En la Psiquis del
Asesino
Las crónicas de
John Smith
Parte Uno
Los Homicidios
Los Homicidios
El Cuarto Homicidio
Ella
pensaba que esa noche iba a ser maravillosa, él la llevó a lo más alto del
placer... hasta que la sangre, corrió por su garganta.
En Ciudad Central la noche estaba enmarcada en
un oscuro y lúgubre cielo. Sus calles permanecían prácticamente desiertas desde muy tempranas
horas de la noche. Donde solo algunas almas se atrevían a deambular por ellas,
como coyotes en busca de migajas nocturnas se podían encontrar uno que otro
vagabundo, buscando el lugar donde cerrar los ojos y así poder pasar la noche,
sin tener idea si existiría un mañana. O las trabajadoras sexuales, en busca de
satisfacer las necesidades más bajas de los contados clientes, que se atrevían
a salir poniendo en riesgo su anonimato.
Pocos vehículos transitaban por las calles algo descuidadas, con focos
faltantes y algunos baches que parecían madrigueras de roedores, que hacían que los conductores demostraran su
pericia al volante, intentando esquivarlos para no caer en ellos. El alcalde
del lugar no gozaba del cariño de los habitantes de la ciudad, a pesar de haber
ganado las elecciones de forma arrolladora. Hay que dejar claro que estaba
apoyado por el partido de gobierno, un portaaviones difícil de ganar. Es normal
escuchar a los transeúntes diciendo que tienen al gobernante que se merecen, acompañado de un
buen número de improperios.
Ya
entrada la medianoche el silencio es roto, como cuando un trueno alerta el
principio de una tormenta, las sirenas de los vehículos policiales dejaban
claro que un suceso había ocurrido. A alta velocidad recorren aquellas calles,
dando la apariencia de una carrera de fórmula uno. Donde todos los vehículos
iban con gran rapidez pero ninguno parecía tener intensiones de sobrepasar al
otro. Como una jauría de lobos que intenta rodear a su presa, las patrullas se estacionaron frente al Hotel
Frankal. Un lugar de encuentro de parejas donde la privacidad era el requisito
buscado. No era un sitio muy elegante pero tampoco un antro. Contaba con
puertas de vidrio batientes que tenían el nombre del hotel en hermosas letras
doradas. Una alfombra roja que realzaba el sentido de lujuria abría el paso
hasta la recepción. Donde los únicos requisitos eran el costo de la habitación
y la identidad a registrar para facilitar la entrada al mundo del deseo y el
placer, que normalmente era un invento de la imaginación para solo cubrir el requerimiento solicitado
por el empleado de turno. Se daban casos donde los alias reflejaban el sentido
del humor y lo caradura de los participantes de aquella ocasión, los
apodos más utilizados eran de estrellas
de cine o deportistas famosos y le adicionaban a su acompañante el
glamoroso título de esposa. Todo un
espectáculo de teatro solo para
disfrutar del momento y tener un punto picante en la historia de cada uno en la
oportunidad de contarla, si eso era posible, sino, un recuerdo que arrojaría alguna sonrisa picaresca en un instante de misterio y silencio.
Los
agentes de azul entraron, acordonaron el lugar, los reporteros llegaron al
instante como si tuvieran un cordón umbilical que los uniera a los patrulleros.
Era increíble como en cuestión de minutos llegaban más vehículos de prensa que
patrullas al lugar del suceso.
Algunos
minutos pasaron para que la situación fuera controlada, ya los detectives se
habían presentado en escena, eran los agentes John Smith y Marcus Hill. Ambos
pertenecían a la agencia federal.
Expertos en cacería de individuos de actividad criminal con
características especiales, aquellos homicidas que salían de las manos de la
policía común, individuos con necesidades delictivas psicópatas. Eran los
cazadores de asesinos seriales.
—John, el modus
operandi concuerda con la carta, es seguro, tenemos a la cuarta víctima.
Le
argumentó Hill, mientras observaban el hermoso rostro unido al mar de sangre
que se abría paso entre el cadáver y aquella lúgubre habitación.
—Encárgate
con el forense, necesito toda la
información de la víctima, mañana a primera hora nos reunimos.
Le
solicitó a Hill con la imagen de preocupación reflejada en su rostro.
John
Smith era un hombre de facciones recias, con las arrugas de la experiencia
enmarcando su rostro. En su currículo estaban escritas las capturas de asesinos seriales que por un
tiempo mantuvieron al colectivo en vilo. Junto a Hill, se habían enfrentado a
lo más bajo de la sociedad. Pero este caso tenía algo diferente, solo una vez se había topado
con un suceso en el cual su experiencia solo le servía para mantener la calma y
usar su poder de deducción, pero no para apoyarse en similitudes. Recordó por
un momento a Robert Thor, todo lo que significó para él como detective y como
persona aquel acontecimiento. Pero eso ya es pasado y su intención era enterrar
todo aquel recuerdo.
John
recibió el caso del llamado asesino de
las cartas, con el objetivo primordial de detener al criminal antes de que se
convierta en un circo mediático por parte de la prensa. La policía central lo
manejó, hasta que se determinó como homicida serial. La política de este tipo
de casos es dar la prioridad a la policía regional, hasta que por intermedio de
la investigación, se determine que se relacionan más de tres casos con el mismo
modus operandi. A regañadientes los detectives originales le entregaron toda la
información a la agencia federal. A ningún detective le hacía gracia entregar
un caso, era como dar la razón sobre la creencia de que los federales eran súper policías y
ellos unos neófitos que servían solo para capturar asesinos estúpidos. Los cuatro
homicidios fueron anunciados, el psicópata usó a un reportero único de
nombre Brian Curtis. Este recibió las cuatro cartas, John de inmediato trabajó
en un plan para cercar al criminal en su intento por llevar la información al
periodista. Las cartas tenían una particularidad, eran escritas presumiblemente
por un tercero cercano al asesino. Explicaba en cada una cómo iba a morir la
víctima, pero lo más peculiar, es la
culpa que manifestaba en la redacción
de los crímenes que iban a suceder, a pesar que dejaba claro que no eran de su
autoría. John emprendió, junto con los
expertos en mentes asesinas de Quántico a determinar qué tipo de conexión podría existir entre
ambos, o si era un individuo muy
astuto utilizando aquella forma de redactar las cartas como un
artilugio, solo para despistar y hacerse famoso. ¿Por qué más iba a enviar la
información a un periódico?, la respuesta era clara, quería audiencia. Imaginó
que ese debe ser el comienzo de la investigación, debía especular,
ampliar el caso. No solo buscar al
posible asesino según sus movimientos, sino a un testigo o a un cómplice sumiso
al asesino principal. Quizás una víctima perdonada por el psicópata, pero agobiada
por el terror de caer nuevamente en las manos del asesino. Sirviendo a este
como promotor de sus atrocidades. No había lapsos continuos entre los tres homicidios, tampoco el estilo. Lo único que los une es la descripción con
anterioridad a los asesinatos en cada carta. El escribiente de las cartas,
redactaba con detalle cómo iba a ser el homicidio. Con datos que solo el
asesino podría saber y además como punto común en los casos, existía un detalle
físico. Quizás el elemento más importante donde el perfil del homicida debía
basarse. Cada homicidio perpetrado llevó un sello, una marca. El dedo índice
faltante en cada cuerpo abandonado.
Era
temprano en la torre central del FBI. Aquel edificio para cualquier primerizo
generaba un ambiente intimidante. Sólo al entrar comenzaba a percibirse algo intangible,
que impregnaba la paranoia de ser vigilado. Pisos relucientes, que eran como
espejos. Donde un vigilante entrenado podía ver el reflejo de una arma bien
guardada. Decenas de cámaras visibles, que daban la impresión de ser un pequeño
porcentaje en comparación con las ocultas.
El sistema colocado después de la recepción, que era una especie de
dique impasable, un símil de una represa que con la magnitud de su gallarda
infraestructura vence a las fuerzas de la naturaleza en su intento por sobrepasarla.
Pocos con intenciones de engaño lograban
esquivar a los recepcionistas. Que con el sistema de interrogatorio que atormentan hasta al más preparado al llegar,
más el uso de todos los implementos informáticos y de control de tecnología de
punta con que cuentan, no le hacían nada
fácil el ingreso a cualquier aventurado que quisiera entrar sin un motivo
razonable al edificio del FBI.
El
supervisor agente John Smith, esperaba en su oficina los resultados
del forense y el informe de Hill. Su lugar de trabajo era el reflejo de su
personalidad, al entrar en ella se notaba lo ordenado y minucioso de John. En las paredes, colgaban
los diplomas de reconocimiento por parte de los alcaldes de turno. Firmados por las más altas personalidades de
la justicia. Recibidos por los logros alcanzados en su carrera por hacer
cumplir la ley. En el centro, estaba colocado de manera estratégica su diploma
de abogado. Así reflejaba que no era solo un perro de casa, sino que contaba
con todas las herramientas para ejecutar a perfección la ley. Aunque a veces,
como en aquel caso con Robert Thor, no fue
el mejor de los argumentos. Más adelante, estaba ubicado en el centro de
la oficina su escritorio con fotos de sus hijos, una en cada lado. Más centrada, a unos centímetros del borde
del escritorio, se posicionada una imagen donde reflejaba el amor por su mujer.
Una foto algo antigua, de quizás unos quince años atrás. Dejaba ver la magnitud
de la belleza de su esposa en su mejor
momento. Aunque para John su belleza era eterna. Más al centro reposaba una
agenda, junto a dos lápices y un bolígrafo colocados en perfecto orden, donde
el tamaño era la clave. Detrás, las típicas persianas de oficina de detectives,
que reposaban al igual delante de él, en las paredes de vidrio que separaban a
su oficina del resto.
Este
era el primer homicidio ocurrido teniéndolo como responsable de la
investigación. Estuvo desde muy temprano analizando el
archivo del caso, los informes de
los detectives de la policía central, el perfil que realizó la división de
Quántico y sobre todo las cartas. Hechas con letras de múltiples revistas y periódicos. El primer caso siempre daba
con la esencia
del asesino, era el que se hacía con más sinceridad, no había
experiencia previa. Por él se podría percibir sutiles características de un
homicida. Leyó con detenimiento cada frase escrita por los detectives. A pesar
de la imagen que tenían de él la policía regional. John siempre respetó la
investigación previa realizada por ellos. En su caso más influyente y el menos
conocido, fue fundamental la ayuda de los detectives iniciales. Aun así el más
determinante, fue el de un detective que siempre viene a su mente cuando lucha
por detener a un asesino serial. Peter White dejó en él una huella profunda,
sin la información que aquel heroico detective recabó a costa de su vida, y que
logró pasar la prueba de los años en espera. No hubiera podido detener a Robert
Thor. Aunque la verdad repose en un archivo clasificado oculto en la oscuridad
de los secretos del FBI.
Leyó
cada detalle recabado, todas las notas adheridas al informe, vio minuciosamente
una a una las fotos de los tres homicidios perpetrados. Dejando a su mente
volar entre los hechos escritos.
Jennifer Clinton
Unos meses atrás….
El
Diario Intriga, es un periódico que está dentro de los más sensacionalistas del
estado, se especializa en llevar las
informaciones más escandalosas, desde chismes de farándulas hasta los
encuentros románticos de los políticos. Todo lo que asegurara ventas, su
credibilidad no era de las mejores pero sus ventas eran considerables. El reportero Brian Curtis es conocido como el
hacedor de historias, a él llegaban innumerables personas que servían de
fuentes para sus escandalosos reportajes. Había creado muchos enemigos, pero a
la prensa nunca se le trataba con rencor, a pesar de las acciones siempre era
mejor tenerla a su lado. Por ello caminaba entre la sociedad sin complejos, a
pesar de saber que si alguno de muchos enemigos tenía la oportunidad de mandarlo
a pasar a otro mundo sin dejar rastros, con mucho gusto lo harían. Curtis no
sabía que ese día recibiría una información de la fuente más impactante de su vida. Entre la locura de
su pequeño escritorio donde no había cabida para más papeles. Curtis intentaba
ubicar unas notas que había levantado sobre la relación homosexual del galán de
cine del momento, un bombazo, la información venía de una fuente no muy
creíble, pero fuente al fin, lo que en su medio dirían un amigo del amigo de su
mejor amigo. Escarbó entre los papeles,
un pedazo de pizza rancia hacía aparición junto al chupetín de hace no
menos una semana. Giró su rostro y
encontró la bandeja de mensajería, la tomó, pensando que entre tanto desorden
seguro estaba ahí la fulana nota, agarró un sobre sellado que estaba de primero
en la torre de papeles de la bandeja. Le llamó la atención como estaba escrito,
se leía su nombre en letras recortadas de revistas. Paró de buscar la nota y
tomó aquel sobre entre sus manos. Lo observó detalladamente antes de abrirlo,
de repente, un salto de velocidad lo dominó y así dejó atrás el letargo en el
que estaba estancado, y con premura abre el sobre y saca de su interior una
carta. Con asombro la observa, la lee detenidamente. Sus ojos salen de sus
orbitas, un pequeño tics se refleja en su ojo izquierdo, una gota de sudor
emerge de la nada de su frente. Detalla
la carta, queda en un limbo de tiempo y espacio, como si su mente procesara los
datos a la vez de ordenar que hacer físicamente a su cuerpo entrando en un corto
circuito. Un instante después, en medio de una naciente euforia, emite un grito
que en un idioma indescifrable intento decir eureka. En su pensar encontró el
eslabón perdido de los reportajes sensacionalistas, el que está entre la verdad
y la mentira de la vida. Todo eso reflejó el aaaaahhhhh que salió de su boca
con tanta pasión. Reacciona y sale
atropellando al que encontrara a su paso rumbo a la oficina del editor. Al
llegar, abre la puerta provocando un susto bárbaro al quien es su jefe.
