto maníaco suelto —se dijo. Y continuó su camino.
¡Edward Bradley!
Vociferó el detective en voz alta, de inmediato el joven dio vuelta y lo miró fijamente.
Si yo soy Edward, ¿Y usted es?
Soy el detective O´hara.
La respuesta sorprendió al joven atleta.
Un detective, ¿Y eso?, ¿Por qué me solicita?
Me gustaría hablar con usted sobre lo que hizo ayer en la noche.
Ayer, estaba donde se encontraba más de la mitad de la universidad. En la fiesta que nos dio la fraternidad a los ganadores del juego contra la Universidad del Norte.
¿Y estabas con Laura?
Pregunto de inmediato, sin dejar tiempo de pensar al muchacho.
¿Laura?, ¿Cómo sabe usted de ella?
¿Por qué?, ¿hay algo que le preocupa?
No, nada, es que me extraña que sepa de nuestro vínculo. No es nada formal. Es solo una relación abierta y  pocos allegados lo saben.
Ok, es mi trabajo saber lo más que pueda. Pero no me ha respondido, ¿Estaba con Laura ayer?
No, no estaba con ella. No quedamos en ir. Normalmente a las fiestas vamos separados. Como le dije, no tenemos nada serio. Estos son momentos para disfrutar de nuestra juventud y ambos estábamos claros de que queríamos uno del otro.
Sexo, ¿no?
Recalca  O´hara con ironía
Si lo quiere de forma cruda, sí, eso, no más de ahí.
Y ¿No la vio ayer en todo el día?
No ayer fue un día de locura con el juego. Pero ¿A qué viene tanta pregunta sobre Laura?
Porque ayer la asesinaron.
Nuevamente se jactó de dar la noticia lo más directo posible.
El joven quedó consternado. Por momentos parecía estar en otro tiempo y espacio. La noticia lo sacó del instante presente. Su rostro reflejó un salto en el vacío a una velocidad que debió detonar su cerebro.
Joven, ¿Sabe de algo que me pueda ayudar a encontrar al culpable?
 Sacando al adolecente del lapsus mental donde se alojó, luego de aquella nefasta noticia.
Eeeh, no, perdón ¿Me dijo?, no disculpe, sé que me preguntó, no, no sé. Más allá de su obsesión por el club virtual de lectores, no veo otra cosa que la involucre con un grupo diferente al que compartimos.
El detective dejó las preguntas, observó al chico por un momento,
Ok, estaré en contacto contigo.
Dando la sensación de haber encontrado algo en las palabras del atleta.
Primero debo corroborar tu coartada. Toma mi tarjeta y no te vayas muy lejos.
No, seguro, en lo que pueda ayudar. Lo que le dije de Laura no es tan así. Era una joven muy especial. Lo que sucede es que las relaciones en esta época se manejan así.
No se preocupe joven. Si recuerda algo por favor llámeme.
No todo fue perdido. El joven novio había dejado algo interesante. Un sitio web. Un club virtual.      —Era importante investigarlo —pensó—.  La web es un lugar que aloja una cantidad enorme de psicópatas y da  la mejor de las oportunidades para esconderse detrás de personalidades incomprobables y escurridizas. Si Jennifer pertenecía a la misma página, podía ser un comienzo.
Los pies le dolían enormemente. Sentía que tenía puestos zapatos con clavos en las suelas, y el piso eran brasas ardientes. Pero por primera vez tenía algo. Una luz se encendía en el oscuro camino a la captura del asesino. Entre improperios y maldiciones, fue levantando el camino al rectorado. Otra enorme caminata. Recordó al capitán y una palabra que no se podía repetir en presencia de menores, salió de su boca describiendo a su jefe. —Un regalo, el caso para que te retires tranquilo —me dijo—. Puro papeleo, más nada. —Mira en lo que estoy metido —pensó mientras caminaba al rectorado. Ya había estado más de cuatro horas en la universidad, y más de la mitad del tiempo ha sido caminando. Al fin llega entre sudores y espasmos al rectorado.
Al entrar, de inmediato a su mente vino la comparación con la casa estudiantil. El silencio, era el mejor regalo que llegó a sus  oídos. El orden, la limpieza. Los pisos estaban con un brillo propio de haber sacado lustres todos los días, por años. No era el resultado de un día de limpieza, era la consecuencia del perenne orden a través de muchos años en el tiempo. Debía ser así. Era una muestra subliminal del resultado del esfuerzo y la recompensa del tiempo. Pero  ese momento para él era un regalo a sus oídos. Paz, mucha paz y tranquilidad.
Esperó por unos veinte minutos, sentado a la puerta de la oficina del rector. Para algún otro eso hubiera sido un castigo. Pero para sus pies fue un regalo. Con mucho sigilo al sentarse se sacó el talón de cada zapato y los pies parecían tener cada uno más de cinco centímetros de su tamaño normal, desparramándose alrededor de los zapatos. La temperatura del salón seguro subió por lo menos unos diez grados más, producto del calor emanado por sus pies al ser liberados. Pero si algo no tenía precio. Era la cara de paz del detective  O´hara al aflojarse el calzado. 
La puerta del rectorado se abre, O´hara como puede se acomoda los pies dentro de los zapatos. Pero parecían ser escarpines en comparación al tamaño de sus pies. Con un fuerte jalón los mete en su sitio. Mientras el rector lo observaba, dejando escapar  una pequeña sonrisa.
Rector
Utilizando una voz engolada que acompañaba a un rostro muy serio.
Detective, ¿Ya está listo?, ¿Todo en orden?
Si seguro, gracias por recibirme.
Entre, por favor, ayudar a la ley es un deber.
Ya dentro de la oficina del rector, a O´hara no le fue posible dejar de notar las particularidades de la oficina. En las paredes no cabían más diplomas de especialidades y cursos aprobados por el Rector. Reflejaba lo que él era. Un hombre que vivió para los estudios. Sin duda era un hombre realizado. Trabajaba en un lugar que lo apasionaba. Siguió curioseando, en su escritorio, una foto familiar, otro valor moral a la vista. Todo un personaje el rector. Era un modelo ambulante de lo que creía; todo orden, todo rectitud, todo ejemplo.
Bien detective, dígame en que puedo ayudar.
Bueno rector, hoy vine acá, a su institución, para averiguar sobre el homicidio de una de sus alumnas. Claro eso ya usted lo sabe. La comisaría seguro le envío la orden con la cual me daba el permiso para estar acá.