—Norman, detén la
corrida, tengo la noticia del año.
Dice
Curtis de manera atolondrada.
—¿Qué pasa Curtis?,
¿Ahora qué?, ¿Marcianos otra vez
entre nosotros?, ¿Qué te inventas ahora?
Le
responde el editor, con la tranquilidad que le da conocer a Curtis y sus andanzas.
Déjame
cerrar la puerta, esto es una bomba, lee
esto, seguro me darás la razón.
Le
indica Curtis con una mirada de locura, que preocupó al editor.
—Bueno, deja ver que
tienes ahí.
Intentando
no ser grosero con Curtis, se sabía muy ocupado, pensó en lo que el tipo
producía con sus locas noticias y le prestó atención.
—¿Qué te parece?,
¿La ponemos hoy en circulación? y si
llega a pasar, tenemos la primicia y una primera página que tumbará
las ventas
Le
preguntaba Curtis con una absoluta locura de alegría embriagadora.
—¿Hablaste ya de
esto?
Pregunta
el editor con un rostro muy serio.
—No, tú eres el
primero.
—¿Tienes idea de
cómo llegó?, ¿De quién la trajo?
Dejando
el editor, el reflejo de tener un acontecimiento único en sus manos.
—Lo habrá traído el
chico de mensajería y lo colocó en el cesto cuando la recorrida. Qué se yo.
—Ok, vamos a incluirla, media hora después de salir a la
calle llama a la central de la policía y avisa de la carta, no podemos retener
la información, pero podemos colocar la primicia.
Al
final de la mañana la noticia estremeció al
público. Lo que Curtis recibió y dejó en él la impresión de tener el
mayor tesoro del pirata Barba Negra en
sus manos, fue una carta que
narraba como iba a ocurrir un homicidio. Hecha con letras diferentes,
recortadas de revistas y periódicos. Con un detalle único de un suceso que no
había sido realizado, pero que el redactor manifestaba que era un hecho que iba a ocurrir. Nada mejor para un periodista
sensacionalista. Un asesino que retaba a la justicia a detenerlo. Un hombre que
informaba lo que iba a pasar para que lo detuvieran, dejando entre el
público y la justicia a Curtis. Como el
puente para apresar al malo de la historia, ese fue el nacimiento del asesino
de las cartas.
“No
puedo detenerlo, ya salió la verdad publicada, el mundo sabe su historia y es
hora de pagar, está decidido, hoy tiene una cita con ella, la primera, la
imagen de la falsa amistad, la va a matar, va a atarla a la cama, la violará,
le cortará los pezones, los dejará sobre su abdomen y luego la degollará, deténgalo, yo no puedo
hacerlo.”
El
detective O’hara se presentó en el periódico luego de la llamada del reportero.
O´hara era un detective que estaba en sus últimos años en la división de
homicidios. En la estación el capitán le dio instrucciones de hacer lo
rutinario. Pensó en él para el caso ya que era evidente que fue un invento,
donde Curtis encontraría algún vago mal oliente, al que le pagó para que le
enviara la carta. Hacía lo de siempre, un escándalo y luego al no pasar nada no
importaba, pasaba a la siguiente historia inventada. No era la primera vez que
hacía algo así, no con asesinos ni delitos, ahí había cambiado de rubro, pero
si lo había hecho en cuestiones de
amoríos, amantes y alguno que otro caso de corrupción improbable. No ha
habido delito y el capitán decía: ¡Ni lo habrá!, pero debía atenderlo, esa era
la ley. Así que como O´hara estaba en su último año, era el ideal
para esos casos que eran inexistentes, mucho papeleo y nada de acción.
O´hara
recibió el caso de manos del capitán, entre risas le agradeció meterlo en la
oficina a hacer un papeleo brutal, el solo pensar que un caso salía de las
manos de Brian Curtis, era en si un gran chiste.
En el
diario...
—Curtis, que me
tienes hoy, ¿un loquito nuevo?
Le
dijo O´hara con un tono sarcástico al
periodista.
—Aquí tienes, este
me dejó buena publicidad.
Respondiendo
al sarcasmo de O´hara le entrega la carta.
—Por un mes, seguro
los medios se cansaran de esperar los
inventos de un loco desesperado por atención.
—Lo mismo
de siempre detective O’hara, serás el primero en saber si hay una
segunda carta.
—Bueno Curtis, hablamos después, por ahora no hay ni
siquiera un cuerpo, y ¿sabes
algo?, ¡No lo habrá!
Que
tan equivocado estuvo el detective O’hara, y estaba por descubrir
su error.
En
algún lugar de esa noche...
Un
encuentro sexual estaba por realizarse.
Un hombre y una mujer, ambos sedientos de calmar la pasión que pedían a gritos
sus cuerpos. Una habitación que inducía a los pedidos más bajos de la mente,
paredes cubiertas de espejos mostraban las imágenes de los que iban a ser
protagonistas de la noche, repetidas hasta el infinito. Siendo el preámbulo
perfecto, para dos seres que se excitaban al disfrutar de sus cuerpos desnudos.
Como si una película se estuviera filmando, a la par que sus pasiones se iban desenfrenando.
—¿Quieres otra copa
de vino?
Dijo
aquel hombre de entonación seductora.
—Voy a creer que te
quieres aprovechar de mí.
—Lo pensé, después
que entraste en la cama con esa pequeña y sensual prenda roja, que alteran mis
sentidos.
—¿Estoy siendo muy
evidente?
—Estas siendo mi
tentación.
Un
beso apasionado desborda
el deseo, sus manos tocan aquel hermoso rostro. Labios jugosos
traspasan el néctar de su ser. Un fuego interno
crece, su lengua es adsorbida con
gran pasión. Besos bajan desde el cuello a los pechos. Sus pezones son presas de su boca, que los succionan con
gran delicadeza. Gemidos sensuales
aparecen. Las entrepiernas se
encienden en fuego ardiente, pidiendo ser extinguidos. Las manos pasean sobre su cuerpo, como las de un escultor sobre su obra maestra. Ella,
en éxtasis total, relajada, recibiendo placer. Boca con sexo se unen y
realizan un concierto de intimidad, notas de pasión se
dejan escuchar. Los cuerpos se
estremecen. Las manos toman posesión, pidiendo más y
más. Los labios hacen su
trabajo, nadar dentro del otro ser, en la humedad del deseo, delirante
es la pasión. Cuando volteados en contracara, ejecutan penetrar en la intimidad
del sexo, nadando y adsorbiendo en unísono hacen de la lujuria un arte. Crece
la excitación, hay necesidades que van
surgiendo, el fetichismo, la fantasía se apodera del lugar. Él toma sus manos, la ata, ella se deja atar mientras sus senos
son participantes de caricias apasionadas. Luego los labios se pasean por todo
su cuerpo y sus pies son atados, él
aprovecha el otorgamiento generoso de la naturaleza y contorsionando su cuerpo
mantiene aquella fantasía que la hacía delirar,
tanta pasión rasante en el borde
de la realidad, todas esas sensaciones
juntas. —Es la hora de la ilusión —dijo el hombre. Aquel que la volvía loca
solo con el toque de sus manos. Tomando su miembro lo pasea por el rostro de la
hermosa joven. Ella se estremece, él recorre su ser lentamente, viaja por los
parajes de su cuerpo. Cuello y senos son los primeros paradisiacos lugares visitados. Un baile
de sensualidad entre ellos da el
toque virtuoso a la noche. Llega a su sexo caliente, como el más ardiente de
los infiernos. La atrae con sus manos;
la penetra de forma salvaje, la
hace gritar, cada penetración
produce un estallido de erotismo en la mujer, cada vez más rápido y fuerte. Es el momento más alto,
el éxtasis está en su mayor nivel. El baja y le besa los senos, su lengua se
pasea por sus pezones. Sus manos le
acarician los glúteos, ella delira. Su cuerpo prepara el estallido de gloria
perfecta. Una de las manos de él baja al borde de la cama y toma un cuchillo
pegado con adhesivo. Aumenta la fuerza e intensidad de las penetraciones.
Transmitiendo la sensación a través de
su boca, a los duros y hermosos senos de la mujer, logrando que ella nade en
excitación. El orgasmo se hace presente y en ese momento de más exaltación con
el cuchillo corta el pezón
derecho. La mujer en plenitud de orgasmo no maneja las percepciones de su
cuerpo, en ese instante el otro pezón le es cortado. Un grito ahogado
de dolor la devuelve a la realidad y un corte de lado a lado de la garganta la
envía a la muerte.
En su
casa O´hara duerme plácidamente, el día estuvo para él normal, sin mucho trajín, solo la visita a Curtis y
el papeleo de inicio del caso. Estaba
tranquilo, sabía que en un mes cerraba la investigación pero le daba el tiempo
suficiente para descansar entre papeles en su escritorio esperando su
jubilación. El teléfono de su alcoba suena, su mujer le da palmazos de
sonámbulo en la espalda para que se despierte y elimine el irritante rinrineo
del teléfono, O´hara entre maldiciones y somnolencia levanta el auricular y
escucha.
—O’hara, hay un
asesinato, el equipo se encuentra levantando las pistas, es necesario que te presentes, corresponde a las
características de la carta.
De un
golpe como si lo hubieran pinchado con una aguja, se levanta de la cama, la
mujer que antes aleteaba con manotazos de sonámbulo, casi cae al piso dejando
salir un improperio con toda la fuerza de su alma.
—Amor, perdóname,
debo irme, luego te explico.
—Pero, Robert, ¿A
dónde vas?
Pregunta
que quedó sin respuesta.
El
detective veía incrédulo el cuadro pintado en
aquel cuarto, todo estaba en perfecto orden; la botella de vino, dos
copas servidas, los muebles intactos, el
baño impecable, las sábanas estaban perfectamente colocadas. Dejando como
protagonista a una hermosa mujer
acostada con la cara dirigida al techo. En una posición como si estuviera
modelando para un artista del pincel, Su cabello ondulado estaba desplegado
como una corona alrededor de la almohada. Su cuerpo, permanecía atado a la
cama. Sus ojos abiertos y su cara, enmarcaban una expresión de terror. Al bajar
la mirada se podía ver el rojo de la sangre recorrer su cuello, como lo haría
un pequeño riachuelo en la montaña más profunda. Había sido degollada, pero
colocada de una forma casi perfecta. La sangre daba la sensación de ser un
accesorio indispensable para aquel cuadro que tenía un tono de seducción
enfermizo. Era imposible no seguir recorriendo con la mirada aquella escena de
galería de un artista del mal. Al final
lo que para el asesino debió ser el colofón perfecto, ambos pezones colocados en el abdomen, como el
punto de éxtasis de tan macabro y enfermizo
asesinato. Sólo algo estuvo fuera de lo descrito en aquella carta, una
cosa adicional no presente, el dedo índice no estaba con el cuerpo, había sido
cercenado.
Curtis
estaba en la escena del crimen, esperando información junto a sus colegas de los medios, O’hara lo ve y le indica al
guardia que lo deje pasar.
—Tu primer loco que
cumple su palabra ¿no?
—Todo según la carta, con solo ver el cuerpo se nota.
Dice
Curtis casi de forma sádica.
—Ya todo cambia, tenemos que hablar sobre cómo trabajar si hay otras cartas.
—¿Qué quieres hacer?
—Yo evalúo si se
publica o no.
—No estoy de
acuerdo.
Tornando
muy serio su rostro.
—Seré yo u otro, a
él le interesa salir en noticia, según la carta quiere detener al asesino, si
ve que no la publico, irá a otro que seguro si lo hará.
—No discutamos,
hagamos así, si recibes una carta me
avisas antes de publicarla, es lo que pido.
O´hara
se quedó para sí con la información del dedo cortado, era un dato del que
Curtis no debía enterarse.
—Correcto, esperemos
a ver si se comunica.
El
informe del forense estaba listo. O’hara esperó entre café y café, era el
momento de saber si había alguna pista.
Recibió la llamada, pasó a la oficina del forense, este lo acogió con la
frase que no le gusta escuchar al iniciar un caso a ningún detective.
—Dime que tenemos
algo para encontrar a un culpable.
Preguntó
O´hara.
—Nada, O´hara, todo
limpio, al extremo diría yo.
—¿Por qué lo dices?
Le
increpa.
—Léelo con calma, el
informe se da a entender por sí solo.
O´hara tomó el informe y se dirigió a su
oficina, pasó a través de la comisaría, sin ver a los lados. A pesar de que era
muy difícil no ver a la escoria de la sociedad mientras se transita por aquel
lugar. Desde vagos hasta mujeres de la mala vida. Sin embargo para un hombre
que había pasado la mitad de su existencia en ese sitio lo mejor era dejar de
percibir aquello, ya demasiada mala vibra recibía en el día a día pescando asesinos de toda índole. Llegó a la oficina.
Se sentó y comenzó a leer. El informe
reflejaba que hubo sexo más todo rastro fue eliminado, no había sangre ni
semen, todo limpio. Se preguntó cómo era posible si seguro había manipulado media habitación para
dejar todo en perfecto estado tal cual él quería que quedara, ahí O´hara
comprendió que no era cualquier tipo, era un sujeto preparado y con
experiencia, posiblemente este no sea ni
el primero ni el último de sus asesinatos.
Jennifer
Clinton era el nombre de la joven. Recién graduada de abogado. Trabajaba en un bufete de gran categoría. Era
una mujer muy bella, su círculo era en su mayoría de abogados; sin antecedentes, una víctima,
no más que eso.
O´hara comenzó
la investigación tomando en cuenta su profesión. Se presentó en el
bufete Gordon and Ford. Las oficinas estaban en uno de los edificios más
imponentes de Ciudad Central. Al entrar lo exquisito de su decoración
contractaba con los avances tecnológicos que poseía. O´hara se sintió en un set de una película
futurista, entró en el ascensor y una voz con tono electrónico preguntó hacia
que piso se dirigía. Su corazón no estalló debido a que no estaba solo, un
hombre impecablemente vestido, con un traje de no menos de quince mil dólares
respondía a la pregunta con un tono bajo y tranquilo. —Piso veinte por
favor. O´hara rápidamente
reaccionó. —Piso treinta y uno. Soltando una risa nerviosa y corta al hombre a
su lado. El sujeto evidentemente al darse cuenta del nerviosismo de O´hara le
comenta:
—Lo que es el avance
de la ciencia, ¿Es su primera vez acá?
—Se nota ¿Cierto?,
donde yo laboro lo más avanzado es el pasamanos de la escalera para no caerse
mientras subo al departamento de archivos.
Responde
algo sonrojado.
La
puerta del ascensor abre dejando ver un portal de vidrio con el nombre del
bufete inscrito en él. Detrás, una
hermosa pared cubierta de madera y las iniciales del bufete en relieve. Al
entrar, a la izquierda divisó a una hermosa joven, tan alta como un
rascacielos. Retando a su metro noventa centímetros de altura, él era un hombre
imponente, pero aquella joven en tacones rozaba el aire que él respiraba.
—Buenos días, en que
puedo ayudarle señor.
Le
indica la joven con una voz tan hermosa, como su presencia misma.
—Buen día, soy el
detective O´hara.
Enseñando
su credencial
—Me gustaría
conversar con el abogado que trabaja con Jennifer Clinton, por favor.
—Claro, ella no ha
llegado, pero está en un caso con Edmon Freud, por favor espere un momento,
póngase cómodo, ¿Quiere un café?
—Si, por favor, uno
negro, sin azúcar.
Se
sentó a esperar como la bella joven le había indicado, no quiso causar
algarabía informando de la muerte de la abogada, era muy prematuro, ya se
enterarían luego de hablar con el abogado.
Saboreó
el café, para su paladar era un néctar digno de los dioses. Nada que ver con el
agua de cloaca de la comisaría. Se paseó a través de las papilas gustativas
para luego bajar por la garganta, dejando una sensación de dulce y amargo
impactante. Una voz rompe su romance con la bebida caliente que tanto lo hizo
delirar.
—Detective, soy
Edmon Freud, me indican que quiere hablar sobre Jennifer.
—Sí, mi nombre es
Robert O´hara, detective de la comisaría del cuarto cuadrante. Me interesa
conversar con usted.
—Claro, podemos
pasar a la sala de reuniones está libre por una hora. Mientras conversamos
podemos esperar a Jennifer. Es extraño que no haya llegado todavía. Debe estar por entrar al edificio en
cualquier momento.
—No, no va a
venir. Fue asesinada ayer en la noche.
De eso quería hablarle.
Edmon
se estremeció por las palabras recién pronunciadas por el detective. Su
reacción fue real. Algo que quería notar O´hara, por eso le soltó la noticia
sin preámbulo. Esa reacción en el
momento justo, valía más que varios días de interrogatorio.
—Pero; ¿Cómo?, ¿Cuando?,
¿Está seguro? Si ella salió ayer muy
contenta, habíamos logrado un avance inmenso en el caso que estábamos
trabajando. Que locura.
—Sí, ¿podemos ir al
sitio de reunión por favor?
Le
indicó O´hara, para evitar que otros escucharan la conversación. Dialogaron por
una hora. Edmon le indicó que ella pasaba desde la mañana hasta altas horas de
la noche en el bufete. No tenía vida personal, su vida era su profesión. Tenía poco tiempo de graduada.
Luego
de hablar con el abogado, se entrevistó con otros colegas de Jennifer. A través
de estos pudo llegar a amistades
post universitarias. Todo reflejó que su enfoque era el trabajo. Se estaba iniciando
en la profesión y estaba en ese proceso.
Más de doce horas de trabajo diario en el bufete, no tenía novio conocido;
nada que orientara la investigación, ni en su entorno familiar, ni en sus pocas
amistades, nada que indicara una relación. Era una persona que no tenía vida
social. El nombre que reposaba en el registro del hotel era una broma pesada del asesino, Señor Richard
Burton y señora, un toque de humor negro como punto final a una noche
sangrienta.
Laura Shepard
Pasaron dos meses, el boom noticioso comenzó a mermar. Curtis vivió la
popularidad. Entrevistas en los
programas más vistos en la nación, el periódico tuvo ventas abismales. El
nombrado asesino de las cartas
fue muy mediático. Curtis se preguntaba si había
terminado, pensó que el asesino había descubierto al que envió la
carta y lo había desaparecido. Todo era puras conjeturas, el tiempo era el
único que podría tener respuesta.
Esa
tarde, Curtis estaba reunido con el editor hablando sobre la nueva noticia
impactante que debían meter en circulación. Tenía que ser algo muy bueno, para
estar al nivel de las ventas del asesino de las cartas. Curtis había creado una
columna donde día a día hacia análisis sobre el porqué y el posible perfil de
asesino. Pero ya se estaba quedando sin gas, la materia prima se había acabado.
Cabizbajo sale de la oficina del editor, llega a su escritorio que estaba como
siempre, según su tradición, un desastre de papeles. Mueve la silla para
sentarse y algo cae de ella. Un sobre
con un mensaje con letras recortadas de revistas. Observo con atención, “solo en sus
manos”, era la información colocada. Al mirarlo, Curtis lo
supo. Su instinto de reportero lo alertó. Era él, su confidente. Rápidamente abre el sobre. Lee
la carta nuevamente realizada con
letras recortadas de revistas. Leyó atentamente:
“No me
hicieron caso, les dije que iba a asesinar. Hoy lo oí, otra vez lo va a
hacer. La segunda en la lista de las
tres amigas. La historia está publicada. Esta vez, las vísceras verán el aire,
después de un momento de placer. Deténganlo.”
—Regresaste
maldito loco, te amoooo. De un salto comienza una carrera de obstáculos entre
los reporteros, uno cae al piso y le grita un improperio, otros se quitan de su
camino y lo insultan. Luego de traspasar el lugar como soldado entre las líneas
enemigas. Llega a su objetivo, la oficina del editor. Entra atropelladamente.
En el lugar estaban reunidos el editor y la duquesa. Ella era como su apodo,
puro glamour. Estaba encargada de los chismes de la moda, las alfombras rojas
de los eventos y premiaciones. Discutía sobre la columna y como dejar en
ridículo a una de las famosas estrellas que tuvo un lapsus mental, se vistió
como Cleopatra y fue el hazme reír en la alfombra roja.
—Norman, tengo la
primera plana acá.
Destruyendo
la reunión sin ningún tipo de pudor.
—¡Curtis! no ves que
estoy reunido.
Le
responde Norman entre molesto y sorprendido.
—Sí, si ya vi.
Duquesa ya sabemos que la loca de Cleopatra es de dónde vas a sacar punta para tu columna, dale ya puedes
irte.
Tomándola
de la mano la lleva a la salida, la deja
con un portazo en la cara y el improperio en la punta de la lengua.
—¡Curtis!
Le
grita el editor.
—Sí, lo sé, fui un
grosero, ya se le pasará, por algo tiene sangre azul, ¿no?, se recuperan más
rápido. Mira, no hubiera entrado así a tu oficina si no tuviera esto.
Dejando
caer la carta en el escritorio del editor.
—¿Es la carta?,
¿Como sabemos que no es un fraude?
Norman
olvidó por completo lo sucedido segundos atrás con la duquesa.
—No lo sabemos. Pero
no crees que la noticia se ganó el derecho de salir por sí sola.
—¿Y O’hara? Hay que
llamarlo.
—Si estoy
de acuerdo, pero vamos a meterlo en el tiraje, yo me
encargo del detective.
La
noticia entró en proceso para su circulación. Curtis en minutos redactó el
reportaje. No hacía falta mucho de su parte como periodista, el suceso estaba inspirado por sí misma en la
carta del asesino o ayudante. Algo que hay que averiguar a su tiempo. A pesar
de que se exculpa, igual que en la primera carta, todavía no hay nada claro. El
mensaje tenía visos de una solicitud de ayuda, de un alma atrapada en las
circunstancias. Era la paradoja de un cuento, que por ahora no tiene ni
principio ni fin, solo una protagonista que yace degollada y una segunda, que
está a punto de formar parte del reparto de cadáveres de la historia. Ya el relato estaba incluido en el diario. Su
cara principal tenía la carta del asesino como presentación. Comenzaba el
juego, ya la justicia estaba avisada. El público estaba formado por toda Ciudad Central y con
la posibilidad enorme de crecer exponencialmente a medida que el asesino no sea
atrapado. Era el momento de llamar a O´hara. Ya la pelota caía en el lado del
parque donde él era quien dirigía las acciones, Curtis cumplió con su parte.
Sin juzgar a quien beneficiaba, si al ego del asesino o a todas las
mujeres que eran víctimas potenciales de
un maniático.
O´hara
continuaba atrapado en el círculo vicioso del caso, no encontraba por donde
proseguir. Ya se habían acabado las personas a quien entrevistar. La vida de
Jennifer contrastaba con esa noche de pasión. No había forma de que hubiera
conocido a una persona más allá del círculo de abogados y clientes. Todos los
potenciales sospechosos tenían coartadas que los sacaban del sitio del
homicidio. El recepcionista del hotel ni siquiera tenía idea de la cara del
asesino. Estaba ya tan acostumbrado al ir y venir de los amantes que sus caras
no formaban parte de sus recuerdos. Solo el cobrar y entregar la llave de la
puerta de salón de los bajos deseos formaba parte de su rutina. Como un
autómata encargado de ser el portero de la lujuria y la pasión.
El
sonido del teléfono lo saca de su controversia mental.
—Aló, ¿Quién es?
Responde
O´hara con cierto tono de fastidio en su voz.
—¿O´hara?
Respondiendo
con una pregunta, cosa que pone furioso al detective.
—Sí, el detective
O´hara, ¿Quién es?
—Soy yo Curtis,
llegó la hora, aquí tengo la carta. Te espero en el diario.
O´hara
espabiló de su gélido aturdimiento.
—¿Cómo llegó?
—Igual que la otra,
estaba en mensajería. Deben
haberla dejado en el buzón nocturno.
—¿Tienen cámaras
ahí?
—Lo pensé, pero no,
no hay.
—¿La vas a publicar?
—Ya lo hice, o
soy yo o es otro, estos locos quieren aparecer y siempre consiguen
como.
—No puedo
impedírtelo. Tienes algo de razón. Por
lo menos es una ventaja saber quién es su contacto. Voy para allá. Necesito ver
si se encuentra una huella, o algún despiste del asesino que me ayude a ubicarlo.
O´hara
estuvo atento, esperando el trabajo de los expertos, pero nada. Todo limpio.
Ese sujeto era un tipo especial. Consciente se impedía admirarlo. No era
cualquier psicótico. Era un fulano metódico, no quedaba más que vigilar los
hoteles. Sin embargo era algo en extremo difícil, No podías evitar que la
pasión fuera la reina de las noches. La noticia estaba ahí, retando a las
mujeres. Si ellas tuvieran miedo de un asesino, no saldrían a buscar la muerte.