Sí, supe del asesinato de la joven Laura. Y ¿Ha encontrado algo entre los jóvenes?
No sé rector, puede ser, ahí su ayuda. La joven Laura formaba parte de un grupo de lectura virtual. Hasta donde averigüé, era parte importante de su vida. ¿Cómo podría llegar a ese sitio?, ¿Quién podía ayudarme?
El rector lo pensó por un momento, y sonrió, con un gesto que entregaba el significado de haber encontrado la respuesta.
Tengo a la persona, espere un momento. ¿Quiere un café? Mientras espera que llegue el joven.
Si por favor, negro, sin azúcar.
Ok.
El rector presiona el intercomunicador.
Bárbara, por favor trae dos cafés negros sin azúcar y ubícame urgente a Harold, que se presente acá.
Gracias Rector, necesito ver una luz en este caso.
Le comenta O´hara con la expresión de preocupación dominando su rostro.
¿Porque lo dice?, ¿Apenas no fue ayer lo ocurrido?
Ojala fuera así rector, ¿Ha escuchado del asesino de las cartas?
Sí, un poco. No leo el diario donde se ha publicado. Pero la repercusión en los medios, ya cualquiera se entera. Pero ¿Me quiere decir que la segunda muerte anunciada, fue Laura?
Sí, así mismo. Y nada tan diferente entre una y otra. Son como el sol y la luna, el día y noche. Nada parece conectarlas y por ende nada me puede llevar al asesino. Pero si es esa página web. Si el asesino se esconde en el mundo virtual. Ahí tengo la posibilidad de encontrarlo.
O´hara degusto el café. Nuevamente llegó el recuerdo del agua colada de la comisaría. Si algo de provecho le había sacado a la calle estos últimos días, ha  sido al reencuentro con el verdadero y divino liquido oscuro, un placer al paladar y un energizante para recuperarse del cansancio de la amplia caminata del día, por lo menos así lo sentía su cuerpo. La puerta deja escuchar dos leves toques. Era la tradicional señal de Bárbara. Así normalmente avisaba que iba a entrar. El primer toque alertaba, si no había respuesta, un segundo golpe advertía que se disponía a entrar. Es el efecto de años trabajando juntos.
Rector aquí está Harold.
Por favor hágalo pasar.
Harold, ven siéntate con nosotros. Te presento al detective O´hara.
Mucho gusto detective, díganme ¿En qué puedo servirle?
Detective, Harold es el presidente del club de informática. Él es quien puede encontrar la respuesta a su pregunta.
O´hara deja a un lado el café. E inmediatamente se dirige al joven de grandes lentes.
Harold, estoy en la investigación de la muerte de una estudiante de la universidad. Quizás la conocías, su nombre era Laura Shepard.
Laura, ¿La asesinaron?
La noticia impacto al joven visiblemente.
Veo que la conociste. El asunto es que me enteré que frecuentaba un club virtual. Y quisiera llevarme hoy esa respuesta, ¿Cuál es el nombre de ese club?, ¿Habrá alguna manera de averiguarlo?
Sí, seguro. Y ni siquiera tengo que mover una tecla. Era asidua al club de lectura. Como muchos de los de acá. Es un portal que ha sido casi viral. Sabía su afinidad. Yo también formo parte de ella.
Tomó una hoja del escritorio del rector y sacó el bolígrafo de su camisa. Aquí tiene esta es la dirección web.
Perfecto Harold. Gracias por tu ayuda. Ahora te voy a preguntar otra cosa. No lo tomes a mal. Es pura rutina y debo preguntarte. Como haré con la mayoría de los asiduos a esa página. ¿Dónde estuviste anoche?
No se preocupe, está en lo suyo. Estuve en la reunión de festejo del juego de futbol. Junto a los chicos del club de informática. Cualquiera puede corroborarlo.
Ok, está bien. Como te dije. Pura rutina. Lo anoto y los chicos mañana, en las investigaciones lo corroborarán.
O´hara se despidió del rector, el dolor de los pies ya había pasado. De todos modos ya una patrulla lo había ido a buscar. Ya el ejercicio por el día de hoy fue más que suficiente.


Dos Sospechosos
En el camino O´hara no habló con los agentes de azul, solo pensaba en las posibilidad de encontrar en ese sitio virtual a Jennifer. —Tenía que ser, no podía haber otra cosa. Ese debía ser el vínculo entre ellas y el asesino —pensó. Movió su rostro  y dejó que su mirada se posara en el paisaje que pasaba corriendo frente a sus ojos. La arquitectura de la universidad de Ciudad Central era maravillosa. Dejó que la paz llegara al él por un momento. La experiencia de los años, le enseñó que para sobrevivir en ese medio no podía dejarse llevar por él. Era imprescindible alejarse de vez en cuando y respirar la paz. Sacó los audífonos de un pequeño radio de bolsillo que siempre llevaba con él, y comenzó a volar junto al sonido de su emisora favorita, que emitían en su palestra musical el estilo  clásico de Chopin o Beethoven. El sentido de libertad, de paz. Un colirio para poder ver luego las atrocidades en la que estaba sumergido desde que entró en las fuerzas policiales.
Ya en la comisaría llega donde Frank. Él era el experto informático de la división. Le entregó la dirección de la página web y los nombres de ambas chicas. Debía encontrar algo que las uniera. Le dejó la información y se retiró por un momento a su casa. El cuerpo le pedía una ducha. Era lo menos que podía regalarle luego de un esfuerzo que en años había dejado de exigirle.
El trabajo de investigación virtual no fue nada fácil. Llevó mucho tiempo entre  buscar y obtener la orden firmada por el juez de turno para llegar a la información que los dueños de la página web defendían, al considerarla  confidencial. Luego el  seguimiento y el permiso final, para trabajar como observadores de  todo el movimiento ejecutado en el portal. Fue desgastante, llevó mucho tiempo, tres semanas en la cual el asesino pudo encontrar una nueva víctima.  Sin embargo trajo resultados, se pudo comprobar que ambas jóvenes asesinadas formaban parte de los usuarios del portal. No todo fue buenas noticias, no tenían coincidencias entre sus amistades virtuales. Eso tumbó la teoría principal de O´hara. Pero no quitó que ese sitio virtual era el vínculo que unía a las víctimas con el asesino. El Portal llamado lectores y escritores de novelas era muy popular. Contaba con un número considerable de usuarios registrados, sobrepasaban los doce millones, e iba en crecimiento. O´hara pensó con detenimiento. Sabía que el asesino no era un hombre común. Lo hecho en las escenas del crimen, así lo reflejaba. Era un experto en no dejar rastros y ¿Por qué pensar que en la virtualidad no iba a ser igual? Tenía que ir más allá de lo obvio. Comenzó a escribir en su libreta, las múltiples posibilidades que le venían a la cabeza. Redactó toda la tarde todos los posibles movimientos que podía realizar para proteger su identidad. —El tipo era un mago, pero como todo mago vive de los trucos, de la ilusión. No hay magia real en la vida, todo mago es terrenal; vive de la ilusión, de la trampa, del truco —pensó.