Si algo sucede es porque el tipo las trabajó desde la intimidad de una
relación, si algo pasa es porque las conoce. Ya estaba puesta
la advertencia. No había mucho que hacer. El primer caso
todavía estaba en pañales, no
había nada claro. Nadie cercano, ninguna pista. Todo era un gran vacío. O’hara lo sabía, era algo sádico y morboso pensarlo, pero la única forma de
que el caso arrancara era esperar otro homicidio y buscar las similitudes que lo lleven a encontrar un error
del asesino.
En
algún lugar en la noche.........
El
miraba su rostro, era perfecto, una piel muy suave, semejante al más hermoso
terciopelo. Blanca como la nieve en el más frio de los inviernos. Aquel
bellísimo marco daba paso a unos ojos tan azules como el océano en su
majestuosidad más profunda. Se ofrecían para nadar en su interior y llevarlo a
navegar a través de unos carnosos y provocativos labios. Ella disfrutaba, con
la mirada perdida en la pasión que aquel hombre le provocaba.
—¿Quieres otra copa
de vino?
Le
susurro él, con sus cálidos labios en las fronteras de su tembloroso
ovulo auditivo.
—¿Intentas
embriagarme?
Desplegando
una candidez que incrementaba su sensualidad.
—En realidad intento
otra cosa.
—Deja de intentar y
hazlo.
Respondió
aquella hermosa mujer, con un tono de decisión en su voz.
El deseo
envolvió el momento. Con delicadeza,
la llevó junto a la
ventana. Ambos en ese preciso momento, disfrutaron de la imagen de una
hermosa noche. Con un cielo
atiborrado de estrellas y la luna en
todo su esplendor. Aquella percepción no hizo más que calentar el momento. Él
con sus manos desató el broche que sostenía aquel vestido negro, con una tela
que se fundía con el hermoso cuerpo del
cual ella era dueña. Sus senos, resistentes
a la gravedad, flotaban y dejaban
ver su forma a través de la tela transparente de su atavío. Todo un suceso de
mujer, no cabía mayor perfección. La vestimenta caía como agua en manantial,
gota a gota, muy lentamente. Descubriendo
la belleza de aquel busto, que
antes se dejaba ver entre sombras. Las areolas de sus mamas eran una invitación al placer. Los labios no
opusieron resistencia a la tentación. Ambos se posaron sobre ellas. Sus manos
ayudaron. La seducción de los
cuerpos estaba en su inicio. La oscura y traslúcida prenda seguía cayendo.
Con una sensualidad que acaloró el momento.
El cuerpo que parecía esculpido por los dioses, se estaba
revelando. Las manos seguían la caída
del atuendo. Los glúteos fueron su
destino, hermosos, duros,
un placer para las manos y sus sentidos. Ella deliraba. Fue palpada. Como un piano por un concertista.
Delicadeza y firmeza dejaban su melodía. Un giro, y la cama fue su destino. La
almohada acariciaba su rostro.
Dejó que su boca explorara los
lugares más recónditos de la figura de la mujer a la cual estaba haciendo suya.
Llevando a sus labios en la travesía del
encuentro del más atrevido de los besos
oscuros. Donde la luz era sólo una leyenda. La fémina deliraba de pasión. Aquel
hombre estaba inmerso en un paseo en el interior de su alma. Ella lo experimentaba
con el mayor de los placeres. Él dejó la representación de su hombría al
descubierto. La excitada mujer lo
sintió en sus manos,
como un hacha esperando cortar un
árbol. Duro, fuerte y arrogante esperando
ser usado. Con ansias lo pidió. La atrajo y se lo obsequió. Gritos de
placer llegaron. Movimientos llenos de sensualidad estaban presentes. La condujo,
como un vaquero al domar a su corcel. El ágil ajetreo felino de la joven
dama se hacía sentir. Estremecía con cada entrada en su ser. La hacía delirar, más
fuerte, más intenso. El clímax estaba por llegar. Los cuerpos
sudorosos hablaban el lenguaje del deseo. Buscaban una mayor magnitud de
emociones. Ella ya lo pedía, quería
seguir ascendiendo en la escala del placer. Con sus fuertes brazos toma por la
pequeña cintura a la ya muy excitada
mujer y con la resistencia de sus piernas la voltea como molino en el
aire y frente a frente las caras coinciden. Erguidos. Ella enloquece. El
movimiento que sintió dentro de su ser fue delirante, ya la cúspide del sentir estaba presente. La cama los recibió. Él la posee con toda su
alma. Una mano fue
a sus glúteos, agarrándolos con
firmeza, y otra al borde del aposento.
Un cuchillo estaba ahí, en espera. El hizo movimientos que terminaban de saciar
a la mujer, de mantenerla en lo más alto junto a las estrellas. Su mano bajó y
tomó el cuchillo, y con gran rapidez de un lado a otro atravesó aquel
tembloroso y sudoroso cuerpo. Dejando las vísceras al descubierto. La almohada
ahogó los desesperados gritos de la joven víctima. Un instante después solo
un cuadro tétrico estaba en
escena. El que la carta recibida por Curtis horas antes había revelado.
O´hara
estaba en la comisaría, verificando la ronda de las patrullas cerca de los
hoteles y sobre todo, en donde ocurrió el primer homicidio. No sabía si el
psicópata era de aquellos arrogantes que eran capaces de retar, retornando al
sitio más obvio de los lugares para
cometer el asesinato. O si por el contrario, buscaba burlarse de todos escogiendo
un lugar inimaginable para ellos. Nada pasó, eran las seis de la mañana, no
hubo ninguna llamada, nada fuera de lo normal. —El tipo se arrepintió, seguro
quiso volver y encontró el cerco policial, aunque vuelva a asesinar ha perdido.
No pudo demostrar que era mejor que nosotros —pensó al momento de levantarse
para ir a su casa a darse un baño y retornar a media mañana a la comisaría.
Pero no estaban dadas las condiciones como supuso O´hara. Justo cuando iba
saliendo de la comisaría, fue interceptado por un hombre de azul.
—Detective, ocurrió
algo, por favor regrese.
—No me digas, ya lo
sé, ese maldito.
Entre
improperios y maldiciones regresó a la comisaría.
Un revuelo se
desató. La noticia corrió como pólvora. Otra vez
ocurrió, el asesino de las cartas apareció, tal cual como se describió. Curtis
retornó a la popularidad. O’hara tenía lo que necesitaba, una víctima para
comparar patrones. Pero debe resolverlo, una siguiente victima significaba
federales. Era el patrón del asesino en serie, tres homicidios bajo la
misma patología, las cartas,
ahí estaba el patrón.
Comenzó a investigar,
el informe forense mostró lo mismo que el
anterior. Y lo revelador existió, un patrón igual, además de las
cartas, faltó el dedo índice en la victima.
O’hara se
dedicó a investigar a ambas
víctimas. Nuevamente revisó los movimientos de la primera víctima y
comenzó bajo el mismo esquema con la segunda de nombre Laura Shepard.
El portal virtual
Laura
Shepard era una joven estudiante del último año de arquitectura, era muy
social, hermosa, su círculo era comprendido por jóvenes universitarios. El
campus de la universidad principal de Ciudad Central, era un lugar inmenso. Una
gran cantidad de metros cuadrados de grama y árboles. Múltiples grupos de
jóvenes sentados de diversas maneras en la totalidad de sus áreas, muchos
estudiando, otros en actividades varias y algunos en forma romántica. Esa era
la libertad del estudiante. Y dentro de esa galaxia de masa gris y hormonas
estaba parado el detective O´hara. Buscó el edificio donde compartía su
habitación estudiantil la joven Laura. Tuvo que caminar un buen trecho. Los
pies le ardían como leños dentro de una enorme chimenea. No estaba acostumbrado
a caminar. Siempre en la comodidad de la comisaría y desplazándose en vehículos
policiales. Ya los viejos tiempos de pesquisas de delincuentes a puro pulmón
quedaron bien en el pasado. Hoy le tocó caminar. Al fin llegó al edificio de la
facultad. Un pequeño lugar de apenas tres pisos. Pero que albergaba a una
cantidad considerables de estudiantes. Con la poca fuerza que quedaba en sus
piernas se dirigió a aquellos cinco expectantes escalones. Los vio, lo pensó
dos veces para comenzar a subir. Tomó aire y siguió su camino bajo los ojos
curiosos de los jóvenes que estaban apostados en los alrededores del pequeño
edificio. O´hara entró, sacó de su chaqueta un pequeño pañuelo azul y procedió
a secarse el copioso sudor que caía por su frente, desatando una peligrosa
caída de gotas con dirección a su gran nariz. Dirigió su mirada a la escalera
que estaba dentro del lugar. Esta vez no de cinco peldaños, pero ya estaba ahí,
no había mucho que decidir. Subió al primer piso, la turba y el desorden de los
chicos corriendo a su alrededor lo desesperó, pero entendió que el intruso era
él, para ellos él era como una tortuga en una jaula de conejos. Llegó al final
de las escaleras. Tomó su libreta y buscó el número del cuarto compartido. Era
el número catorce. Llegó a la puerta, esta tenía un cartelito de no molestar,
lo quitó y la abrió. —Con permiso —fueron las palabras que salieron de su boca.
No sin antes ver a un par de jóvenes completamente desnudos follando como
locos. El joven saltó de la cama tomando la sábana para taparse, dejando a la
joven completamente desnuda. —Disculpen,
voy a salir, les voy a dar unos cinco minutos para que se vistan y volveré a
entrar. Ah por cierto soy policía y creo que en estos cuartos no está permitido
hacer eso, pero no se preocupen—saliendo del cuarto—. Por eso dicen que la vida
universitaria es el mejor momento de las personas, como disfrutan follando como
locos —se dijo con una sonrisa llena de picardía.
Unos
minutos después...
—Chicos, voy a
entrar.
—Ok, pase por favor.
—Bueno muchachos
quiten esa cara de terror. De una vez les digo que no he visto nada. Para mi
memoria, esta es la primera vez que entro en este cuarto.
Con un
gran gemido de desahogo, ambos chicos se quitaron un peso de encima.
—Tú debes ser
Margaret, ¿Verdad?
Dirigiendo
su mirada a la chica.
—Sí, ¿Cómo lo sabe?
Preguntó
la joven, extrañada.
—Debido a que es la
compañera de cuarto de Laura Shepard, ¿No me equivoco, verdad?
—No, pero ella no ha
llegado.
—¿Y sabes a dónde
está?
Preguntó,
de manera perspicaz.
—Me imagino que con
Edward, como siempre.
—Y ese Edward ¿Quién
es?
—Su novio, claro, el
futbolista egocéntrico. Pero ¿Por qué pregunta? ¿Le pasó algo a Laura?
—Si joven, fue
asesinada.
Aquella
noticia dejó impactada a la joven. Cayó en brazos del adolecente, que hace poco
tiempo atrás, estuvo entre sus piernas. O´hara espero que se repusiera de la
noticia. Le dio las gracias a la joven, y le dejó una tarjeta por si recordaba
algo adicional que lo ayudara en la investigación. Era momento de entrevistarse
con el novio de la occisa.
O´hara
estaba en el punto más alto de la amargura, los pies eran unas chimeneas
ambulantes, no aguantaba el dolor. Edward Bradley era un deportista destacado
de la Universidad y se encontraba en prácticas de Futbol. El estadio estaba al
lado contrario de donde se ubicaba el edificio donde entrevistó a la joven. El
recorrido le puso el carácter del demonio. Ya había llegado y el entrenador
le indicó donde se encontraba practicando
Edward. O´hara avanzó entre los jóvenes
deportistas, de pronto un balón pasó zumbando por sus oídos, y un grupo de
corpulentos jóvenes por poco lo dejan acostado en el piso del estadio. Se
levantó y observó con cuidado si había otro peligroso avance de jóvenes como
estampida de elefantes teniéndolo a él como objetivo. No vio peligro, pero si
un grupo de jovencitas que se agitaban como enfermos de epilepsia vociferando
letras a la vez que hacían contorciones con el cuerpo, con unas pequeñas faldas
que no dejaban nada a la imaginación. —Luego se preguntan por qué hay tanto
maníaco suelto —se dijo. Y continuó su camino.
—¡Edward Bradley!
Vociferó
el detective en voz alta, de inmediato el joven dio vuelta y lo miró fijamente.
—Si yo soy Edward,
¿Y usted es?
—Soy el detective
O´hara.
La
respuesta sorprendió al joven atleta.
—Un detective, ¿Y
eso?, ¿Por qué me solicita?
—Me gustaría hablar
con usted sobre lo que hizo ayer en la noche.
—Ayer, estaba donde
se encontraba más de la mitad de la universidad. En la fiesta que nos dio la fraternidad
a los ganadores del juego contra la Universidad del Norte.
—¿Y estabas con
Laura?
Pregunto
de inmediato, sin dejar tiempo de pensar al muchacho.
—¿Laura?, ¿Cómo sabe
usted de ella?
—¿Por qué?, ¿hay
algo que le preocupa?
—No, nada, es que me
extraña que sepa de nuestro vínculo. No es nada formal. Es solo una relación
abierta y pocos allegados lo saben.
—Ok, es mi trabajo
saber lo más que pueda. Pero no me ha respondido, ¿Estaba con Laura ayer?
—No, no estaba con
ella. No quedamos en ir. Normalmente a las fiestas vamos separados. Como le
dije, no tenemos nada serio. Estos son momentos para disfrutar de nuestra
juventud y ambos estábamos claros de que queríamos uno del otro.
—Sexo, ¿no?
Recalca O´hara con ironía
—Si lo quiere de
forma cruda, sí, eso, no más de ahí.
—Y ¿No la vio ayer
en todo el día?
—No ayer fue un día
de locura con el juego. Pero ¿A qué viene tanta pregunta sobre Laura?
—Porque ayer la
asesinaron.
Nuevamente
se jactó de dar la noticia lo más directo posible.
El
joven quedó consternado. Por momentos parecía estar en otro tiempo y espacio.
La noticia lo sacó del instante presente. Su rostro reflejó un salto en el
vacío a una velocidad que debió detonar su cerebro.
—Joven, ¿Sabe de
algo que me pueda ayudar a encontrar al culpable?
Sacando al adolecente del lapsus mental donde
se alojó, luego de aquella nefasta noticia.
—Eeeh, no, perdón
¿Me dijo?, no disculpe, sé que me preguntó, no, no sé. Más allá de su obsesión
por el club virtual de lectores, no veo otra cosa que la involucre con un grupo
diferente al que compartimos.
El
detective dejó las preguntas, observó al chico por un momento,
—Ok, estaré en
contacto contigo.
Dando
la sensación de haber encontrado algo en las palabras del atleta.
—Primero debo
corroborar tu coartada. Toma mi tarjeta y no te vayas muy lejos.
—No, seguro, en lo
que pueda ayudar. Lo que le dije de Laura no es tan así. Era una joven muy
especial. Lo que sucede es que las relaciones en esta época se manejan así.
—No se preocupe
joven. Si recuerda algo por favor llámeme.
No
todo fue perdido. El joven novio había dejado algo interesante. Un sitio web.
Un club virtual. —Era importante
investigarlo —pensó—. La web es un lugar
que aloja una cantidad enorme de psicópatas y da la mejor de las oportunidades para esconderse
detrás de personalidades incomprobables y escurridizas. Si Jennifer pertenecía
a la misma página, podía ser un comienzo.
Los
pies le dolían enormemente. Sentía que tenía puestos zapatos con clavos en las
suelas, y el piso eran brasas ardientes. Pero por primera vez tenía algo. Una
luz se encendía en el oscuro camino a la captura del asesino. Entre improperios
y maldiciones, fue levantando el camino al rectorado. Otra enorme caminata.
Recordó al capitán y una palabra que no se podía repetir en presencia de
menores, salió de su boca describiendo a su jefe. —Un regalo, el caso para que
te retires tranquilo —me dijo—. Puro papeleo, más nada. —Mira en lo que estoy
metido —pensó mientras caminaba al rectorado. Ya había estado más de cuatro
horas en la universidad, y más de la mitad del tiempo ha sido caminando. Al fin
llega entre sudores y espasmos al rectorado.
Al
entrar, de inmediato a su mente vino la comparación con la casa estudiantil. El
silencio, era el mejor regalo que llegó a sus
oídos. El orden, la limpieza. Los pisos estaban con un brillo propio de
haber sacado lustres todos los días, por años. No era el resultado de un día de
limpieza, era la consecuencia del perenne orden a través de muchos años en el
tiempo. Debía ser así. Era una muestra subliminal del resultado del esfuerzo y
la recompensa del tiempo. Pero ese
momento para él era un regalo a sus oídos. Paz, mucha paz y tranquilidad.
Esperó
por unos veinte minutos, sentado a la puerta de la oficina del rector. Para
algún otro eso hubiera sido un castigo. Pero para sus pies fue un regalo. Con
mucho sigilo al sentarse se sacó el talón de cada zapato y los pies parecían
tener cada uno más de cinco centímetros de su tamaño normal, desparramándose
alrededor de los zapatos. La temperatura del salón seguro subió por lo menos
unos diez grados más, producto del calor emanado por sus pies al ser liberados.
Pero si algo no tenía precio. Era la cara de paz del detective O´hara al aflojarse el calzado.
La
puerta del rectorado se abre, O´hara como puede se acomoda los pies dentro de
los zapatos. Pero parecían ser escarpines en comparación al tamaño de sus pies.
Con un fuerte jalón los mete en su sitio. Mientras el rector lo observaba,
dejando escapar una pequeña sonrisa.
—Rector
Utilizando
una voz engolada que acompañaba a un rostro muy serio.
—Detective, ¿Ya está
listo?, ¿Todo en orden?
—Si seguro, gracias
por recibirme.
—Entre, por favor,
ayudar a la ley es un deber.
Ya
dentro de la oficina del rector, a O´hara no le fue posible dejar de notar las
particularidades de la oficina. En las paredes no cabían más diplomas de
especialidades y cursos aprobados por el Rector. Reflejaba lo que él era. Un
hombre que vivió para los estudios. Sin duda era un hombre realizado. Trabajaba
en un lugar que lo apasionaba. Siguió curioseando, en su escritorio, una foto
familiar, otro valor moral a la vista. Todo un personaje el rector. Era un
modelo ambulante de lo que creía; todo orden, todo rectitud, todo ejemplo.
—Bien detective,
dígame en que puedo ayudar.
—Bueno rector, hoy
vine acá, a su institución, para averiguar sobre el homicidio de una de sus
alumnas. Claro eso ya usted lo sabe. La comisaría seguro le envío la orden con
la cual me daba el permiso para estar acá.
—Sí, supe del
asesinato de la joven Laura. Y ¿Ha encontrado algo entre los jóvenes?
—No sé rector, puede
ser, ahí su ayuda. La joven Laura formaba parte de un grupo de lectura virtual.
Hasta donde averigüé, era parte importante de su vida. ¿Cómo podría llegar a
ese sitio?, ¿Quién podía ayudarme?
El
rector lo pensó por un momento, y sonrió, con un gesto que entregaba el
significado de haber encontrado la respuesta.
—Tengo a la persona,
espere un momento. ¿Quiere un café? Mientras espera que llegue el joven.
—Si por favor,
negro, sin azúcar.
—Ok.
El
rector presiona el intercomunicador.
—Bárbara, por favor
trae dos cafés negros sin azúcar y ubícame urgente a Harold, que se presente
acá.
—Gracias Rector,
necesito ver una luz en este caso.
Le
comenta O´hara con la expresión de preocupación dominando su rostro.
—¿Porque lo dice?,
¿Apenas no fue ayer lo ocurrido?
—Ojala fuera así
rector, ¿Ha escuchado del asesino de las cartas?
—Sí, un poco. No leo
el diario donde se ha publicado. Pero la repercusión en los medios, ya
cualquiera se entera. Pero ¿Me quiere decir que la segunda muerte anunciada,
fue Laura?
—Sí, así mismo. Y
nada tan diferente entre una y otra. Son como el sol y la luna, el día y noche.
Nada parece conectarlas y por ende nada me puede llevar al asesino. Pero si es
esa página web. Si el asesino se esconde en el mundo virtual. Ahí tengo la
posibilidad de encontrarlo.
O´hara
degusto el café. Nuevamente llegó el recuerdo del agua colada de la comisaría.
Si algo de provecho le había sacado a la calle estos últimos días, ha sido al reencuentro con el verdadero y divino
liquido oscuro, un placer al paladar y un energizante para recuperarse del
cansancio de la amplia caminata del día, por lo menos así lo sentía su cuerpo.
La puerta deja escuchar dos leves toques. Era la tradicional señal de Bárbara.
Así normalmente avisaba que iba a entrar. El primer toque alertaba, si no había
respuesta, un segundo golpe advertía que se disponía a entrar. Es el efecto de
años trabajando juntos.
—Rector aquí está
Harold.
—Por favor hágalo
pasar.
—Harold, ven
siéntate con nosotros. Te presento al detective O´hara.
—Mucho gusto
detective, díganme ¿En qué puedo servirle?
—Detective, Harold
es el presidente del club de informática. Él es quien puede encontrar la
respuesta a su pregunta.
O´hara
deja a un lado el café. E inmediatamente se dirige al joven de grandes lentes.
—Harold, estoy en la
investigación de la muerte de una estudiante de la universidad. Quizás la
conocías, su nombre era Laura Shepard.
—Laura, ¿La
asesinaron?
La
noticia impacto al joven visiblemente.
—Veo que la conociste.
El asunto es que me enteré que frecuentaba un club virtual. Y quisiera llevarme
hoy esa respuesta, ¿Cuál es el nombre de ese club?, ¿Habrá alguna manera de
averiguarlo?
—Sí, seguro. Y ni
siquiera tengo que mover una tecla. Era asidua al club de lectura. Como muchos
de los de acá. Es un portal que ha sido casi viral. Sabía su afinidad. Yo
también formo parte de ella.
Tomó
una hoja del escritorio del rector y sacó el bolígrafo de su camisa. Aquí tiene
esta es la dirección web.
—Perfecto Harold.
Gracias por tu ayuda. Ahora te voy a preguntar otra cosa. No lo tomes a mal. Es
pura rutina y debo preguntarte. Como haré con la mayoría de los asiduos a esa
página. ¿Dónde estuviste anoche?
—No se preocupe,
está en lo suyo. Estuve en la reunión de festejo del juego de futbol. Junto a
los chicos del club de informática. Cualquiera puede corroborarlo.
—Ok, está bien. Como
te dije. Pura rutina. Lo anoto y los chicos mañana, en las investigaciones lo
corroborarán.
O´hara
se despidió del rector, el dolor de los pies ya había pasado. De todos modos ya
una patrulla lo había ido a buscar. Ya el ejercicio por el día de hoy fue más
que suficiente.
Dos Sospechosos
En el
camino O´hara no habló con los agentes de azul, solo pensaba en las posibilidad
de encontrar en ese sitio virtual a Jennifer. —Tenía que ser, no podía haber
otra cosa. Ese debía ser el vínculo entre ellas y el asesino —pensó. Movió su
rostro y dejó que su mirada se posara en
el paisaje que pasaba corriendo frente a sus ojos. La arquitectura de la universidad
de Ciudad Central era maravillosa. Dejó que la paz llegara al él por un
momento. La experiencia de los años, le enseñó que para sobrevivir en ese medio
no podía dejarse llevar por él. Era imprescindible alejarse de vez en cuando y
respirar la paz. Sacó los audífonos de un pequeño radio de bolsillo que siempre
llevaba con él, y comenzó a volar junto al sonido de su emisora favorita, que
emitían en su palestra musical el estilo
clásico de Chopin o Beethoven. El sentido de libertad, de paz. Un
colirio para poder ver luego las atrocidades en la que estaba sumergido desde
que entró en las fuerzas policiales.
Ya en
la comisaría llega donde Frank. Él era el experto informático de la división.
Le entregó la dirección de la página web y los nombres de ambas chicas. Debía
encontrar algo que las uniera. Le dejó la información y se retiró por un
momento a su casa. El cuerpo le pedía una ducha. Era lo menos que podía
regalarle luego de un esfuerzo que en años había dejado de exigirle.
El
trabajo de investigación virtual no fue nada fácil. Llevó mucho tiempo
entre buscar y obtener la orden firmada
por el juez de turno para llegar a la información que los dueños de la página
web defendían, al considerarla
confidencial. Luego el
seguimiento y el permiso final, para trabajar como observadores de todo el movimiento ejecutado en el portal.
Fue desgastante, llevó mucho tiempo, tres semanas en la cual el asesino pudo
encontrar una nueva víctima. Sin embargo
trajo resultados, se pudo comprobar que ambas jóvenes asesinadas formaban parte
de los usuarios del portal. No todo fue buenas noticias, no tenían
coincidencias entre sus amistades virtuales. Eso tumbó la teoría principal de
O´hara. Pero no quitó que ese sitio virtual era el vínculo que unía a las
víctimas con el asesino. El Portal llamado lectores y escritores de novelas era
muy popular. Contaba con un número considerable de usuarios registrados,
sobrepasaban los doce millones, e iba en crecimiento. O´hara pensó con
detenimiento. Sabía que el asesino no era un hombre común. Lo hecho en las
escenas del crimen, así lo reflejaba. Era un experto en no dejar rastros y ¿Por
qué pensar que en la virtualidad no iba a ser igual? Tenía que ir más allá de
lo obvio. Comenzó a escribir en su libreta, las múltiples posibilidades que le
venían a la cabeza. Redactó toda la tarde todos los posibles movimientos que
podía realizar para proteger su identidad. —El tipo era un mago, pero como todo
mago vive de los trucos, de la ilusión. No hay magia real en la vida, todo mago
es terrenal; vive de la ilusión, de la trampa, del truco —pensó.