Ya, en la avanzada tarde, se reunió con el experto informático. Le hizo una pregunta directa.
Frank, dime esto concretamente.  Por favor piensa todas las opciones antes de responderme. El asesino que buscamos es un tipo muy inteligente. Seguro un experto en actividades de ocultarse. En las escenas del crimen nos dejó sin nada y posiblemente sea igual en el mundo virtual. Pero, responde esto, ¿Hay alguna manera que  este portal lo haga conocer de forma interesante?, ¿Qué sin  responder un mensaje directo haga que alguien salga del mundo irreal y lo localice? Pero,  escucha esto que es lo más importante,  ¿Qué no quede en internet ningún rastro de comunicación entre ellos?
Frank calló por unos minutos, se mantuvo pensativo, observando a O´hara a los ojos, mientras meditaba.
Déjame pensar en ello. Dame esta noche. Déjame investigar las posibilidades. Tratar de pensar como él. Nos reunimos mañana. Si hay alguna forma, te juro que pondré mi empeño para encontrarlo.
O´hara se sintió complacido con la respuesta de Frank. Fue sincera, y creyó en él. De no ser así, hubiera respondido en el momento cualquier cosa, lo que fuera con tal de salir del compromiso.
El estrés del día, hizo que el cuerpo le pidiera por lo menos un trago. Tomó su chaqueta y se dirigió al bar de la tercera y cuarta avenida. Un local famoso por albergar a los policías de los distritos cercanos. Caminó unas seis cuadras desde la comisaría. Quería despejar la mente antes de entrar al bullicio de un conjunto de policías locos. De pronto una sonrisa llegó a su rostro. Recordó la caminata en la universidad y donde se juró no recorrer más de dos  cuadras a pie. Hoy rompió la promesa, pero para eso son las promesas, para romperlas de vez en cuando y dejar ver que él también es humano, a pesar de la inmundicia que lo rodea. Tomó los audífonos y se los colocó. Dejando escapar las melodías clásicas que tanto lo relajaban. Mientras veía a la ciudad como un ser vivo. Siendo las calles las arterias y las personas  la sangre que corrían por ella, en busca de la actividad y dar vida al corazón de aquella ciudad. Pero en todo organismo hay gérmenes, virus malignos. Él vendría siendo el sistema inmunológico, pero como en la vida real, había enfermedades que podían con el sistema. El sida era un caso y en la vida real los asesinos seriales que nunca pudieron ser atrapados. Como Jack el  destripador dejó su huella, igual que aquella penosa enfermedad se libró del sistema inmunológico y desató su furia. Pensó que él no quería ser otro leucocito vencido. Caminó y se dejó llevar por las melodías. Vio a su izquierda una pequeña plaza, había una banca solitaria y decidió darle la compañía de su cuerpo. Se sentó en ella asociado a las melodías clásicas que su pequeño radio le brindaba. Disfrutó viendo a un anciano dando de comer a las palomas, que como pequeñas máquinas de coser eléctricas daban sus toques rápidos y precisos en busca de las migajas de pan, que aquel anciano les daba con el mayor de los placeres.  Dejó que la brisa tocara su rostro, sentía como su cabello se movía al ritmo de la tenue brizna de aire fresco. Cerró los ojos y se dejó llevar por las melodías, despegó del mundo real y viajó a través de los parámetros establecidos en la vida común y encontró la paz. O´hara decidió seguir su camino, antes de irse buscó nuevamente con la mirada al anciano, ya no estaba, ni tampoco las aves, ambos habían cumplido con su día de encuentro que seguro se repetirá hasta que el anciano emita su último suspiro de vida.
O´hara había llegado al bar de la tercera y cuarta avenida. En la puerta estaba Brad, hacía las veces de portero. Una beca, ya que no tenía nada que proteger, era un bar visitado por policías, que mayor protección que esa. Lo saludó y entró al local. Apenas ingresó los saludos no dejaron de faltar. La eterna burla del gremio, esa era la manera de escapar de la inmundicia, siendo alegre. Saludo a todos. Era el más veterano de los que estaban en el sitio. Se sentó en la barra y ya tenía su trago servido. Tantos años yendo a ese lugar para escapar por algún momento de las imágenes del día de trabajo. No era como un bar de periodistas o de abogados. Donde hablar de los logros era la prioridad —Aquí era jodernos la vida, burlarnos los unos de los otros el reto de los dardos y ahogar los recuerdos en alcohol —pensó.  A eso iba O´hara hoy. No a alcoholizarse, más bien a entonarse un poco, a relajarse. Mientras tomaba su trago una voz conocida se deja escuchar a su lado.
Entonces O´hara. Contando ya los días para librarte de esta vida.
Martin, hermano, ¿Cómo está la gente del segundo cuadrante?
Bien hermano. Llenos de la mierda de las calles. Nada ha cambiado. Aquí me ves, ahogando los recuerdos en alcohol.
Y tu ¿Para cuándo te retiras?
Me falta un año. Tú y yo entramos casi igual. Tenemos comiendo mierda por un prolongado tiempo.
Sí, así es. Aunque se me ha complicado un poco la salida, disculpa que rompa la tradición trayendo la mierda acá.
Le indica O´hara con amargura en sus palabras.
No tranquilo. Entre nosotros no hay protocolos. Si, ese asesino es un problema. Pero una vez más y lo heredan las brujas federales.
Sí, pero me da un reconcomio enorme, que mi último caso caiga en manos de las brujas. Estoy haciendo todo lo posible por evitarlo. Pero bueno. Ya basta de mierda. ¿Qué tal si nos vamos al reto de los dardos?
Vamos O´hara, déjame humillarte como despedida de la inmundicia, en tu próximo viaje a la libertad.