Ya, en
la avanzada tarde, se reunió con el experto informático. Le hizo una pregunta
directa.
—Frank, dime esto
concretamente. Por favor piensa todas
las opciones antes de responderme. El asesino que buscamos es un tipo muy
inteligente. Seguro un experto en actividades de ocultarse. En las escenas del
crimen nos dejó sin nada y posiblemente sea igual en el mundo virtual. Pero,
responde esto, ¿Hay alguna manera que este
portal lo haga conocer de forma interesante?, ¿Qué sin responder un mensaje directo haga que alguien
salga del mundo irreal y lo localice? Pero,
escucha esto que es lo más importante,
¿Qué no quede en internet ningún rastro de comunicación entre ellos?
Frank
calló por unos minutos, se mantuvo pensativo, observando a O´hara a los ojos,
mientras meditaba.
—Déjame pensar en
ello. Dame esta noche. Déjame investigar las posibilidades. Tratar de pensar
como él. Nos reunimos mañana. Si hay alguna forma, te juro que pondré mi empeño
para encontrarlo.
O´hara
se sintió complacido con la respuesta de Frank. Fue sincera, y creyó en él. De
no ser así, hubiera respondido en el momento cualquier cosa, lo que fuera con
tal de salir del compromiso.
El
estrés del día, hizo que el cuerpo le pidiera por lo menos un trago. Tomó su
chaqueta y se dirigió al bar de la tercera y cuarta avenida. Un local famoso
por albergar a los policías de los distritos cercanos. Caminó unas seis cuadras
desde la comisaría. Quería despejar la mente antes de entrar al bullicio de un conjunto
de policías locos. De pronto una sonrisa llegó a su rostro. Recordó la caminata
en la universidad y donde se juró no recorrer más de dos cuadras a pie. Hoy rompió la promesa, pero
para eso son las promesas, para romperlas de vez en cuando y dejar ver que él
también es humano, a pesar de la inmundicia que lo rodea. Tomó los audífonos y
se los colocó. Dejando escapar las melodías clásicas que tanto lo relajaban.
Mientras veía a la ciudad como un ser vivo. Siendo las calles las arterias y
las personas la sangre que corrían por
ella, en busca de la actividad y dar vida al corazón de aquella ciudad. Pero en
todo organismo hay gérmenes, virus malignos. Él vendría siendo el sistema
inmunológico, pero como en la vida real, había enfermedades que podían con el
sistema. El sida era un caso y en la vida real los asesinos seriales que nunca
pudieron ser atrapados. Como Jack el
destripador dejó su huella, igual que aquella penosa enfermedad se libró
del sistema inmunológico y desató su furia. Pensó que él no quería ser otro
leucocito vencido. Caminó y se dejó llevar por las melodías. Vio a su izquierda
una pequeña plaza, había una banca solitaria y decidió darle la compañía de su
cuerpo. Se sentó en ella asociado a las melodías clásicas que su pequeño radio
le brindaba. Disfrutó viendo a un anciano dando de comer a las palomas, que
como pequeñas máquinas de coser eléctricas daban sus toques rápidos y precisos
en busca de las migajas de pan, que aquel anciano les daba con el mayor de los
placeres. Dejó que la brisa tocara su
rostro, sentía como su cabello se movía al ritmo de la tenue brizna de aire
fresco. Cerró los ojos y se dejó llevar por las melodías, despegó del mundo
real y viajó a través de los parámetros establecidos en la vida común y
encontró la paz. O´hara decidió seguir su camino, antes de irse buscó
nuevamente con la mirada al anciano, ya no estaba, ni tampoco las aves, ambos
habían cumplido con su día de encuentro que seguro se repetirá hasta que el
anciano emita su último suspiro de vida.
O´hara
había llegado al bar de la tercera y cuarta avenida. En la puerta estaba Brad,
hacía las veces de portero. Una beca, ya que no tenía nada que proteger, era un
bar visitado por policías, que mayor protección que esa. Lo saludó y entró al
local. Apenas ingresó los saludos no dejaron de faltar. La eterna burla del
gremio, esa era la manera de escapar de la inmundicia, siendo alegre. Saludo a
todos. Era el más veterano de los que estaban en el sitio. Se sentó en la barra
y ya tenía su trago servido. Tantos años yendo a ese lugar para escapar por
algún momento de las imágenes del día de trabajo. No era como un bar de
periodistas o de abogados. Donde hablar de los logros era la prioridad —Aquí
era jodernos la vida, burlarnos los unos de los otros el reto de los dardos y
ahogar los recuerdos en alcohol —pensó.
A eso iba O´hara hoy. No a alcoholizarse, más bien a entonarse un poco,
a relajarse. Mientras tomaba su trago una voz conocida se deja escuchar a su
lado.
—Entonces O´hara.
Contando ya los días para librarte de esta vida.
—Martin, hermano,
¿Cómo está la gente del segundo cuadrante?
—Bien hermano.
Llenos de la mierda de las calles. Nada ha cambiado. Aquí me ves, ahogando los
recuerdos en alcohol.
—Y tu ¿Para cuándo
te retiras?
—Me falta un año. Tú
y yo entramos casi igual. Tenemos comiendo mierda por un prolongado tiempo.
—Sí, así es. Aunque
se me ha complicado un poco la salida, disculpa que rompa la tradición trayendo
la mierda acá.
Le
indica O´hara con amargura en sus palabras.
—No tranquilo. Entre
nosotros no hay protocolos. Si, ese asesino es un problema. Pero una vez más y
lo heredan las brujas federales.
—Sí, pero me da un
reconcomio enorme, que mi último caso caiga en manos de las brujas. Estoy
haciendo todo lo posible por evitarlo. Pero bueno. Ya basta de mierda. ¿Qué tal
si nos vamos al reto de los dardos?
—Vamos O´hara,
déjame humillarte como despedida de la inmundicia, en tu próximo viaje a la
libertad.
Así
O´hara culminó ese día, entre los compañeros de toda una vida. En el gremio que
tanta inmundicia trajo a su existencia, pero que le costaba dejar. Esa empatía
que se lograba entre los hombres de justicia directa en pocos lugares se podía
igualar. En un pelotón de guerra quizás. No eran solo compañeros de trabajo,
eran hermanos, una familia.
El día
había llegado nuevamente. La mañana se juntó al dolor de cabeza que un whisky
barato provocaba. Pero tantos años de
policía, le daban la experiencia, un café y dos pastillas eran suficientes para
llegar intacto a la comisaría. Salió de su casa con el objetico de reunirse con
Frank. Algo debía haber conseguido, el asesino no podía ser el único
inteligente, él era bueno en lo suyo y Frank también lo era en su especialidad.
Ambos podían deducir la vía de escape del psicópata asesino. Llegó rápido al
escritorio de Frank. Su rostro reflejaba el cansancio de una larga noche de
trabajo.
—Te estaba
esperando, hablamos y me voy directo a tomarme una ducha y dormir un par de
horas.
—Claro Frank, te
agradezco lo que hayas encontrado, ¿Porque, averiguaste algo verdad?, ese
sujeto no puede ser invisible.
—Si encontré algo.
No solo eso, te dejé trabajo para irme a dormir tranquilo. Escúchame atento,
investigué como podía captar jóvenes sin un contacto directo. Viajé a través de
todo el portal y encontré una forma. Una de las entradas más buscadas y que no
deja registro es la de los poetas y escritores. Estos colocan su material, los
escritos pueden reflejar alguna coincidencia con las cartas del asesino, y
quizás por ahí puedas encontrarlo. De
ahí a ubicar el modus operandi, hay un paso. Te dejé una lista de posibles
candidatos con antecedentes, y otros con poemas con similitudes a las cartas.
—Frank, te ganaste
esa ducha y tus horas de sueño. Una luz, eso era lo que quería, una luz para
alumbrar el camino donde se esconde el asesino.
Frank
bajó la lista de autores que giraba alrededor de veinticinco mil, encontró a
diez potenciales sospechosos. Los poemas tenían grandes similitudes con los
asesinatos previos. De los diez individuos seis tenían antecedentes, dos de
ellos por violación, los otros cuatro estaban limpios. Comenzó como el librito
policial indicaba. Usando la lógica de los antecedentes. Aunque muy dentro de
sí, pensó que un sujeto como ese no debía tener historial alguno. Sin embargo
siguió las pautas. No había porque romperlas, no existía por ahora una nueva
carta que exigiera saltar la lógica y trabajar en base al instinto. Entregó la
orden de captura de los seis sospechosos con antecedentes. Todos habían pagado
una pena de cárcel. Y no les convenía esconderse y estropear su libertad
condicional.
El
primero en llegar fue Peter Cross. Era un tipo intimidante de la misma
envergadura de O´hara, muy alto y fuerte, caucásico, en la cara tenía la huella
que reflejaba ser un hombre de la calle, una cicatriz que bordeaba su mejilla
izquierda lo demostraba, O´hara lo hizo pasar a la sala de interrogatorios, ahí
lo dejó esperando por unos veinte minutos. Ya los años le habían enseñado que
sujetos como ese eran como animales salvajes en cautiverio. Mientras más los
hacías esperar en un lugar cerrado, dejabas que su lado salvaje se hiciera
presente. Pasado ese tiempo O´hara entró en la habitación.
—Peter Cross, ese es
tu nombre, ¿Cierto?
—Si detective, ese
es mi nombre.
Respondiendo
con serenidad, esa aptitud tomó a
O´hara por sorpresa.
—¿Sabes porque estas
acá?
—No, en realidad no
tengo idea
—Quiero que veas
esto atentamente.
Dejando
caer las fotos de los asesinatos al abrir un sobre.
—¿Y esto porque me
lo enseña a mí?
Fue
una respuesta con algo de nervio, eso le gustó a O´hara.
—Dime tú, ¿Por qué
lo hiciste?
—No sé de dónde saca
semejante idea, vine de buena fe, pero no para ser carne de cañón en su
búsqueda de a quién achacar culpas.
—Convénceme, dime
¿Por qué escribiste estos poemas?
Lanzándolos
a la mesa.
—Justamente porque a
través de ellos, aprendí a controlar mi locura, gracias a ellos encontré la
paz. Por ahí dreno mis demonios.
Con
enojo en sus palabras.
—A través de tus
poemas. Y de estas cartas.
Dejando
caer las cartas elaboradas por el
asesino junto a los poemas.
—No sé de qué
hablas, quiero un abogado.
—¿Estás seguro?,
confiesa ahora y evita morir calcinado en la silla eléctrica.
—Te digo que quiero
un abogado.
De
forma tajante corta cualquier intercambio de palabras con O´hara.
—Bueno así será,
pero no hay vuelta atrás, lo que te prometí ahora, no volverá a suceder. ,
—Tiene
que ser él, ese nerviosismo, tiene que ser él —pensó. O´hara. A la hora se
presentó un abogado público. Se reunió con O´hara, este le entregó los datos de
los hechos, con los que era culpado su ahora cliente. Luego pasó con el
sospechoso y quince minutos después pidió reunirse con O´hara.
—Listo capitán, es
él, ni quince minutos, el abogado hizo su trabajo, encontró que no tenía
posibilidad y ahora quiere rogar por un trato. Pero que se olvide. El único
trato es que al confesar, se libera de la silla eléctrica. Pero el pasar de por
vida en la cárcel, de eso no se salva.
Y de inmediato se dirigió a reunirse con
ambos.
—Ya le dije a su
cliente que no hay trato posible. Se lo ofrecí y no lo quiso en su momento.
Pero como usted sabe una confesión lo libera de morir en la silla eléctrica.
Le
indica con el rostro enmarcado con la seriedad de la victoria.
—Detective, no lo
llamo para nada de eso. En realidad es para que deje de inmediato en libertad
a mi cliente.
—¿Pero cómo?, está
loco.
—No detective y un
poco de respeto. Como verá, en las fechas en que sucedieron los asesinatos mi
defendido estaba trabajando en labor social. Ya tiene más de un año como
encargado nocturno del albergue de la calle cuatro, junto al padre Julián.
Puede llamarlo y comprobarlo.
—Por favor abogado
ni usted se cree esa coartada.
Le
dice, ya bajando un poco el tono de seguridad.
—Bueno corrobore, yo
espero.
Le
indica el abogado derrochando tranquilidad.
O´hara
sale del cuarto de interrogatorio como un demonio, sabía que el abogado no
estaba mintiendo. Fue muy rápido. —Claro si un cura es la coartada, cualquiera
está confiado —pensó amargado. Así fue,
el padre corroboró la historia. Igual pasó con cada uno de los sospechosos con
antecedentes. Todos tenían coartadas que los exoneraban del hecho delictivo.
O´hara
cambió el enfoque, ahora pasaría de lo obvio a lo imposible. No mandó a buscar
a los cuatro restantes, primero los investigó, buscó algo truculento en el
pasado de ellos que revelara cuál era su némesis. Randolph White, Frank Conery,
Rene Black y Donald Pierce, eran los cuatro sospechosos que habían escrito
poemas con tendencias muy parecidas a las cartas elaboradas por el asesino. Ya
había pasado un mes desde el último asesinato, O´hara comenzó al azar. Inicio
con Randolph White, un abogado de segundo nivel. Lo ubicó, pensó confrontarlo y
así lo hizo. El tipo estaba limpio o por lo menos lo aparentaba. Su vocación
estaba vinculada a la defensa de personas desposeídas. Pero O´hara pensó que el
asesino había demostrado ser un hombre muy escurridizo. Esa pantalla podría ser
la ideal. Un abogado que ayuda a los inocentes que no tienen como pagar una
defensa digna. Era ir contra la lógica —Pero ¿Qué ha sido lógico desde el
inicio de este caso? —se preguntó.
O´hara
salió con la idea fija de presentarse en la oficina de Randolph White. Estaba
ubicada en una de las calles más humildes de la ciudad. Caminó una pequeña
distancia. Dejó el vehículo estacionado a pocos metros de la oficina. La puerta
de entrada estaba enclavada en todo el centro de la calle, como si hubiera sido
medida con precisión las distancias entre una punta y otra. Todos los negocios
alrededor de la oficina del abogado, eran tiendas muy humildes de abarrotes.
Donde las múltiples nacionalidades eran el factor común. Personas del mundo que
huyeron de su realidad nacional, buscando el sueño americano. Llegó a la
puerta, era de madera muy vieja, se notaba el paso de los años en ella. Un
cartel que distinguía su nombre con el antepuesto de su profesión y la
invitación a entrar. Gira la manija y empuja para ingresar. Una campana
colocada en el marco de la puerta suena advirtiendo su presencia. Era una
oficina muy pequeña, de unos seis metros
por seis, a la derecha de la oficina una menuda mesa con una cafetera
eléctrica. En el centro un escritorio con una silla muy modesta para recibir a
los necesitados del servicio. Todo muy humilde, pero ordenado. Sentado estaba
él, un hombre de mediana edad, de tez oscura, con cabello grueso perfectamente
cortado a no más de medio centímetro del cuero cabelludo. Al ver al detective
dejó escapar un haz de luz reflejado en sus muy blancos dientes.
—Buenas tardes,
siéntese por favor, cuénteme su caso.
—Abogado, hoy no
tiene frente sí a un cliente. Soy detective de la comisaría del cuarto
cuadrante. Me llamo Robert O´hara, y necesito hacerle unas preguntas.
El
abogado no podía salir de la sorpresa. Su rostro se transformó, la expresión de
cordialidad y la sonrisa que exponía los inmensos dientes blancos había
desaparecido. No entendía que quería aquel detective. Con esa voz amenazante,
como si supiera algo de él, un secreto oculto. Se levantó lentamente del
escritorio, O´hara de manera sutil llevó la mano a la cintura donde estaba su
arma de reglamento, preparado por cualquier intento de atacar por parte del
abogado. La tensión estaba apoderada del lugar. Por un instante Randolph White
se quedó parado a la izquierda de O´hara.
—¿Desea un café detective
O´hara? —expresó el abogado. Rompiendo el momento de tensión. —A veces,
en ocasiones incómodas como esta un café
es necesario, no sé por qué está acá, pero estoy dispuesto a ayudarlo, si hay
algo que me involucre de alguna manera con algo hecho por un criminal —dijo en
un tono muy suave y calmado. Con tranquilidad la mano de O´hara cambia de
posición. La tensión en su rostro se amilanó. Miró fijamente a Randolph. Este
no demostraba temor. Tomó dos pequeñas tazas que reposaban en la menuda y
básica mesa. Sirvió ambos cafés, entregando uno al detective, mientras tomaba
nuevamente asiento.
—Dígame detective ¿A
que debo su visita?
—Me gustaría
conversar por su gusto por la poesía.
—¿Mi gusto?, no
entiendo.
—Ok. Seré más
directo. Usted publica semanalmente poemas con toques muy específicos en ellos.
Temas que han hecho que me acerque a usted. ¿Ahora entiende?
De
repente y de forma sorpresiva el abogado lanza el ardiente café en la cara de
O´hara, abre la gaveta del escritorio sacando un revolver. Un sonido seco
tronó, como segundos después de un relámpago en un día de tormenta. Un cuadro
que reflejó la técnica de Picasso, apareció de pronto en la pared con un color
rojo penetrante. Un golpe seco estremeció el piso de aquella oficina. El cuerpo
del abogado cayó inerte, sin vida. O´hara desde el piso con el efecto del ardor
en la cara producto del líquido hirviente y oscuro, observaba con la adrenalina
apoderada de las acciones de su cuerpo y el humeante revolver en su mano
izquierda. Se levanta y se acerca al cuerpo del abogado constatando la falta de
signos vitales en su ser. La frente reflejaba un tercer ojo, justo en el medio
de esta producto del proyectil que segundos antes había zumbado por la
habitación. Observa de un lado a otro.
Busca algo que explique el súbito ataque de aquel sujeto. De pronto, su mirada se dirige bajo el escritorio, un desnivel que no concordaba con las líneas
rectas del piso. De un salto se levanta. Mueve el escritorio. Se pone sus
guantes de látex para evitar contaminar la escena. Dio pequeños golpes en el
piso hasta que generó una respuesta. Una pequeña puerta se dejó ver sutilmente.
Con el bolígrafo por una de las esquinas la levanta, hasta que pudo introducir
su mano derecha. Era la entrada a un sótano disimulado. La oscuridad era muy
espesa, pero se llegaba a ver el final
de una pequeña escalera, del tamaño justo para que un hombre de la contextura
del abogado pudiera entrar. Lo primero que hizo antes de bajar fue dirigirse a
la puerta y cerrar la oficina por dentro. Abrió la puerta y verificó a cada
lado de la calle. Nadie se había dado cuenta del sonido del disparo. Cerró con
seguro, retornando nuevamente a la puerta secreta. Tomó su pequeña lámpara de
bolsillo y la encendió. La colocó entre
los dientes para poder bajar armado, preparado para cualquier sorpresa. La
oscuridad era tan densa como podría ser
en el fondo del océano. Bajó por aquella escalera. Calculó que una altura no
menor de tres metros era el recorrido. Al tocar piso tomó con la mano derecha
la pequeña lámpara y con la izquierda que era su mano hábil, el revolver presto
a utilizarlo si era necesario. La poca luz que poseía, le daba la visión clara
de no más de un metro y medio delante de él. Estaba en un pasillo, de un metro
de ancho aproximadamente, buscó un interruptor de luz, a su izquierda no encontró
nada, igual a la derecha. Dirigió la lámpara al techo. —Eureka. —dijo. Ahí
estaba un bombillo colgante. Haló la pequeña
cuerda, y la luz alumbró la primera parte de un pasillo de unos diez
metros de largo, reflejando tres puertas
en cada pared, seis habitaciones, todas con candados. De un disparo voló el
primero de ellos. Giró la perilla de la puerta y la empujó entrando con la
pistola y la linterna en cada mano, lo que vio lo estremeció.
El
sonido de las sirenas de las patrullas envolvió la calle. Como una sinfonía
interpretada por la primera orquesta clásica nacional en un anfiteatro. El lugar fue completamente
acordonado, tres pequeños niños en avanzado estado de desnutrición y el cuerpo
sin vida de un pequeño de cuatro años
fue el saldo del descubrimiento del detective.
O´hara
estaba en una esquina de la pequeña oficina. Los compañeros de azul respetaron
su silencio. La amargura de aquel horrendo cuadro lo había llenado de rabia. El
enojo de haber acabado de forma tan fácil la vida de aquel asesino pedófilo. Le
había facilitado la salida. Sabía que la muerte para un tipo así era el castigo
más ligero. Un psicópata de esa calaña merecía ser la prostituta de mil
prisioneros de la peor cárcel del mundo por el resto de su vida y aún más. En
el camino por encontrar al asesino de las cartas, se encontró con un desvío que
lo llevó a abrir una cloaca de perdición, un maldito pedófilo menos en una
sociedad infectada por las maldades más bajas que podía sufrir el ser humano.
O´hara
recibió las felicitaciones y el reconocimiento de la alcaldía y de sus jefes
directos. Una pesadilla menos en Ciudad Central. Pero la preocupación estaba
presente. Solo había sido un éxito dentro del fracaso por encontrar al asesino
de las cartas. Se encontraba nuevamente en el limbo. Su instinto le indicaba
que el homicida permanecía oculto. Dentro de las paredes virtuales de aquel
portal. Donde navegaban cualquier
cantidad de psicópatas en busca de víctimas o como en el caso del pedófilo capturado,
sirviendo para liberar en escritos los hechos de sus acciones derivadas de sus
bajos instintos.
Es un Asesino Serial
La
popularidad de Curtis estaba en el apogeo, se aprovechó al máximo de las cartas
recibidas por el asesino o su cómplice, un concepto que aún estaba en deuda. La
columna que había adicionado al hecho de
las cartas catapultó su fama, donde usando toda su sapiencia de periodista,
escribía hipótesis sobre la personalidad del asesino, las posibles causas de
los homicidios, las víctimas potenciales y así cada día inventaba un nuevo
ambiente, inspirado en el criminal. Los lectores se multiplicaron, la atención
generada lo había convertido en una celebridad, el premio mayor que distinguía
al mejor reportaje anual, era casi un hecho que quedaría en sus manos. Curtis
había estirado al máximo los quince minutos de fama a los que está destinada
cualquier persona viviente en este planeta.
El
cafetín del diario la Intriga estaba atiborrado de periodistas, luchando por no
tomar el fondo del recipiente de la vieja cafetera del pequeño cuarto de
descanso. Curtis fue el primero en depositar el líquido negro en el pequeño
vaso plástico y dejar que la pelea continuara en su mayor apogeo. El periódico
en la mañana parecía un campo de guerra, donde los periodistas corrían de un
lado a otro. Como soldados saltando por las trincheras intercambiando
municiones con el enemigo. Pero estos en espera de noticias por parte de sus
fuentes o en búsquedas de lo último presentado en el mundo, a través de la
velocidad del internet. Curtis por su parte tenía otras expectativas, más
oscuras, su fe estaba concentrada en el anuncio de la muerte de una joven y su
fuente era nada más y nada menos que el hombre que la ejecutaba, o por lo menos
un testigo de los planes del psicópata. Si era pensado en una forma fría, era
la búsqueda de la fama y el éxito a costa de la muerte de una persona. Era
desear la muerte de alguien para ser exitoso, no era algo que afectara en
demasía, por no decir en nada a Curtis. Ya las ideas para estirar los hechos en
su columna se le estaban acabando, y O´hara no le había dado mucho material al
caso por parte de los hombres de la ley.
El
editor en jefe analizaba las estadísticas de las ventas del último trimestre.
Estas casi se habían duplicado. Resultado del éxito con la exclusividad del
caso del asesino de las cartas. Esa tarde tenía la reunión con la junta
directiva y estaba muy confiado del resultado. Nunca había tenido esos números
para presentar ante sus jefes. Tomó su café con chocolate de la mañana, un lujo
que se podía dar, algo tenía que diferenciarlo de sus tropas de periodistas que
se mataban por un café recalentado en las mañana. El sonido de un toque en la
puerta de su oficina lo saca de su concentración, era Lorena su asistente. Le
traía la correspondencia de la mañana, la tomó. Como todas las semanas le
llegaban los sobres con propaganda de ventas de cualquier cosa que no
necesitaba, además de algunas cuentas pendientes de servicios por cancelar. Era
un hombre solitario con tres divorcios a cuestas. Una persona con ese tipo de
empleo normalmente fracasa en el amor. Era muy difícil poder mantener el ritmo
de un matrimonio acoplado a la labor de gerenciar un diario, por ende debía
manejar cada gasto de servicio de forma minuciosa. Ese era el tiempo que
disponía y el tipo de hogar que administraba. Una casa sola y a distancia.
Mientras
escogía los sobres que abría, miraba minuciosamente su presentación. En eso,
observa un sobre grueso al final de la bandeja. Estaba a su nombre, hecho con
un sello de goma. El sobre se sentía con un relleno irregular, lo abrió y de él
salieron pelotillas de anime que se regaron sobre su escritorio, estos le daban la impresión de grosor al sobre,
entre ellos aparecía una pequeña carta con el nombre de Curtis realizado con
recortes de revistas. Al verlo se levanta de un tiro del escritorio, dejando
caer la totalidad de las cartas de la bandeja al piso. Llegó de una zancada a
la puerta de su oficina, emanando un grito fuerte y seco. — ¡Curtis, ven acá en ese instante!. El
grito llamó de inmediato la atención del reportero desde su escritorio.