Así O´hara culminó ese día, entre los compañeros de toda una vida. En el gremio que tanta inmundicia trajo a su existencia, pero que le costaba dejar. Esa empatía que se lograba entre los hombres de justicia directa en pocos lugares se podía igualar. En un pelotón de guerra quizás. No eran solo compañeros de trabajo, eran hermanos, una familia.
El día había llegado nuevamente. La mañana se juntó al dolor de cabeza que un whisky barato provocaba. Pero  tantos años de policía, le daban la experiencia, un café y dos pastillas eran suficientes para llegar intacto a la comisaría. Salió de su casa con el objetico de reunirse con Frank. Algo debía haber conseguido, el asesino no podía ser el único inteligente, él era bueno en lo suyo y Frank también lo era en su especialidad. Ambos podían deducir la vía de escape del psicópata asesino. Llegó rápido al escritorio de Frank. Su rostro reflejaba el cansancio de una larga noche de trabajo.
Te estaba esperando, hablamos y me voy directo a tomarme una ducha y dormir un par de horas.
Claro Frank, te agradezco lo que hayas encontrado, ¿Porque, averiguaste algo verdad?, ese sujeto no puede ser invisible.
Si encontré algo. No solo eso, te dejé trabajo para irme a dormir tranquilo. Escúchame atento, investigué como podía captar jóvenes sin un contacto directo. Viajé a través de todo el portal y encontré una forma. Una de las entradas más buscadas y que no deja registro es la de los poetas y escritores. Estos colocan su material, los escritos pueden reflejar alguna coincidencia con las cartas del asesino, y quizás por ahí puedas encontrarlo.  De ahí a ubicar el modus operandi, hay un paso. Te dejé una lista de posibles candidatos con antecedentes, y otros con poemas con similitudes a las cartas.
Frank, te ganaste esa ducha y tus horas de sueño. Una luz, eso era lo que quería, una luz para alumbrar el camino donde se esconde el asesino.
Frank bajó la lista de autores que giraba alrededor de veinticinco mil, encontró a diez potenciales sospechosos. Los poemas tenían grandes similitudes con los asesinatos previos. De los diez individuos seis tenían antecedentes, dos de ellos por violación, los otros cuatro estaban limpios. Comenzó como el librito policial indicaba. Usando la lógica de los antecedentes. Aunque muy dentro de sí, pensó que un sujeto como ese no debía tener historial alguno. Sin embargo siguió las pautas. No había porque romperlas, no existía por ahora una nueva carta que exigiera saltar la lógica y trabajar en base al instinto. Entregó la orden de captura de los seis sospechosos con antecedentes. Todos habían pagado una pena de cárcel. Y no les convenía esconderse y estropear su libertad condicional.
El primero en llegar fue Peter Cross. Era un tipo intimidante de la misma envergadura de O´hara, muy alto y fuerte, caucásico, en la cara tenía la huella que reflejaba ser un hombre de la calle, una cicatriz que bordeaba su mejilla izquierda lo demostraba, O´hara lo hizo pasar a la sala de interrogatorios, ahí lo dejó esperando por unos veinte minutos. Ya los años le habían enseñado que sujetos como ese eran como animales salvajes en cautiverio. Mientras más los hacías esperar en un lugar cerrado, dejabas que su lado salvaje se hiciera presente. Pasado ese tiempo O´hara entró en la habitación.
Peter Cross, ese es tu nombre, ¿Cierto?
Si detective, ese es mi nombre.
Respondiendo con serenidad, esa aptitud tomó a   O´hara por sorpresa.
¿Sabes porque estas acá?
No, en realidad no tengo idea
Quiero que veas esto atentamente.
Dejando caer las fotos de los asesinatos al abrir un sobre.
¿Y esto porque me lo enseña a mí?
Fue una respuesta con algo de nervio, eso le gustó a O´hara.
Dime tú, ¿Por qué lo hiciste?
No sé de dónde saca semejante idea, vine de buena fe, pero no para ser carne de cañón en su búsqueda de a quién achacar culpas.
Convénceme, dime ¿Por qué escribiste estos poemas?
Lanzándolos a la mesa.
Justamente porque a través de ellos, aprendí a controlar mi locura, gracias a ellos encontré la paz. Por ahí dreno mis demonios.
Con enojo en sus palabras.
A través de tus poemas. Y de estas cartas.
Dejando caer  las cartas elaboradas por el asesino junto a los poemas.
No sé de qué hablas, quiero un abogado.
¿Estás seguro?, confiesa ahora y evita morir calcinado en la silla eléctrica.
Te digo que quiero un abogado.
De forma tajante corta cualquier intercambio de palabras con O´hara.
Bueno así será, pero no hay vuelta atrás, lo que te prometí ahora, no volverá a suceder. ,
—Tiene que ser él, ese nerviosismo, tiene que ser él —pensó. O´hara. A la hora se presentó un abogado público. Se reunió con O´hara, este le entregó los datos de los hechos, con los que era culpado su ahora cliente. Luego pasó con el sospechoso y quince minutos después pidió reunirse con O´hara.
Listo capitán, es él, ni quince minutos, el abogado hizo su trabajo, encontró que no tenía posibilidad y ahora quiere rogar por un trato. Pero que se olvide. El único trato es que al confesar, se libera de la silla eléctrica. Pero el pasar de por vida en la cárcel, de eso no se salva.
 Y de inmediato se dirigió a reunirse con ambos.
Ya le dije a su cliente que no hay trato posible. Se lo ofrecí y no lo quiso en su momento. Pero como usted sabe una confesión lo libera de morir en la silla eléctrica.
Le indica con el rostro enmarcado con la seriedad de la victoria.
Detective, no lo llamo para nada de eso. En realidad es para que deje de inmediato en libertad a  mi cliente.
¿Pero cómo?, está loco.
No detective y un poco de respeto. Como verá, en las fechas en que sucedieron los asesinatos mi defendido estaba trabajando en labor social. Ya tiene más de un año como encargado nocturno del albergue de la calle cuatro, junto al padre Julián. Puede llamarlo y comprobarlo.
Por favor abogado ni usted se cree esa coartada.
Le dice, ya bajando un poco el tono de seguridad.
Bueno corrobore, yo espero.
Le indica el abogado derrochando tranquilidad.
O´hara sale del cuarto de interrogatorio como un demonio, sabía que el abogado no estaba mintiendo. Fue muy rápido. —Claro si un cura es la coartada, cualquiera está confiado —pensó amargado.  Así fue, el padre corroboró la historia. Igual pasó con cada uno de los sospechosos con antecedentes. Todos tenían coartadas que los exoneraban del hecho delictivo.