Dirigiendo su vista hacia la puerta de la oficina del editor, percibió como
este le señalaba un sobre que sostenía en su mano. Las facciones de la cara de
Curtis cambiaron de un solo golpe. La sonrisa se amplió, su rostro parecía muy
pequeño para contenerla. —Era él, una nueva carta, el juego nuevamente había
comenzado —se dijo. Mientras se dirigía a la oficina del editor.
Curtis
tomó el sobre, al igual que los dos anteriores las letras recortadas de revistas
formaban las palabras con que describía las características del anuncio del
nuevo asesinato por venir, el mensaje
era claro.
“La
tercera víctima ya está en proceso. No han podido detenerlo. Él me vigila, se
cómo lo va a hacer, ella es la tercera en el vínculo de la amistad pasada, con
ella muere el ciclo de la amistad, ella quedará orando al creador, unidas sus
manos con el alambre de la pureza, luego de haber dejado limpio su aire. Es
la tercera, no dejen que continúe.”
— Ese
es mi asesino favorito, ¿viste lo que colocó?, que drama, con que clase, nada,
esto va a romper todos los record, no va a haber papel en todo el edificio para
emitir todos los periódicos que van a pedir en las calles, este tipo me va a llevar a la fama mundial—dijo Curtis con
todo el desparpajo del momento.
O’hara
estaba en ese instante investigando sobre los otros tres sospechosos que
quedaban en su agenda. No encontraba nada que lo llevara a una causa probable,
ya había interrogado a dos de ellos. Sus coartadas eran reales y no encajaban
para nada en el perfil del asesino. El sonido del teléfono lo saca de
concentración.
—Aló
—dijo al tomar el auricular del teléfono. Era Curtis dando la noticia que él no
esperaba escuchar, por lo menos antes de tener alguna pista. Se dirigió a las instalaciones del periódico, a verificar los detalles
reflejados en la carta del asesino. Tenía claro que era su última oportunidad
antes de que los federales tomaran el caso. Tres homicidios con las mismas
características ya era considerado como un asesino en serie y pasaba a ser
responsabilidad del ente federal. Era su última oportunidad. Quizás para
cualquier detective en proceso de jubilación fuera un alivio. Para O´hara sería
un terrible fracaso. No se perdonaría
perder la oportunidad de detenerlo y evitar retirarse con la burla del criminal
persiguiéndolo por el resto de su vida. El periódico ya estaba en circulación, la
comisaría era un hervidero, los teléfonos no dejaban de sonar, ya era de
conocimiento público. Las llamadas de mujeres alarmadas, junto a la de
periodistas hambrientos de información diferente a la de Curtis, quien era el
protagonista de los medios de comunicación. Todo era una locura. O´hara estaba
a rabiar, sabía que era ahora o nunca, solo nos más de veinticuatro horas lo
separaban del éxito o del embarazoso momento de entregar sus archivos a los
federales. El sudor corría por su frente, su mente estaba estancada. Intentaba
ver más allá de ir y navegar dentro de la mente del asesino, pero no, el sujeto
era astuto al extremo. Aun alertando a la justicia era intocable. Oculto dentro
de los escondites que proporcionaba la sociedad. Mientras él continuaba hundido
en papeles, buscando si era posible encontrar algún sospechoso, algún error en
el pasado que haya dejado el psicópata que lo amarre a una identidad. Las horas
fueron pasando, el tiempo se fue consumiendo. Como la leña en una chimenea en
un invierno voraz. Ya era poco, solo esperar y tener la suerte de un llamado de
alerta, un falló o solamente el arrepentimiento del asesino.
Eran
las once de la noche, O´hara seguía engullendo historia policial. Enterrado en
una montaña de papeles, buscando un milagro.
Un golpe en su escritorio lo sacó
de su letargo mental. Como un sismo a un grupo de aves salvajes. Era
Frank, O´hara lo mira y ve su
expresión. No tenía que emitir ningún sonido, ya O´hara sabía la
respuesta. —Lo tenemos —dijo en voz
alta.
Frank,
estaba acelerado, como si no supiera con cual palabra comenzar la oración.
—Revise nuevamente y
amplié el rango de búsqueda, más allá de los diez primeros sospechosos, y
encontré estos tres poemas que hoy
publicó hace no más de una hora un tal George Lowell, léelo. Saca tus propias conclusiones.
O´hara
sonríe y levanta la mirada para ver directamente a los ojos a Frank.
—Mira al muy cínico.
Dio la cara y pagará su atrevimiento.
Dijo
O´hara con cara de satisfacción.
George
Lowell, Publicista según su biografía en el portal. Tenía escritos insinuantes, sensuales, con un
toque de aberrada religión. Pero nada más, apenas había publicado dos poemas.
Pero el programa que corrió Frank encontró tres poemas nuevos, que tenían cien
por ciento de coincidencia con las cartas publicadas por el asesino.
En una
habitación de un hotel en el centro de la ciudad, estaba por ocurrir una escena
de sexo ardiente y quizás algo más........
—Eres más
apasionado de lo que imaginaba.
—Mis escritos salen
de mi mente, es parte de
mí, de mis
vivencias, quiero compartirlas contigo.
—Sí, hazme
volar, ver ángeles como en tú ultimo escrito.
Los
cuerpos se fusionaron. Ella dejó
correr por su existencia el pequeño vestido de trasparencias. Estaba
completamente desnuda, un hermoso cuerpo deleitó los ojos del caballero. Su ser
pedía a gritos ser tomado. Como león
en busca de
su presa atacó. Sus manos, como
tentáculos de calamar gigante rodean aquella espléndida figura. Labios y bocas
se unieron en un intercambio de almas y fluidos. Su cuello fue el
segundo paso de un recorrido celestial. Su boca y lengua dejaban al descubierto sensaciones. Su piel se erizaba al ser recorridas por él. Las manos se entretenían entre la forma curvilínea de
sus glúteos, como agujas de reloj sus cuerpos
iban avanzando. Están siendo contrarios, como dos números iguales pero
con sentidos diferentes. Sus bocas entran y adsorben su esencia sexual. Ambos como maquinas inversas dan lo mejor de sí, para hacer
sentir al otro su presencia. Él nada dentro de ella. La fémina degusta su
pasión. Otro giro y ella flota con su cara en la almohada y él toma su espalda.
Como soldado lo hace en guerra y
toma para sí a una colina del enemigo. El
momento, el asalto a lo prohibido. Atrás fue la entrada, el dolor y el
disfrute se manifestó en sus quejidos. Le unió las manos y le pidió que las
juntara. Él la penetró, la hizo suya. Emulando su fantasía,
rezando al creador. Ella gime y
entre dientes exclama con todo el
erotismo del momento: “Nunca me habían
hecho sentir así, que divino, eres lo
máximo George”.
Un
fuerte golpe en la puerta de la habitación hace que George Lowell caiga de la
cama, asustado, temeroso, sin entender que estaba pasando. —Vamos es aquí,
tumben la puerta, puede estar viva todavía. Un grito que se dejó escuchar mientras la puerta caía y abría el
camino a la habitación.
Minutos
previo al allanamiento…
George
Lowell, había cometido una serie de
errores y O´hara no los desaprovechó, estaba en sus manos. Frank había entrado
en la sección de mensajes del portal.
Lowell había contactado a una mujer que pertenecía al grupo de la red
social, era extraño, un golpe de suerte. Pensó O´hara. El psicópata había
dejado un cabo suelto, su obsesión por
el sexo y la religión lo llevó a retar
más allá de sus posibilidades a la ley. —Nadie es tan cínico, nadie puede ser
tan descarado, pero esa fue su perdición —se dijo a sí mismo el detective. El
intercambio de mensajes fue muy ardiente y al final se citaron y dejaron la
dirección del hotel. Le tomó una hora
poder conseguir una orden para allanar la habitación. El tiempo se hizo mínimo.
—A la media noche seguro ejecutaba su asesinato
—pensó. Varios jueces le
dijeron que no había motivo y
podía estar violando los derechos de privacidad de ambos. Se cobró un viejo
favor con un juez, no sin antes este advertirle que podía ser
suspendido si se equivocaba. Nada de eso
importaba, estaba seguro.
O´hara
entró en la habitación justo después de
caer la puerta, vio a una hermosa mujer
con las manos atadas en posición de oración y un hombre tirado al lado de la
cama con una expresión de terror en su rostro. Como nunca había visto uno,
pálido como una hoja de papel estaba la faz del asesino. Acurrucado al lado de la cama, temeroso.
Junto a él reposaba una cámara
fotográfica. Rápidamente lo agarraron y esposaron. O´hara se acercó a ese
hombre que gritaba, que preguntaba que pasaba,
el motivo de estar esposado y al oído le dijo, —Se acabó tu aberración.
Fue llevado detenido y a la joven como testigo.
O´hara
no podía esperar, necesitaba entrar en ese cuarto de interrogatorios, terminar
de una vez por toda con esa pesadilla. Las afueras de la comisaría estaba
atiborrada de periodistas, ya la noticia había corrido como la pólvora. Entre
ellos estaba Curtis, no muy contento. Su noticia había llegado al clímax, pero
pensaba que pudo haberle sacado más. Por lo menos si hubiera matado a dos más,
seguro que la historia lo habría llevado a la fama nacional. Pero el reconocido va a ser otro, el Detective
O´hara.
—Bien
O´hara entra a interrogar, yo estaré observando desde la cabina. —Dando la orden el capitán. O´hara entra, el posible psicópata lo mira
con temor. Una mirada que no esperaba, pensó que lo había subido a un altar,
que aquel sujeto lo que había tenido era mucha suerte, quizás una serie de
eventos casuales lo llevaron a salir desapercibido de los dos homicidios
anteriores. Ese individuo no reflejaba lo que él pensó en su momento encontrar.
—Dime psicópata de
pacotilla, ¿Disfrutabas matando a esas pobres jóvenes indefensas?
Con
esa pregunta abrió el detective su interrogatorio en busca de una confesión.
—No sé de qué habla,
yo estaba disfrutando de mi libertad de sexo. Eso no es delito.
—No es delito porque
llegamos a tiempo. Antes de que la mataras.
—Matar, usted
está loco, nosotros solo teníamos
una fantasía y la estábamos realizando, eso no es delito. Quiero un abogado.
Hasta
ahí llegó el interrogatorio. El sospechoso esperaba por su abogado, la testigo
no ayudó mucho. Su historia se dirigía sobre el hecho de tener una fantasía sexual, como el asesino
de las cartas. Para ella era solo
un juego, nada más. —¿Sería posible?, ¿Lowell, no era el asesino? —se
preguntaba O´hara enloquecido.
Había
amanecido. El caso estaba en manos del fiscal y el
abogado de Lowell. O´hara no sabía que pensar, era cierto que
encontraron al sospechoso teniendo a la mujer maniatada, como predecía la
última carta del asesino. Los poemas anteriores eran copia fiel de las cartas
enviadas por el homicida. Pero no había un cuchillo, solo una cámara y el
sujeto no era lo que él esperaba, un hombre frio, inteligente, por el contrario
este era un tipo simplón y cobarde. Las
pistas que dejó, —¿Cómo pudo ser tan estúpido en esta ocasión? —pensó. Siempre
fue un tipo escurridizo en extremo, minucioso, ordenado, y esta vez fue todo lo
contrario. Ese pensamiento lo atormentaba. Lo que sentía muy dentro de sí
O´hara, estaba por suceder, el fiscal lo
llamó indicando que debía dejar ir a George Lowell.
—Como lo va a dejar
ir, lo encontramos en el acto, impedimos que matara a la joven.
—O’hara, el
caballero tiene solidas coartadas para los homicidios, es culpable solo de su extraño gusto por el sexo, no más,
un estúpido imitador fetichista.
No
solo esa noticia llegó en ese momento a
O´hara, casi de forma simultánea
un hombre de azul entra en escena y da la noticia que el detective no quería
escuchar. Encontraron el cuerpo de la víctima del asesino de las cartas en la
habitación D55 del hotel Conde. Ese fue el final de O´hara en el caso del
asesino de las cartas, su despedida y el recuerdo que lo atormentará por
siempre.
El
agente John Smith después de leer con detenimiento el informe de O’hara y el
perfil de Quántico, vio una paridad en las conclusiones. Las tres jóvenes eran parte del grupo de la
red social, George Lowell era un
candidato ideal. Pero solo era un
imitador, no era asesino. Además tres coartadas directas, la última la más veraz,
estaba en la estación de policía cuando sucedió el asesinato.
—Ya Hill debe estar por llegar —pensó.
Veremos que indica el resultado del forense y escudriñaremos la vida de la
cuarta víctima. La primera desde que este sujeto fue declarado por la ley federal
como un Asesino Serial.
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