O´hara cambió el enfoque, ahora pasaría de lo obvio a lo imposible. No mandó a buscar a los cuatro restantes, primero los investigó, buscó algo truculento en el pasado de ellos que revelara cuál era su némesis. Randolph White, Frank Conery, Rene Black y Donald Pierce, eran los cuatro sospechosos que habían escrito poemas con tendencias muy parecidas a las cartas elaboradas por el asesino. Ya había pasado un mes desde el último asesinato, O´hara comenzó al azar. Inicio con Randolph White, un abogado de segundo nivel. Lo ubicó, pensó confrontarlo y así lo hizo. El tipo estaba limpio o por lo menos lo aparentaba. Su vocación estaba vinculada a la defensa de personas desposeídas. Pero O´hara pensó que el asesino había demostrado ser un hombre muy escurridizo. Esa pantalla podría ser la ideal. Un abogado que ayuda a los inocentes que no tienen como pagar una defensa digna. Era ir contra la lógica —Pero ¿Qué ha sido lógico desde el inicio de este caso?    —se preguntó.
O´hara salió con la idea fija de presentarse en la oficina de Randolph White. Estaba ubicada en una de las calles más humildes de la ciudad. Caminó una pequeña distancia. Dejó el vehículo estacionado a pocos metros de la oficina. La puerta de entrada estaba enclavada en todo el centro de la calle, como si hubiera sido medida con precisión las distancias entre una punta y otra. Todos los negocios alrededor de la oficina del abogado, eran tiendas muy humildes de abarrotes. Donde las múltiples nacionalidades eran el factor común. Personas del mundo que huyeron de su realidad nacional, buscando el sueño americano. Llegó a la puerta, era de madera muy vieja, se notaba el paso de los años en ella. Un cartel que distinguía su nombre con el antepuesto de su profesión y la invitación a entrar. Gira la manija y empuja para ingresar. Una campana colocada en el marco de la puerta suena advirtiendo su presencia. Era una oficina muy pequeña, de unos  seis metros por seis, a la derecha de la oficina una menuda mesa con una cafetera eléctrica. En el centro un escritorio con una silla muy modesta para recibir a los necesitados del servicio. Todo muy humilde, pero ordenado. Sentado estaba él, un hombre de mediana edad, de tez oscura, con cabello grueso perfectamente cortado a no más de medio centímetro del cuero cabelludo. Al ver al detective dejó escapar un haz de luz reflejado en sus muy blancos dientes.
Buenas tardes, siéntese por favor, cuénteme su caso.
Abogado, hoy no tiene frente sí a un cliente. Soy detective de la comisaría del cuarto cuadrante. Me llamo Robert O´hara, y necesito hacerle unas preguntas.
El abogado no podía salir de la sorpresa. Su rostro se transformó, la expresión de cordialidad y la sonrisa que exponía los inmensos dientes blancos había desaparecido. No entendía que quería aquel detective. Con esa voz amenazante, como si supiera algo de él, un secreto oculto. Se levantó lentamente del escritorio, O´hara de manera sutil llevó la mano a la cintura donde estaba su arma de reglamento, preparado por cualquier intento de atacar por parte del abogado. La tensión estaba apoderada del lugar. Por un instante Randolph White se quedó parado a la izquierda de O´hara.       —¿Desea un café detective    O´hara? —expresó el abogado. Rompiendo el momento de tensión. —A veces, en  ocasiones incómodas como esta un café es necesario, no sé por qué está acá, pero estoy dispuesto a ayudarlo, si hay algo que me involucre de alguna manera con algo hecho por un criminal —dijo en un tono muy suave y calmado. Con tranquilidad la mano de O´hara cambia de posición. La tensión en su rostro se amilanó. Miró fijamente a Randolph. Este no demostraba temor. Tomó dos pequeñas tazas que reposaban en la menuda y básica mesa. Sirvió ambos cafés, entregando uno al detective, mientras tomaba nuevamente asiento.
Dígame detective ¿A que debo su visita?
Me gustaría conversar por su gusto por la poesía.
¿Mi gusto?, no entiendo.
Ok. Seré más directo. Usted publica semanalmente poemas con toques muy específicos en ellos. Temas que han hecho que me acerque a usted. ¿Ahora entiende?
De repente y de forma sorpresiva el abogado lanza el ardiente café en la cara de O´hara, abre la gaveta del escritorio sacando un revolver. Un sonido seco tronó, como segundos después de un relámpago en un día de tormenta. Un cuadro que reflejó la técnica de Picasso, apareció de pronto en la pared con un color rojo penetrante. Un golpe seco estremeció el piso de aquella oficina. El cuerpo del abogado cayó inerte, sin vida. O´hara desde el piso con el efecto del ardor en la cara producto del líquido hirviente y oscuro, observaba con la adrenalina apoderada de las acciones de su cuerpo y el humeante revolver en su mano izquierda. Se levanta y se acerca al cuerpo del abogado constatando la falta de signos vitales en su ser. La frente reflejaba un tercer ojo, justo en el medio de esta producto del proyectil que segundos antes había zumbado por la habitación. Observa de un lado a otro.  Busca algo que explique el súbito ataque de aquel sujeto.  De pronto, su mirada se dirige  bajo el escritorio,  un desnivel que no concordaba con las líneas rectas del piso. De un salto se levanta. Mueve el escritorio. Se pone sus guantes de látex para evitar contaminar la escena. Dio pequeños golpes en el piso hasta que generó una respuesta. Una pequeña puerta se dejó ver sutilmente. Con el bolígrafo por una de las esquinas la levanta, hasta que pudo introducir su mano derecha. Era la entrada a un sótano disimulado. La oscuridad era muy espesa,  pero se llegaba a ver el final de una pequeña escalera, del tamaño justo para que un hombre de la contextura del abogado pudiera entrar. Lo primero que hizo antes de bajar fue dirigirse a la puerta y cerrar la oficina por dentro. Abrió la puerta y verificó a cada lado de la calle. Nadie se había dado cuenta del sonido del disparo. Cerró con seguro, retornando nuevamente a la puerta secreta. Tomó su pequeña lámpara de bolsillo y la encendió.  La colocó entre los dientes para poder bajar armado, preparado para cualquier sorpresa. La oscuridad  era tan densa como podría ser en el fondo del océano. Bajó por aquella escalera. Calculó que una altura no menor de tres metros era el recorrido. Al tocar piso tomó con la mano derecha la pequeña lámpara y con la izquierda que era su mano hábil, el revolver presto a utilizarlo si era necesario. La poca luz que poseía, le daba la visión clara de no más de un metro y medio delante de él. Estaba en un pasillo, de un metro de ancho aproximadamente, buscó un interruptor de luz, a su izquierda no encontró nada, igual a la derecha. Dirigió la lámpara al techo. —Eureka. —dijo. Ahí estaba un bombillo colgante. Haló la pequeña  cuerda, y la luz alumbró la primera parte de un pasillo de unos diez metros de largo, reflejando tres  puertas en cada pared, seis habitaciones, todas con candados. De un disparo voló el primero de ellos. Giró la perilla de la puerta y la empujó entrando con la pistola y la linterna en cada mano, lo que vio lo estremeció.
El sonido de las sirenas de las patrullas envolvió la calle. Como una sinfonía interpretada por la primera orquesta clásica nacional  en un anfiteatro. El lugar fue completamente acordonado, tres pequeños niños en avanzado estado de desnutrición y el cuerpo sin vida  de un pequeño de cuatro años fue el saldo del descubrimiento del detective.
O´hara estaba en una esquina de la pequeña oficina. Los compañeros de azul respetaron su silencio. La amargura de aquel horrendo cuadro lo había llenado de rabia. El enojo de haber acabado de forma tan fácil la vida de aquel asesino pedófilo. Le había facilitado la salida. Sabía que la muerte para un tipo así era el castigo más ligero. Un psicópata de esa calaña merecía ser la prostituta de mil prisioneros de la peor cárcel del mundo por el resto de su vida y aún más. En el camino por encontrar al asesino de las cartas, se encontró con un desvío que lo llevó a abrir una cloaca de perdición, un maldito pedófilo menos en una sociedad infectada por las maldades más bajas que podía sufrir el ser humano.
O´hara recibió las felicitaciones y el reconocimiento de la alcaldía y de sus jefes directos. Una pesadilla menos en Ciudad Central. Pero la preocupación estaba presente. Solo había sido un éxito dentro del fracaso por encontrar al asesino de las cartas. Se encontraba nuevamente en el limbo. Su instinto le indicaba que el homicida permanecía oculto. Dentro de las paredes virtuales de aquel portal.  Donde navegaban cualquier cantidad de psicópatas en busca de víctimas o como en el caso del pedófilo capturado, sirviendo para liberar en escritos los hechos de sus acciones derivadas de sus bajos instintos.


Es un Asesino Serial
La popularidad  de Curtis estaba en el  apogeo, se aprovechó al máximo de las cartas recibidas por el asesino o su cómplice, un concepto que aún estaba en deuda. La columna que había  adicionado al hecho de las cartas catapultó su fama, donde usando toda su sapiencia de periodista, escribía hipótesis sobre la personalidad del asesino, las posibles causas de los homicidios, las víctimas potenciales y así cada día inventaba un nuevo ambiente, inspirado en el criminal. Los lectores se multiplicaron, la atención generada lo había convertido en una celebridad, el premio mayor que distinguía al mejor reportaje anual, era casi un hecho que quedaría en sus manos. Curtis había estirado al máximo los quince minutos de fama a los que está destinada cualquier persona viviente en este planeta.
El cafetín del diario la Intriga estaba atiborrado de periodistas, luchando por no tomar el fondo del recipiente de la vieja cafetera del pequeño cuarto de descanso. Curtis fue el primero en depositar el líquido negro en el pequeño vaso plástico y dejar que la pelea continuara en su mayor apogeo. El periódico en la mañana parecía un campo de guerra, donde los periodistas corrían de un lado a otro. Como soldados saltando por las trincheras intercambiando municiones con el enemigo. Pero estos en espera de noticias por parte de sus fuentes o en búsquedas de lo último presentado en el mundo, a través de la velocidad del internet. Curtis por su parte tenía otras expectativas, más oscuras, su fe estaba concentrada en el anuncio de la muerte de una joven y su fuente era nada más y nada menos que el hombre que la ejecutaba, o por lo menos un testigo de los planes del psicópata. Si era pensado en una forma fría, era la búsqueda de la fama y el éxito a costa de la muerte de una persona. Era desear la muerte de alguien para ser exitoso, no era algo que afectara en demasía, por no decir en nada a Curtis. Ya las ideas para estirar los hechos en su columna se le estaban acabando, y O´hara no le había dado mucho material al caso por parte de los hombres de la ley.
El editor en jefe analizaba las estadísticas de las ventas del último trimestre. Estas casi se habían duplicado. Resultado del éxito con la exclusividad del caso del asesino de las cartas. Esa tarde tenía la reunión con la junta directiva y estaba muy confiado del resultado. Nunca había tenido esos números para presentar ante sus jefes. Tomó su café con chocolate de la mañana, un lujo que se podía dar, algo tenía que diferenciarlo de sus tropas de periodistas que se mataban por un café recalentado en las mañana. El sonido de un toque en la puerta de su oficina lo saca de su concentración, era Lorena su asistente. Le traía la correspondencia de la mañana, la tomó. Como todas las semanas le llegaban los sobres con propaganda de ventas de cualquier cosa que no necesitaba, además de algunas cuentas pendientes de servicios por cancelar. Era un hombre solitario con tres divorcios a cuestas. Una persona con ese tipo de empleo normalmente fracasa en el amor. Era muy difícil poder mantener el ritmo de un matrimonio acoplado a la labor de gerenciar un diario, por ende debía manejar cada gasto de servicio de forma minuciosa. Ese era el tiempo que disponía y el tipo de hogar que administraba. Una casa sola y a distancia.
Mientras escogía los sobres que abría, miraba minuciosamente su presentación. En eso, observa un sobre grueso al final de la bandeja. Estaba a su nombre, hecho con un sello de goma. El sobre se sentía con un relleno irregular, lo abrió y de él salieron pelotillas de anime que se regaron sobre su escritorio, estos  le daban la impresión de grosor al sobre, entre ellos aparecía una pequeña carta con el nombre de Curtis realizado con recortes de revistas. Al verlo se levanta de un tiro del escritorio, dejando caer la totalidad de las cartas de la bandeja al piso. Llegó de una zancada a la puerta de su oficina, emanando un grito fuerte y seco.    — ¡Curtis, ven acá en ese instante!. El grito llamó de inmediato la atención del reportero desde su escritorio. Dirigiendo su vista hacia la puerta de la oficina del editor, percibió como este le señalaba un sobre que sostenía en su mano. Las facciones de la cara de Curtis cambiaron de un solo golpe. La sonrisa se amplió, su rostro parecía muy pequeño para contenerla. —Era él, una nueva carta, el juego nuevamente había comenzado —se dijo. Mientras se dirigía a la oficina del editor.
Curtis tomó el sobre, al igual que los dos anteriores las letras recortadas de revistas formaban las palabras con que describía las características del anuncio del nuevo asesinato por venir,  el mensaje era claro.
“La tercera víctima ya está en proceso. No han podido detenerlo. Él me vigila, se cómo lo va a hacer, ella es la tercera en el vínculo de la amistad pasada, con ella muere el ciclo de la amistad, ella quedará orando al creador, unidas sus manos con el alambre de la pureza, luego de haber dejado limpio su aire.  Es   la  tercera, no  dejen que continúe.”
— Ese es mi asesino favorito, ¿viste lo que colocó?, que drama, con que clase, nada, esto va a romper todos los record, no va a haber papel en todo el edificio para emitir todos los periódicos que van a pedir en las calles, este tipo me va  a llevar a la fama mundial—dijo Curtis con todo el desparpajo del momento.
O’hara estaba en ese instante investigando sobre los otros tres sospechosos que quedaban en su agenda. No encontraba nada que lo llevara a una causa probable, ya había interrogado a dos de ellos. Sus coartadas eran reales y no encajaban para nada en el perfil del asesino. El sonido del teléfono lo saca de concentración.
—Aló —dijo al tomar el auricular del teléfono. Era Curtis dando la noticia que él no esperaba escuchar, por lo menos antes de tener alguna pista. Se dirigió  a las instalaciones del  periódico, a verificar los detalles reflejados en la carta del asesino. Tenía claro que era su última oportunidad antes de que los federales tomaran el caso. Tres homicidios con las mismas características ya era considerado como un asesino en serie y pasaba a ser responsabilidad del ente federal. Era su última oportunidad. Quizás para cualquier detective en proceso de jubilación fuera un alivio. Para O´hara sería un terrible fracaso.  No se perdonaría perder la oportunidad de detenerlo y evitar retirarse con la burla del criminal persiguiéndolo por el resto de su vida. El periódico ya estaba en circulación, la comisaría era un hervidero, los teléfonos no dejaban de sonar, ya era de conocimiento público. Las llamadas de mujeres alarmadas, junto a la de periodistas hambrientos de información diferente a la de Curtis, quien era el protagonista de los medios de comunicación. Todo era una locura. O´hara estaba a rabiar, sabía que era ahora o nunca, solo nos más de veinticuatro horas lo separaban del éxito o del embarazoso momento de entregar sus archivos a los federales. El sudor corría por su frente, su mente estaba estancada. Intentaba ver más allá de ir y navegar dentro de la mente del asesino, pero no, el sujeto era astuto al extremo. Aun alertando a la justicia era intocable. Oculto dentro de los escondites que proporcionaba la sociedad. Mientras él continuaba hundido en papeles, buscando si era posible encontrar algún sospechoso, algún error en el pasado que haya dejado el psicópata que lo amarre a una identidad. Las horas fueron pasando, el tiempo se fue consumiendo. Como la leña en una chimenea en un invierno voraz. Ya era poco, solo esperar y tener la suerte de un llamado de alerta, un falló o solamente el arrepentimiento del asesino.
Eran las once de la noche, O´hara seguía engullendo historia policial. Enterrado en una montaña de papeles, buscando un milagro.  Un golpe en su escritorio  lo sacó de su letargo mental. Como un sismo a un grupo de aves salvajes. Era Frank,       O´hara lo mira y ve su expresión. No tenía que emitir ningún sonido, ya O´hara sabía la respuesta.  —Lo tenemos —dijo en voz alta.
Frank, estaba acelerado, como si no supiera con cual palabra comenzar la oración.
Revise nuevamente y amplié el rango de búsqueda, más allá de los diez primeros sospechosos, y encontré estos  tres poemas que hoy publicó hace no más de una hora un tal George Lowell, léelo. Saca tus propias conclusiones.
O´hara sonríe y levanta la mirada para ver directamente a los ojos a Frank.
Mira al muy cínico. Dio la cara y pagará su atrevimiento.
Dijo O´hara con cara de satisfacción.
George Lowell, Publicista según su biografía en el portal.  Tenía escritos insinuantes, sensuales, con un toque de aberrada religión. Pero nada más, apenas había publicado dos poemas. Pero el programa que corrió Frank encontró tres poemas nuevos, que tenían cien por ciento de coincidencia con las cartas publicadas por el asesino.
En una habitación de un hotel en el centro de la ciudad, estaba por ocurrir una escena de sexo ardiente y quizás algo más........
Eres más apasionado  de lo que imaginaba.
Mis escritos salen de mi mente, es  parte  de  mí,  de  mis  vivencias, quiero compartirlas contigo.
Sí,  hazme  volar,  ver  ángeles como en tú ultimo escrito.
Los cuerpos  se fusionaron. Ella dejó correr  por  su existencia el  pequeño vestido de trasparencias. Estaba completamente desnuda, un hermoso cuerpo deleitó los ojos del caballero. Su ser pedía a gritos ser tomado. Como león  en  busca  de  su  presa atacó. Sus manos, como tentáculos de calamar gigante rodean aquella espléndida figura. Labios y bocas se unieron en un intercambio de almas y fluidos. Su cuello fue  el  segundo  paso  de un recorrido celestial.  Su boca y lengua dejaban al descubierto  sensaciones. Su piel se erizaba  al ser recorridas por él. Las manos  se entretenían entre la forma curvilínea de sus glúteos, como agujas de reloj sus cuerpos  iban avanzando. Están siendo contrarios, como dos números iguales pero con sentidos diferentes. Sus bocas entran y adsorben  su esencia sexual. Ambos como maquinas  inversas dan lo mejor de sí, para hacer sentir al otro su presencia. Él nada dentro de ella. La fémina degusta su pasión. Otro giro y ella flota con su cara en la almohada y él toma su  espalda.  Como soldado  lo hace en guerra y toma para sí a una colina del enemigo. El  momento, el asalto a lo prohibido. Atrás fue la entrada, el dolor y el disfrute se manifestó en sus quejidos. Le unió las manos y le pidió que las juntara. Él la penetró, la hizo suya. Emulando su   fantasía,  rezando   al creador. Ella gime y entre dientes   exclama con todo el erotismo del momento: “Nunca  me habían hecho sentir  así, que divino, eres lo máximo George”.
Un fuerte golpe en la puerta de la habitación hace que George Lowell caiga de la cama, asustado, temeroso, sin entender que estaba pasando. —Vamos es  aquí,  tumben la puerta, puede estar viva todavía. Un grito que se dejó  escuchar mientras la puerta caía y abría el camino a la habitación.
Minutos previo al allanamiento…
George Lowell,  había cometido una serie de errores y O´hara no los desaprovechó, estaba en sus manos. Frank había entrado en la sección de mensajes del portal.  Lowell había contactado a una mujer que pertenecía al grupo de la red social, era extraño, un golpe de suerte. Pensó O´hara. El psicópata había dejado un cabo suelto, su obsesión  por el sexo  y la religión lo llevó a retar más allá de sus posibilidades a la ley. —Nadie es tan cínico, nadie puede ser tan descarado, pero esa fue su perdición —se dijo a sí mismo el detective. El intercambio de mensajes fue muy ardiente y al final se citaron y dejaron la dirección del hotel.  Le tomó una hora poder conseguir una orden para allanar la habitación. El tiempo se hizo mínimo. —A la media noche seguro ejecutaba su asesinato  —pensó. Varios  jueces  le  dijeron que no había  motivo y podía  estar violando los derechos  de privacidad de ambos. Se cobró un viejo favor con un juez,  no sin  antes este advertirle que podía ser suspendido  si se equivocaba. Nada de eso importaba, estaba seguro.
O´hara entró  en la habitación justo después de caer la puerta,  vio a una hermosa mujer con las manos atadas en posición de oración y un hombre tirado al lado de la cama con una expresión de terror en su rostro. Como nunca había visto uno, pálido como una hoja de papel estaba la faz del asesino.  Acurrucado al lado de la cama, temeroso. Junto a él reposaba una cámara  fotográfica.  Rápidamente lo  agarraron y esposaron. O´hara se acercó a ese hombre que gritaba, que preguntaba que pasaba,  el motivo de estar esposado y al oído le dijo, —Se acabó tu aberración. Fue llevado detenido y a la joven como testigo.
O´hara no podía esperar, necesitaba entrar en ese cuarto de interrogatorios, terminar de una vez por toda con esa pesadilla. Las afueras de la comisaría estaba atiborrada de periodistas, ya la noticia había corrido como la pólvora. Entre ellos estaba Curtis, no muy contento. Su noticia había llegado al clímax, pero pensaba que pudo haberle sacado más. Por lo menos si hubiera matado a dos más, seguro que la historia lo habría llevado a la fama nacional.  Pero el reconocido va a ser otro, el Detective O´hara.
—Bien O´hara entra a interrogar, yo estaré observando desde la cabina.  —Dando la orden el capitán.  O´hara entra, el posible psicópata lo mira con temor. Una mirada que no esperaba, pensó que lo había subido a un altar, que aquel sujeto lo que había tenido era mucha suerte, quizás una serie de eventos casuales lo llevaron a salir desapercibido de los dos homicidios anteriores. Ese individuo no reflejaba lo que él pensó en su momento encontrar.
Dime psicópata de pacotilla, ¿Disfrutabas matando a esas pobres jóvenes indefensas?
Con esa pregunta abrió el detective su interrogatorio en busca de una confesión.
No sé de qué habla, yo estaba disfrutando de mi libertad de sexo. Eso no es delito.
No es delito porque llegamos a tiempo. Antes de que la mataras.
Matar,  usted  está  loco, nosotros solo teníamos una fantasía y la estábamos realizando, eso no es delito. Quiero un abogado.
Hasta ahí llegó el interrogatorio. El sospechoso esperaba por su abogado, la testigo no ayudó mucho. Su historia se dirigía sobre el hecho de tener una  fantasía sexual, como el  asesino  de las cartas.  Para ella era solo un juego, nada más. —¿Sería posible?, ¿Lowell, no era el asesino? —se preguntaba O´hara enloquecido.
Había amanecido. El caso estaba en manos del fiscal  y el  abogado de Lowell. O´hara no sabía que pensar, era cierto que encontraron al sospechoso teniendo a la mujer maniatada, como predecía la última carta del asesino. Los poemas anteriores eran copia fiel de las cartas enviadas por el homicida. Pero no había un cuchillo, solo una cámara y el sujeto no era lo que él esperaba, un hombre frio, inteligente, por el contrario este era un tipo simplón y cobarde.  Las pistas que dejó, —¿Cómo pudo ser tan estúpido en esta ocasión? —pensó. Siempre fue un tipo escurridizo en extremo, minucioso, ordenado, y esta vez fue todo lo contrario. Ese pensamiento lo atormentaba. Lo que sentía muy dentro de sí O´hara, estaba por suceder,  el fiscal lo llamó  indicando  que debía dejar ir  a George Lowell.
Como lo va a dejar ir, lo encontramos en el acto, impedimos que matara a la joven.
O’hara, el caballero tiene solidas coartadas para los homicidios, es culpable  solo de su extraño gusto por el sexo, no más, un estúpido imitador fetichista.
No solo esa noticia llegó en ese momento a        O´hara,  casi de forma simultánea un hombre de azul entra en escena y da la noticia que el detective no quería escuchar. Encontraron el cuerpo de la víctima del asesino de las cartas en la habitación D55 del hotel Conde. Ese fue el final de O´hara en el caso del asesino de las cartas, su despedida y el recuerdo que lo atormentará por siempre.
El agente John Smith después de leer con detenimiento el informe de O’hara y el perfil de Quántico, vio una paridad en las conclusiones.  Las tres jóvenes eran parte del grupo de la red social, George Lowell  era un candidato ideal. Pero solo  era un imitador, no era asesino. Además tres coartadas directas, la última la más veraz, estaba en la estación de policía cuando sucedió el asesinato.
—Ya  Hill debe estar por llegar —pensó. Veremos  que indica el resultado  del forense y escudriñaremos la vida de la cuarta víctima. La primera desde que este sujeto fue declarado por la ley federal como un Asesino Serial.




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